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dilluns 25 d’agost de 2014 | Manuel
En respuesta a las críticas realizadas al Trabajo Garantizado.

Eduardo Garzón

La publicación del artículo “Siete argumentos contra la Renta Básica y a favor del Trabajo Garantizado” generó un caluroso y enriquecedor debate a través de las redes sociales. La popularidad de la que goza la Renta Básica (RB) en nuestro país ha tenido como consecuencia que otras fórmulas similares como el Trabajo Garantizado (TG) prácticamente no se conozcan. Afortunadamente la importante difusión que tuvo el artículo ha permitido que muchas personas hayan escuchado por primera vez algo sobre el TG. Algunas han acogido la propuesta con mucho entusiasmo e interés, mientras que otras se han mostrado muy reacias o directamente en contra. Tras leer con detenimiento las innumerables críticas (tanto a favor como en contra) me he propuesto recoger aquí las más importantes para darles una merecida respuesta. Aunque lo ideal hubiese sido responder uno a uno los comentarios, es evidente que ello me resulta totalmente inabarcable. Esto es algo que sólo haré con las réplicas más detalladas y elaboradas; pero de momento aquí me limitaré a dar respuestas generales. Espero que la simplificación que supone agrupar críticas tan singulares y concretas (por muchos puntos en común que compartan) no perjudique mucho el debate.

Antes de pasar a ello creo conveniente hacer tres aclaraciones importantes. La primera es que, a pesar del título del citado artículo, el TG y la RB son propuestas que buscan prácticamente lo mismo y de una forma muy similar, de forma que la contraposición se sitúa en los detalles y no en la esencia. El provocativo título no fue más que un recurso de marketing con el objetivo de atraer con muy pocas palabras el interés del público (algo especialmente relevante en las redes sociales donde la brevedad se impone). La segunda es que el TG no es una propuesta novedosa ni de cosecha propia, sino que lleva tiempo debatiéndose en numerosos círculos académicos (sobre todo en Estados Unidos). Además, al igual que ocurre con la RB, el TG se ha llevado a cabo en algunos países, aunque siempre de forma tímida. Los ejemplos más destacables los conforman Argentina, Suecia e India, así como Estados Unidos en 1933 con el New Deal. La tercera es que obviamente ni la RB ni el TG son medidas que por sí solas vayan a solucionar todos los problemas económicos y sociales de nuestras comunidades. Es evidente que deberían ir acompañadas de otro tipo de políticas para que su efectividad fuese máxima (reforma fiscal, nuevos y mejores mecanismos de participación y transparencia democrática, etc). Sin embargo ambas propuestas vendrían a insertarse como un cuerpo extraño en el sistema económico que tenemos y vendrían a cimentar los pilares de una nueva forma de organizar la actividad económica.

Dicho lo cual procedo a exponer las principales críticas o puntos de enfrentamiento:

1. “En el TG prevalecen principios calvinistas en base a los cuales se considera que el trabajo es un medio para hacerse libre y digno”.

No son ésas las bases para defender el TG. El TG se defiende porque permite que personas con disponibilidad y deseo de trabajar puedan hacerlo. Además, al mismo tiempo que se cumple la voluntad de estas personas se satisfacen muchas necesidades sociales y ecológicas que en la actualidad no están cubiertas. Esto no quiere decir que quien no quiera o pueda trabajar sea indigno o no merezca respeto. Estamos hablando de utilidad, de pragmatismo, no de ética o moralidad.

Ahora bien, es cierto que el trabajo juega un papel social muy importante en nuestras vidas. Tener un empleo otorga muchos más beneficios personales y sociales que los únicamente derivados de recibir un ingreso. Ésta es una gran ventaja frente a la RB, en la cual no se diseña ningún programa de empleo. Un buen ejemplo lo conforma el “Plan Jefes y Jefas” que se llevó a cabo en Argentina siguiendo la filosofía del Trabajo Garantizado, aunque estuvo dirigido únicamente a una pequeña parte de la población (dos millones de habitantes; para más información pinchar aquí). A los que se acogieron a este programa se les preguntó por qué estaban satisfechos con el programa de empleo.

El hecho de recibir un ingreso se situó en quinta posición, por detrás de poder hacer algo, trabajar en buen ambiente, ayudar a la comunidad y aprender. Algunos defensores de la RB aseguran que esto no es más que el reflejo de vivir en sociedades que tradicionalmente han premiado el trabajo por encima del ocio y de otros ámbitos de la vida. Seguramente tengan razón, pero lo que es evidente es que estos valores y principios no se van a cambiar de la noche a la mañana, y que mientras imperen en nuestra cultura la mayoría de los individuos preferirán recibir un ingreso a cambio de trabajar y no sólo por el mero hecho de existir.

