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Anticapitalistes
  
divendres 31 d’octubre de 2014 | Manuel
Hipótesis revolucionarias

Claudio Katz

Resumen

La construcción de una sociedad igualitaria en América Latina requiere desplazar a las clases dominantes del poder. Pero en la actual etapa de sustitución de las viejas dictaduras por regímenes constitucionales, esa revolución transitará por caminos diferentes a la insurrección soviética o al sendero guerrillero. La preparación, los tiempos y las formas de este desenlace son más complejos. Exigen un nuevo tipo de poder popular surgido de la cohesión social, el protagonismo y la radicalización ideológica de los oprimidos.

Las conquistas populares dentro de las trincheras institucionales pueden constituir un eslabón de avance hacia el poder, mediante reformas que complementen la acción revolucionaria. Pero la expectativa socialdemócrata en la permeabilidad del capitalismo impide comprender que la dominación capitalista será erosionada por medio de la acción directa, traspasando los límites del constitucionalismo.

La contraposición de la revolución con las elecciones forma parte de la mitología republicana. Oculta que el sufragio surgió y ha sido reiteradamente modificado por esas eclosiones. Pero la arena electoral tiene una gravitación central para la acción de la izquierda y la participación en los comicios es importante para evitar la marginalidad. Si se proyecta la lucha social al terreno electoral esta concurrencia no implica adaptación al orden vigente.

La violencia no se origina en la lucha revolucionaria, sino en la coerción económico-social que ejercen las clases dominantes y sostienen a través del estado. Esta opresión impide gestionar las tensiones sociales en forma pacífica. Quiénes igualan el uso de la fuerza con la insubordinación popular exculpan a los responsables de la represión cotidiana y condenan a sus víctimas. Con el socialismo se busca erradicar toda forma de violencia, pero los capitalistas no resignarán pacíficamente sus privilegios. El uso mayoritario de la fuerza es necesario y legítimo, aunque no se deben ocultar los peligros de degeneración hacia el terror que entraña esa utilización.

Para avanzar en el proyecto socialista es necesario superar las divisiones entre los oprimidos y rechazar la búsqueda de consensos con sectores capitalistas. Esta política exige considerar varias hipótesis y recurrir a numerosas tácticas.

Las dificultades contemporáneas del proyecto socialista derivan del desconcierto político creado por el ascenso neoliberal, luego del desplome de la URSS. No son producto de una opción por el capitalismo cómo un mal menor.

La estrategia revolucionaria brinda un criterio de evaluación de distintas iniciativas e incluye un componente ofensivo de selección de condiciones y oportunidades para el momento de la revolución. La renuncia a discutir esta perspectiva conduce a la auto-inmolación de la izquierda.

No se deben confundir las rupturas que introducen los quebrantamientos del orden vigente con las revoluciones que plantean desafíos al estado y abren la posibilidad de forjar un nuevo poder popular. Para experimentar nuevos caminos hacia la emancipación social es indispensable combinar racionalidad, audacia y originalidad.

La construcción de una sociedad igualitaria en requiere desplazar a las clases dominantes del poder y consumar una reversión integral del orden vigente. Pero esta acción constituirá sólo el punto culminante de un complejo proceso preparatorio. El análisis de esta anticipación exige discutir varios problemas de la revolución social.

La nueva etapa

Los caminos socialistas para capturar el control del estado durante el siglo XX incluyeron insurrecciones, guerras y huelgas generales. Se plasmaron mediante la conquista de territorios o la irrupción de consejos obreros. Estas experiencias condujeron a los militantes revolucionarios a considerar dos grandes cursos estratégicos: el modelo insurreccional que inspiraron los soviets (1917) y el esquema de la guerra popular prolongada, instrumentado exitosamente en China (1949) y Vietnam (1975)[3].

La primera opción inspiró en América Latina el surgimiento de las principales corrientes de izquierda. El espectro soviético sobrevoló muchos alzamientos de la región desde la revolución mexicana, que se asemejó a su equivalente rusa en la gravitación de los campesinos, el desmoronamiento del ejército y el poder de las milicias. Pero la clase obrera jugó en este caso un papel menor y no aparecieron organizaciones socialistas capaces de introducir un rumbo anticapitalista.

El modelo soviético de liderazgo del proletariado y dualidad de poderes estuvo también presente en el triunfo de las milicias mineras frente al ejército, durante la revolución boliviana de 1952. Este esquema influyó, además, sobre numerosos levantamientos que no triunfaron (como El Salvador en 1932). Pero a diferencia de lo ocurrido en Europa, los alzamientos latinoamericanos no estuvieron articulados por el efecto común de una guerra imperialista y presentaron un nivel inferior de asociación intra-regional.

La victoria de la revolución cubana inauguró en los años 60 otro camino que combinó revueltas rurales con insurrecciones urbanas. Este sendero fue reiterado también con éxito en Nicaragua. Pero la modalidad guerrillera enfrentó numerosas adversidades y derrotas en distintos países. No logró vencer en El Salvador durante los años 80, ni romper el empate histórico que predomina desde hace varias décadas en Colombia. El reinicio de la acción militar que afloró en Chiapas a mitad de los 90 se desplazó rápidamente hacia la arena política.

