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Anticapitalistes
  
diumenge 17 d’agost de 2014 | Manuel
Algunos elementos centrales de estrategia revolucionaria.

FRANCOIS SABADO

A pesar de que las correlaciones de fuerza a nivel mundial siguen siendo claramente desfavorables para el mundo del trabajo, una serie de factores vuelven a poner a la orden del día una nueva discusión sobre cuestiones estratégicas: la crisis del neoliberalismo, la guerra de Irak y las amenazas de intervención en otros lugares del mundo, la remodelación social-liberal del movimiento obrero y sus contradicciones, la discusión en el seno de la izquierda sobre la participación gubernamental, la profundidad de la crisis social y política en América Latina, los procesos revolucionarios en Venezuela y Bolivia, la discusión impulsada por Chávez sobre el socialismo del siglo XXI… Hay un retorno de las cuestiones estratégicas.

Algunos comentarios sobre la historia de nuestros debates sobre cuestiones estratégicas

La historia de las discusiones estratégicas en la LCR[2] está marcada por dos etapas. La primera, entre mayo del 68 y finales de los años 70, al calor de las situaciones pre-revolucionarias en el sur de Europa. La segunda se caracterizó más bien por la falta de discusión. En esta primera fase, los debates de los años veinte en el seno de la Internacional Comunista, pero también una serie de discusiones en torno a las experiencias revolucionarias, fueron revisitadas. Mayo del 68 había sido analizado como un ensayo general, al modo de las relaciones que guardaban las revoluciones rusas de 1905 y 1917, pero nuestro análisis jamás se redujo a los problemas rusos. Desde los años setenta habíamos distinguido las especificidades de la Revolución rusa y las de las revoluciones en Europa y América Latina. Los encuentros de formación de cuadros de la Liga, impulsados en particular por Ernest Mandel, se habían centrado particularmente en Alemania, Italia, España, Chile, etc…

Estas discusiones estratégicas guardaban una relación directa con un análisis del periodo marcado, como pensábamos en la época, por una nueva actualidad coyuntural de la revolución. Situaciones pre-revolucionarias fueron anunciadas en los cuatro o cinco años siguientes en Europa. En América Latina se decidió adoptar una estrategia de lucha armada en una perspectiva de conquista del poder a corto plazo, en países como Bolivia y Argentina. Para algunos, “la historia nos mordía la nuca”.

El cambio de ciclo que se vivió a finales de los 70 y principios de los 80, con un alejamiento de las perspectivas revolucionarias, frenó esos debates, con la salvedad de alguna que otra incursión durante los encuentros de cuadros de los años 86-87.

Por ejemplo, el Manifiesto que publicó la LCR francesa en 1992 pasaba de puntillas sobre estos asuntos. “La caída del muro obligaba”, se hacía necesario volver sobre nuestra historia –la de la Revolución rusa y la degeneración estalinista– y actualizar nuestras ideas-fuerza. Cuestión de prioridades. Pero perdimos el hilo de la discusión estratégica. La diferencia es clara entre el Manifiesto de 1992 y el de 2005, que retoma, aunque sea modestamente, algunas pistas estratégicas. Esto plantea una primera cuestión. Los problemas estratégicos no pueden, evidentemente, abordarse del mismo modo según los periodos, ya sean de ascenso revolucionario o de reflujo. Las discusiones estratégicas de los años veinte –ascenso revolucionario tras la Revolución rusa– y la de los años treinta –reacciones revolucionarias frente al ascenso del fascismo– son diferentes. El enfoque de los problemas estratégicos durante el “corto siglo XX” –1914-1991– no es el mismo que en el periodo actual. Los y las marxistas revolucionarias, más allá de las caracterizaciones y de los conceptos que abordan el fenómeno estaliniano, modificaron buena parte de sus enfoques estratégicos tras la contrarrevolución burocrática. Las correlaciones de fuerzas entre clases, las transformaciones del capitalismo y las mutaciones internas de la clase obrera, el hundimiento del estalinismo, la evolución social-liberal de la socialdemocracia, la emergencia de nuevos movimientos sociales como el movimiento altermundialista, todo ello modifica el marco y el enfoque de las cuestiones estratégicas.

Esta discusión, ¿acaso debe reservarse únicamente para los periodos de ascenso de la lucha de clases o para las situaciones pre-revolucionarias o revolucionarias, como hemos podido pensar, implícitamente, en la Liga? Creemos que no. Más allá de las dificultades o de los interrogantes, la cuestión de la revolución y de los problemas vinculados a ella deben seguir estando en el centro de nuestras preocupaciones. No olvidemos que León Trotsky, aunque pensara que la Segunda Guerra Mundial se transformaría en revolución, escribió el Programa de transición en septiembre de 1938, tras la derrota del proletariado alemán en 1933, la derrota del proletariado catalán en 1937 –fecha clave de la Guerra Civil española- y en pleno reflujo del movimiento obrero francés tras las traiciones del Frente Popular anteriores a la derrota de la huelga general de noviembre de 1938.

Discusión sobre la noción de “actualidad de la revolución”

La noción de “actualidad de la revolución” tiene una doble funcionalidad: coyuntural e histórica. Fue funcional en el periodo posterior a la Revolución rusa y en todos los periodos revolucionarios de 1918 a 1923 en Alemania, de 1934 a 1936 en Francia, en 1936-1937 en el Estado español, las situaciones revolucionarias de la posguerra y la de los años 60 y 70 y las revoluciones coloniales. Es útil para caracterizar periodos históricos de ascenso de luchas de clases más largos que han comprendido situaciones pre-revolucionarias o revolucionarias.

Pero cuando nos volvemos a sumergir en ciertos textos de Marx o ciertos documentos de Trotsky tras el periodo revolucionario de los años 20, la cuestión de las perspectivas revolucionarias es presentada de un modo más amplio. Recordemos este pasaje de Marx en los Grundisse: “En un determinado estadio de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, por usar la equivalente expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de esas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social”.

Ernest Mandel aporta, a su vez, la explicación siguiente de este pasaje en sus notas sobre el capitalismo tardío. “Cuando evocamos la época de las revoluciones, ello no significa en absoluto que ya no sea posible ningún desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. Ello significa solamente que, desde este punto de vista, las fuerzas productivas que siguen desarrollándose entran en rebelión cada vez más abierta con el modo de producción existente y concurren a su ruina”.

El horizonte o las perspectivas revolucionarias están ligadas al carácter reaccionario del capitalismo, a sus contradicciones internas, al coste social del sistema de propiedad capitalista, a la falta de correspondencia entre las posibilidades de desarrollo tecnológico, social o cultural de la sociedad y los obstáculos erigidos por la búsqueda del máximo beneficio capitalista. También es por esta razón que la época de la actualidad de las revoluciones o del socialismo guarda una relación con la fase imperialista del capitalismo.