2. “No hace falta dirigir y controlar las actividades que van a realizar los trabajadores, ya que si los ciudadanos tienen tiempo y financiación (gracias a la RB) ellos mismos se organizarán por iniciativa propia para llevar a cabo actividades en beneficio de la comunidad o de su desarrollo personal. Que papá-Estado se abstenga, que sus hijos saben mejor que nadie qué hacer con sus vidas”.

Vamos a ver, si muchos receptores de la RB llevarían a cabo voluntariamente actividades sociales, ¿por qué no querrían ser pagados por su trabajo, que es lo que hace el TG? En el TG el desempleado que quiere trabajar elige –dentro de unos límites- la actividad que quiere realizar: puede dedicarse a enseñar, a entretener, a divertir, a formar, a los cuidados personales y medioambientales, etc. Parece más lógico remunerar el trabajo que va a realizar que sólo entregarle un ingreso independiente de sus quehaceres.

Además, no todas las actividades del TG tendrían que estar diseñadas y gestionadas por el administrador público, sino que buena parte de ellas estarían organizadas por el sector sin ánimo de lucro. La diferencia crucial con el modelo actual es que sería el Estado quien remuneraría a esos nuevos trabajadores, permitiendo la realización de nuevas labores y garantizando condiciones laborales dignas. Allí donde las actividades de las entidades sin ánimo de lucro no llegasen es donde aparecería el diseño y la gestión públicas.

Por otro lado, ni siquiera se trata de que los simpatizantes del TG creamos en que muchas personas prefieran quedarse en casa recibiendo un ingreso mínimo antes que realizar por iniciativa propia cualquier actividad (aunque sin duda hay muchos que así lo creen). La clave del asunto es que aunque todo el mundo desease hacer algo por su comunidad es muy probable que no supiesen por dónde empezar ni cómo organizarse adecuadamente para ello. No sólo es necesario tener voluntad y deseo, sino también iniciativa y desenvolvimiento. Esto, por ejemplo, es algo que saben muy bien tanto estudiantes como profesores: si no existe un método de estudio planificado y sistemático los resultados académicos tienden a ser peores para muchos estudiantes a los que les cuesta bastante organizarse por ellos mismos o sacar energías para respetar su propio método. Por todo ello, mucho mejor que confiar en la iniciativa individual de cada uno de los trabajadores y esperar a que se pongan en marcha es planificar y programar las actividades que han de llevarse a cabo.

Esto no quiere decir que los trabajadores no tengan derecho a decidir qué hacer y cómo hacerlo: los mecanismos de participación democrática en las nuevas labores son perfectamente compatibles (y deseables) con la citada planificación estratégica.

3. “Mientras no se tenga trabajo no se puede dejar a la gente sin recursos”.

Esta crítica ha sido, sorprendentemente, muy repetida. Pero quienes la han arrojado no deben de haber entendido muy bien cómo funciona el TG. Con el TG todo el mundo tendría derecho a trabajar, no habría desempleo tal y como se conoce hoy día: habría una especie de “pleno empleo”. Si alguien quiere trabajar, el Estado se encarga de darle un empleo remunerado, ya sea gestionado por el sector sin ánimo de lucro o por el sector público.

Y si se refieren al tiempo que transcurre entre que el gobernante decide aplicar la medida y su efectiva aplicación, el TG requiere menor tiempo. Para llevar a cabo la RB habría que realizar una reforma fiscal que permitiera al Estado acaparar la renta para luego distribuirla. Y las reformas fiscales tardan tiempo, no sólo en diseñarse sino –sobre todo- en recoger los frutos: el curso fiscal es de un año, por lo que el Estado tendría que esperar un año completo para recaudar todos los ingresos necesarios para aplicar luego la RB. En cambio, aunque el TG sea bastante más difícil de diseñar, requiere el movimiento de muchísimo menos recursos. En España, por ejemplo, habría que movilizar dinero para, como máximo, 13 millones de personas (6 millones de desempleados y 7 de inactivos) en el caso del TG. En cambio, con la RB, al ser universal, habría que movilizar dinero para los 47 millones de personas. Recaudar dinero para llevar a cabo el TG (¡o endeudarse para ello!) es mucho más fácil que en el caso de la RB.

