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Anticapitalistes
  
dimarts 7 d’octubre de 2014 | Manuel
Reparto del trabajo en una perspectiva ecosocialista

Andreu Recio

La jornada laboral es una de las cuestiones recurrentes del debate social, al menos desde que se implantó el capitalismo como marco institucional dominante. El debate se ha planteado en relación a tres grandes cuestiones: como medio de limitar el poder del capital y de garantizar condiciones de vida dignas a las clases trabajadoras; como una medida de lucha contra el desempleo y, más recientemente, como una parte integrante de una estrategia de decrecimiento. Se trata por tanto de una cuestión central en muchos debates sociales, compleja y sobre la que hay que considerar múltiples aspectos. En las líneas que siguen no planteo un debate completo sino que pretendo apuntar cuestiones que considero esenciales para abordar la discusión de políticas.

¿Qué cantidad de trabajo debe realizar una sociedad?

En primer lugar cabe considerar cuánta cantidad de trabajo debe realizar una sociedad. La cantidad total de trabajo depende crucialmente de dos componentes: a) el volumen de bienes y servicios que quiera producirse y b) el tiempo de trabajo necesario para producir cada bien o servicio. Cuanto mayor sea la cantidad de bienes y servicios que queramos producir más tiempo deberemos trabajar (y viceversa). Cuando más productiva sea la hora trabajada menos tiempo necesitamos dedicar a trabajar. En una sociedad donde solo se produjera un bien las cosas serían muy simples: más producción de este bien generaría más necesidad de trabajo y mayor productividad menos. Y es evidente que cuando se alcanzara un grado satisfactorio de producción de este bien cualquier aumento de la eficiencia productiva podría trasladarse a reducir la cantidad de trabajo. En las sociedades reales, con una gran cantidad de bienes y servicios, las cosas son más complejas puesto que la cantidad de trabajo varía no solo por cambios en el volumen total de producción, sino también por cambios en la composición de la misma. Si se reduce la producción de bienes y servicios muy tecnificados y en cambio aumenta la de servicios intensivos en trabajo deberá aumentar la cantidad de trabajo (y a la inversa).

El supuesto del que parten muchos de los partidarios de la reducción de la jornada laboral es que en una sociedad que avance hacia la sostenibilidad, como la producción total tenderá a caer, va a reducirse la cantidad de trabajo. En mi opinión la cosa es de entrada más compleja por dos razones. La principal es que una economía ambientalmente sostenible va a utilizar tecnologías diferentes de las actuales. En concreto menos intensivas en energía y por ello menos productivas. También porque una economía sostenible supondrá un cambio en la composición de la producción y posiblemente aumentará la importancia de actividades como los cuidados humanos que son más intensivas en trabajo. No quiero decir que en conjunto vaya a aumentar la carga de trabajo social, simplemente avisar que a menudo caemos en la trampa de pensar solo en términos de volumen de producción y perdemos de vista que la sostenibilidad afectará a los dos lados del cociente: al volumen de producción y a la productividad. Creo que lo crucial no es determinar si nos tocará trabajar menos (espero que así sea) o más, lo crucial es qué mecanismos democráticos se desarrollan para definir colectivamente cuál es la cantidad (y composición) aceptable de la producción y la carga de trabajo que conlleva.

Trabajo mercantil y trabajo no mercantil

En segundo lugar hay que considerar los espacios sociales de trabajo. La misma actividad laboral puede realizarse en espacios y bajo relaciones sociales diferentes. En las modernas economías capitalistas los principales espacios de actividad son el doméstico familiar y el mercantil, aunque se mantienen otros tipos de actividades como las que podríamos llamar de trabajo colectivo voluntario y de trabajo forzado (esclavitud, servidumbres de distinto tipo etc.). Hay que advertir que en la esfera mercantil se incluyen todas las actividades retribuidas, aunque las relaciones pueden ser algo diferentes si el empleador es una empresa privada, un organismo público o una organización sin ánimo de lucro. Lógicamente cualquier estrategia de transformación debe ir encaminada a la erradicación total del trabajo forzado. El debate sobre la longitud de la jornada laboral se concentra por tanto en el del trabajo mercantil.

