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dijous 25 de setembre de 2014 | Manuel
Debate sobre la Renta Básica Universal y el Trabajo Garantizado: Contrarréplica a Arcarons, Raventós y Torrens.

Eduardo Garzón Espinosa

Una de las críticas más elaboradas y detalladas que recibió mi artículo de La Marea "Siete argumentos contra la Renta Básica y a favor del Trabajo Garantizado” fue la plasmada en un artículo de Sinpermiso por Jordi Arcarons, Daniel Raventós y Lluís Torrens. Agradezco infinitamente que economistas con tan prolongada trayectoria profesional y con tanta experiencia en el estudio de la Renta Básica se hayan tomado la molestia de leer mi texto y darle una respuesta seria y completa, puesto que su valiosa aportación en el debate no puede hacer sino enriquecerlo intensamente. A continuación procedo a comentar con profundidad y detalle su análisis, deteniéndome especialmente en los puntos en los que las posturas quedan más enfrentadas, con la esperanza de que ello nos pueda a servir a todos para seguir reflexionando sobre este tema tan interesante y necesario.

Tal y como los autores señalan en la introducción del artículo, su réplica se centra en destacar los errores que según ellos yo había cometido al abordar la naturaleza e implicaciones de la RB. Por lo tanto, las alusiones al TG son muy reducidas; de hecho, mi impresión al terminar de leer su texto es que los autores recibirían con los brazos abiertos el diseño del TG siempre que se combine con la RB y siempre que quede relegado a un segundo plano. Del mismo modo y en consecuencia de lo anterior, en este texto se hablará principalmente de RB.

(...)

Cuando apunté que no tiene sentido que mantengamos inactivas a personas que pueden y desean trabajar mientras las necesidades de nuestros conciudadanos no estén cubiertas, y tras enumerar esas necesidades la respuesta fue la siguiente:

¿Es que la RB se opone o es un impedimento a cualquiera de estas realidades expuestas?

En ningún punto de mi artículo se dice o sugiere algo así (...). La clave del asunto es que el TG aborda esos problemas directamente e intenta darles solución a través de su diseño como medida económica. En cambio, la RB se limita a dar la libertad y financiación suficiente a los ciudadanos, confiando en que éstos luego se organicen voluntariamente y por iniciativa propia para satisfacer esas necesidades sociales y ecológicas. Tal y como argumenté en el punto 2 de un artículo reciente en el que contestaba a las críticas al TG, considero que es mucho más eficaz y eficiente abordar estos problemas de forma directa a través del TG y no de la RB.

Con respecto a la respuesta desde la oferta productiva (aumento de salarios y precios o destrucción de puestos de trabajo) a la introducción de la RB, señalan:

Es un triste argumento para los que además de defender la RB defendemos que los salarios deben ser dignos. El autor cae de bruces en la trampa de la teoría utilitarista-marginalista. Es cierto que puede haber trabajos que desaparezcan porque no son rentables si se pagan a un salario digno, extremo que nos parece fantástico y muy recomendable. En algunos conocidos y citados países los salarios mínimos son más altos (por ejemplo, el doble en Francia, y vemos que sigue siendo líder mundial en turismo, por ejemplo, el sector emblemático de sueldos bajos). Su argumentación nos llevaría a dar más razones a la patronal y al FMI que reclaman salarios más miserables para competir por costes bajos. Sí, desaparecerán algunos trabajos remunerados. Algo que nos parece muy recomendable dadas las condiciones para la población que ocupa estos trabajos.

Es categóricamente falso que se trate de un argumento enraizado en la teoría utilitarista-marginalista; se trata de uno basado en el análisis marxista. Los medios de producción privados pertenecen a –y son controlados por– sus propietarios, de forma que ellos son los que establecen los salarios y los precios, y siempre en función de las posibilidades de negocio. Si estos empresarios se enfrentan a la necesidad de subir los salarios y no quieren perder margen de beneficio (obviamente por regla general nunca quieren), subirán también los precios. Si esa subida de precios es intolerable por el mercado (existencia de competidores más aventajados, compradores sin suficiente capacidad adquisitiva, etc), el negocio (o buena parte de él, como los trabajadores más prescindibles) tendrá que desaparecer. Así que, una vez apliquemos la RB, nos encontramos con dos posibilidades: inflación o destrucción de negocios y puestos de trabajo.

