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Anticapitalistes
  
dissabte 9 d’agost de 2014 | Manuel
Apuntes sobre condiciones para los procesos constituyentes

JOSÉ ERREJÓN

Con frecuencia se critica a quienes postulamos la necesidad de un proceso constituyente por lo abstracto de la propuesta, por no aclarar su contenido. ¿En qué consiste un proceso constituyente si se postula como algo que está más allá de la activación de los mecanismos previstos en la constitución vigente para su reforma? Como sería vano pretender disponer de una respuesta acabada a este interrogante histórico, formulo a continuación algunas proposiciones que espero puedan ayudar al indispensable debate en el que pudieran encontrarse las pistas que definan los rasgos principales y el contenido de la propuesta constituyente.

1. Aparición de una crisis en el modo imperante de producción social de las condiciones de vida, que tiene como efecto no solo el empeoramiento de las condiciones de vida de las capas subalternas sino la exclusión de una buena parte de ellas de las posibilidades de acceder al trabajo y al consumo. La crisis de 2008 en España ha golpeado con la mayor dureza a las capas asalariadas más modestas, sumergiéndolas en una situación de pobreza e incertidumbre como no se conocían desde los años cuarenta del pasado siglo y abriendo una grieta de exclusión que ha dejado fuera a millones de personas de los circuitos sociales en los que se reproduce la vida cotidiana y que aportan el sentido de la pertenencia que legitima el orden social y político. El casi millón y medio de familias con todos sus miembros en edad de trabajar en paro es una terrible muestra de este proceso de exclusión; para ellos términos como nación, sociedad, etc., han perdido todo sentido y si lo tienen suena como algo ajeno y distante, el mundo de los otros, donde habitan los triunfadores que carecen de problemas para vivir y para los que, al contrario que para ellos, la vida es una sucesión de oportunidades.

2. La aparición de una crisis provoca fracturas imprevistas al interior del bloque histórico dominante poniendo de relieve, de una parte, un grado de cohesión muy inferior al que se suponía en el seno de la “sociedad civil”; y, de otra, un notable grado de incapacidad de las elites dirigentes para restaurar los equilibrios al interior del bloque histórico dominante, que suele ir asociado con la puesta en cuestión o crisis del sentido común dominante o hegemónico hasta entonces, el que determinaba o sancionaba como acertado/erróneo, justo/injusto los procederes sociales. Los efectos acaso más importantes de la crisis en España están relacionados con la quiebra de ese sentido común de época, que durante unos años permitió a algunos adormilarse con la cantinela de la sociedad de clases medias y de las oportunidades en las que todo parecía estar abierto al enriquecimiento y el ascenso social (recordar a Solchaga afirmando que quien no se enriquecía en España es porque era tonto o perezoso). Con ese sentido común se soldó una falsa cohesión sobre la que se levantaron los más absurdos y delirantes sueños de grandeza de unas elites que a su provincianismo sumaron pronto un desmedido afán por el lujo y la riqueza, elogiados por toda una caterva de intelectuales mercenarios como señales del vigor y el espíritu emprendedor de la modernidad por fin conquistada. Compartiendo ese sentido común se ha podido ver juntos al banquero y al ministro, no importa que fuera de izquierda ó de derecha, al promotor inmobiliario y al político local, de pronto hecho a los restaurantes de cinco tenedores. Compartiendo la sensación de ser portadores de una misión histórica, la de colocar a España en el furgón de cabeza del progreso y la modernidad, convencidos de que la riqueza que manaba por tantos sitios era solo un indicador de la dimensión de su proeza. La crisis ha puesto en evidencia, en efecto, la debilidad de esta cohesión, la fragilidad de los valores y las certezas en las que se asentaba.

3. Ese desapego hacia el sentido común hasta entonces hegemónico se puede traducir o no en la emergencia de sentidos alternativos en pugna por la hegemonía en el seno de grupos sociales más o menos amplios; pero también puede revelarse por la generalización de sentimientos anómicos frecuentemente asociados a procesos de lumpenización de fracciones antes integradas, con derivas imprevistas que pueden ir desde estallidos de rabia y violencia hasta movimientos xenófobos y racistas. Desde que la crisis se instala como normalidad de la vida cot¡diana en el imaginario colectivo, emergen en paralelo y de forma simultánea dos fenómenos de desigual importancia y alcance. En primer lugar y de la forma más relevante, la emergencia de discursos que si podían haberse fraguado con antelación a la crisis (todos los discursos que podríamos llamar antisistémicos) al calor de la magnífica movilización del 15M se convierten en instrumentos de interpretación de la realidad y en enunciados de impugnación potencial de la misma para un amplio sector de los grupos subalternos. Y, en forma simultánea y entre aquellos sectores más deprimidos de la población y con más dificultades para aprehender los discursos anteriores, la “necesidad” de encontrar un sector situado más abajo en la pirámide social y al que poder eventualmente responsabilizar del infortunio propio.