A partir del colapso de la Unión Soviética y la caída del Sandinismo, el contexto para desenvolver la revolución cambió significativamente en toda la región. Ambos procesos provocaron inicialmente un congelamiento de cualquier reflexión sobre el tema. Se abandonó el viejo contrapunto entre insurrección y guerra popular y la propia idea de la revolución fue explícitamente desechada o implícitamente ignorada.

Las rebeliones populares, la crisis del neoliberalismo y la pérdida de iniciativa del imperialismo norteamericano modificaron este adverso panorama en la última década. Pero el nuevo contexto está signado por la generalizada sustitución de las viejas dictaduras por regímenes constitucionales. Este marco reduce significativamente la viabilidad inmediata del modelo soviético o del esquema cubano para acceder al poder. Mientras que estos cursos se implementaron en batallas contra monarquías y dictaduras de larga data, no existe ningún precedente de victorias equivalentes frente a regímenes asentados en elecciones periódicas o en décadas de funcionamiento parlamentario.

Los sistemas post-dictatoriales cuentan con un gran arsenal de mecanismos para neutralizar o disolver las protestas populares. Recurren a la cooptación, a la adaptación parlamentaria o la domesticación institucional. Utilizan el recambio de autoridades para atenuar las tensiones políticas y se apoyan en la falsa identificación de los dispositivos republicanos con la soberanía popular.

Ajustar la política de la izquierda a este contexto es un complejo desafío, ya que si bien la revolución es un paso insustituible para erradicar el capitalismo, su preparación ha variado sustancialmente. Los tiempos, las formas y el tipo de organizaciones exigidos para dirimir esa confrontación son mucho más sinuosos, que los requeridos para transitar el camino insurreccional o guerrillero.

Controversias electorales

Frecuentemente se presenta a la revolución cómo una acción contrapuesta a las elecciones, olvidando los múltiples vínculos que han enlazado históricamente a ambos acontecimientos. Particularmente el constitucionalismo magnifica esta oposición, desconociendo que los comicios, los partidos y los parlamentos surgieron de revoluciones burguesas contra las monarquías. Estas sublevaciones continuaron durante una centuria de levantamientos democráticos contra dictaduras y no se agotaron con el fin de las tiranías. La reciente oleada de levantamientos sudamericanos demostró que ningún mecanismo electoral anula la protesta popular. La revolución sólo perderá sentido cuándo desaparezca la opresión social.

El republicanismo rechaza esta conclusión en el nuevo escenario regulado de las elecciones periódicas. Desenvolver una batalla ideológica contra esta mistificación es una prioridad de la política socialista. Pero esta lucha tendrá pocos resultados si no se reconocen los inconvenientes creados por el marco pos-dictatorial. Estos problemas son particularmente espinosos para las organizaciones forjadas durante luchas clandestinas de varias décadas contra las tiranías militares.

En las nuevas condiciones políticas la arena electoral es un campo central de confrontación contra las clases dominantes. Existe un inédito cuadro de libertades públicas y la mayoría de la población visualiza a ese terreno, cómo un área propicia para lograr transformaciones progresistas. Esta percepción se refleja en los triunfos electorales de corrientes radicales y en la expansión de las Asambleas Constituyentes.

Algunos teóricos censuran desde la izquierda la participación en los comicios, interpretando que esta presencia genera corrupción, adaptación al orden vigente y disolución de la identidad contestataria. Estiman que trabajar dentro de las instituciones del sistema es incompatible con apostar a su derrocamiento [4].

Pero esta posición induce a una falsa antinomia. Si se interviene adecuadamente, el terreno electoral puede abonar la acción revolucionaria en vez de ahogarla. La sucesión de victorias contra la derecha en Venezuela, Bolivia o Ecuador ilustran la función positiva de esta participación.

Es importante registrar este hecho sin deducir una receta de concurrencia permanente a cualquier acto electoral. En muchas circunstancias el boicot o el voto en blanco son legítimos y convenientes. Estas definiciones tácticas dependen de numerosas circunstancias y deben adoptarse sin santificar a los comicios, ni repudiarlos con argumentos incomprensibles para la población.

La participación con propósitos revolucionarios en las elecciones tampoco debe limitarse a un ritual propagandístico. Es completamente inútil concurrir a los comicios en forma deportiva, para dejar flotando un mensaje de principios que nadie escucha y jamás se traduce en votos. Hay muchas variantes de compromisos para superar esa irrelevancia y facilitar al mismo tiempo, progresos verificables en el nivel de conciencia y organización de los oprimidos.

Lo importante es proyectar al terreno electoral una presencia habitualmente superior de la izquierda en la lucha social. Hay dos peligros permanentes en esta acción: el riesgo de la marginalidad (si se ignora la institucionalidad burguesa) y la adaptación al constitucionalismo (si incorpora la rutina que imponen sus normas).