Mandel rechaza cualquier interpretación mecanicista o catastrofista de las fórmulas de Marx. Algo que Trotsky, retomando a Lenin, iba a desarrollar en la Internacional Comunista en 1926: “¿Puede asegurar la burguesía una nueva época de crecimiento capitalista? Negar tal posibilidad, contar con una ‘situación sin salida’ del capitalismo sería simplemente revolucionarismo verbal”. Y precisa que hay que relacionar los desarrollos de la economía capitalista y los ciclos de la lucha de clases: “Los retrocesos o las derrotas permiten también nuevas fases de estabilización o de relanzamiento del capitalismo”, escribe en La Internacional Comunista después de Lenin.

Nos parece útil conservar ese enfoque, que toma en consideración el análisis específico de cada periodo, integrándolo en una historia que sigue siendo la del capitalismo, de sus contradicciones y de sus posibles revoluciones. Banalidad, quizás, pero recordatorio necesario en una situación caracterizada por la ausencia de revoluciones en la Europa capitalista en un largo periodo: 23 años separan el ascenso revolucionario de 1944-45 del de Mayo del 68; y se han cumplido ya 40 años entre Mayo del 68 y 2008. Estas dimensiones espacio-temporales no sólo explican la pérdida del hilo del debate estratégico sobre la revolución. También es útil volver sobre estos problemas de periodización.

Los “periodos de revolución social” son el resultado, ante todo, “de un tiempo marcado por las contradicciones fundamentales del capital”. Nuestras perspectivas de transformación revolucionaria se remiten a estas contradicciones fundamentales. Tienen en cuenta el análisis específico de cada periodo histórico. Se aceleran y se agudizan durante situaciones en las que la cuestión del poder se plantea abiertamente. Pero ese horizonte debe ser conservado, sean cuales sean los ciclos, largos o cortos, de la lucha de clases.

¿Qué es una estrategia revolucionaria?

La cuestión central de cualquier estrategia revolucionaria sigue siendo la conquista del poder político. Si bien abordamos las cuestiones estratégicas a través del estudio de las crisis revolucionarias –lo cual era correcto–, la Liga tuvo una tendencia a reducir la estrategia únicamente al momento de la crisis revolucionaria, léase incluso a las modalidades político-militares de conquista del poder, en particular a través del estudio de diversos modelos –huelga general insurreccional, guerra popular prolongada, guerras de guerrilla, debates sobre el modelo chino, vietnamita, cubano, etc… Si bien fue correcto trabajar estas cuestiones, nuestra inclinación ha consistido siempre en reducir los problemas estratégicos a un debate de modelos, cuando en realidad la estrategia engloba gran cantidad de dimensiones en la construcción del sujeto revolucionario. Esta inclinación a la modelización nos ha conducido, por lo demás, a cometer errores, en particular en América Latina, al adaptarnos a las generalizaciones del modelo cubano por parte de las corrientes castristas.

Trotsky proporciona una definición más general de los problemas estratégicos en la crítica del proyecto de programa del VI Congreso de la IC (Internacional Comunista): “Antes de la guerra no hablábamos más que de la táctica del partido proletario, y esta concepción se correspondía exactamente con los métodos parlamentarios y sindicales que predominaban entonces y que no trascendían el marco de las reivindicaciones y de las tareas cotidianas. La táctica se limita a un problema particular. La estrategia revolucionaria comprende un sistema combinado de acciones que, en sus relaciones y su sucesión, como en su desarrollo, deben conducir al proletariado a la conquista del poder”.

Un “sistema combinado de acciones” y la “conquista del poder”, esta es la tensión constituyente de la estrategia revolucionaria. No trabajamos lo suficiente este “sistema combinado de acciones” y su relación con las cuestiones gubernamentales.

Debemos abordar ambas acepciones: las modalidades concretas de formación de una conciencia anticapitalista, de una conciencia socialista a partir de las experiencias clave de la lucha de clases, por un lado, y una tensión permanente hacia el objetivo final, el programa y la estrategia para alcanzarlo, partiendo de las especificidades de la revolución socialista, por otro. No conocemos las formas que adoptarán las revoluciones del siglo XXI, pero seguimos confrontados a esta particularidad de la revolución proletaria: ¿cómo, de “nada”, convertirse en “todo”?

Las clases populares pueden conquistar posiciones, obtener reformas parciales, “embriones de democracia obrera en la democracia burguesa”, pero estas conquistas no pueden ser perennizadas sin reemplazar el poder de la burguesía por el poder de los trabajadores y de la mayoría de la sociedad. De ahí la centralidad estratégica de las crisis revolucionarias, en las que se anudan las rupturas que modifican duraderamente las correlaciones de fuerzas, y el proceso de formación de una conciencia socialista. A diferencia de las revoluciones burguesas, en las que la burguesía ya se había convertido en clase dominante antes de la revolución, el proletariado no puede convertirse en clase dominante hasta después de la conquista del poder político.

Lenin, en esa época, ya había aportado las primeras indicaciones: las famosas condiciones de una crisis revolucionaria desarrolladas en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo: “Los de arriba ya no pueden, los de abajo ya no quieren, las capas o clases de en medio basculan del lado de los de abajo, y existe una dirección revolucionaria –en el sentido de dirección, partido, y consciencia de clase, añadiríamos nosotros– para conducir el proceso”. Y añadía con Trotsky y los dirigentes de la IC en los países capitalistas de Europa: “Será mucho más difícil conquistar el poder [en comparación con Rusia] y mucho más fácil conservarlo”. Hablaba del nivel socioeconómico más desarrollado de esos países en relación con la Rusia zarista.

En ese sentido, sin construir modelos, Ernest Mandel intentará perfilar una tipología de las revoluciones futuras, en las notas de su libro El capitalismo tardío: “La tipología futura de las revoluciones socialistas en los Estados fuertemente industrializados es muy probable que se parezca más a las crisis revolucionarias de España de los años 30, de Francia de 1936 y 1968, de Italia en 1948 y 1966-70, de Bélgica en 1960-61 que a las crisis de hundimiento tras la Primera Guerra Mundial”.

Estas revoluciones futuras tendrán conexiones mucho más fuertes en el plano continental e internacional. Las relaciones entre un proceso revolucionario que empiece en el terreno nacional y su proyección en la arena mundial serán hoy mucho más fuertes que en el pasado. El contenido internacional –al menos en los países capitalistas desarrollados– de las revoluciones será más pronunciado. En Europa, esto plantea la cuestión de una estrategia, o al menos de un programa, europeo.

En fin, es de nuestra incumbencia incorporar a las grandes líneas de un estrategia revolucionaria moderna las lecciones de las revoluciones del siglo pasado. Explicamos a menudo que luchamos por revoluciones “mayoritarias” y “conscientes”. Mayoritarias: lo cual implica procesos “revolucionarios democráticos”… por tanto, con fuertes tensiones entre el caos revolucionario y “los mecanismos de decisión democrática”. Conscientes: lo cual exige la preparación de la ruptura revolucionaria mediante una serie de confrontaciones en las que las masas hacen su experiencia de la superioridad –incluso parcial– de las soluciones socialistas en relación con el capitalismo. Nunca hemos caído en una visión de la revolución como la obra “del gran día”, pero tanto la creciente complejidad de las sociedades como las lecciones de las experiencias revolucionarias deben llevarnos a desembarazarnos de cualquier vestigio o resto de este tipo de concepción apocalíptica.