4. Emergencia entre una parte importante de la población (de ámbito social o territorial) de un sentimiento de no pertenencia y separación de lo que hasta entonces había percibido como la sociedad de la que formaba parte, de un nosotros legitimado como pueblo. Se ha apuntado más arriba la difusión entre un amplio sector de la población de un sentimiento de no pertenencia. Sus manifestaciones pueden responder a varios supuestos bastantes distintos. En primer lugar estrían aquellos para los que la exclusión social los ha hundido en la pobreza y la desesperanza que ya no encuentran razón alguna para sentirse parte de la sociedad y que pueden ser ganados para modalidades diversas de la anomia o de identidades procedentes de la delincuencia y/o el fanatismo; muy frecuente entre inmigrantes de segunda o tercera generación, minorías étnicas, etc. El segundo supuesto lo constituye aquellas partes de la población sometidas a la autoridad del Estado que han percibido la continuidad de esta situación como la causa de sus problemas actuales y que ven en su separación la posibilidad histórica para superarlos; es el caso de una parte creo que mayoritaria de las sociedades catalana y vasca; la evidencia del supuesto me ahorra comentarios adicionales. El último de ls supuestos es el más interesante a los efectos de una perspectiva constituyente. Entre sectores aún minoritarios de la población, generalmente con altos niveles de formación, se asienta la convicción de que las vigentes instituciones básicas de la sociedad y el Estado se han convertido en un obstáculo insuperable para la configuración de un marco de convivencia basado en la libertad, la igualdad y la justicia social.

5. Existencia de un malestar generalizado en una sociedad determinada en relación con las instituciones básicas que regulan la convivencia colectiva, así como las reglas que asignan la distribución del poder y la riqueza y las cargas asociadas a la gestión de la vida en común. Los barómetros del CIS, aun a su pesar del cuidado con el que se elaboran los cuestionarios, no consiguen ocultar un generalizado malestar en relación con el funcionamiento de las principales instituciones del Estado. Se diría que una buena parte de la sociedad civil ha perdido toda su confianza en las mismas, especialmente en las que tienen asignadas las funciones de dirección de los asuntos públicos. Se va abriendo paso en la opinión pública la sospecha de que la mayor parte de la actividad de las instituciones públicas está orientadas a favorecer los intereses de quienes las dirigen y sus familias.

De ahí se derivan dos consecuencias a cual más importante. La primera es la imprecisión con la que la ira popular ha identificado a los responsables y beneficiarios de esta gran ofensiva de clase que venimos en llamar crisis. La consigna “el próximo parado que sea un diputado” es la mejor expresión de lo dicho. De última el diputado sería el “agente” del que el capitalista financiero sería el “principal”. Incluso cuando se identifica al banquero como el enemigo principal, hay una operación de encubrimiento del papel que el mismo juega en la producción del sufrimiento social por su oposición al “sano” capitalista e inversor productivo y creador de riqueza y empleos.

La segunda está asociada a la fortuna en la utilización del término “casta”, proveniente de algunas reflexiones politológicas de principios del siglo XX, que vendría a jugar el mismo papel de confusión de los perfiles reales del conflicto generado por la crisis de funcionamiento del capital global, manifestada en términos de agotamiento de las posibilidades del capital financiero para hacer frente a la al parecer irreversible crisis de rentabilidad del capital invertido en el sector productivo y los efectos en términos de reducción del factor trabajo en la producción de mercancías, con sus consiguientes secuelas del desempleo estructural y los efectos de recesión que le están asociados.

6. Corolario de la anterior, la convicción generalizada entre una parte creciente de la población de que las reglas del juego que asignan los roles en cuanto al trabajo, la distribución de la riqueza, los deberes de obediencia cívica y la funciones de gobierno de los asuntos comunes están desequilibrados en beneficio de una parte minoritaria y poderosa y operan en perjuicio de la mayoría desposeída del poder y el dinero. La verificación de que los años de crisis han tenido como resultado, entre otros, el incremento del peso de las rentas del capital y las grandes fortunas sobre la renta nacional y el aumento de las desigualdades, está llevando al convencimiento de una gran mayoría de que las reglas de la convivencia están hechas a favor de los ricos y los poderosos y que las políticas de austeridad, lejos de formar parte de un esfuerzo de solidaridad nacional, hacían parte de un plan de redistribución de rentas y poder político a favor de las clases dominantes.