Este sistema de dominación burguesa expurga y coopta. Por un lado bloquea la acción de los rebeldes, desalienta la movilización y neutraliza muchas demandas populares. Por otra parte, difunde prebendas y agota a los contestatarios en improductivas actividades parlamentarias.

Para avanzar en una estrategia revolucionaria hay que superar los obstáculos que genera este terreno minado por el constitucionalismo. La clave radica en intervenir en el parlamento, mientras se desenvuelve el poder popular extra-institucional en que se sostendría el giro anticapitalista. La construcción de organismos de acción autónoma, conectados con procesos electorales es el eje de esta política revolucionaria.

El problema de la violencia

La revolución es usualmente identificada con la violencia. Esta asimilación olvida que el uso de la fuerza no es una peculiaridad de las acciones populares, sino un rasgo estructural de la dominación capitalista. Esta opresión se asienta en la coerción económico-social que ejercen las clases dominantes, especialmente a través del poder del estado. Al igualar la violencia con la insubordinación popular se invierte esta realidad. Los responsables de la represión cotidiana son exculpados y las víctimas quedan condenadas. Con este criterio se oculta, además, que la conservación del status quo tiene costos humanos muy superiores a los intentos de revertir el orden opresivo.

En América Latina la violencia de los dominadores ya no se ejerce a través de dictaduras sanguinarias, sino por medio del constitucionalismo. Las reglas de este sistema limitan el uso de la fuerza, pero no reducen la agresión social que sufren los oprimidos. En varios países persisten formas de terrorismo estatal (Colombia) y represión permanentes (Perú, México). Nuevas modalidades de coerción cotidiana se ha expandido brutalmente junto a la pobreza en varias zonas (Centroamérica, Brasil)[5].

La presencia de la violencia en un proceso revolucionario es un resultado de la gravitación que tienen los mecanismos represivos bajo el régimen actual. El único proyecto real de eliminación paulatina de estos dispositivos es el socialismo, en la medida que este proyecto apunta a disolver los antagonismos de clase que alimentan el uso de la fuerza.

La caracterización que planteó Marx de la violencia cómo "partera de la historia" no ha perdido vigencia. Mientras subsista la opresión de clase permanecerá bloqueada la gestión no violenta de las tensiones sociales. Los capitalistas no resignarán pacíficamente sus privilegios, ni mantendrán la primacía del consenso sobre la coerción cuándo perciban una amenaza real a su dominación.

Tal como ocurrió con todas las revoluciones del pasado el desenlace socialista incluirá el uso popular y mayoritario de la fuerza. Esta norma histórica persistirá porque el capitalismo ha potenciado hasta una escala inédita el ejercicio corriente de la violencia. Basta observar el número de muertos que han ocasionado las guerras contemporáneas para dimensionar la magnitud de esta barbarie.

Más de una centuria de experiencias políticas confirma la inviabilidad del "camino parlamentario al socialismo". Cuándo este curso se intentó en situaciones críticas, los resultados fueron trágicas victorias de la derecha. Cualquier ingenuidad o inocencia en este terreno tiene efectos funestos.

A la luz de estos procesos es importante recordar, que la primacía de la arena parlamentaria frente a la acción directa constituye sólo una opción de la estrategia socialista. No implica abandonar la estrategia de poder. Las comentadas observaciones del último Engels a favor de la acción electoral frente a la lucha de barricadas se ubican en este plano coyuntural. Fueron referencias adaptadas a la situación alemana de la época, sin ninguna implicancia general. Cualquier socialista consecuente sabe que la erradicación del capitalismo requiere desenlaces revolucionarios.

La ilusión de transformar a este sistema evitando el uso de la fuerza ha reaparecido últimamente, entre pensadores que convocan a retomar el tipo de resistencia pacífica que inauguró Gandhi[6]. La reactivación de estas propuestas se consuma en un contexto de horripilantes enfrentamientos étnicos y terribles derramamientos de sangre en Ruanda, los Balcanes y Medio Oriente.

Pero ese tipo de acciones pacifistas constituyen tan sólo una forma de lucha contra el enemigo. Al igual que las huelgas de hambre son recursos que permiten éxitos populares en ciertas condiciones políticas. Pero su insuficiencia salta a la vista para confrontar con el Pentágono y sus marines.

La experiencia histórica también indica que la violencia fue siempre un producto de medidas reaccionarias y no de sublevaciones populares. En la gesta soviética de 1917 prácticamente no se registraron bajas, pero durante la guerra civil posterior el país quedó devastado. El debut de la revolución no ocasionó bajas, ya que el ejército estaba disuelto en los soviets de soldados. Este desarrollo ilustró cómo el sostén masivo de una revolución disminuye radicalmente las pérdidas humanas que entraña ese proceso.

Legitimidad y oportunidad

El fin de las dictaduras ha modificado el lugar de la violencia en la estrategia socialista latinoamericana. La legitimidad de este recurso ya no deriva de la brutalidad ejercida por las tiranías, sino que emerge de la propia dinámica que asumen las luchas sociales. El uso popular de la fuerza se ha tornado, además, más problemático por el temor que legó el despotismo militar. Mientras que la revolución comienza a recuperar aceptación -junto al proyecto de gestar otro mundo alternativo a la opresión neoliberal- el papel de la violencia en esta trasformación suscita fuertes controversias.

