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dimecres 16 de juliol de 2014 | Manuel
LA CUESTIÓN UCRANIANA

Leon Trotsky

La cuestión ucraniana [1], que muchos gobiernos y tantos “socialistas” e incluso “comunistas” han tratado de olvidar o relegar a las profundidades de la historia, se halla nuevamente a la orden del día, esta vez con fuerza redoblada. El reciente agrava­miento de la cuestión ucraniana se relaciona ínti­mamente con la degeneración de la Unión Soviética y de la Comintern, los éxitos del fascismo y la inmi­nencia de una nueva guerra imperialista. Crucificada por cuatro estados, Ucrania ocupa ahora en el destino de Europa la misma posición que una vez ocupó Polo­nia, con la diferencia de que las relaciones mundiales son actualmente mucho más tensas y los ritmos del proceso mucho más acelerados. En el futuro inmediato, la cuestión ucraniana está destinada a jugar un impor­tante papel en la vida europea. Por algo Hitler planteó tan ruidosamente la creación de una “Gran Ucrania”; y fue también por algo que dejó de lado esta cuestión con tan cauta rapidez.

La Segunda Internacional, expresando los intereses de la burocracia y la aristocracia obrera de los estados imperialistas, ignoró completamente la cuestión ucraniana. Incluso su ala izquierda no le prestó la necesaria atención. Basta recordar que Rosa Luxem­burgo, a pesar de su brillante intelecto y su espíritu genuinamente revolucionario, consideró admisible afirmar que la cuestión ucraniana era la invención de un puñado de intelectuales. Esta posición dejó una profunda huella hasta en el propio Partido Comunista Polaco. Los dirigentes oficiales de la sección polaca de la Comintern vieron la cuestión ucraniana más como un obstáculo que como un problema revolucionario. De ahí los constantes intentos oportunistas de desviar esta cuestión, suprimirla, pasarla silenciosamente por alto o posponerla para un futuro indefinido.

El Partido Bolchevique, no sin dificultad y sólo gradualmente bajo la constante presión de Lenin, pudo adquirir un enfoque correcto de la cuestión ucraniana. El derecho a la autodeterminación, es decir a la sepa­ración, fue extendido igualmente por Lenin tanto para los polacos como para los ucranianos. El no reconocía naciones aristocráticas. Todo intento de evadir o posponer el problema de una nacionalidad oprimida lo consideraba expresión del chovinismo gran ruso.

Después de la toma del poder, tuvo lugar en el partido una seria lucha por la solución de los numero­sos problemas nacionales heredados de la vieja Rusia zarista. En su carácter de comisario del pueblo para las nacionalidades, Stalin representó invariablemente la tendencia más burocrática y centralista. Esto se evi­denció especialmente en la cuestión de Georgia y en la de Ucrania.[2] Hasta la fecha, la correspondencia sobre estas cuestiones no ha sido publicada. Esperamos poder editar la pequeña parte de que disponemos. Cada línea de las cartas y propuestas de Lenín vibra con la urgencia de conformar en la medida de lo posible a aquellasnacionalidades que habían sido oprimidas en el pasado. En cambio, en las propuestas y declara­ciones de Stalin, se destacaba invariablemente la ten­dencia al centralismo burocrático. Con el fin de garanti­zar “necesidades administrativas”, es decir los inte­reses de la burocracia, los más legítimos reclamos de las nacionalidades oprimidas fueron declarados manifestaciones de nacionalismo pequeñoburgués. Estos síntomas ya podían percibirse tempranamente en 1922-1923. Desde esa época, han tenido un monstruoso crecimiento, llevando a una completa asfixia a cual­quier tipo de desarrollo nacional independiente de los pueblos de la URSS.