En gran medida la propuesta de reducir la jornada laboral a 21 horas, tal como está desarrollada en la propuesta de T. Jackson [1], tiene una doble finalidad: reducir la producción mercantil y dedicar mayor tiempo a actividades de autoconsumo. En gran medida está en la estela de las viejas propuestas de André Gorz de principios de 1980. En términos generales la propuesta tiene una lógica no productivista: dedicar menos tiempo a la producción industrializada y más a la producción de autoconsumo y actividades no laborales. En principio la idea es sugerente pero requiere algunas matizaciones.

En primer lugar considero que la frontera entre aquellas actividades que es mejor realizar individualmente y aquellas que deben ser realizadas en instituciones y organizaciones colectivas es, cuando menos, variable. Es cierto que algunos casos tiene mucho sentido trasvasar actividades a la esfera privada, por ejemplo en el caso de la alimentación, reduciendo o eliminando la industria de los precocinados y aumentando la importancia de la cocina doméstica. Pero en otros casos la situación es más discutible. Por ejemplo cuando analizamos las actividades más duras de cuidados, como la atención a enfermos y personas de elevada edad, no está claro que la esfera doméstica sea un espacio adecuado. Como la situación de muchas familias es diversa en este campo, el sustentar los cuidados a la esfera doméstica supone forzar a las personas a un cierto tipo de lotería negativa: aquellas unidades domésticas con personas gravemente enfermas (pienso, por ejemplo, en familias con niños con enfermedades mentales graves, o con presencia de miembros con Alzheimer) están condenadas a una sobrecarga de trabajo insoportable. De hecho el recurso a la familia (básicamente a las mujeres) ha sido la receta tradicional de la derecha, y forma parte también del modelo neoliberal de recorte de servicios públicos que colman de demandas de trabajo a las familias pobres.

En otro orden de cosas el modelo de transporte dominante en las sociedades de capitalismo maduro es el del transporte privado, basado en algún tipo de trabajo doméstico particular (curiosamente la mayor dedicación de las amas de casa estadounidenses en la década de los ochenta era precisamente la de conducir). Un modelo de movilidad basada en transporte público requiere en cambio más trabajo heterónomo y menos autoservicio (quizás se podría objetar en este aspecto que en una sociedad sostenible solo utilizaremos bicicletas y pies, pero como estrategia de ajuste el transporte colectivo me parece imprescindible).

En segundo lugar la idea de reducir el trabajo heterónomo y ampliar el de autoconsumo parte, a mi entender, de una visión algo naif del trabajo doméstico y una visión algo distorsionada del trabajo heterónomo. Sin duda las relaciones sociales bajo el capitalismo son indeseables en la mayor parte de aspectos. Pero tampoco el mundo del trabajo doméstico escapa a las severas críticas que justamente ha mostrado toda la tradición feminista. El patriarcado es tan dañino como el capital (de hecho las peores situaciones que podemos encontrar en nuestra sociedad se encuentran precisamente en el servicio doméstico de cuidados, un espacio donde los empleadores son familias sin ánimo de lucro y en el que de facto se combinan lo peor de los dos mundos: el de las condiciones legales del mercado de trabajo capitalista y el del patriarcado).

Reducir el trabajo heterónomo a trabajo mercantil capitalista es un error. Si queremos construir otro mundo es necesario pensar en formas de relación social diferentes a las del empleo mercantil (y de hecho hay experiencias que nos dan pistas tanto en el sector público como en el de las actividades no lucrativas o en el mundo de las cooperativas). Y por tanto, de lo que se trata es de determinar en cada caso qué cosas resulta mejor realizar con autoconsumo, cuáles pueden dejarse a un voluntariado y cuales es mejor realizar de forma heterónoma. Seguramente un debate que no admite una solución única. La fijación de la jornada laboral adecuada debería ser el producto de este debate inicial sobre cuáles son las actividades a realizar colectivamente y por tanto cuál es la necesidad de trabajo heterónomo a realizar.