En este contexto la estrategia socialista debe confrontar no sólo con la ingenuidad pacifista, sino también con la tradición de putchismo aventurero, que Marx situaba en el blanquismo, Lenin en el bakuninismo y la izquierda latinoamericana en el foquismo. Esta herencia incluye una larga historia de errores que deben ser reconocidos sin ninguna vacilación. En la oleada guerrillera que inspiró la revolución cubana se registraron numerosos casos de acciones armadas inoportunas e inadecuadas. Una generación de heroicos militantes cometió estos desaciertos, al confundir la verificable radicalización política de la juventud con la disposición revolucionaria aún inmadura de la mayoría popular.

El balance crítico de estas experiencias no ensombrece la reivindicación de sus propósitos, ni la extraordinaria herencia revolucionaria, que por ejemplo dejó la acción continental del Che. Pero lo ocurrido debe permitir comprender que el uso de la violencia debe asentarse -en cada circunstancia- en las experiencias de lucha que desenvuelven las masas. De lo contrario, no sólo se multiplica el peligro de aislamiento y exterminio a manos de la reacción, sino también la posibilidad de una degeneración hacia el puro terror.

Las formas aberrantes que alcanzó la guerrilla de Sendero Luminoso en Perú durante los años 80 constituyen un ejemplo regional de esa degradación, que alcanzó un pico internacional de oprobio con los Khmer Rojos de Camboya. Estos episodios deben recordarse como advertencia de los peligros que afronta toda revolución.

Este proceso incluye violencia y se debe afrontar esta triste realidad sin ningún titubeo. Pero resulta necesario registrar los terribles peligros que entraña esa necesidad. Sólo el carácter mayoritario, oportuno y preparado de su instrumentación reduce estas amenazas.

La violencia tiene legitimidad cuándo emerge de las experiencias populares habitualmente gestadas frente a invasiones externas, represiones o provocaciones fascistas. Esta instrumentación se encuentra asociada con la conformación de embriones del poder popular. La violencia constituye un aspecto subordinado, indeseado y acotado -aunque inevitable- de la estrategia política socialista.

Unidad y opciones

Ningún proyecto socialista puede prosperar sin lograr la unión de las mayorías explotadas contra la minoría de explotadores. Este objetivo no es sencillo desde el momento que los opresores dominan creando divisiones entre las masas. Estas fracturas son por ejemplo propiciadas en la actualidad por la derecha venezolana, que irrita a la clase media contra los trabajadores. La misma tensión incentiva la oligarquía boliviana, al potenciar disputas regionales que pueden desembocar en la desintegración del país. Los conservadores tratan de enemistar en Ecuador a los indígenas con las clases populares urbanas y en Argentina intentan romper el puente de entendimiento que forjó la rebelión del 2001 entre la clase media y los desocupados organizados.

Sólo la lucha social conjunta permite contrarrestar estas fracturas y establecer el vínculo unitario que los oprimidos necesitan para viabilizar un proyecto anticapitalista. El logro de esta unidad entre obreros y campesinos constituía el pilar de la política promovida por Lenin y Gramsci y el sustento del frente único contra el fascismo que propiciaba Trotsky.

El principal obstáculo que enfrenta esta convergencia popular es la búsqueda de consensos con las clases dominantes. Para acordar con los capitalistas industriales contra sus rivales agrarios y financieros o con los empresarios nacionales contra sus competidores extranjeros se abandonan las reivindicaciones sociales que unen a las masas. Los socialdemócratas y partidarios de la estrategia por etapas suelen provocar esta fractura, cuándo rechazan la movilización social en pos de alianzas con la denominada burguesía progresista.

Todas las revoluciones que triunfaron en el pasado lograron revertir las divisiones entre los oprimidos. Este ensamble no fue incompatible en Cuba y Nicaragua con distinto tipo de compromisos parciales con los capitalistas. Pero estos acuerdos nunca anularon la lucha consecuente que condujo a la victoria.

La ausencia de unidad permite a los capitalistas reconstruir una y otra vez los mecanismos de dominación, al cabo de grandes crisis económicas o catástrofes sociales. Pero no es sencillo superar las divisiones, aplicando al mismo tiempo una política anticapitalista.

Esta estrategia exige considerar varias hipótesis y actuar con flexibilidad. Implica recurrir a una amplia variedad de tácticas en el estricto sentido de estas acciones, es decir cómo operaciones parciales destinadas al logro del objetivo socialista. Esto pasos se encuentran sujetos a fuertes modificaciones, que invalidan en ciertas circunstancias lo que se implementó acertadamente en otras situaciones. El sentido de estas acciones es desenvolver procesos revolucionarios, reforzando las conquistas democráticas, imponiendo reformas sociales y desarrollando la conciencia y la organización de los oprimidos.