En la concepción del viejo Partido Bolchevique, la Ucrania Soviética estaba destinada a convertirse en el poderoso eje en torno al cual se unirían las otras secciones del pueblo ucraniano. Durante el primer período de su existencia, es indiscutible que la Ucrania Soviética fue una poderosa fuerza de atracción en rela­ción a las nacionalidades, así como estimuló la lucha de los obreros, los campesinos y la intelectualidad revolu­cionaria de la Ucrania Occidental esclavizada por Polonia. Pero, durante los años de reacción termidoriana, la posición de la Ucrania Soviética y, con ella, el planteo de la cuestión ucraniana en su conjunto cambió brus­camente. Cuanto más profundas fueron las esperanzas despertadas, más tremendas fueron las desilusiones.

La burocracia también estranguló y saqueó al pueblo de la Gran Rusia. Pero en las cuestiones ucra­nianas las cosas se complicaron aun más por la masacre de las esperanzas nacionales. En ninguna otra parte las restricciones, purgas, represiones y, en general, todas las formas de truhanería burocrática asumieron dimen­siones tan asesinas como en Ucrania, al intentar aplastar poderosos anhelos de mayor libertad e inde­pendencia profundamente arraigados en las masas. Para la burocracia totalitaria, la Ucrania Soviética se convirtió en una división administrativa de una unidad económica y de una base militar de la URSS. Que no quede duda: la burocracia de Stalin erige estatuas a la memoria de Shevchenko pero lo hace sólo con el fin de aplastar más minuciosamente al pueblo ucraniano bajo su peso y obligarlo a cantarle himnos a la camarilla vio­ladora del Kremlin en el idioma del Kobzar.[3]

Respecto a las partes de Ucrania que hoy están fuera de sus fronteras, la actitud actual del Kremlin es la misma que hacia todas las nacionalidades oprimidas, las colonias y semicolonias; son moneditas de cambio en sus combinaciones internacionales con los gobiernos imperialistas. En el reciente Decimoctavo Congreso del “Partido Comunista”, Manuilski, uno de los más repugnantes renegados del comunismo ucraniano, explicó con bastante franqueza que no sólo la URSS sino también la Comintern (la “falsa-unión” según la formulación de Stalin) se negaban a solicitar la emancipación de los pueblos oprimidos cuando sus opresores no eran enemigos de la camarilla moscovita en el poder. Stalin, Dimitrov y Manuilski defienden actualmente a la India contra Japón, pero no contra Inglaterra. Los burócratas del Kremlin están dispuestos a ceder definitivamente Ucrania Occidental a Polonia a cambio de un acuerdo diplomático que les parezca provechoso. Estamos lejos de los días en que no se atrevían más que a episódicas combinaciones.

No queda ni rastro de la anterior confianza y simpa­tía de las masas ucranianas hacia el Kremlin. Desde la última “purga” asesina en Ucrania, nadie quiere en el Oeste pasar a formar parte de la satrapía del Kremlin que continúa llevando el nombre de Ucrania Soviética. Las masas obreras y campesinas de la Ucrania Occidental, de Bukovina, de los Cárpatos ucranianos están confundidas: ¿a quién recurrir? ¿qué pedir? Esta situación desvía naturalmente el liderazgo hacia las camarillas ucranianas más reaccionarias, que expresan su “nacionalismo” tratando de vender el pueblo ucraniano a uno u otro imperialismo en pago de una promesa de independencia ficticia. Sobre esta trágica confusión, basa Hitler su política en la cuestión ucraniana. Dijimos en una oportunidad: si no fuera por Stalin (por ejemplo, la fatal política de la Comintern en Alemania), no habría Hitler. A eso puede agregarse ahora: si no fuera por la violación de la Ucrania Sovié­tica por parte de la burocracia stalinista, no habría política hitlerista en Ucrania.