El ejemplo del turismo en Francia es idóneo, lástima que los autores sólo se centren en el salario y olviden la otra parte crucial del análisis: los beneficios y por lo tanto los precios. Claro que sí: los salarios en Francia son superiores a los españoles en el sector del turismo, ¡pero es que lo mismo ocurre con los precios! La respuesta de los empresarios con margen de maniobra a una subida salarial es el incremento de los precios, de forma que no pierden margen de beneficio. Esto es algo que se han podido permitir con creces los empresarios del sector turístico en Francia, principalmente por dos motivos: 1) no compiten con otros países en precio. Los autores se equivocan: Francia no recibe turistas por sus precios bajos (como ocurre fundamentalmente en otros países como los del norte de África, por ejemplo), sino por su patrimonio cultural, histórico, gastronómico, arquitectónico, etc. El turista está dispuesto a pagar precios mayores por una calidad mayor; y 2) todo sector del turismo está compuesto precisamente por pequeños nichos de mercado que no compiten vía precio directamente entre sí (cuando uno visita cualquier ciudad, por ejemplo París, no se le aparecen todas las opciones de restaurantes en el mismo sitio y en el mismo tiempo para que pueda decidir qué precio es el más bajo; amén de las diferencias en calidad y otras características del servicio).

Esta argumentación ni es triste ni tiene nada que ver con la de la patronal o el FMI; simplemente responde al análisis objetivo y riguroso de una realidad que es consecuencia de la existencia de un sistema económico capitalista en el que la competencia juega un papel muy relevante en buena parte de los sectores económicos y en el que los empresarios tienen mucho más poder que el resto de ciudadanos (destacando el poder de imponer precios como defensa a un aumento de salarios). Resumiendo: frente a la necesidad de aumentar salarios derivada de al aparición de la RB, si el empresario puede, aumentará sus precios (como ocurre en sectores menos competitivos como el turismo francés), y si no puede preferirá cerrar su negocio a sufrir pérdidas (como ocurre en sectores más competitivos como el textil o el comercio minorista).

Por el lado de la demanda, una vez resaltado que a mayor capacidad adquisitiva de la población unido a menor oferta de bienes y servicios generaría tensiones inflacionistas, los autores contestan:

La demanda solo crecerá por la diferencia entre la propensión al consumo de los pobres que recibirán más dinero y la de los ricos que ahora tendrán menos. En un contexto económico de crisis, con 5 años de caídas del consumo privado que en términos reales lo han retrotraído una década, con un tejido industrial muy lejos de la plena utilización de la capacidad productiva, con una caída del 25% de la superficie comercial o con tres millones de viviendas vacías [1], que cuarenta o cincuenta mil millones de euros pasen de manos de los ricos al resto lo que menos nos ha de preocupar es que sea inflacionista, aunque sí pueda haber alguna tensión que, dicho sea de pasada, en un entorno deflacionista como estamos, también bienvenida sea. Y esto de que la RB se evapore es una exageración tan grande y dicha a la ligera que no parece ser fruto de una reflexión. Además, la RB en las propuestas que defendemos puede estar indexada con el umbral de la pobreza, si éste sube nominalmente, también lo hará la RB.

No es la propensión al consumo lo que importa, sino la cantidad de dinero que cambiará de manos y el tipo de consumo de los emisores y receptores de ese dinero. El dinero que antes usaban los más acaudalados para comprar en buena parte bienes de lujo (vehículos de alta gama, joyas, servicios de elevada calidad, etc) se utilizará ahora para comprar bienes y servicios corrientes, que además han visto menguar su cantidad puesta a la venta (o sus precios incrementados) por el efecto de la oferta mencionado arriba. El precio de los bienes y servicios de lujo disminuiría, pero aumentaría el precio de los bienes y servicios básicos (habría más personas que antes queriendo comprar productos que se venden en menor volumen que antes).

Con respecto a la capacidad ociosa de la economía no importaría tanto (aunque sí algo) que debido a la crisis hoy día y en buena parte de los sectores la capacidad utilizada sea inferior a la instalada (en román paladino y simplificando: no importa que en las empresas se usen sólo 4 máquinas de las 5 instaladas porque no venderían todo lo que producirían con las 5 máquinas): resulta que cuando el empresario pierde la posibilidad de emplear de forma rentable (tal y como he argumentado arriba), de nada le sirve tener capacidad ociosa (máquinas inutilizadas). Simplificando: vale, vienen más clientes a mi tienda porque tienen mayor capacidad de compra pero, ¿cómo voy a producir todos los bienes y servicios que me piden si necesito que trabajen más personas o durante más tiempo y la remuneración es ahora tan elevada que no me sale rentable? Obviamente esto no ocurrirá en todos los ámbitos empresariales, pero sí en suficientes para tener en cuenta el efecto de cuello de botella señalado.