Para describir esta política ha sido muy común el uso de términos y categorías originalmente concebidos para la acción militar. La estrategia para ganar la guerra fue transformada en el arte de llegar al poder y la táctica para doblegar al enemigo fue traducida en compromisos para alcanzar ese objetivo. La estrategia exigió considerar el curso de la lucha de clases y la táctica requirió establecer diferencias entre enemigos principales y secundarios.

Ambos conceptos fueron utilizados para evitar la inoperancia (un despliegue de estrategia sin tácticas) y el oportunismo (acciones tácticas carentes de guía estratégica). Pero el parentesco del arte militar con la estrategia socialista es acotado. La revolución exige un nivel de intervención colectiva y maduración de la conciencia popular, que resulta incompatible con los patrones jerárquicos de obediencia[7].

La revolución social ordena la estrategia anticapitalista y brinda un criterio de evaluación de iniciativas válidas para avanzar hacia el socialismo en cada coyuntura. No es el único componente de una estrategia anticapitalista, ni tampoco el más importante en todas las circunstancias. Pero aporta una norma orientadora de esa lucha.

Proceso revolucionario

En las nuevas condiciones políticas de América Latina la acción insurreccional o guerrillera formaría parte de un proceso revolucionario, pero al cabo de una secuencia previa de gestación del planteo anticapitalista. Estos anticipos implicarían protagonismo de las masas, conquistas sociales, radicalización ideológica y construcción del poder popular.

La revolución constituiría el momento definitorio de esa acumulación de experiencias en un marco de intensas confrontaciones sociales, que generarían las condiciones para esa batalla decisiva. La revolución es un acontecimiento necesario, pero no único, ni excluyente de esta sucesión de hitos populares, que forjan la totalidad del proceso revolucionario. Cada batalla de esta secuencia contribuye al desenlace final.

La estrategia de proceso revolucionario es importante para Venezuela, dónde podrían gestarse condiciones para un curso socialista si prospera la maduración de los conflictos de clase y se gestan organismos de poder popular. Lo mismo ocurre en Bolivia, dónde los tiempos de la revolución tienden a acortarse en forma dramática, obligando a definir senderos de poder.

Pero una estrategia de actualización de la revolución no es una receta uniforme para toda la región. Constituye una sugerencia de caminos para superar las insuficiencias de los modelos clásicos, mediante rumbos muy variados en cada marco nacional. No es lo mismo instrumentarlo frente a gobiernos adscriptos al terrorismo de estado (Colombia), que ante presidentes apegados al institucionalismo (Uruguay, Costa Rica).

Un marco para el desarrollo de procesos revolucionarios sería la emergencia de gobiernos de izquierda, reformistas o nacionalistas radicales. En este caso la batalla anticapitalista coexistiría con administraciones surgidas del voto popular y en conflicto con las clases dominantes.

La presencia de gobiernos de este tipo constituye una eventualidad y no una etapa inexorable de preparación del socialismo. Pero es una alternativa probable en el escenario actual, ya que los mecanismos constitucionales tienden a potenciar la incidencia de las urnas, en experiencias que anticipan el desenlace revolucionario.

Una estrategia socialista en estas situaciones debería confrontar con dos problemas: traspasar los límites del constitucionalismo y evitar el retorno de la derecha. Esta combinación exige consolidar reformas, mientras se avanza en la erosión de la dominación capitalista, por medio de la acción directa y la conformación de un poder extra-parlamentario.

Dos líneas de batalla

Una estrategia contemporánea de gestación del proceso revolucionario tiene muchos puntos en común con la mixtura de guerra de posición y movimiento que sugirió Gramsci. Con el primer curso se apunta al logro de conquistas populares dentro de las trincheras institucionales y con el segundo rumbo se prepara la captura del poder.

El líder del comunismo italiano concibió esta estrategia para socavar las posiciones del enemigo capitalista antes de su desplazamiento del poder. Formuló esta idea en oposición a dos enfoques: la propuesta socialdemócrata de desgaste sin derrocamiento de los capitalistas (que planteaba Kautsky) y la ofensiva revolucionaria permanente, sin auxilio de conquistas parciales (que defendía Lukacs en 1920-21)[8].

Una actualización de esta estrategia debería evitar tanto la adaptación al status quo, cómo el aislamiento del sentir popular. Sostener exclusivamente la guerra de posiciones conduce a la aceptación del orden burgués, pero propiciar sólo la guerra de movimientos empuja a los socialistas a la marginalidad. La combinación de ambos cursos en un proceso revolucionario facilita la preparación en las trincheras y la definición en la ofensiva.

La concreción de este enlace exige comprender que la lucha por reformas es complementaria y no antagónica de la revolución. Esa batalla refuerza la cohesión de los trabajadores, incrementa su confianza en la acción e incentiva la maduración de la conciencia anticapitalista. Un desenlace socialista requiere experimentar previamente logros en la lucha por reformas. Cómo no se puede conocer anticipadamente los tiempos y los alcances de ambos procesos, lo importante es reconocer su complementariedad.