4. “En nuestras sociedades modernas (y especialmente gracias a las nuevas tecnologías) no queda trabajo por hacer y por eso tantas personas no encuentran empleo. Sobra población activa (personas con disposición a trabajar)”.

Cuidado, sobra población activa porque no hay actividad rentable desde el punto de vista del mercado para emplear a personas. Pero es que hay que distinguir entre rentabilidad económica y rentabilidad social. Al vivir en una sociedad capitalista de tipo mercantil estamos acostumbrados a pensar que sólo puede haber actividad económica si podemos vender los bienes o servicios en el mercado al mejor postor. Si no podemos, entonces no se lleva a cabo la actividad. Pero es que hay muchas otras formas de organizar la actividad económica, y un ejemplo es el ámbito público en el cual el mercado no está presente. Con el TG sería igual: se trataría de satisfacer las necesidades de la población y del medio ambiente sin necesidad de obtener frutos en el mercado. La remuneración provendría de otro lado, concretamente de las arcas públicas. Y absténgase aquellos que creen erróneamente que estas actividades serían parasitarias del sector privado (les recomiendo este artículo para que abran los ojos).

Y es que todavía queda mucho trabajo por hacer: niños, enfermos y ancianos sin ser cuidados apropiadamente, desechos que no se reciclan y retiran adecuadamente, extensiones por reforestar, más y mejores actividades de ocio, cultura, educación, etc. El TG lo que hace es emplear a personas en este tipo de actividades aunque no sea rentable en términos mercantiles, pero sí (y mucho) en términos sociales. Esto es muy importante. Ningún empresario con ánimo de lucro va a montar un negocio para reforestar los campos ya que ningún comprador individual le pagaría por ese servicio en el mercado. Pero el Estado sí puede (y debe) hacerlo, porque no depende de esos compradores individuales.

Con respecto a las nuevas tecnologías no se puede negar que han facilitado extraordinariamente el trabajo: ahora se pueden realizar muchas actividades de forma más cómoda y rápida gracias a todo tipo de máquinas y herramientas. Pero cuidado con ensalzar demasiado estos logros. En primer lugar, no podemos olvidarnos de que por muchas máquinas o robots que existan y por muy eficientes que sean siempre será necesario el trabajo del ser humano (ya sea diseñando la máquina, programándola, reparándola, etc). Ya señaló Marx que no se puede realizar ninguna actividad económica si no hay trabajo humano detrás. Las máquinas ayudan y mucho, pero no sustituyen el trabajo humano. En segundo lugar, la maquinaria no es igual de útil para todas las labores: se adaptan muy bien a actividades mecánicas y realizadas en el mismo lugar (como la cadena de producción de los automóviles) pero muy mal a tareas más nómadas y manuales (como a los cuidados de un anciano o niño). En tercer lugar, aunque el desarrollo de estas tecnologías permita en el futuro utilizar maquinaria incluso para las labores más meticulosas, mientras el ser humano no alcance esa etapa tecnológica seguiremos necesitando mucha mano de obra.

5. “El TG tiene muchos costes burocráticos al necesitar una amplia estructura de encargados que diseñen y gestionen los programas de empleo”.

Los enemigos del sector público han tenido mucho éxito al inocular connotaciones negativas en todo lo que no pertenezca al sector privado. Así, los costes burocráticos suenan fatal mientras que los costes de gestión de una empresa no, a pesar de que en esencia son lo mismo. Por supuesto que el TG tiene costes de gestión (aunque recuérdese que buena parte de los empleos serían gestionados por el sector sin ánimo de lucro y por lo tanto no habría ningún coste de gestión para el Estado): hay que encargarse de diseñar lo que se va a hacer y cómo hacerlo, plasmarlo en la realidad, y organizar y repartir las responsabilidades. Pero esto es algo que ocurre también en cualquier empresa, y a un nivel muy destacado en las empresas más grandes.

Además, y lo más importante, esa gestión es ya en sí misma una ocupación mediante la cual se lleva a cabo algo útil y en la que una persona encargada recibe un salario por ello. ¡Es más creación de empleo! Piénsese en los departamentos de recursos humanos y de planificación estratégica de las empresas: es lo mismo pero sin el calificativo de “burocracia” que es lo que tiene, injustamente, la connotación negativa. Seguro que a nadie le parece mal que una empresa tenga que dedicar buena parte de sus recursos a remunerar a los encargados de esos departamentos. Pues debería ser lo mismo con el Estado.