7. Descrédito e impugnación de las instituciones compensadoras de las desigualdades de poder y riqueza como corresponsables del desequilibrio arriba señalado. El régimen político del 78 ha obtenido una parte fundamental de su legitimidad y lealtad de masas de la hipótesis de que las evidentes desigualdades de origen en el momento fundacional podían ir siendo “atemperadas” por la intervención de un conjunto de instituciones que las debían contrarrestar o, cuanto menos, compensar los efectos más agudos de esta desigualdad de origen. La crisis actual ha puesto al desnudo lo infundado de esta hipótesis y la inocuidad de las instituciones compensadoras para amortiguar las desigualdades lacerantes generadas por el funcionamiento normal del capitalismo. Entre estas instituciones, los sindicatos han constituido una pieza básica; en la actualidad para millones de trabajadores se va poniendo de relieve que su función principal en el funcionamiento del régimen del 78 ha consistido en aportar paz social, el lubricante con el que ha sido engrasada la maquinaria de extracción de plusvalor y generación de beneficios. Si el otro gran argumento compensador, la seguridad social y las pensiones y el seguro de desempleo, se ve amenazado por la trituradora austeritaria, es fácil comprender el acelerado deterioro que sufre este fundamental pilar del régimen.

8. Puesta en evidencia de lo infundado de alguno de los mitos fundantes del orden social vigente con la aparición de un grupo de intelectuales orgánicos con alguno de los grupos subalternos, impugnadores de dichos mitos y del sentido común hasta entonces hegemónico. El descrédito de las instituciones sociales del régimen prepara las condiciones para que se abra paso en la sociedad un relato que dé cuenta de los avatares sufridos por los grupos sociales subalternos con la identificación de unas causas y una lógica de las mismas

9. Construcción a cargo de esos intelectuales orgánicos de un discurso/relato capaz de encontrar una explicación a los sufrimientos padecidos por los grupos subalternos, de “desnaturalizarlos” proponiendo una perspectiva de configuración de un nosotros articulado con otras reglas básicas de convivencia basadas en la libertad, la igualdad y la justicia social. Esa tarea ya ha comenzado, en realidad comenzó hace tiempo, la comenzaron quienes no dieron por buena la Transición como el único camino para salir de la dictadura franquista, quienes apostaron porque los pueblos de España no debieran alinearse con uno de los polos imperiales entonces en pugna y quienes han defendido de forma siempre minoritaria que había otra forma de construir Europa, quienes afirmaron contra la euforia de la globalización capitalista que “otro mundo era posible”, quienes desde el primer momento se opusieron a la guerra contra los pueblos de Iraq y Afganistán. Con el 15M esa intelectualidad se ha hecho de masas, más orgánica con la realidad de las clases subalternas.

10. Existencia/autoconstrucción de un grupo subalterno que con la ayuda de un grupo de intelectuales orgánicos al mismo, sea capaz de sacrificar sus intereses inmediatos fuente de su subalternidad, en favor del bien común del resto de los grupos subalternos. Se trata de una condición indispensable para que el proceso constituyente pueda alcanzar la materialidad precisa para influir de forma efectiva en la vida de los grupos sociales subalternos. La necesidad de un proceso constituyente en lo que concierne a la relaciones sociales materiales se manifiesta porque las figuras productivas antaño centrales de la producción y reproducción social han perdido su función de articular el espacio social de acuerdo a su lógica interna. El proceso constituyente tiene que empezar entonces con la aparición de una nueva figura productiva. El nuevo sujeto social se hace, así, poder constituyente en ruptura con las viejas figuras

11. Emergencia/construcción histórica de un bloque histórico alternativo y antagónico con el dominante hasta entonces y cuyo proceso de construcción se despliegue en el o los ámbitos territoriales más adecuados para asegurar el reinado de los valores de libertad, igualdad y justicia social. Los populistas lo llaman “la construcción de un pueblo”, un proyecto de convivencia colectiva, una aspiración universal para superar la subalternidad de las clases asalariadas y para instaurar un modelo de convivencia basado en la libertad y la solidaridad, en la cooperación y el libre acuerdo, muy en primer lugar en relación con el “nosotros” del que cada uno quiera formar parte. Con estas coordenadas, la construcción de un bloque histórico o de un pueblo se aleja de cualquier pretensión uniformizante y unificadora; construirse como pueblo es diseñar en forma ininterrumpida una posibilidad de convivencia basada en el reconocimiento de la igualdad como punto de partida y en el respeto a la diferencia como condición de perduración de esa convivencia, esencia principal de la condición humana.

5/08/2014

José Errejón es militante de Izquierda Anticapitalista

http://vientosur.info/spip.php?article9276


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