Aquí no nos detendremos a analizar los motivos que impulsaron a Hitler a descartar, al menos por un tiempo, la consigna de la “Gran Ucrania”. Estos motivos deben buscarse, por un lado, en las fraudu­lentas combinaciones del imperialismo germano y, por el otro, en el temor de evocar un espíritu maligno al que podría ser dificil exorcizar. Hitler regaló los Cárpatos ucranianos a los carniceros húngaros. Si bien no lo hizo con la aprobación expresa de Moscú, sí al menos con la seguridad de que esta aprobación vendría en el futuro. Es como si Hitler le hubiera dicho a Stalin: “Si me estuviera preparando para atacar mañana a la Ucrania Soviética, habría mantenido los Cárpatos en mis manos”. En respuesta, Stalin, en el Decimoctavo Congreso, salió abiertamente en defensa de Hitler contra las calumnias de las “democracias occidentales” ¿Hitler intenta atacar a Ucrania? ¡Nada de eso! ¿Pelear con Hitler? No hay la menor razón para hacerlo. Obviamente Stalin interpreta como un acto de paz el traspaso a Hungría de los Cárpatos ucra­nianos.

Esto significa que parte del pueblo ucraniano se ha convertido en moneda de cambio para los cálculos internacionales del Kremlin. La Cuarta Internacional debe comprender claramente la enorme importancia de la cuestión ucraniana no sólo en el destino del este y sudeste europeos sino de Europa en su conjunto. Se trata de un pueblo que ha demostrado su viabilidad, numéricamente igual a la población de Francia y que ocupa un territorio excepcionalmente rico y, además, de la mayor importancia estratégica. La cuestión de la suerte de Ucrania está planteada en todo su alcance. Hace falta una consigna clara y definida, que corresponda a la nueva situación. En mi opinión hay en la actualidad una sola consigna: Por una Ucrania Soviética de obreros y campesinos, unida, libre e independiente.

Este programa está, ante todo, en irreconciliable contradicción con los intereses de las tres potencias imperialistas: Polonia, Rumania y Hungría. Sólo pacifistas irrecuperablemente imbéciles son capaces de pensar que la emancipación y unificación de Ucrania puede llevarse a cabo por medio de pacíficas tratativas diplomáticas, referéndums o decisiones de la Liga de las Naciones, etcétera. Por supuesto, no son mejores las soluciones que proponen los “nacionalistas”, que consisten en ponerse al servicio de un imperialismo contra el otro. A esos aventureros, Hitler les dio una invalorable lección arrojando (¿por cuánto tiempo?) los Cárpatos a los húngaros, que inmediatamente exterminaron a no pocos ucranianos leales. Mientras la cuestión dependa del poderío militar de los estados imperialistas, la victoria de un bando u otro sólo puede significar un nuevo desmembramiento y un vasallaje aun más brutal del pueblo ucraniano. El programa de independencia de Ucrania en la época del imperia­lismo está directa e indisolublemente ligado al pro­grama de la revolución proletaria. Sería criminal alimentar ilusión alguna a ese respecto.

¿Pero -gritarán a coro los “amigos” del Kremlin- la independencia de Ucrania Soviética significaría su separación de la URSS? ¿Qué tiene eso de terrible?, contestamos. Nos es ajeno el culto apasionado por las fronteras estatales. No sostenemos la posición de una totalidad “unida e indivisible”. Después de todo, incluso la constitución de la URSS reconoce el derecho de sus pueblos federados a la autodeterminación, es decir a la separación. Así, ni siquiera la propia oligar­quía del Kremlin se atreve a negar este principio, aunque sólo tiene vigencia en el papel. El más mínimo intento de plantear abiertamente la cuestión de una Ucrania independiente significaría la inmediata ejecu­ción bajo el cargo de traición. Pero es precisamente este despreciable equívoco, esta despiadada persecu­ción de todo pensamiento nacional libre, lo que ha llevado a las masas trabajadoras de Ucrania, en grado mucho mayor que las de la Gran Rusia, a considerar monstruosamente opresivo el dominio del Kremlin. Ante una situación interna de esas características, es naturalmente imposible hablar de que la Ucrania Occidental se una voluntariamente a la URSS, tal como ésta es actualmente. En consecuencia, la unificación de Ucrania presupone la liberación de la Ucrania Soviética de la bota stalinista. También en esta cuestión la camarilla bonapartista cosechará lo que ha sem­brado.