6. “La RB te concede tiempo libre mientras que el TG no”.

Obviamente la RB libera de cualquier responsabilidad y por lo tanto uno tiene todo el tiempo libre para hacer lo que desee. Pero tener tanto tiempo libre no tiene por qué ser una virtud, sino que puede ser incluso una maldición. En el punto 1 ya se recogían los múltiples beneficios sociales y personales que concede el tener un empleo. En ese sentido el tiempo libre que uno deja de disponer porque está trabajando en realidad está siendo invertido en beneficio personal y social, al igual que el receptor de RB lo invertiría en cualquier otra cosa. Además, el TG no implica empleos de jornada larga, sino todo lo contrario. La inscripción en un programa de TG permite trabajar pero también disponer de bastante tiempo libre. Recuérdese que también es un objetivo del TG lograr puestos de trabajo con condiciones laborales dignas.

7. “No sólo el TG enfriaría la economía cuando ésta se calentase y al revés (medida contracíclica); la RB también lo podría hacer ya que la cuantía del ingreso se podría actualizar siguiendo el umbral de la pobreza del momento (u otro indicador similar).”

Esto es cierto: las dos propuestas son contracíclicas. Pero no al mismo nivel ni de la misma forma. En el TG la respuesta contracíclica es automática, precisa e inmediata: cuando la economía fuese bien (mayor actividad, mayores ventas, mayores oportunidades de trabajo, mayores salarios, etc) los empresarios del sector privado necesitarían contratar, y acudirían a los trabajadores del TG, reduciéndose por tanto el volumen total de empleados en el TG. Cuando la economía se enfriase ocurriría al revés: los empresarios despedirían a algunos trabajadores y estas personas pasarían a formar parte de los programas de empleo del TG. De esta forma nunca habría demasiado dinero circulando para generar muchas tensiones inflacionistas ni muy poco para provocar muchas tensiones deflacionistas. Lo importante es tener en cuenta que todo ello ocurriría automáticamente: los trabajadores se acogerían al TG o lo abandonarían en función de sus oportunidades y necesidades, acordes al ciclo económico. No habría nadie decidiendo cuántos empleados tiene que haber en el TG para ajustar su volumen al ritmo de la economía.

En cambio, en la RB la respuesta en contra del ciclo económico no sería automática ni inmediata: requeriría que los legisladores modificasen la cuantía del ingreso en función de un indicador que reflejase de alguna u otra forma la velocidad de la economía. Esto conlleva dos problemas importantes. El primero es que no existe un indicador que mida con total fidelidad el calentamiento o enfriamiento de la economía. El segundo es que sería necesario calcular este indicador cada muy poco tiempo para intentar que el ajuste no sufriera mucho desfase con respecto a la realidad (el desfase seguiría existiendo siempre porque el ajuste no se produce de forma instantánea). En consecuencia, la respuesta anticíclica de la RB no es ni automática, ni inmediata, ni tan precisa como la del TG.

8. “El TG reduciría o eliminaría el volumen de desempleados (ejército de reserva) y ello mejoraría el poder negociador de los trabajadores del sector privado, que exigirían salarios más elevados (provocando tensiones inflacionistas)”.

Esto no es cierto; el ejército de reserva no se elimina con el TG, sino que se transforma: en vez de ser un grupo conformado por parados pasaría a ser un grupo conformado por trabajadores con poca remuneración. El TG garantiza empleo a todo ciudadano que desee y pueda trabajar a una remuneración fija, que ha de ser lo suficientemente elevada para asegurar una vida digna y lo suficientemente reducida para que la mayoría de los puestos de trabajo ajenos al TG estén mejor remunerados. De esta forma, sólo los empleos con remuneración inferior al TG tendrían que mejorar sus condiciones hasta igualar el nivel del TG o desaparecer. El resto de trabajadores no notarían la diferencia porque no tendría sentido “amenazar” a sus empleadores con irse a un empleo de peor remuneración.