Ahora bien, es cierto, como señalan los autores, que la generación de inflación no es el fin del mundo, ni mucho menos. De hecho, en un contexto de bajos precios o deflación como el actual este efecto podría venir bien. Otra cosa es que se mantuviese en el tiempo, convirtiendo la deflación en una inflación acelerada, que es lo preocupante. Sin embargo, lo que es importante resaltar es que mientras los principales medios de producción sean de propiedad privada y sujetas a la lógica de la rentabilidad para poder sobrevivir (o imponerse), la inflación será siempre un fenómeno bastante ajeno al control público: al fin y al cabo quienes deciden qué precio ponerle a los productos son los empresarios y no los legisladores.

Si el efecto de la inflación es intenso, no es ninguna exageración decir que el efecto de la RB (que no la RB, como apuntan erróneamente los autores) se evaporaría: si los productos se encarecen a ritmos elevados de nada servirá tener un ingreso que no es capaz de seguirle el ritmo. Y si le sigue el ritmo (por ejemplo, indexándolo al umbral de la pobreza –entendido como ingreso mínimo para garantizar un adecuado estándar de vida-) sería mucho peor: se generaría una preocupante espiral inflacionista. Si tras aumentar los precios y por lo tanto el umbral de renta se incrementara la cuantía de la renta básica, el primer efecto es que los receptores de la renta básica no perderían capacidad de compra. Pero los salarios se verían perjudicados en comparación al ingreso fijo de la RB, y más a medida que el incremento de éste sea más intenso. Los ciudadanos que reciben renta también por su trabajo exigirían que este tipo de renta se incrementara, no sólo el de la RB. Llevándolo al extremo podría ocurrir que la mayoría de lo que un trabajador ingresara fuese por la RB (lo único que aumenta) y el resto por su trabajo (lo que se mantiene estancado), lo cual no es ni ética ni económicamente sostenible. En consecuencia, la lógica consecuencia sería aumentar los salarios también, de forma que volveríamos a entrar en el ámbito del empresario, que para no perder margen de beneficio empresarial volvería a subir los precios de sus productos. Y así se repetiría el proceso (con crecimiento exponencial) hasta que se tomaran medidas anti-inflacionistas drásticas.

Con respecto a la financiación del TG los autores me cogieron la palabra cuando puse por ejemplo una remuneración de 10 euros por hora, pasando a señalar que prácticamente un tercio de los asalariados a jornada completa cobran menos así como otras estimaciones que muestran lo difícil que sería hacer viable la creación de tantos puestos de trabajo a ese coste. Tienen razón, probablemente la remuneración a 10 euros por hora sea excesivo, pero es que mi ejemplo fue expuesto a la ligera porque mi objetivo era resaltar que el ingreso debía ser siempre fijo para evitar tensiones inflacionistas. Lo importante en una propuesta incipiente y poco conocida es presentar su esencia, no concretar los detalles; eso ya vendrá después.

Además, ellos mismos conciben la posibilidad de que la remuneración sea inferior, aunque lo que me sorprende es su afirmación posterior:

Otra cosa sería rebajar el coste por hora de este TG, en ese caso ya reharíamos los números pero ya aventuramos que los costes económicos y organizativos continuarán siendo extraordinariamente elevados.

En este caso no puedo sino reprobar su prejuicio frente a la financiación del TG: sin ningún cálculo numérico no hay forma de estar tan seguros de que los costes económicos no se puedan afrontar. Además, ¿no sería sostenible económicamente acaso un TG con remuneración de 3€ a la hora, por ponernos en un extremo? Por otro lado, me sorprende muchísimo esta incredulidad frente a la financiación del TG cuando la RB se enfrenta a desafíos similares e incluso de mayor envergadura. Por ejemplo, si suponemos simplemente que la cuantía por persona es la misma tanto en el RB como en la RB, es fácil concluir que la financiación de la RB es muchísimo más complicada al tener que movilizar recursos para 47 millones de personas, y no para unos 13 (en el peor de los casos) como ocurriría en el TG. Por todo ello, creo que en este punto los autores se precipitaron imprudentemente.