¿Pero no significaría esto el debilitamiento militar de la URSS?, aullarán con horror los “amigos” del Kremlin. Respondemos que el debilitamiento de la Unión Soviética se debe a las tendencias centrifugas en permanente crecimiento que genera la dictadura bonapartista. En caso de guerra, el odio de las masas hacia la camarilla gobernante puede llevar al colapso de las conquistas de Octubre. La fuente de los senti­mientos derrotistas se encuentra en el Kremlin. En cambio, una Ucrania Soviética independiente se convertiría, aunque sólo fuera por interés propio, en un poderoso baluarte sudoccidental de la URSS. Cuanto más pronto sea socavada, derribada, aplastada y barrida la actual casta bonapartista, más firme se volverá la defensa de la República Soviética y más seguro estará su futuro socialista.

Naturalmente, una Ucrania independiente de obreros y campesinos podría luego unirse a la Fede­ración Soviética; pero voluntariamente, sobre condi­ciones que ella misma considere aceptables, lo que a su vez presupone una regeneración revolucionaria de la URSS. La auténtica emancipación del pueblo ucraniano es inconcebible sin una revolución o una serie de revoluciones en el Oeste, que puedan conducir en última instancia a la creación de los estados unidos soviéticos de Europa. Una Ucrania independiente podría unirse a esta federación como miembro iguali­tario e indudablemente lo haría. La revolución prole­taria en Europa, a su vez, no dejaría en pie ni una piedra de la repugnante estructura del bonapartismo stalinista. En ese caso, sería inevitable la estrecha unión de los estados unidos soviéticos de Europa y la regenerada URSS, y representaría infinitas ventajas para los continentes europeo y asiático, incluyendo, por supuesto, a Ucrania. Pero aquí nos estamos des­viando a cuestiones de segundo o tercer orden. La cuestión de primer orden es la garantía revolucionaria de la unidad e independencia de la Ucrania de obreros y campesinos en la lucha contra el imperialismo, por un lado, y contra el bonapartismo moscovita, por el otro.

Ucrania es especialmente rica en experiencias de falsos caminos de lucha para conseguir la emancipación nacional. Allí todo ha sido probado: la Rada [gobierno] pequeñoburguesa y Skoropadski, Petlura, una “alianza” con los Hohenzollern y combinaciones con la Entente.[4]Luego de estos experimentos, sólo cadáveres políticos pueden seguir depositando esperanzas en cualquier fracción de la burguesía ucraniana como líder de la lucha nacional por la emancipación. Unica­mente el proletariado ucraniano es capaz no sólo de realizar esta tarea -revolucionaria en esencia-, sino también de tomar la iniciativa para lograr su solución. El proletariado y sólo el proletariado puede congregar en torno suyo a las masas campesinas y la intelectua­lidad nacional genuinamente revolucionaria.

Al comienzo de la última guerra imperialista, Melenevski (“Basok”) y Skoropis-Yeltujovski trataron de colocar al movimiento de liberación ucraniano bajo el ala de Ludendorff, general de los Hohenzollern. Para hacerlo, se disfrazaron de izquierdistas. Los marxistas revolucionarios los echaron de una patada. Esa es la forma en que deben actuar los revolucionarios en el futuro. La inminente guerra habrá de crear una atmósfera favorable a todo tipo de aventureros, cazadores de milagros y buscadores del vellocino de oro. Estos caballeros, que tienen especial preferencia por calentarse las manos al fuego de la cuestión nacional, no deben ser admitidos en las filas del movimiento obrero. ¡Ni el más mínimo compromiso con el imperia­lismo, sea fascista o democrático! ¡Ni la más mínima concesión a los nacionalistas ucranianos, sean clerical-reaccionarios o liberal-pacifistas! ¡No al “frente popular”! ¡Completa independencia del partido proletario como vanguardia de los trabajadores!

Esta me parece la política correcta para la cuestión ucraniana. Hablo aquí personalmente y en mi propio nombre. Hay que abrir la discusión internacional sobre el tema. El primer lugar en esta discusión correspon­derá a los marxistas revolucionarios ucranianos. Los escucharemos con gran atención. ¡Pero les conviene apurarse! Queda poco tiempo para preparativos!