En este sentido, la reducción de la jornada de trabajo puede estar fundamentada en la combinación de dos elementos. El primero ya lo hemos discutido en parte en el punto anterior: la eliminación de todas aquellas actividades que son socialmente dañinas, injustificadas, inútiles y cuyo desarrollo actual solo se justifica por las características de la sociedad capitalista. Por otra, porque una sociedad sostenible debe conseguir que todo el mundo aporte su cuota de trabajo social. Históricamente las clases dominantes no han realizado actividades sociales básicas (de hecho los trabajos más duros, básicos para la subsistencia humana, son siempre realizados por la gente con menos poder económico y social, tanto en el mundo mercantil como en el familiar). Una sociedad aceptable debe conseguir repartir realmente el trabajo de forma equitativa, lo que seguramente reduciría el tiempo de trabajo heterónomo para mucha gente y forzaría un aumento de la carga para los sectores privilegiados. En todo caso avanzar en esta dirección será todo menos fácil.

La reducción de jornada en una economía capitalista

Hasta aquí he discutido cómo debería pensarse una política del trabajo en general. Cuando se piensa en utilizar la reducción de la jornada laboral para avanzar hacia una sociedad sostenible, debe tenerse en cuenta el contexto concreto en el que van a producirse los cambios. Y este no es otro, en la actualidad, que una economía capitalista en la que las decisiones productivas básicas están en manos de las élites económicas. Muchos de los debates básicos que he intentado destacar en los apartados anteriores –contenido y cantidad de la producción, espacios de trabajo más o menos adecuado– están fuera del campo de posibilidades de intervención en una economía como la actual. En una economía capitalista las reducciones de jornada son posibles cuando estas son aceptadas por los empresarios. Es cierto que la intervención política ha podido en algunos casos introducir cambios significativos, como fue el caso de la imposición sucesiva de la jornada de 48 y 40 horas, o de las vacaciones pagadas. Pero esto solo ha sido posible con gobiernos reformistas fuertes (o con enormes movilizaciones sociales) que han conseguido superar las resistencias de las clases dominantes.

Una mera reducción de la jornada laboral supone un aumento de los costes laborales a menos que se compense con una reducción equivalente de los salarios. Desde el punto de vista de los costes la reducción de jornada equivale a un aumento de salarios. La respuesta clásica de los capitalistas a ambos retos suele ser la búsqueda de un aumento de productividad, por vías diversas (mecanización, intensificación de ritmos, mejoras organizativas, eliminación de tiempos muertos...). Por esto el efecto sobre el empleo de las reducciones de jornada suele ser bastante menor que el esperado en modelos teóricos. Casi todos los estudios que se han hecho de distintos episodios recientes suelen indicar que el impacto de una reducción de jornada ha generado un moderado efecto sobre la creación de empleo (y ha mejorado las condiciones de vida) [2] y [3]. Sin contar que las experiencias recientes en muchos casos han contado con una generosa financiación pública orientada a hacer digeribles las reformas.

Es cierto que la distribución de la renta entre capital y trabajo es francamente cuestionable. De hecho hay una clara evidencia que en el período neoliberal se ha producido una clara agresión a las rentas salariales. Y por tanto hay buenas razones para introducir medidas que cambien esta distribución. Pero ello requiere una fuerza política y social que discuta directamente la lógica distributiva actual. Lo que no se puede es pensar que con una mera demanda técnica vaya a ser posible un cambio sustancial.

La dispersión de la norma de trabajo y la dificultad de impulsar una política simple sobre el tiempo de trabajo

Las dificultades de avanzar en una reducción de la jornada laboral tienen su punto central en las relaciones capital-trabajo, pero los intereses patronales cuentan además con otros elementos que les permiten generar hegemonía y explican por qué es tan difícil desarrollar procesos de lucha tras este objetivo.

La primera cuestión a tener en cuenta es que hoy existe ya una pauta particular de reparto del trabajo, no igualitaria, que además ha avanzado en los últimos años al calor de los avances neoliberales. Nos referimos al reparto del trabajo mercantil, el no mercantil sigue siendo mayoritariamente cosa de mujeres, las pautas del desigual reparto patriarcal cambian lentamente y su transformación es en buena medida imposibilitada por la propia organización mercantil.

Si analizamos el reparto del tiempo de trabajo mercantil observamos pautas bastante diferentes entre distintos tipos de empleos y personas. En general, la jornada laboral es más elevada para los empleados en puestos altos de las empresas y entre las personas asalariadas en los niveles más bajos de la escala salarial. En cambio la jornada es más reducida y compacta entre los trabajadores públicos y los de las grandes empresas. El cuadro se completa con la creciente presencia de empleos a tiempo parcial, empleos por lo general de muy bajos salarios y prestigio social. Esta dispersión de situaciones obedece fundamentalmente a los modelos de gestión económica capitalista, a la forma de resolver las diferentes cuestiones, aunque juegan en ello factores que hacen más compleja y difícil de tratar la cuestión.