Esas revoluciones mayoritarias y conscientes también son el resultado de una reorganización del conjunto del movimiento obrero. En ese punto podemos apoyarnos en ciertas intuiciones de Trotsky, adelantadas en una discusión sobre El programa de transición con los dirigentes del SWP norteamericano en 1938. Aquél explicaba que existen tres condiciones para una nueva sociedad:

a) “que las fuerzas productivas estén suficientemente desarrolladas y entren en contradicción con las relaciones de producción”;

b) ”una clase progresiva suficientemente fuerte socialmente” [los asalariados]

c) “la tercera condición es la conciencia política”.

Estamos confrontados con una doble dificultad, a la vez objetiva y subjetiva.

Objetiva, puesto que se da a la vez una extensión del proletariado a nivel mundial, pero también crecientes diferenciaciones internas de los asalariados –técnicas, estatutarias, de género, de nacionalidad… Subjetiva, el de la consciencia de clase, golpeada por nuevas diferenciaciones de los asalariados pero también por el balance del siglo, de las revoluciones, los efectos del estalinismo.

Hay que reconstruir desde más lejos…

La cuestión a la que debemos hacer frente hoy no es sólo “la crisis de dirección”, tal como lo presentaba Trotsky en El programa de transición, sino una crisis de conjunto: de dirección, de organización, de consciencia… de ahí la necesidad de reorganizar, de reconstruir el movimiento obrero.

Ya no se trata, como en los años 20 y 30, de substituir a la dirección reformista, centrista o estalinista, por una dirección revolucionaria. Todas esas substituciones eran posibles porque eso se hacía en el marco de una cultura común, en un clima marcado por el dinamismo revolucionario.

El factor subjetivo hoy no se reduce a la construcción de una dirección revolucionaria, léase la construcción de un partido revolucionario. Hay una problemática relacionada con las experiencias, la organización, la consciencia del movimiento de masas… Hay una necesidad de discutir sobre mediaciones, sobre tácticas para avanzar hacia partidos anticapitalistas amplios que se sitúen en sus respectivos países en el terreno de la unidad y de la independencia de clase para construir en mejores condiciones la futura dirección revolucionaria.

Hoy, sin empezar de cero, partiendo de la realidad actual del movimiento obrero, se impone reconstruir las prácticas, las organizaciones, los proyectos de transformación revolucionaria de la sociedad, pero sobre la base de una serie de referencias estratégicas descritas más arriba.

La cuestión a la que debemos hacer frente hoy no es sólo “la crisis de dirección”, tal como lo presentaba Trotsky en El programa de transición, sino una crisis de conjunto: de dirección, de organización, de consciencia… de ahí la necesidad de reorganizar, de reconstruir el movimiento obrero.

Ya no se trata, como en los años 20 y 30, de substituir a la dirección reformista, centrista o estalinista, por una dirección revolucionaria. Todas esas substituciones eran posibles porque eso se hacía en el marco de una cultura común, en un clima marcado por el dinamismo revolucionario.

El factor subjetivo hoy no se reduce a la construcción de una dirección revolucionaria, léase la construcción de un partido revolucionario. Hay una problemática relacionada con las experiencias, la organización, la consciencia del movimiento de masas… Hay una necesidad de discutir sobre mediaciones, sobre tácticas para avanzar hacia partidos anticapitalistas amplios que se sitúen en sus respectivos países en el terreno de la unidad y de la independencia de clase para construir en mejores condiciones la futura dirección revolucionaria.

Hoy, sin empezar de cero, partiendo de la realidad actual del movimiento obrero, se impone reconstruir las prácticas, las organizaciones, los proyectos de transformación revolucionaria de la sociedad, pero sobre la base de una serie de referencias estratégicas descritas más arriba.

El enfoque transitorio

Este es un punto débil en la historia del movimiento obrero francés, dominado por el jacobinismo –la presión estatista– y el estalinismo –la negación de la autoemancipación–. Pero es también un punto débil en la historia de la LCR desde Mayo del 68. Debilidad que ya nos reprochaba Ernest Mandel, y que estaba quizás también ligada a un enfoque demasiado centrado en el momento mismo de la crisis revolucionaria, en detrimento de los preparativos.

Es justamente a través de un enfoque transitorio como debe desplegarse nuestra problemática estratégica.

Aquel integra las reivindicaciones inmediatas –compatibles con la lógica capitalista– y las reivindicaciones intermedias, contradictorias con esta lógica. Combina las formas de lucha cotidiana, que respetan la legalidad burguesa, y las acciones de masas anticapitalistas, que transgreden dicha legalidad. Rechaza la separación entre programa mínimo y programa máximo. Una estrategia revolucionaria es a la vez estrategia de desgaste y de enfrentamiento. Comporta periodos ofensivos y defensivos, fases de repliegue y de asalto, dependiendo de la lucha de clases.

Así es como Trotsky definía la problemática transitoria: “hay que ayudar a las masas en el proceso de su lucha cotidiana a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias que partan de las condiciones actuales y de la consciencia actual de amplias capas de la clase obrera y conduzcan invariablemente a una sola y única conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.

Todas las palabras tienen su importancia:

cotidiana”, “reivindicaciones actuales”, “consciencia actual”. El punto de partida son las reivindicaciones inmediatas de las clases populares. “Sistema de reivindicaciones transitorias”: Trotsky subraya el carácter combinado de las reivindicaciones. “Conquista del poder político”. La conclusión del proceso es la ruptura revolucionaria.

En general, las acciones de masas tienen por objeto la satisfacción inmediata de necesidades concretas. Es pues importante que la estrategia revolucionaria ligue esas necesidades a reivindicaciones que no pueden ser integradas en el orden socioeconómico capitalista, sino que, al contrario, desencadenen una dinámica anticapitalista que conduzca a una prueba de fuerzas entre las dos clases fundamentales de la sociedad.

La consciencia de las masas sólo puede desarrollarse en un sentido revolucionario si éstas acumulan experiencias de lucha que no se limitan a las reivindicaciones parciales realizables en el marco del sistema capitalista. También es el resultado de reivindicaciones que parten de necesidades inmediatas y plantean la cuestión del poder o de la propiedad.

Los ejemplos siguientes pueden ilustrar cómo avanzar reivindicaciones que responden a las necesidades inmediatas de las masas y plantean la cuestión del poder o de la propiedad.

La cuestión del agua o del gas en ciertos países de América Latina, como Bolivia, o la del petróleo en Venezuela, plantean todos los problemas de la soberanía nacional, del control y de la gestión popular.

La cuestión de las ocupaciones de tierras en los países en los que la reforma agraria es un tema central: este es el caso de Brasil actual- mente. Las ocupaciones de tierras no son, en general, incompatibles con el sistema, pero, en el marco de la economía capitalista mundializada, constituyen puntos de desequilibrio incontestables, puntos de ruptura.