Las reformas y las revoluciones no transitan por universos separados, ni pertenecen a etapas históricas excluyentes. Ambos cursos se han verificado en distintos momentos del capitalismo. Hubo mejoras sociales a fin del siglo XIX y a mitad de la centuria posterior y se concretaron grandes revoluciones durante la Comuna de Paris, la entre-guerra, la posguerra y el fin del siglo XX. Las reformas y las revoluciones forman parte del escenario capitalista desde la maduración de este sistema y perdurarán hasta su extinción.

Marx describió cómo la conciencia revolucionaria madura en la batalla por reformas en sus polémicas con los anarquistas y Luxemburg retomó esta conexión. Explicó que ambos cursos no son opciones morales contrapuestas, sino métodos complementarios con pertinencia diferenciada en cada coyuntura[9].

Esta caracterización mantiene plena vigencia. Aporta una alternativa a las falsas expectativas socialdemócratas en la permeabilidad del capitalismo. Pero ofrece, además, una respuesta superadora de las impugnaciones dogmáticas al logro de mejoras.

Variantes problemáticas

La estrategia de preparar la revolución con reformas plantea un camino adecuado para el contexto actual y fue sugerida por algunos autores durante los años 80, para los países avanzados. Estos modelos contemplaban la hipótesis de gobiernos de izquierda, que coexistirían con un proceso de radicalización dirimido en términos revolucionarios[10]. La versión más reciente de esta propuesta se inclina por ideas más próximas a la tesis reformista. Contempla tres posibilidades de salto socialista, aplicables a distintas coyunturas y países. Un camino "rupturista" de cambios radicales a través de la toma del poder, un sendero "intersticial" de difusión del cooperativismo y un curso "simbiótico" de mejoras sociales y democratización del estado[11].

Aunque las tres alternativas son aceptadas para diversos contextos se postula la conveniencia del rumbo simbiótico. Este rumbo evitaría el estatismo y la burocratización observados en el primer curso y la escasa viabilidad que se percibe en la segunda orientación. Este enfoque reconoce que los resultados socialdemócratas del tercer camino han sido poco favorables para la mayoría popular, pero estima que sus aciertos han sido superiores a las opciones alternativas. Estos logros son ilustrados con ejemplos democráticos (presupuesto participativo de Porto Alegre), sindicales (convenios de protección sanitaria en Alemania), de previsión social (controles sobre Fondos de Pensión en algunas empresas de Canadá) y acción asociativa (atención de los ancianos por organizaciones comunales en Québec).

La elección de estos casos indica que el curso simbiótico es imaginado para los países desarrollados y no para la periferia latinoamericana, que tiene pendiente la concreción de mejoras sociales más elementales. Pero lo que no se aclara en ningún momento es cómo se concretarían estos logros anticipatorios de la sociedad post-capitalista. De hecho sólo se postula una política de regulación estatal frente al neoliberalismo.

Este enfoque olvida que cualquier conquista social afronta bajo el capitalismo un ambiente hostil. Supone que existe un amplio espacio para concretar reformas, desconociendo los límites que impone el régimen burgués a los logros populares. Estos obstáculos han sido muy visibles en la experiencia neoliberal de las últimas décadas no sólo en la periferia, sino también en los propios centros del capitalismo. En todas las latitudes han predominado los atropellos contra los trabajadores.

En realidad el grado de concesiones que puede otorgar el capitalismo -en cada época- es un dato conocido a posteriori. Nadie imaginaba antes de 1950 la magnitud de las mejoras que se verificarían con el estado de bienestar, pero tampoco se pensaba que la reversión de estas reformas sería tan brutal con el neoliberalismo. Lo único que puede anticiparse con certeza es el trágico efecto que tienen las crisis capitalistas y las terribles reacciones que adoptan los opresores frente a amenazas significativas a su dominación.

Por ambas razones la revolución es el componente clave de una estrategia socialista y requiere batallar sin ninguna especulación sobre el alcance de las mejoras factibles. En cualquier camino "simbiótico" consecuente aparecería la necesidad de adoptar un giro "rupturista" para imponer las aspiraciones de los oprimidos[12].

Costos y posturas

Los defensores del rumbo "simbiótico" estiman que las dificultades contemporáneas del proyecto socialista provienen de su "elevado costo de transición". Consideran que los trabajadores podrían coincidir con esta propuesta, pero no están dispuestos a solventar los sacrificios requeridos para concretarla[13].

Pero este argumento presupone que los individuos dirimen racionalmente las alternativas del futuro, conociendo todos sus beneficios e inconvenientes. Con este criterio suelen razonar los teóricos neoclásicos de la economía, cuándo presentan escenarios de consumidores soberanos, inversores con plena información y agentes dotados de preferencias conocidas. Este universo imaginario es inútil para considerar las opciones políticas que enfrentan los trabajadores como clase social explotada.

Bajo las presiones y los sufrimientos impuestos por el capitalismo las mayorías populares actúan en función de sus experiencias políticas. No suelen concebir la mejor alternativa, ni se guían por predilecciones abstractas. Las dificultades que por ejemplo enfrenta en la actualidad el socialismo, obedecen al desplome de la URSS y a las derrotas propinadas por neoliberalismo. No son producto de una opción por el capitalismo cómo alternativa sustituta de una meta superior ("el segundo mejor"). El resurgimiento del socialismo depende de la superación de estas frustraciones políticas y no de acertadas elecciones individuales.