Entre los que realizan altas jornadas laborales están los autónomos (en parte por necesidad, para alcanzar un nivel de ingresos suficiente, en parte por concepción vital) y los asalariados de alto nivel. Su larga jornada forma parte de las opciones empresariales de control sobre el proceso de trabajo, de utilización de la carrera profesional como un mecanismo para extraer todo el jugo a estos empleados. Pero, y ahí está el drama, son aceptados en muchos casos de buena gana porque gran parte de estas personas han sido socializadas en una fuerte cultura del “trabajo duro”, la “realización personal como carrera competitiva”, la “búsqueda de estatus social”. Algo que no solo está presente en la vida de las grandes empresas sino que también es visible en las instituciones de investigación o en la esfera deportiva (que constituye a mi entender un importante elemento de socialización de valores, especialmente para la parte masculina de la población que es la que mayoritariamente ocupa este segmento laboral).

Sin cambiar las pautas de organización, la tensión competitiva, la visión de la vida como carrera es difícil avanzar en una resistencia de este grupo de personas frente a las demandas de una jornada laboral interminable. De hecho en las encuestas este es el grupo que responde en mayor proporción que “preferiría tener más tiempo libre aun a costa de ganar menos”, pero ello no se traduce en la práctica en nada concreto.

En el otro extremo están las masas de empleados que no tienen capacidad de negociar mínimamente sus condiciones de trabajo y para quienes cualquier reducción de salarios afecta gravemente a sus niveles de renta de subsistencia. Y que por ello suelen preferir el “ganar más trabajando igual que el ganar igual trabajando menos”. Es cierto que hasta la Segunda Guerra Mundial los trabajadores lucharon por imponer recortes en la jornada laboral, pero la experiencia keynesiana de capitalismo consumista redujo estas demandas. Y ahora el miedo al paro y el reforzamiento del papel del ejército de reserva a través de la globalización han acabado por debilitarlas.

El crecimiento del empleo a tiempo parcial obedece en gran medida a la respuesta empresarial al tratamiento de actividades que tienen perfiles horarios específicos, lo que suele ser más habitual en los servicios. En la mayoría de países acaban ocupadas por mujeres y constituyen una nueva variante del modelo patriarcal de división del trabajo: en lugar de la tradicional división hombre-trabajador mercantil y mujer-ama de casa, en este nuevo modelo se mantiene el perfil masculino y el femenino pasa a ser ama de casa- trabajadora a tiempo parcial (de hecho el modelo es posiblemente menos nuevo de lo que parece: la familia victoriana era más propia de las clases medias, que podían subsistir con los ingresos del marido, que de la clase obrera, donde siempre se han dado grandes dosis de empleo informal femenino, como los servicios domiciliarios por horas o el trabajo industrial a domicilio). En el caso español, una parte muy importante de los empleados a tiempo parcial querrían un empleo a tiempo completo, no por trabajar más sino por ganar más.

Esta diferenciación de las pautas horarias de trabajo producto de las estrategias empresariales de gestión productiva, es lo que hoy hace más difícil plantear una movilización clara y unitaria en torno a un objetivo sencillo como fueron las 8 horas en el pasado. La cuestión no es solo la de la resistencia patronal a una reducción de jornada que afecta a su nivel de beneficios. El problema es también como movilizar a una población cuya subjetividad ha estado moldeada por un complejo proceso de socialización y cuya situación objetiva, especialmente su renta, es diferente en cada caso. Una reducción de la renta y la jornada laboral puede ser vista por algunos como una mejora social y otros como una amenaza para su bienestar inmediato.