La recuperación por los trabajadores de ciertas empresas condenadas a la bancarrota por sus patrones son experiencias parciales e indican que otro funcionamiento de la economía es posible con una gestión obrera y social. Estas experiencias están ligadas a coyunturas excepcionales de ascenso del movimiento de masas: es el caso de las fábricas abandonadas o cerradas en Venezuela con una cogestión mixta entre asalariados y Administración pública. Estas experiencias de ocupación, de control, de cogestión y, en ciertas condiciones, de cooperativas han sido una de las expresiones de la situación pre-revolucionaria de 2001- 2002 en Argentina.

El problema se planteó de un modo limitado a través de ciertas experiencias de control o de gestión en los años 70 en Italia y Francia. Afloró en movilizaciones de Nestlé o en ciertas industrias de calzado.

El enfoque transitorio que debemos construir se cristaliza también a través de una serie de reivindicaciones avanzadas en un plan de medidas de urgencia social y democrática: medidas reales, serias, inmediatas, pero que también apuntan a una redistribución de la riqueza y propuestas de reorganización de la economía en función de las necesidades sociales y no de la economía capitalista.

La cuestión de la prohibición de los despidos, bajo la forma de un conjunto de propuestas o de leyes que pongan en cuestión el poder, la arbitrariedad patronal, es una de las principales reivindicaciones transitorias. Parte del rechazo elemental del despido y desemboca en la idea de la necesaria incursión en la propiedad capitalista para satisfacer esa reivindicación.

El rechazo de las privatizaciones implica no solamente la vuelta al regazo del sector público de todo lo que ha sido privatizado por la derecha y la izquierda, sino también una reorganización de la apropiación pública de sectores clave de la economía.

Este enfoque debe tener una prolongación europea…

El punto de partida de estas reivindicaciones se sitúa en el rechazo de la contrarreforma neoliberal y de sus medidas. Su traducción política y su eficacia implican el enfrentamiento con las clases dominantes y el sistema capitalista. Existe una relación orgánica entre antiliberalismo y anticapitalismo. Y, cuando separamos antiliberalismo y anticapitalismo, limitamos el alcance de la reivindicación antiliberal misma: es lo que su- cede con programas que no se oponen más que a los excesos de la “financiarización” o de la “mercantilización” sin tomar en consideración la lógica de conjunto de las relaciones sociales capitalistas. Para ser un antiliberal consecuente hay que poner en cuestión la propiedad capitalista y plantear los problemas de la apropiación pública y social. Este enfoque de conjunto no se plantea como un ultimátum. Puede concretarse en base a algunas reivindicaciones que pueden servir como puntos clave, por ejemplo, de una campaña electoral.

Detrás del sistema de las reivindicaciones transitorias lo que está en juego es lo siguiente: una acumulación de experiencias sociales que desestabilicen el sistema, indiquen otra organización económica y social y demuestren el potencial de los y las asalariadas en esta perspectiva. Gramsci abordaba esta cuestión con su concepto de “hegemonía político-ética”. La clase oprimida debe conquistar posiciones en el seno de la sociedad antes de conquistar el poder político. En una situación normal, desde luego, esto no deja de ser propaganda y experiencias de un alcan- ce limitado. Pero en una situación de aceleración social esto se integra en un periodo preparatorio de la conquista del poder político.

El frente único

La política de frente único tiene una doble dimensión: una estratégica y otra táctica.

Estratégica ya que si la revolución es un proceso mayoritario y “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, las clases populares deben superar sus diferenciaciones y divisiones internas. Diferenciaciones sociales ligadas al lugar específico en el proceso de producción y más generalmente en la vida social, pero también divisiones políticas ligadas a la historia del movimiento obrero, a la cristalización de corrientes y organizaciones. Su unificación social y política es una de las condiciones de una transformación revolucionaria.

Por otro lado, Trotsky sitúa las raíces de la política de frente único en este pasaje sobre Alemania (La Revolución alemana y la burocracia estaliniana, 1932): “El proletariado accede a la conciencia revolucionaria, no a través de un enfoque escolástico, sino a través de la lucha de clases ininterrumpida. Para luchar, el proletariado tiene necesidad de unidad en sus filas. Esto también es cierto en los conflictos económicos parciales, tanto entre los muros de una fábrica como en los combates políticos ‘nacionales’ como la lucha contra el fascismo. Por consiguiente, la táctica de frente único no es algo ocasional y artificial, ni una maniobra hábil, no, se desprende completa y enteramente de las condiciones objetivas del desarrollo del proletariado”.

Así pues, el frente único responde al objetivo estratégico siguiente: unificar al proletariado –la clase obrera en sentido amplio, quien está obligado a vender su fuerza de trabajo– en el curso de un proceso revolucionario, para transformarla de clase dominada en clase dominante de la sociedad. Para estimular este desarrollo, tal movimiento debe crear las condiciones de la “independencia de clase” de los trabajadores frente a la burguesía y apuntar a la autodeterminación y la autoorganización de las clases populares, condición fundamental para la transformación revolucionaria de la sociedad. Así pues, al precisar en cada etapa de la lucha de clases su contenido y sus formas, la búsqueda de la unidad de los trabajadores y de sus organizaciones es una aspiración permanente de la política de los revolucionarios.

Pero la política de frente único es también una táctica política que depende de los objetivos generales de una política revolucionaria. Recordemos que una política revolucionaria no se reduce a la táctica de frente único. No pocos aspectos ligados a la lucha política, la definición de objetivos, la delimitación entre corrientes y organizaciones, la construcción de organizaciones son eslabones indispensables de la actividad de los revolucionarios.

En fin, la táctica se mantiene subordinada a la estrategia: “El problema histórico no es unir mecánicamente todas las organizaciones que subsisten de las diferentes etapas de la lucha de clases, sino agrupar al proletariado en la lucha y para la lucha. Son problemas absolutamente diferentes, a veces incluso contradictorios” (Trotsky, La lucha contra el fascismo, Fontamara, Barcelona, 1980).

Las formas y el contenido de una táctica de frente único pueden variar bruscamente, en particular en una situación de crisis.

La cuestión del frente único tiene un contenido, explica Trotsky: “La campaña del frente único debe apoyarse en un programa de transición bien elaborado, es decir, un sistema de reivindicaciones transitorias –con un gobierno obrero y campesino– que debe asegurar la transición al socialismo”.

Sin embargo, nuestro programa al completo no puede ser una previa a la unidad. Pero debe permitirnos estar en guardia contra la unidad como fin en si mismo, la unidad sin contenido.

En la política de agrupamiento de los trabajadores para la lucha los conflictos con los reformistas pueden alcanzar puntos de ruptura: “si los reformistas sabotean la lucha, contradiciendo la disposición de las masas, nos reservamos el derecho de sostener la acción hasta el fin, sin semi-aliados temporales, a título de organización independiente… Son las masas quienes deciden. A partir del momento en que las masas se separan de la dirección reformista, los acuerdos pierden todo su sentido. Perpetuar el frente único significaría no comprender la dialéctica de la lucha revolucionaria y transformar el frente único de trampolín en barrera. Para los marxistas, el frente único sólo es uno de los métodos de la lucha de clases. En determinadas condiciones el método es completamente inutilizable: sería insensato querer construir un acuerdo con los reformistas para el cumplimiento de la revolución socialista”. (La lucha contra el fascismo, Trotsky).