La conquista de reformas que preparen la revolución exige abandonar la expectativa en la capacidad del capitalismo para otorgar concesiones de todo tipo. Si este amoldamiento fuera posible, no habría necesidad de luchar por el socialismo preparando una revolución. La tesis "simbiótica" diluye esta exigencia y no permite desenvolver una conciencia popular adecuada, para actuar frente a la repentina irrupción de ese acontecimiento.

La preparación frente a este escenario exige también asimilar el componente ofensivo de la estrategia socialista, que legó el leninismo. Este aspecto es importante para confrontar con el conservatismo socialdemócrata y para superar la historia de vacilaciones, que arrastra el intento de combinar la reforma con la revolución. La trayectoria del austro-marxismo brinda un ejemplo de esos titubeos.

Esta corriente tuvo eminentes pensadores (Bruno Bauer,Victor Adler) y alcanzó su plenitud a comienzos de los veinte con la administración socialista de varios municipios (especialmente "Viena Roja"). Los austromarxistas defendieron la revolución bolchevique, rechazaron las capitulaciones de Bernstein y Kautsky, se opusieron a participar en gobiernos de coalición con la burguesía y desenvolvieron concepciones teóricas originales en numerosos terrenos[14].

Pero postulaban una actitud meramente defensiva frente las conspiraciones reaccionarias y esta forma de actuar determinó su incapacidad para frenar el fascismo. Al carecer de una estrategia política ofensiva para alcanzar el poder permitieron que los derechistas tomaran la iniciativa. La revolución cómo desemboque de reformas consecuentes es inviable, sin la cuota de decisión que permite actuar primero para debilitar al enemigo. Sólo con esta postura se puede intervenir, cuándo maduran las condiciones para el momento de la revolución.

Sentidos y significados

Una caracterización reciente destaca tres sentidos diferenciados de la revolución, cómo principio genérico, desenlace de prolongados conflictos sociales y método de conquista del poder[15].

La primera acepción presenta escasas connotaciones políticas inmediatas y se manifiesta a nivel subjetivo cómo un anhelo de liberación. Esta aspiración se ha verificado en todas las sociedades desde tiempos inmemoriales. La expresión objetiva de este sentido genérico de la revolución son las contradicciones del capitalismo, que Marx sintetizó cómo un choque entre fuerzas productivas pujantes y relaciones de producción obsoletas[16].

Estas caracterizaciones se refieren a la revolución en términos históricos, indicando la posibilidad de su estallido en un momento de madurez del capitalismo. No especifican las formas de ese acontecimiento, ni tampoco plantean sugerencias sobre la política requerida para concretar esa acción.

La segunda acepción de la revolución propone una aproximación más concreta. Presenta a este acontecimiento cómo un momento culminante de la confrontación entre dos tendencias en pugna bajo el capitalismo: la primacía del beneficio patronal y las necesidades sociales populares. Estas dos fuerzas se encuentran en permanente conflicto y se expresan a través del choque que opone el curso de valorización (que propician los capitalistas) con la dinámica de cooperación (que promueven los trabajadores).

En esta batalla la lógica cooperativa confronta con la lógica competitiva para sentar las bases de una construcción socialista de mediano plazo. A través de su resistencia social los oprimidos pueden ir generando un escenario con relaciones de fuerzas favorables, que permitan legitimar su proyecto. Al cabo de una prolongada tensión social tiende a irrumpir la revolución, que los dominados necesitan para triunfar sobre los dominadores[17].

Este esquema supera la simple enunciación de deseos o condiciones objetivas requeridas para gestar una sociedad post-capitalista, pero se mantiene en un plano genérico. Indica una línea de desarrollo global del proyecto socialista, que es compatible con múltiples instrumentaciones políticas.

Finalmente, el tercer sentido de la revolución se refiere concretamente a los métodos utilizados para tomar el poder, a partir de experiencias de insurrección y guerra popular prolongada.

La noción contemporánea de proceso revolucionario combina la segunda y tercera acepción, en un enfoque de mediano y corto plazo de la revolución. Explica cómo la oposición creciente entre las lógicas cooperativa y competitiva desembocaría en una situación crítica, que pondría a la orden del día la toma del poder.

El desenvolvimiento de esta hipótesis exige colocar nuevamente a la revolución en la agenda socialista. Antes de evaluar cuándo, cómo o en qué circunstancias se desenvolvería ese proceso, resulta vital reconocer la necesidad y centralidad de la revolución. La renuncia a este objetivo implica una auto-inmolación de la izquierda. Algunas veces se explicita esta dimisión, pero con mayor frecuencia se elude el tema, buscando reemplazar el propio término de revolución por algún sustituto menos irritante. El lenguaje se modera, los razonamientos se tornan enigmáticos, las propuestas se formulan de manera elíptica y junto al olvido de la revolución desaparece el objetivo básico de la lucha socialista, que es la erradicación del capitalismo.