La existencia de un típico ejército de reserva siempre ha cumplido la función de disuadir al trabajador a la hora de exigir mayores salarios, ya que la alternativa es perder el empleo y ser sustituido por uno del inmenso grupo de desempleados deseosos de trabajar a cualquier precio. Cuando el ejército de reserva tradicional se reduce, hay menos parados deseando trabajar y por lo tanto los trabajadores tienen menos miedo a perder el trabajo, de forma que pueden envalentonarse y exigir mejoras salariales. Con el TG el ejército de reserva constituido por desempleados no desaparece, sino que se transforma en un ejército de reserva de trabajadores que continúa cumpliendo las mismas funciones. La diferencia es que el miedo de los trabajadores ajenos al TG ahora no sería quedarse desempleados, sino pasar a un empleo con menor remuneración. Obviamente es mejor alternativa que la tradicional, pero no deja de ser peor que mantener el empleo de mayor salario. En consecuencia, el poder de negociación de la inmensa mayoría de los trabajadores no mejoraría, porque el empleador siempre podría sustituirlos por un trabajador del TG que seguramente preferiría pasar a un puesto donde cobraría más. Precisamente por todo ello, la lógica de la NAIRU (la tasa de desempleo no aceleradora de la inflación) es independiente de la aplicación del TG.

9. “El TG sólo se preocupa del trabajo remunerado, ignorando el trabajo reproductivo o doméstico. Los trabajadores del hogar ya tienen suficiente trabajo en casa, lo que necesitan es que se les pague, no más trabajo”.

Por supuesto que el TG se preocupa del trabajo reproductivo o doméstico, aunque no de todas sus áreas. El trabajo reproductivo está compuesto por el realizado por la madre durante los primeros meses (embarazo, alumbramiento, lactancia) y por el conjunto de atenciones y cuidados necesarios para el sostenimiento de la vida y la supervivencia humana: alimentación, cuidados físicos y sanitarios, educación, formación, relaciones sociales, apoyo afectivo y psicológico, y mantenimiento de los espacios y bienes domésticos. El TG no puede hacer nada frente a los cuidados de la madre hacia su hijo durante los primeros meses y tampoco frente a la alimentación y apoyo afectivo. Pero el resto de áreas pueden ser perfectamente cubiertas por los programas del TG: recordemos que el TG emplearía a muchas personas para cubrir necesidades sociales, y entre ellas están los cuidados físicos y sanitarios, la educación, la formación, las relaciones sociales, el apoyo psicológico y el mantenimiento de los espacios y bienes domésticos.

En la actualidad ya existen ONG que se ocupan de muchas de estas labores (y verían como agua de mayo la aparición de nuevos trabajadores en sus filas); sólo haría falta diseñar nuevos proyectos para cubrir el resto. Con respecto a los cuidados de la madre hacia su hijo se pueden aprobar medidas que le otorguen un ingreso especial, como ocurre en la inmensa mayoría de países que tienen elevados niveles de Estado del Bienestar.

10. “El TG tiene más coste ambiental que la RB”.

Puede ser, aunque es muy difícil comprobarlo de antemano. A favor de la RB hay que apuntar dos puntos importantes: a) muchos puestos de trabajo con remuneración inferior o similar al ingreso de la RB desaparecían, y con ellos la actividad económica correspondiente (reduciendo así la presión sobre los recursos y sobre el medio ambiente); y b) muchos defensores de la RB abogan por financiarla en parte mediante impuestos que graven las actividades más nocivas con la biosfera, de forma que se lograría reducir en cierto grado esas ocupaciones.

A favor del TG también hay que destacar dos puntos relevantes: a) la inmensa mayoría de ocupaciones relativas al TG son poco intensivas en recursos, al estar conformadas mayoritariamente por prestaciones de servicios (educación, ocio, cultura, cuidados, etc) y no por fabricación de bienes; y b) buena parte de estas actividades del TG tienen como objetivo reducir el coste medioambiental (fomento del reciclaje de residuos, reforestación, cuidado de la fauna y flora, retirada de desechos, etc).

El balance no está claro, porque además dependería en buena medida del diseño concreto de cualquiera de las dos propuestas. Lo que sí es evidente es que ninguna de las dos medidas solucionarían el grave expolio de recursos y el intenso deterioro medioambiental al que se ve sometido nuestro planeta al estar sometido a las reglas del sistema económico capitalista.

11. “La RB no genera tensiones inflacionistas porque no hay creación de dinero; simplemente hay una redistribución del mismo (desde los más acaudalados hacia los menos)”.

Los críticos que sostienen esta afirmación no entienden bien cómo opera el fenómeno de la inflación en una economía capitalista. A pesar de lo extendida que está esta creencia, no es necesario que aumente la cantidad de dinero para que se genere inflación (al igual que no es inevitable que aumenten los precios si se incrementa la cantidad de dinero en circulación; para más información leer este artículo). Por ejemplo, la inflación podría intensificarse simplemente si los empresarios aumentan los precios de sus productos (ya sea para cubrir incrementos de coste de materias primas –algo que ocurrió en los 70 con el petróleo-, salariales, de distribución, de logística, de financiación… o incluso para aumentar sus márgenes empresariales –véase la electricidad o los carburantes en épocas estivales), y en ninguno de todos estos casos la cantidad de dinero en el sistema se vería alterada.