Esto no constituye ningún argumento en contra de defender una reducción de la jornada laboral, sino simplemente situar que esta política no puede hacerse al margen de otras cuestiones. En primer lugar, de considerar que el tema de la jornada y el de los ingresos están interrelacionados. Las enormes desigualdades de ingresos (no solo entre capital y trabajo, sino también entre asalariados) deben ser discutidas en este proceso. Se trata de un tema espinoso, puesto que siempre que se entra en un debate distributivo se genera una enorme tensión social. Uno de los efectos del actual modelo institucional es que permiten creer a cada cual que sus ingresos son merecidos, especialmente cuando más se sube en la pirámide retributiva (en este sentido, gran parte del discurso sobre el papel de la educación orienta a las personas en esta creencia), lo que obliga a realizar un planteamiento más incisivo sobre los méritos y las aportaciones productivas de cada cual. Esto enlaza con la segunda cuestión, que es la de la carrera profesional y el esfuerzo.

Gran parte de las actividades con mayor prestigio social son al mismo tiempo actividades que suelen generar una orientación obsesiva sobre la actividad laboral a quien la realiza. Aunque las razones de esta obsesión pueden ser diversas, desde el disfrute con lo que se está haciendo, pasando por el compromiso social hasta la mera voluntad de medro. Las actividades científicas, artísticas, de organización productiva suelen ser vividas como vocacionales y de dedicación intensiva. Su peso en la sociedad actual (su peso simbólico en especial) es tan grande que sin una acción político-cultural en este terreno muchas de las propuestas de reducción de la jornada laboral pueden quedar bloqueadas.

Por el contrario muchas de las actividades manuales más pesadas no solo generan pocas rentas y poca satisfacción, sino que con los nuevos modelos organizativos muchas se transforman en actividades de poca intensidad temporal (a tiempo parcial, empleos temporales). Cambiar las subjetividades y las condiciones materiales exige propuestas organizativas y sociales que en parte revaloricen muchas de estas actividades (gran parte de ellas básicas para nuestro bienestar), a menudo mucho más complejas que lo que sugieren las visiones dominantes sobre las cualificaciones. Y exigen también pensar alternativas a la configuración de los empleos de gente con elevada formación cultural, fijando lo que es una participación social necesaria y lo que es una aportación social voluntaria.

Conclusión: situar la reducción de la jornada en un contexto más amplio de demandas sociales

Discutir sobre la jornada laboral es pertinente desde los tres puntos de vista indicados al principio. Un debate serio debe incluir tanto la cuestión de la duración de la jornada laboral como su configuración –variabilidad, horarios específicos, etc.–. La única forma de garantizar un reparto igualitario del trabajo total, de promover una vida social activa –política, cultural, social– para todo el mundo exige una jornada laboral compatible con el resto de la vida social. Una política de tiempos tiene no solo que reducir la actividad productiva insostenible, sino que debe reducir las enormes desigualdades de trabajo entre personas. Hay indicios que apuntan a que buena parte de la pulsión consumista de las economías actuales descansa en el alto grado de desigualdades y de insatisfacciones que se generan en la esfera laboral.

Pero lo que resulta erróneo es pensar que una mera demanda de reducción de la jornada laboral operará como un factor de cambio hacia una economía sostenible. Por esto conviene primero reconocer las resistencias con que la reducción de jornada se enfrenta, unas resistencias que vienen de parte del capital y de la propia diferenciación social que el desarrollo capitalista ha generado. Y conviene pensar una estrategia más compleja en la que se combinen reformas institucionales en diversos planos, acciones culturales de largo alcance, empezando por revalorizar al mismo tiempo el valor social de muchos trabajos manuales (realizados tanto en la esfera mercantil como en la doméstico-familiar, casi siempre por mujeres y/o personas de bajo estatus social), por acotar las dinámicas competitivas tan presentes entre la gente educada, por favorecer reorganizaciones de la organización productiva y por promover formas más deseables de vida social.

El ecosocialismo no llegará por carambola, por la mera introducción de una medida mágica que operará el cambio. Exige una variada y compleja gama de intervenciones sociales que partan de considerar el mundo tal cual es.

Notas

[1] Jackson T. (2011) Prosperidad sin crecimiento. Icaria-Intermon Oxfam.

[2] Lehndorff, S., Wagner, A. y Franz, L. (2010) Developing of working time in the EU. Grupo Parlamentario Izquierda Unión Europea.

[3] Askenazy, Ph (2013) “Working time regulation in France from 1996 to 2012” Cambridge Journal of Economics 37: 323-347.

Albert Recio Andreu, profesor de Economía del Trabajo y Políticas Socio Laborales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Revista El Ecologista nº 80.

http://www.ecologistasenaccion.org/article27796.html


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