En ciertas oportunidades se recurre al concepto de ruptura, sin aclarar su diferencia con la revolución. Ambos conceptos son válidos, pero corresponden a momentos diferentes del proceso revolucionario. Con el primer paso se quebranta un orden liberal o imperialista, sin plantear un desafío abierto a la dominación burguesa. Con el segundo se apunta a reemplazar el viejo estado de las clases dominantes por un nuevo poder popular. La revolución introduce un cambio histórico, que altera las relaciones sociales y trastoca todos los valores, instituciones y liderazgos de la sociedad.

Reconocer la trascendencia de esta acción es tan importante cómo aceptar la complejidad de su concreción. Cierto silencio actual sobre el tema, obedece a las dificultades que efectivamente existen para concebir las formas que asumiría este hito en el siglo XXI. Pero ese estallido ha sido siempre imprevisible e inesperado.

En la actualidad predomina la impresión que las revoluciones del futuro serán episodios sustancialmente diferentes a los precedentes clásicos. Transformar estas intuiciones en reflexiones sobre la estrategia contemporánea es el gran desafío del momento. Caracterizaciones acertadas, audacia y originalidad han sido ingredientes decisivos de todas las revoluciones y estos componentes que volverán a imperar en el futuro.

5/12/07

BIBLIOGRAFÍA

- Aguilar Mora Manuel. "Calderón ante su laberinto. Corrupción rampante y represión".

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Este artículo forma parte del libro: Katz Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina. Editorial Luxemburg, Buenos Aires (aparición a principios del 2008).

[3] Una revisión de estos debates presenta: Sabado Francois. "Strategie revolutionaire. Quelques elements cles". Critique Communiste n 179, mars 2006.

[4] Estas tesis son discutidas en: Petras James, Veltmeyer Henry. Movimientos sociales y poder estatal. Lumen, México, 2005. (cap 4)

[5]En México los desaparecidos se cuentan por decenas, mientras el gobierno avanza en la instrumentación de un plan de militarización acordado con el Pentágono. Desde el ascenso de Uribe a la presidencia en el 2002 se han agregado en Colombia un millón de desplazados a los dos millones ya existentes. En Centroamérica la protesta social es abiertamente criminalizada y en Guatemala el número de asesinatos anuales es pavoroso. Alan García enfrenta en Perú la lucha social con el uso de tropas, mientras negocia con el Departamento de Estado la instalación de una base militar.

[6] Estas tesis son postuladas por Balibar Etienne "Identité conflictuelles et violences identitaires". Contretemps n 7, mai 2003, Paris.

[7]Las analogías de estrategia militar y política fueron analizadas por: Dos Santos Theotonio, Bambirra Vania. La estrategia y la táctica socialistas de Marx y Engels a Lenin. Era, México, 1980 (Introducción).

[8] Una descripción de estas controversias resume: Anderson Perry. Las antinomias de Antonio Gramsci. Fontamara, Barcelona, 1981.

[9] Una desarrollo de esta visión en las distintas etapas de la revolucionaria alemana presenta:
Loureiro, Isabel María. Rosa Luxemburg: os dilemas da acao revolucionária, Fundaçao Editoria da UNESP, 2004

[10] Wright Erik Olin. Clase, crisis y estado. Siglo XXI, Madrid, 1983 (cap 5).

[11]Wright Erik Olin. "Los puntos de la brújula". New Left Review n 41, noviembre-diciembre 2006.

[12] Esta caracterización desarrolla: Callinicos Alex. "Egalitarism and anticapitalism A reply" Historical Materialism, n 11.2, 2003.

[13] Wright Erik Olin, Brighouse Harry. "Reviews Equality", Callinicos Alex. Historical Materialism, vol 10, Issu 1, 2002.

[14] Los logros y desaciertos del austro-marxismo son expuestos por: Merhav Perez. "Social democracia e austromarxismo". Historia do Marxismo, vol 5, Paz e Terra 1986. Marramao Giacomo. "Entre bolchevismo e social-democracia: Otto Bauer e a cultura do austromarxismo". Historia do Marxismo, vol 5, Paz e Terra 1986.

[15] Esta distinción establecen: Bensaid Daniel, Crémiex, Duval Francois, Sabado Francois. "Reagrupamiento. Carta de la LCR al SWP". El mundoalreves.org, 11.2.06

[16] Marx Karl. Introducción general a la crítica de la economía política. Cuadernos de pasado y presente, Buenos Aires, 1974.

[17] Esta tesis expone: Amin Samir. "He sido y sigo siendo comunista". Rebelión, 27-0-2003. Amin Samir "El duro mundo capitalista después del capitalismo". Página 12, 10 de agosto de 2003. Amin Samir. "Estados Unidos, Japón y Europa forma una tríada imperial". Clarín, 10 de agosto de 2003.

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200 años de los “Principios…” de David Ricardo


Unidad contra el fascismo: el frente único


Perry Anderson, Gramsci y la hegemonía


Socialisme i nacionalisme (1897), i altres dos articles de James Connolly


Aprender de la Gran Depresión


El marxismo y la burocracia sindical. La experiencia alemana (1898-1920)


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