Algo parecido ocurriría con la aplicación de la RB: sin necesidad de aumentar el dinero en circulación los precios tenderían a incrementarse. Como argumenté en el artículo que generó el debate RB/TG, este fenómeno se produciría tanto por la oferta como por la demanda. Por el lado de la oferta sabemos que muchos empleos y sus correspondientes actividades se perderían, con lo cual se producirían menos bienes y servicios que antes (porque la única manera de producirlos de forma rentable en un marco de competitividad capitalista es pagando salarios inferiores a la renta básica). No importa que hoy día en buena parte de los sectores la capacidad utilizada sea inferior a la instalada (en román paladino y simplificando: no importa que en las empresas se usen sólo 4 máquinas de las 5 instaladas porque no venderían todo lo que producirían con las 5 máquinas): resulta que cuando el empresario pierde la posibilidad de emplear de forma rentable, de nada le sirve tener capacidad ociosa (máquinas inutilizadas).

Por el lado de la demanda, la capacidad adquisitiva de las capas inferiores de la población aumentaría. El dinero que antes usaban los más acaudalados para comprar fundamentalmente bienes de lujo se utilizará ahora para comprar bienes y servicios corrientes, que además han visto menguar su cantidad puesta a la venta por el efecto de la oferta mencionado arriba. El precio de los bienes y servicios de lujo disminuiría, pero aumentaría el precio de los bienes y servicios básicos (habría más personas que antes queriendo comprar productos que se venden en menor volumen que antes).

En cambio, con el TG la cosa es diferente. En primer lugar, la destrucción de trabajos sería notablemente menor que en el caso de la RB, porque (suponiendo incluso remuneración de TG e ingreso de RB equivalentes) hay menos incentivos a abandonar el puesto de trabajo (con el TG la alternativa no es dejar de trabajar como en la RB sino seguir haciéndolo aunque sea en otra ocupación). En segundo lugar, los trabajadores ajenos al TG no ven su renta aumentar como en el caso de la RB, sino que los beneficiarios son menos. En tercer lugar, habría más oferta de bienes y servicios producidos, con lo cual se absorbería buena parte del aumento de demanda producido por el TG.

Ahora bien, el TG tampoco está libre de sufrir tensiones inflacionistas, pero en cualquier caso éstas serían de menor nivel. Por otro lado, es cierto que la generación de inflación no es el fin del mundo, ni mucho menos. De hecho, en un contexto de bajos precios o deflación como el actual este efecto podría venir bien. Otra cosa es que se mantuviese en el tiempo, convirtiendo la deflación en una inflación preocupante, que es lo que aquí preocupa. Sin embargo, lo que es importante resaltar es que mientras los principales medios de producción sean de propiedad privada y sujetas a la lógica de la rentabilidad para poder sobrevivir (o imponerse), la inflación será siempre un fenómeno bastante ajeno al control público: al fin y al cabo quienes deciden qué precio ponerle a los productos son los empresarios y no los legisladores.

Ni la RB ni el TG van a solucionar todos los males que provoca un sistema económico depredador y sin control. Ambas propuestas se insertarían en el mismo como un cuerpo extraño ajeno a la lógica de la rentabilidad económica, pero con una diferencia importante: la RB lo haría de una forma más brusca, más agresiva, provocando distorsiones macroeconómicas y sociales que no sólo afectarían a los más pudientes (aunque sí especialmente a ellos) sino al conjunto de la población. En cambio el TG lo haría de una forma más suave, más coherente con el sistema macroeconómico actual y sin provocar grandes rupturas. La idoneidad de las propuestas dependerá de si queremos insertar un caballo de Troya que enseguida sea descubierto y atacado ferozmente por el sistema (RB) o un caballo de Troya más disimulado que permita con el tiempo rehacer y reagrupar fuerzas para derribar el sistema (TG).

25 de agosto de 2014

http://www.lamarea.com/2014/08/25/en-respuesta-las-criticas-realizadas-al-trabajo-garantizado/

+ Info:

¿Siete argumentos en contra de la Renta Básica? No exactamente - Jordi Arcarons, Daniel Raventós, Lluís Torrens 24/08/2014


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