En relación a los costes de organización, es cierto que el TG los tiene y además de un volumen considerable (aunque recuérdese que buena parte de los empleos serían gestionados por el sector sin ánimo de lucro y por lo tanto no habría ningún coste de gestión para el Estado), pero esto es algo que ocurre también en cualquier empresa, y a un nivel muy destacado en las empresas más grandes. Además, y lo más importante, esa gestión es ya en sí misma una ocupación mediante la cual se lleva a cabo algo útil y en la que una persona encargada recibe un salario por ello. ¡Es más creación de empleo! Piénsese en los departamentos de recursos humanos y de planificación estratégica de las empresas: es lo mismo pero sin el calificativo de “burocracia” que es lo que tiene, injustamente, la connotación negativa. Seguro que a nadie le parece mal que una empresa tenga que dedicar buena parte de sus recursos a remunerar a los encargados de esos departamentos. Pues debería ser lo mismo con el Estado, y por lo tanto con el TG.

En mi artículo señalé que si España tuviese moneda propia, el aumento de capacidad adquisitiva de las capas medias y bajas se traduciría en una depreciación de la moneda, puesto que estos receptores comprarían productos provenientes del extranjero debido a las limitaciones en cuanto a estructura productiva de la economía española.

Si el mar no tuviera marea alta”. El Rey de Inglaterra y Dinamarca, Canuto II (995-1035), conocido como el “príncipe de las mareas”, ordenó en persona en las orillas de la playa que el mar detuviera las engorrosas mareas altas. Evidentemente, si no lo llegan a rescatar la marea alta se lo hubiera engullido. “Si España tuviese moneda propia”… no es cosa menor y, convendremos, no es para pasado mañana. En cambio, las necesidades de la gente son perentorias.

La RB se financia, según nuestra propuesta, con una transferencia de ricos a pobres, entre otras características. Y que nosotros sepamos los coches de importación de lujo, los viajes recreacionales al extranjero, las delicatessen y la cosmética también de lujo extranjera, son adquiridos por los ricos, o sea que su propensión a importar o gastar allende las fronteras es más elevada que la de los pobres.

Vale, salirse del euro no es para pasado mañana, ¿pero es que acaso la RB o el TG sí? No entiendo por qué los autores consideran apropiado proyectar una situación en la que existiría RB o incluso TG pero no en la que tengamos moneda propia. Además, no creo que fuese necesario acudir a una crónica ridícula para mostrar desaprobación con mi hipótesis, a no ser que su objetivo fuese ridiculizar mi postura, claro. En cualquier caso, insisto en la conveniencia de tener en cuenta los efectos de una medida como la RB en más de un contexto económico, especialmente en el citado cuando buena parte de los defensores de la RB son también quienes abogan por abandonar el euro.

Me reitero en mi afirmación de que lo importante no es la propensión a importar, sino el volumen total de dinero efectivamente utilizado para comprar productos extranjeros. Los ricos podrán utilizar mayor proporción de su renta para importar que los pobres, pero lo que importa es que hay muchísimos menos ricos que pobres, de forma que la cantidad de dinero que utilicen todos esos pobres para importar puede ser mucho mayor que la que utilicen los más adinerados. La mayoría de los productos de lujo citados por los autores suelen venir del extranjero, pero es que ocurre lo mismo con los productos básicos que compramos el resto de mortales: la ropa, juguetes y otras manufacturas corrientes provienen del sudeste asiático, los materiales utilizados en la fabricación de automóviles de media gama provienen del centro de Europa, los teléfonos móviles provienen de Corea, EEUU y China, los muebles provienen del norte de Europa, la madera de Finlandia y Austria, los productos químicos utilizados para la industria de Países Bajos, Irlanda y Bélgica, los productos farmacéuticos de EEUU y Alemania, la maquinaria eléctrica y no eléctrica de Alemania, el gas natural del norte de África, el petróleo de Oriente medio y Rusia, etc. Es la consecuencia lógica de tener una economía fuertemente especializada en el turismo, en la construcción y en la agricultura y pesca, y muy poco en el resto de sectores económicos.

Eso sí, una importante reforma fiscal que redistribuya recursos desde los ricos a los pobres (algo que por cierto no es exclusivo de la RB; para el TG también debería acometerse) tiene efectos positivos en cuanto a intercambio de divisas por el lado de las transferencias financieras. Al fin y al cabo son los ricos quienes más dinero depositan en unos bancos (españoles o extranjeros) que realizan su negocio fundamentalmente fuera de nuestras fronteras. Reducir la renta de los más adinerados supondría limitar estas transferencias bancarias y por lo tanto se reduciría la presión devaluadora sobre la hipotética moneda propia.