En efecto, como explica Daniel Bensaïd, “el frente único siempre tiene un aspecto táctico. Las organizaciones reformistas no lo son por confusión, inconsecuencia o falta de voluntad. Expresan cristalizaciones sociales y materiales… Las direcciones reformistas pueden ser pues aliados políticos tácticos para contribuir a unificar a la clase. Pero, estratégicamente, siguen siendo enemigos en potencia. El frente único se propone crear condiciones que permitan romper con la mejor correlación de fuerzas con esas direcciones, en el momento de las opciones decisivas, y arrastrar a capas lo más amplias posibles de las masas” (Strategie et partie, 1986).

Estas condiciones de aplicación dependen también de las correlaciones de fuerzas sociales y políticas globales y, en particular, de las correlaciones de fuerzas en el seno del movimiento obrero. Es un problema que Trotsky plantea, por otro lado, en la discusión con los comunistas franceses en 1922: “si el Partido Comunista no representa más que a una minoría insignificante… su actitud ante el frente de clase no tiene una importancia decisiva. El problema del frente único no se plantea cuando el PC, como en Bulgaria, representa la única fuerza política. Pero donde el PC constituye una fuerza política que todavía no tiene un valor decisivo, donde abraza un cuarto, o un tercio de la vanguardia proletaria, la cuestión del frente único se plantea con toda su agudeza”.

La cuestión del frente único es una cuestión central en un país como la Francia de 2006, pero no se planteaba en los mismos términos antes de 1968, después del 68 u hoy, con la evolución social-liberal del movimiento obrero, la crisis de los PC y los nuevos espacios para una política anticapitalista.

La huelga general

Una de las cuestiones clave para nuestra orientación estratégica y táctica consiste en crear las condiciones de la intervención directa de los asalariados, de las clases populares en la escena política y social. Para realizar este objetivo, la huelga general representa una figura central en nuestra estrategia.

La huelga general aparece como la hipótesis de derrocamiento del capitalismo desde finales del siglo XIX. En primer lugar como emanación de la energía obrera opuesta por los anarquistas a la vieja táctica probada de la socialdemocracia, táctica ligada a la conquista gradual de posiciones parlamentarias. Para los anarquistas se trataba de oponer el movimiento de masas extraparlamentario a la táctica parlamentaria de la socialdemocracia.

Rosa Luxemburgo retomará la perspectiva de huelga general superando el debate anarquistas-socialistas e intentando ligar dinámica del movimiento de masas y perspectiva política. “La huelga de masas, tal como nos lo muestra la Revolución rusa, no es un medio ingenioso inventado para dar más fuerza a la lucha proletaria. Es la forma que adopta el movimiento de las masas proletarias, la forma de la lucha proletaria en la revolución”. Desde entonces, la hipótesis de la “huelga general activa” –como decían nuestros camaradas de la LCR española en los años 70– sigue siendo, bajo nuevas formas, la variante más probable de desencadenamiento de las masas contra el orden establecido…

Hoy, las correlaciones de fuerzas entre clases en Europa no ponen a la orden del día el estallido de huelgas generales de esta índole. Pero, ¿acaso esta coyuntura histórica específica pone en cuestión la hipótesis estratégica? Ninguna de las tesis que relativizan el papel estratégico de

las huelgas generales y de las manifestaciones centrales han sido verificadas cuando el movimiento de masas se desencadena, y los caminos adoptados por éste durante ciertas situaciones pre-revolucionarias en América Latina tienen más bien tendencia a aportar fuerza y vitalidad a ciertas figuras estratégicas clásicas.

La huelga general tiene varias dimensiones: no es una “gran jornada de acción”, es el marco de un movimiento político de la clase obrera, permite su expresión independiente, tiene sus organizaciones –el comité de huelga o el comité central de huelga–, tiene una funcionalidad en el enfrentamiento con el Estado: la parálisis de la economía, de los ejes estratégicos de circulación. Crea el marco de una puesta en marcha de la producción… En las metrópolis capitalistas, compuestas en gran medida por asalariados, es la forma por excelencia de la intervención directa de la clase obrera. Pero la preparación de estas huelgas generales pasa también por la intervención cotidiana, por las propuestas prácticas de coordinación y centralización de las luchas, por una propaganda y una agitación flexibles para crear las condiciones de movimientos de conjunto de la clase obrera.

Le podemos añadir, o combinar con, la sucesión de grandes manifestaciones de masas que paralizan un país, siendo el problema en cada ocasión encontrar las formas que expresen la fuerza del movimiento de masas, su radicalidad y su eficacia para paralizar el Estado burgués. Las últimas explosiones sociales o experiencias de situaciones pre-revolucionarias, de nuevo en América Latina, nos recuerdan su importancia en momentos fuertes de enfrentamientos de clases, de huelgas generales y de manifestaciones de masas, incluidas las insurreccionales.

En fin, la “huelga general” no resuelve por si sola la cuestión de la estrategia de conquista del poder. “Ésta plantea la cuestión del poder, pero no la resuelve”, dirá Lenin. Para ello es necesario acompañarla de formas de autoorganización y de una perspectiva de poder gubernamental.

La autoorganización

En la reconstrucción de una práctica autoemancipatoria, la autoorganización tiene también un carácter estratégico.

Estas estructuras pueden aparecer durante una lucha o una huelga bajo la forma de comités de lucha o de comités de huelga elegidos por asambleas generales. En todos los periodos de tipo pre-revolucionario o revolucionario aparecen este tipo de estructuras. Emergen, en general, para resolver problemas concretos o en situaciones en las que el pueblo intenta dotarse de nuevos instrumentos para tomar en sus manos la organización de la vida en la empresa o en los barrios y localidades. Su denominación varía según la época o el lugar en que se instauren: “soviets”, “comités de fábrica” en Rusia, “comisiones internas” en Italia, elecciones de delegados de empresa en Alemania, Comités y milicias en España, comisiones de trabajadores, shop stewards en Inglaterra, JAP (juntas de aprovisionamiento), comandos comunales y cordones industriales (unión local de los sindicatos de la CUT) en Chile, comisiones de trabajadores y de vecinos en Portugal… Éstas también pueden arrancar a partir de formas o instituciones burguesas legales pre- vistas por las instituciones existentes: elecciones de delegados, creación de estructuras de aprovisionamiento, etc.

Resumiendo, las formas de autoorganización pueden ser diversas y los revolucionarios no deben caer en el fetichismo de tal o cual forma. Lo esencial es la expresión unitaria y democrática de la dinámica del movimiento de las masas con un objetivo: poner en pie mecanismos de representación lo más directos posible del movimiento de masas.

Al principio de los conflictos, la autoorganización puede adoptar una forma de frente único de las organizaciones o, eventualmente, formas combinadas. Ahora bien, en el fuego de la lucha, se necesitan estructuras que representen lo más fielmente posible la realidad del movimiento de masas. Desde este punto de vista, si Andreu Nin, dirigente del POUM español, tuvo razón en proponer la “alianza obrera” en los años 1934-36 como forma del frente único de las organizaciones obreras, se equivocó al querer reemplazar las milicias o comités, creados por la insurrección de julio de 1936, por la unidad formal de las organizaciones. Detrás de esta substitución tuvo lugar un desplazamiento de las correlaciones de fuerzas: la ala avanzada –CNT, POUM, Izquierda socialista– de la revolución volvía a su posición subordinada frente a las direcciones del PCE, del PSOE y de la burguesía republicana. Se trataba en ese caso de un paso atrás.