Notas:

[1] La cuestión ucraniana. Socialist Appeal, 9 de mayo de 1939, donde se ti­tulaba “El problema de Ucrania”. La política que plantea está mucho más explicada en Escritos, Tomo XI (1939-1940).

[2] En el verano de 1922 surgieron desacuerdos sobre la manera en que Rusia controlaba las repúblicas no rusas de la Federación Soviética. Stalin estaba por presentar una nueva constitución, mucho más centralista que su predecesora­ de 1918, que restringiría los derechos de las nacionalidades no rusas transformando a la Federación de Repúblicas Soviéticas en una Unión So­viética, a lo que se oponían con todas sus fuerzas georgianos y ucranianos. Lenin esta vez apoyó a Stalin; recién en diciembre de 1922, después de recibir el informe de una comisión investigadora independiente que había enviado a Georgia, cambió de opinión sobre los acontecimientos ocurridos en esa re­gión. Planteó entonces que los derechos de los georgianos, ucranianos y otras nacionalidades no rusas eran más importantes que las necesidades de centralización administrativa que aducía Stalin. Lenin expresó esta opinión en su artículo “Sobre la cuestión nacional y la ‘autonomización’” (Obrascompletas, T.36).

[3] Taras Shevchenko (1814-1861): poeta ucraniano que llegó a ser conside­rado el padre de la literatura nacionalista de su país. Fundó una organización para promover la igualdad social, la abolición de la esclavitud, etcétera. Sigue siendo el símbolo de las aspiraciones y fines del pueblo ucraniano. Kobzar fue su primer libro de poesías (publicado en 1840), considerado gene­ralmente como una de las más grandes obras de la literatura ucraniana. El título está tomado de un antiguo instrumento de cuerdas y simboliza la va­riada herencia ucraniana.

[4] Pavel Skoropadski (1873-1945): general del ejército zarista, en 1918 fue durante un breve período el gobernador títere de Ucrania cuando las tropas alemanas ocuparon el país y disolvieron la Rada. Su régimen cayó después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Simon V. Petlura (1877-1926): fue socialdemócrata de derecha antes de la Revolución. En junio de 1917 se lo designó secretario general para asuntos militares de la Rada ucraniana. se alió con Polonia en la guerra soviético-polaca de 1920.

22 de abril de 1939

http://www.ceipleontrotsky.org/La-cuestion-ucraniana


Los feudalistas democráticos y la independencia de Ucrania [1]

En el periódico de Kerenski [2], Novaia Rosia [Nueva Rusia], del 12 de julio de 1939, se somete a “crítica” mi artículo sobre la independencia de Ucrania [“La cuestión ucraniana”, 22 de abril de 1939]. Desde un punto de vista socialista, científico, literario, etcétera, Novaia Rosia, por supuesto, no ofrece ningún interés. Pero tiene el mérito de permitirnos ver de cerca lo que pasa por las cabezas de los demócratas rusos de mediana y pequeña burguesía. Basta rascar un poco la superficie de cualquie­ra de ellos para encontrar un feudalista.

El periódico echa pestes por el hecho de que yo apoyo sincera y totalmente la lucha del pueblo ucraniano por la independencia nacional y estatal. “La separación de la Ucrania soviética de la URSS no confunde en absoluto a León Trotsky.” ¡Efectivamente! En lo que respecta a los Señores Demócratas, no sólo están confundidos sino profundamente alterados por la perspectiva de la separa­ción de Ucrania. El ansia democrática de una nacionali­dad oprimida de lograr su independencia total no puede dejar de provocar la ira de los feudalistas. “Trotsky ni toca el problema de cómo utilizará Hitler esta revolución (la revolución nacional ucraniana) en beneficio de sus planes.” Los caballeros de Novaia Rosia consideran que la “separación de Ucrania llevará al debilitamiento militar de la URSS”, y casi llegan a la conclusión de que la política de Trotsky está al servicio de Hitler. El Kremlin sostiene la misma opinión. Un proverbio francés dice que las grandes mentalidades corren por los mismos canales.