Sobre si la RB es una medida anticíclica o no:

La RB es anticíclica completamente a corto plazo puesto que mantiene los recursos más estables precisamente en la capa de la población que soporta más el consumo interno y por lo tanto la demanda interna, principal motor económico cíclico. Y en épocas de expansión, al crecer la renta per cápita también lo haría la RB lo que también limitaría las desigualdades de renta, precisamente una de las causas contrastadas de las recurrentes crisis capitalistas.

Honestamente he de decir que no entiendo el razonamiento expuesto. Sospecho que no tenemos la misma concepción de lo que es una medida anticíclica. Desde mi punto de vista una medida de este tipo ha de reducirse cuando la economía se acelere, e incrementarse cuando la economía reduzca velocidad. Por ejemplo, el subsidio de desempleo es una medida anticíclica, porque se reduce cuando la actividad económica es boyante (ya que hay menos parados), y aumenta cuando la actividad económica se ralentiza (puesto que aumentan los despidos). En este sentido la RB no es en absoluto anticíclica, porque su efecto es constante y al mismo nivel: el ingreso es entregado independientemente del calentamiento de la economía. Los propios autores reconocen que en épocas de expansión la RB aumentaría, por lo que se trataría de una medida procíclica, no anticíclica.

Nuestra postura es que la RB no es una propuesta que abandona a su suerte a los trabajadores, al contrario, debe combinarse con un refuerzo del llamado estado del bienestar, una progresiva subida del salario mínimo a los estándares que recomienda, por ejemplo, la Carta Social Europea.

No habría mayor refuerzo del llamado estado del bienestar que la aplicación del TG, siendo además mucho más eficaz y eficiente que cualquier partida típica del gasto público al dirigirse exclusivamente a aquellos que más lo necesitan.

Una existencia material que permita el ejercicio de la libertad y una potenciación de la tarea sindical y de su capacidad negociadora en favor de unas mejores condiciones laborales, incluido, por ejemplo, un reparto equitativo de las ganancias de la productividad.

Volvemos de nuevo al mismo punto discordante que antes: los autores creen que los empresarios van a doblegarse fácilmente frente a mayores exigencias de condiciones laborales, cuando desde mi punto de vista no lo harían sin aumentar los precios de sus productos para no perder margen de beneficio (si el mercado se lo permite) o sin estrangular su propio negocio (si el mercado no se lo permite).

A continuación los autores reconocen que el TG crea directamente puestos de trabajo cuyo objetivo es a) mejorar las condiciones de vida de muchas personas que lo necesitan y b) cuidar y respetar el medio ambiente, pero alegan que ello correría el riesgo de que en épocas de bonaza se pierdan trabajos en el sector social. Este riesgo se puede solucionar siguiendo la propuesta de Mitchell y Wray, en la que existe un núcleo de empleos dentro del TG que son fijos e inamovibles, y que son precisamente los que realizan las actividades sociales más esenciales. Al margen de este núcleo se situarían el resto de empleos de menor necesidad social, que serían los que se crearían y destruirían en función del ciclo económico.

La propuesta de TG olvida además y como ya hemos apuntado con anterioridad que existen tres tipos de trabajo (remunerado, reproductivo o doméstico y voluntario) y solo uno está retribuido monetariamente. El TG se olvida de la gente que no puede trabajar con contratos laborales estándares por sus circunstancias personales o de la gente que quiere emanciparse para formarse, para montar un nuevo negocio o empresa, a los que condena a ganarse el sustento trabajando para el estado o las ONG partners que colaboren con él en unos sectores específicos. El TG da mucha menos libertad que la RB.

El TG no se olvida del trabajo reproductivo. Este tipo de trabajo está compuesto por el realizado por la madre durante los primeros meses (embarazo, alumbramiento, lactancia) y por el conjunto de atenciones y cuidados necesarios para el sostenimiento de la vida y la supervivencia humana: alimentación, cuidados físicos y sanitarios, educación, formación, relaciones sociales, apoyo afectivo y psicológico, y mantenimiento de los espacios y bienes domésticos. El TG no puede hacer nada frente a los cuidados de la madre hacia su hijo durante los primeros meses y tampoco frente a la alimentación y apoyo afectivo. Pero el resto de áreas pueden ser perfectamente cubiertas por los programas del TG: recordemos que el TG emplearía a muchas personas para cubrir necesidades sociales, y entre ellas están los cuidados físicos y sanitarios, la educación, la formación, las relaciones sociales, el apoyo psicológico y el mantenimiento de los espacios y bienes domésticos.