No hay formalismo alguno en esto, tanto más en la medida en que el estallido o la división de las formas de autoorganización son problemas a los que podemos vernos confrontados en situaciones de ascenso del movimiento de masas. Esto fue un problema fundamental en Argentina entre “las asociaciones o comités de vecinos” y el movimiento “piquetero”, entre los sindicatos y los “piqueteros”: más de 2.336 cortes de rutas en el momento más álgido de 2002, con varios centenares de miles de personas implicadas. La división de los partidos fragmentaba también la autoorganización. Cada partido tenía su movimiento de masas… Éste es hoy un problema clave en Bolivia, entre la COB, las asambleas de El Alto, los movimientos indígenas, pero también a menor escala en ciertas movilizaciones sociales en Europa (los ejemplos de las coordinaciones, organizadas en torno a tal o cual organización política).

Ligado al problema de la unidad, están los problemas de centralización: mientas perdure la división y la fragmentación corporativa o social, no podrá haber centralización.

Estas experiencias tienen en común su explosividad social, pero también su déficit de consciencia para una transformación radical de la sociedad, que también tiene consecuencias sobre la organización de la dirección.

Estas estructuras, ¿son acaso incapaces de tomar el poder y de reorganizar la sociedad? Creemos que no.

Los austromarxistas ya querían relegarlas a estructuras “socioeconómicas”, dejando el poder en manos de una asamblea nacional parlamentaria.

Otros retoman hoy esta tesis a su manera, al explicar que “las formas de autoorganización deberán encontrar su lugar sin ser institucionaliza- das. Pero, sobre todo, sin tomar el poder”.

Los límites de una situación revolucionaria y las debilidades de organización y de dirección no han permitido –salvo en Rusia, con los límites que conocemos– fases duraderas de poder basado en la autoorganización. Pero, en todos los movimientos de masas de una cierta amplitud y, a fortiori, todas las crisis revolucionarias, se da la aspiración de los movimientos sociales a dotarse de sus primeras formas de autoemancipación. Ello crea las condiciones de emergencia de nuevas estructuras de representación del movimiento popular. Sin caer en una visión lineal cualquiera del desarrollo del movimiento de masas, ello puede adoptar la forma de asambleas generales, de comités de acción, de comités de huelga, mañana de consejos comunales o de trabajadores. Nuestro papel consiste en cada ocasión en sondear las posibilidades de nuevas formas de autoorganización, de crearlas, centralizarlas como forma de representación popular, priorizando la organización de los ciudadanos y de los asalariados en sus municipios y empresas. Existe allí una preocupación por mantener la coherencia entre nuestro proyecto por una autogestión socialista y la importancia concedida al “socialismo por abajo”.

La dualidad de poderes

Las últimas experiencias de situaciones de crisis social y política pre-revolucionaria también plantean las cuestiones de la dualidad de poder, siempre bajo formas “específicas”. Éstas resultan de nuevas formas de representación popular, que combinan la organización del movimiento de masas y una crisis de las instituciones existentes, pudiendo poner a la orden del día procesos constituyentes. Éste ha sido el caso en Venezuela, donde elecciones a una asamblea constituyente están previstas para el próximo agosto, bajo una enorme presión del movimiento de masas. También en este caso, cuando un proceso revolucionario se profundiza, aparecen nuevas estructuras de representación popular, se crean nuevas legitimidades contra el viejo aparato central del Estado: comités, pero también estructuras comuna- les o locales de tipo “municipios rojos” o “zonas liberadas”. Un proceso de confrontación y de dualidad de poderes se desarrolla, atraviesa también crisis, fracturas de las viejas estructuras institucionales existentes. Los viejos cascarones incluso pueden convertirse en el envoltorio de nuevos poderes.

Es el ejemplo de la “Comuna de París”, donde la vieja comuna (ayuntamiento) será regenerada con la savia de la explosión popular, que la constituirá en un órgano de poder popular. El Chile de los años 1970-73, con las JAP –juntas de aprovisionamiento de los barrios populares– y los cordones industriales–coordinación zonal de los sindicatos–, verá aparecer una incipiente dualidad de poderes a partir de estructuras creadas por los poderes públicos o la central sindical. Algo capital está en juego entonces: las nuevas estructuras, las más eficaces en la organización de la lucha, deben mostrar igualmente su eficacia en la resolución de problemas cotidianos, mostrarse más democráticas, más representativas: demostrar su superioridad.

Es en este terreno donde se plantea el problema de la confrontación con el Estado. Al generalizarse, este proceso se tropieza con el derecho de propiedad, con las instituciones y con el Estado capitalista. “El derecho a la existencia está por encima del derecho a la propiedad” (Convención de 1793), la democracia de las nuevas estructuras que representan al pueblo organizado en asambleas de fábrica o localidad está por encima de las antiguas estructuras.

Se da en ese momento una contradicción y una lucha entre lo antiguo y lo nuevo. Lo “nuevo” pesa también sobre la fragmentación de las viejas instituciones burguesas. Las exigencias democráticas deben ser llevadas al seno de las viejas instituciones parlamentarias o municipales, pero el eje, la prioridad para desarrollar la “dualidad de poderes”, es la organización propia, la organización independiente del movimiento de masas.

La experiencia de la Comuna de París hizo evolucionar a Marx sobre la cuestión del Estado, para quien ya no se trataba de transformar el Estado, sino de destruirlo.

Las lecciones de todas las experiencias revolucionarias socialistas o nacionalistas revolucionarias confirman la necesidad de destruir el aparato de represión de las clases dominantes. Y nosotros entendemos por ello el núcleo duro del Estado –ejército, policía, justicia, aparato administrativo central–, incluso en el caso de que esas instituciones pueden fragmentarse y dividirse bajo la presión de los acontecimientos revolucionarios (por ejemplo, con comités o consejos de soldados, sindicatos en la magistratura, etc.).

La historia enseña que este proceso desencadena la oposición y la represión de las clases dominantes. Las fuerzas fundamentales en lucha chocan, se enfrentan, se desgarran en el curso de momentos estratégicos. Son los momentos de la crisis revolucionaria, en los que está en juego el enfrentamiento de clases, en los que todo bascula… hay que preparar este o estos momentos… con el fin de concentrar las fuerzas del movimiento de los de abajo contra el aparato de Estado. La cuestión del poder se plantea, y la dualidad de poderes debe entonces resolverse, en un sentido o en otro. Los preparativos revolucionarios pueden durar “varios meses, varios años”, precisa Ernest Mandel, pero los momentos de enfrentamientos centrales son siempre los más decisivos.