Supongamos que la separación de Ucrania realmente debilita a la URSS. ¿Qué hacer entonces con el principio democrático de autodeterminación de las naciones? Todo país que retiene a la fuerza dentro de sus fronteras a alguna otra nacionalidad considera que la separación de ésta debilitaría económica y militarmente al estado. Hitler anexó a los checos y semianexó Eslovaquia precisa­mente porque así fortalece militarmente a Alemania. ¿En qué se diferencia el criterio de nuestros demócratas del criterio de Hitler? En lo que hace a la nación de los ucranianos, los demócratas de Novaia Rosia siguiendo al célebre Miliukov, responderían, tal vez que los ucranianos son “en parte y en general” iguales a una nación, pero que después de todo hay límites. En otras palabras, si son una nación, lo son de segunda clase, en tanto lo que determina el destino de Ucrania son los intereses de Rusia, es decir de la mayor parte de la Gran Rusia. Y éste es precisamente el punto de vista de los feudalistas.

En los tristes días de la Revolución de Febrero el Gobierno Provisional se negó obstinadamente a conceder a los ucranianos, no digamos la independencia -entonces no la exigían-, sino la simple autonomía. Los Señores Demócratas regateaban con los derechos nacionales de Ucrania como si fueran comerciantes de caballos. Luego tomaron como punto de partida directo e inmediato los intereses de los “señores” terratenientes, burgueses y de­mócratas de la vieja Gran Rusia. Hoy traducen esta misma gran y gloriosa tradición al lenguaje de los emigrados.

Desde una perspectiva histórica superior, es decir desde la perspectiva de la revolución socialista, sería lícito su­bordinar durante determinado período los intereses na­cionales de Ucrania a los del proletariado internacional si entraran en conflicto. Ucrania está estrangulada por la misma reacción bonapartista que estrangula a toda la URSS y socava su capacidad de autodefensa. El movi­miento revolucionario ucraniano dirigido contra la buro­cracia bonapartista es un aliado directo del proletariado internacional.

A los clarividentes feudalistas democráticos les preocu­pa mucho que Hitler llegue a utilizar en el futuro la revolución nacional ucraniana. Cierran los ojos ante el he­cho de que Hitler ya hoy está utilizando la supresión y el desmembramiento de la nación ucraniana. A diferencia de los Señores Demócratas de tipo men­chevique o narodniki nosotros no partimos de la conside­ración de que no hay bestia más temible que el gato. La fuerza de Hitler en general, y respecto a Ucrania en particular, no reside en él mismo sino en la inutilidad y podredumbre de la democracia, en la descomposición de la Segunda y la Tercera Internacional, en la vasta ola de decepción, decadencia y apatía que arrasa a las masas. El triunfo del movimiento revolucionario en cualquier país será la marcha fúnebre de Hitler. El movimiento revolu­cionario nacional de Ucrania forma parte del movimiento revolucionario poderoso que se está incubando molecular­mente bajo la cáscara de la reacción triunfante. Por eso decimos: ¡Viva la Ucrania soviética independiente!

[1] “Los feudalistas democráticos y la independencia de Ucrania”. Socialist Appeal, 31 de octubre de 1939.

[2] Alexander F. Kerenski (1882-1970): jefe de un ala del Partido Socialista Revolucionario ruso. Llegó a ser vicepresidente del soviet de Petrogrado, luego violó su disciplina al asumir el ministerio de justicia del Gobierno Provisional en marzo de 1917. En mayo se hizo cargo del ministerio de guerra y marina, que retuvo cuando se convirtió en premier; más tarde se hizo nombrar también coman­dante en jefe. Huyó de Petrogrado cuando los bolcheviques tomaron el poder.

5 de agosto de 1939

+ Info:

La independencia de Ucrania y el confusionismo sectario. Trotsky

Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”. Lenin


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