En la actualidad ya existen ONG que se ocupan de muchas de estas labores (y verían como agua de mayo la aparición de nuevos trabajadores en sus filas); sólo haría falta diseñar nuevos proyectos para cubrir el resto. Con respecto a los cuidados de la madre hacia su hijo se pueden aprobar medidas que le otorguen un ingreso especial, como ocurre en la inmensa mayoría de países que tienen elevados niveles de Estado del Bienestar.

Con respecto a la libertad, Obviamente la RB libera de cualquier responsabilidad y por lo tanto uno tiene todo el tiempo libre para hacer lo que desee. Pero tener tanto tiempo libre no tiene por qué ser una virtud, sino que puede ser incluso una maldición. En el punto 1 de un artículo anterior ya recogí los múltiples beneficios sociales y personales que concede el tener un empleo. En ese sentido el tiempo libre que uno deja de disponer porque está trabajando en realidad está siendo invertido en beneficio personal y social, al igual que el receptor de RB lo invertiría en cualquier otra cosa. Además, el TG no implica empleos de jornada larga, sino todo lo contrario. La inscripción en un programa de TG permite trabajar pero también disponer de bastante tiempo libre. Recuérdese que también es un objetivo del TG lograr puestos de trabajo con condiciones laborales dignas.

El TG solo forma en aquellos sectores que interesa dar trabajo social, no en los que interesan al ciudadano. La RB permitiría disponer de una mayor libertad que en la actualidad para decidir qué quiere hace cada uno con su formación (que incluye aspectos mucho más dilatados que el de la formación laboral).

Esto no es del todo cierto, precisamente porque buena parte de la formación que interesa al ciudadano coincide con las necesidades sociales. En el TG el desempleado que quiere trabajar elige –dentro de unos límites- la actividad que quiere realizar: puede dedicarse a enseñar, a entretener, a divertir, a formar, a los cuidados personales y medioambientales, etc. Al mismo tiempo que el ciudadano se realiza en lo que le interesa, satisface necesidades sociales y ecológicas. Si alguien quiere formarse en una actividad que no esté recogida en el TG, que lo haga en su tiempo libre, que para algo el TG persigue jornadas laborales que permitan descanso y tiempo libre al trabajador. ¿Quién necesita 24 horas cada día para dedicarse a lo que le gusta? ¿Y qué pasa si la pasión de esa persona es, por llevarlo al extremo, formarse en el mundo taurino? ¿Tenemos que pagarle toda la sociedad ese abominable deseo, y además a cambio de nada?

¿Qué ocurrirá entonces, situándonos en la lógica del propio autor del artículo que contestamos, cuando la economía se recupere pero en cambio haya desaparecido el genuino sector, sus directivos y cuadros, etc.? Se habrá producido una “garantía/nacionalización” encubierta de una parte muy significativa de la economía y difícilmente a corto plazo ésta pasará de nuevo al sector privado o público-privado y nadie tendrá interés en invertir en ella si la espada de Damocles del TG pende permanentemente sobre ella, ¿Y qué ocurrirá si vuelve una crisis y los sectores tradicionales para el TG ya han sido pasados al sector “garantizado”? ¿Qué nuevos sectores sufrirán la competencia del TG? Otro sinsentido económico.

¿Qué problema hay en que buena parte de la economía quede finalmente nacionalizada/garantizada? ¿No es esto lo que buscamos todos aquellos que estamos en contra de un sistema regido por la lógica de la rentabilidad económica que crea puestos de trabajo miserables y actividades perjudiciales para el ser humano y el medio ambiente? El sector del TG aseguraría puestos de trabajo de condiciones dignas y persiguiendo el bienestar social y ecológico. Es decir, el TG supondría una progresiva configuración del sistema por la cual buena parte de la economía pasaría a estar subordinada a los intereses de las personas y del medio natural, y no al revés como fundamentalmente ocurre en la actualidad.

30/8/2014

http://www.economiacritica.net/?p=3524#more-3524

+ Info:

Renta básica, precariedad y sistema de género. Patricia Merino


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