El objetivo es entonces defender el proceso revolucionario. No somos puchistas –“la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos– pero tampoco somos ingenuos. Esta defensa supone actuar “militarmente” sin, no obstante, parecer el agresor. León Trotsky explica, en las páginas extraordinarias de la Historia de la Revolución rusa, que el CMR (Comité Militar Revolucionario del soviet de Petrogrado) tomó la iniciativa de la toma del poder velando en todo momento por conservar una posición defensiva: había que defender Petrogrado contra las tropas de Kornilov que iban a asaltar la ciudad.

De la historia de este siglo y de algunas revoluciones retendremos pues la importancia del proceso preparatorio. Pero el carácter decisivo de la crisis revolucionaria es el “momento”, los “momentos” en los que todo está en juego, en los que unas pocas horas determinarán el curso de la historia durante varios decenios…

La cuestión clave sigue siendo la conquista del poder político. La especificidad principal de la revolución proletaria es que los trabajadores no pueden instaurar nuevas relaciones sociales, ni conquistar duraderamente nuevas posiciones, sin un cambio de toda la estructura social y política. Los contrapoderes son útiles, la lucha por reformas indispensable. Las experiencias parciales de control, de autogestión en las empresas o en los municipios son decisivas, pero no lo suficientemente fuertes como para iniciar un proceso de transformación de las relaciones sociales. Hay que conquistar el poder.

De ahí los debates con Holloway y todas las corrientes del altermundialismo que defienden la posibilidad de cambiar el mundo sin tomar el poder. Se trata sin duda de Holloway ya que parece que los zapatistas evolucionan sobre esta cuestión y ya no hacen de necesidad virtud, ex- plicando que su lucha no debe tener salida política. Por otro lado, han tomado el poder en sus zonas de Chiapas. Las experiencias revolucionarias en América Latina muestran, por una parte, la necesidad de estimular el movimiento desde abajo y, por otra, la importancia decisiva del impulso desde arriba. El papel positivo y los límites de un Chávez muestran la importancia de la construcción de una alternativa política de conjunto. La política social-liberal de un Lula exige una alternativa política, y también electoral, que se oriente hacia una ruptura con el imperialismo y los mercados financieros. Los contrapoderes o la suma de movimientos sociales no bastan para oponer una alternativa al capitalismo liberal.

Desde luego, en toda la historia de las luchas sociales, buen número de reformas, de nuevos derechos, de conquistas sociales han sido obtenidos bajo la presión de correlaciones de fuerzas y de movilizaciones sociales… ¡sin tomar el poder!

Los revolucionarios son partidarios de todas las reformas que mejoren las condiciones de vida y de trabajo de la población. Están atentos y son parte activa de todas las experiencias que aflojen el nudo de la dominación capitalista. Estos movimientos son decisivos pero no bastan para consolidar los logros conquistados en el largo plazo –las clases dominantes recuperan a menudo con una mano lo que han concedido con la otra– ni substituir la lógica del beneficio privado por la de las necesidades sociales.

Estas experiencias pueden demostrar que son puntos de apoyo indispensables, pero su acumulación no puede bastar para alterar los datos fundamentales de la sociedad. Se tropiezan con el poder central. Para impedir modificaciones fundamentales de la sociedad, las clases dominantes operan un doble cerrojo: sobre el Estado y sobre la propiedad capitalista. La guerra en Irak, las tentativas aquí y allá de poner en pié dispositivos estatales o paraestatales en Europa o en América muestran, por otro lado, el papel clave de los Estados. El Estado se repliega, pero está ahí. La fuerza del imperialismo americano, como el poder de las multinacionales, demuestra la importancia de la propiedad de los capitales y de los grandes medios de producción en la economía mundial. El poder económico y militar parece más diseminado que nunca, pero también está más concentrado que nunca.

Para abrir la vía al cambio hay que deshacer este doble cerrojo: el Estado y la propiedad. Sin una movilización social revolucionaria que rompa la columna vertebral de la dominación capitalista –el Estado– y que substituya la propiedad capitalista por la apropiación pública y social, los mecanismos de producción y de reproducción del capital continuarán dominando.

Autoorganización, democracia

Las relaciones entre instituciones parlamentarias, asambleas constituyentes y estructuras de autoorganización constituyen uno de los problemas fundamentales de una estrategia revolucionaria, en particular en las metrópolis imperialistas.

El eje central debe ser la autoorganización, la emergencia y la centralización de estructuras de democracia directa en sentido amplio: no únicamente los “consejos de fábrica” en el sentido “operaista”, sino la autogestión social y política constituida en poder político. En la perspectiva de un nuevo poder político para los trabajadores y los ciudadanos, también hay lugar para una lógica de democracia radical apoyada en propuestas de transformación de las asambleas parlamentarias: asamblea constituyente única, sistema proporcional, control de los cargos públicos, creación de una estructura de democracia directa, subsidiariedad de lo local a escala europea en el marco del proceso constituyente.

Resumiendo, el objetivo a perseguir es la generalización de una democracia que, a partir de una transformación radical de la asamblea, abra la perspectiva de estructuras para un nuevo poder. Es la problemática que avanzaba Trotsky en 1934 en su proyecto de programa de acción para la Liga Comunista de la época.

Dicho proceso constituyente debe ser utilizado para estimular un nuevo poder de democracia directa. Pero, en una situación revolucionaria, la eficacia democrática de la autoorganización se tropieza con el aparato de Estado.

Diversos casos se han expuesto ya: ya sea que la asamblea constituyente sea barrida por el torbellino revolucionario y ceda sus poderes a las nuevas estructuras revolucionarias, ya sea que se paraliza y se bloquea, ya sea porque se opone a nuevas formas de poder autoorganizado provocando de ese modo un conflicto. No olvidemos que en ciertas crisis revolucionarias, Alemania en 1918-19 o en Portugal en 1974-75, la Asamblea Constituyente sirvió como instrumento contrarrevolucionario. En esos casos hay que poner el acento en las estructuras de autoorganización y su centralización. Este proceso no es exterior a las instituciones de la democracia burguesa, sobre todo en los países con viejas tradiciones parlamentarias –el proceso revolucionario pesa sobre estos últimos– pero el objetivo es la constitución de un nuevo poder. Seguimos sin pensar –a diferencia de ciertas tesis austro-marxistas, “eurocomunistas” o “reformistas de izquierda”– que se pueda conquistar el poder combinando “poder popular” y “conquista gradual de una mayoría revolucionaria en el viejo parlamento”. La toma del poder político necesita desembarazarse de las viejas instituciones y construir otras nuevas.

Tras la conquista del poder, los problemas se plantean de otro modo, en particular en los albores de una sociedad de transición al socialismo: varias asambleas elegidas por sufragio universal pueden coexistir con asambleas territoriales y asambleas surgidas de elecciones en las empresas, incluso asambleas que representen a minorías nacionales. Asambleas que tendrán el poder, asambleas elegidas por sufragio universal… Esta combinación se intentó durante la Comuna de París. Era la posición de Rosa Luxemburg sobre la disolución de la Constituyente en Rusia. Rosa se pronunció por la disolución de una asamblea que no se correspondía ya con el estado real del país y demandó una nueva Constituyente, es decir, junto al poder de los soviets, una asamblea elegida por sufragio universal.

Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitadas, sin una lucha de opinión libre, la vida vegeta en todas las instituciones públicas y la burocracia se convierte en el único elemento activo”.

Cuando existe un conflicto, el pueblo tiene siempre la última palabra.

Gobierno obrero o de los trabajadores

La reivindicación del “gobierno obrero” (“gobierno de los trabajadores” o de las “clases populares”) es una consigna transitoria blandida en una situación revolucionaria, los años veinte, o en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, que Trotsky preveía que sería una copia de la primera. Son las fórmulas desarrolladas en el Programa de Transición. Estas cuestiones adquieren una gran importancia en situaciones de aguda crisis social y política. Los debates que tenemos actualmente sobre el tapete o las fórmulas gubernamentales que se barajan hoy están muy alejadas de ese contexto.

El gobierno obrero es una fórmula transitoria de gobierno en una situación de crisis en la que las instituciones del viejo aparato de Estado todavía no han sido destruidas. Todavía no es el poder de los organismos populares o la “dictadura del proletariado”, pero tampoco se da ya un funcionamiento normal de las instituciones burguesas. No es pues sinónimo de dictadura del proletariado. Es una posibilidad de gobierno intermedio en el camino a la conquista del poder por los trabajadores.

Además, todas las fórmulas de gobierno obrero o de los trabajadores comportan en general reivindicaciones inmediatas pero también objetivos ligados al control obrero, a la expropiación de los capitalistas, léase al armamento del proletariado. En situaciones revolucionarias, se da una coherencia entre una política de frente único y la propuesta de un gobierno de ruptura con la burguesía. En este caso, el “gobierno obrero puede ser el colofón de la política de frente único”. La base de la unidad de acción y del gobierno es común: son coaliciones de fuerzas revolucionarias, reformistas de izquierda, centristas o nacionalistas revolucionarias, apoyadas en organizaciones o comités populares. Es en referencia a Rusia entre febrero y octubre de 1917, y a Alemania entre 1918 y 1923, como Trotsky utiliza estas formulaciones “exigiendo de los partidos obreros la ruptura con la burguesía”. Pero estas fórmulas son hoy golpeadas por la relatividad histórica.

Dos comentarios sobre este enfoque:

a) Está estrechamente ligado a situaciones revolucionarias. En numerosos documentos, particularmente sobre Alemania o la Francia de 1922, Trotsky habla de “inicio parlamentario de la revolución proletaria”. Pero todas estas experiencias, incluso cuando pueden haber tenido como punto de partida una mayoría parlamentaria, deben desplazar muy rápidamente su centro de gravedad a los organismos de dualidad del poder, en caso contrario estos gobiernos se empantanan o se convierten en rehenes de las instituciones burguesas. Esto es lo que Trotsky denominó la “interpretación parlamentaria” del gobierno obrero. Es, desgraciadamente, la vía muerta en la que cayeron ciertos militantes revolucionarios: en Sajonia-Turingia, donde los dirigentes del KPD hicieron recaer las decisiones sobre la insurrección en el gobierno legal del Land, dominado por los socialdemócratas de izquierdas, en lugar de en un consejo de los comités. Es también la experiencia catalana entre julio y septiembre de 1936, cuando el POUM aceptó la disolución del “Comité Central de milicias” para entrar y reconocer al gobierno de la Generalitat como gobierno legal de Catalunya.

Estas formulaciones se inscriben en un cierto marco histórico marca- do por la fuerza propulsiva de la Revolución rusa, en el que los partidos reformistas y estalinianos, a pesar de su degeneración, tenían todavía referencias a la revolución, a la “dictadura del proletariado” (la SFIO y Leon Blum en los años 30), a la ruptura con el capitalismo, donde una vanguardia de varios millones de militantes obreros, incluso reformistas, estaban educados en este “molde ideológico”.

Estas exigencias de ruptura con la burguesía ya no tienen sentido para dirigirse a las formaciones socialdemócratas, que están totalmente entregadas al social-liberalismo. Aquéllas pueden tener en ciertas coyunturas políticas una cierta funcionalidad en relación con la base militante de ciertos PC, bajo la forma siguiente “escoged entre una alianza social-liberal y una alternativa anticapitalista”, comprendiendo bien que la dinámica del reformismo y la de la integración –a largo plazo– en las instituciones burguesas conducen a los aparatos burocráticos de los PC a adaptarse al orden existente.

Estas modificaciones históricas del movimiento obrero tienen consecuencias sobre los problemas de “política actual”: se da una cierta desincronización entre la política de unidad de acción y la construcción de una alternativa política: somos partidarios de la unidad de acción de toda la izquierda social y política contra la extrema derecha, la derecha y la patronal. Ahora bien, no pensamos que sea posible construir una alternativa al capitalismo liberal con el social-liberalismo. Éste no entiende otra lógica que la parlamentaria de buscar “una mayoría antiliberal contra la derecha que agrupe a toda la izquierda, es decir, al PS y la izquierda social-liberal”. Esta opción “parlamentarista” no puede llevarse a la práctica más que en detrimento de una acumulación de fuerzas contra el capitalismo liberal.

En fin, en los países en vías de desarrollo, puede haber casos específicos en los que gobiernos nacionalistas revolucionarios rompan con el imperialismo, aunque sea una ruptura parcial. Es el caso de Chávez en Venezuela. Trotsky había dado algunas indicaciones al respecto a propósito del gobierno de Lázaro Cárdenas en México en los años 30 o del gobierno del APRA en Perú. Estos gobiernos que se oponían al imperialismo debían ser apoyados contra el imperialismo, guardando a la vez nuestra independencia. Independencia, puesto que se da una ba- talla política, lucha en el campo “anti-imperialista” entre revolucionarios, reformistas, nacionalistas, etc. Lucha política, pero apoyo a un proceso. Nosotros juzgamos las medidas adoptadas por las clases populares y las iniciativas de acción y de movilización. De ahí, por ejemplo, un apoyo a lo que llamamos proceso de revolución bolivariana.

Sobre las cuestiones gubernamentales, nuestras posiciones deben pues combinar:

a) la independencia frente a gobiernos que gestionan las instituciones y la economía capitalista.

b) el rechazo a participar en cualquier gobierno que gestione las instituciones o la economía capitalistas. Al estar nuestra táctica determinada por la política y las decisiones de cada gobierno, apoyando las medidas positivas, oponiéndonos a las demás.

c) una posición determinada por el curso del gobierno en cuestión: de la oposición frontal –por ejemplo frente al gobierno Lula, hoy un gobierno social-liberal– al apoyo –la experiencia de Chávez–.

d) concentrar todos nuestros esfuerzos en el desarrollo de un movimiento de masas independiente.

[1] Traducción de Andreu Coll. La traducción completa del título es: “Algunos elementos claves sobre la estrategia revolucionaria en los países capitalistas avanzados”.

[2] Ligue Communiste Révolutionnaire, sección francesa de la Cuarta Internacional entre 1969 y 2009. Esta organización fue la que lanzó la iniciativa de crear el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA).

22 jul 2014

http://www.democraciasocialista.org/?p=3392


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