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Anticapitalistes
  
dilluns 10 de febrer de 2014 | Manuel
IN MEMORIAM. Miguel Romero, un izquierdista razonable

Josep Maria Antentas

Quizá la construcción de una organización

revolucionaria es tan necesaria como imposible,

como el amor absoluto en Marguerite Duras.

Ello nunca ha impedido a nadie enamorarse

Daniel Bensaïd/1

Miguel Romero (Melilla, 1946-Madrid, 2014), el Moro, para sus amigos políticos, fue para quienes le conocimos y compartimos las mismas ideas políticas y trayectoria militante, una referencia de las que no abundan. Una figura que deja impronta. Insustituible, irreemplazable..., son el tipo de adjetivos que no dejan de repetirse en los artículos y conversaciones sobre él. Una extraña sensación de vacío apenas colmado por los recuerdos nos invade a todos aquellos que le conocimos en momentos diferentes de su vida, en diversas estaciones de su trayecto vital y político.

Militante del Frente de Liberación Popular (FLP) entre 1966-1969, fue uno de los fundadores y dirigentes de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) desde su creación en 1971 hasta su unificación con el Movimiento Comunista (MC) en 1991. Durante años dirigió el órgano de prensa de la LCR, Combate, y la versión castellana de la revista internacional Inprecor. Tras el fracaso de la unificación entre la LCR y el MC formó parte, ya sin tareas de dirección, en los sucesivos colectivos y proyectos políticos que parte de los supervivientes del naufragio impulsaron, como Izquierda Alternativa, Espacio Alternativo (creado en 1996) y, finalmente, Izquierda Anticapitalista desde 2008. Fue director de la revista Viento Sur desde su fundación en febrero de 1992 y a ello consagró su principal tarea militante las dos últimas décadas de su vida.

Dedicó gran parte de su actividad militante al internacionalismo político, participando en el equipo de dirección de la IV Internacional, en los setenta y ochenta, al lado de figuras como Ernest Mandel o Daniel Bensaïd, con quien le unió una gran amistad. Tuvo una relación cordial y afectuosa con Mandel de quien, al recordar su legado intelectual, enfatizaba la importancia de sus trabajos sobre la “autoorganización y la autogestión”. “En el clima vanguardista posterior al 68”, escribía, “donde el ’partido’ era la principal preocupación de la izquierda revolucionaria, había que tener lucidez y coraje para proponer como eje de la estrategia emancipadora, precisamente, la autoemancipación de la clase obrera, y como sus medios fundamentales, las manifestaciones concretas de autoorganización: las múltiples variantes de ’consejos’ ”/2.

Aprender de las experiencias internacionales vivas, de sus lecciones concluyentes y de sus interrogantes no resueltos, fue una de las grandes pasiones políticas del Moro. En 1979 tras una breve visita a la Nicaragua sandinista escribía: “sería propio de pedantes o sectarios incorregibles tratar de encerrar en un catecismo a una revolución viva. No hemos ido a Nicaragua como “profesores”, sino como alumnos. Hemos ido a aprender, a tratar de enriquecer nuestra política, a ponerla a prueba. No hemos ido a dar lecciones a una revolución (...). Por eso debemos continuar con los ojos abiertos hacia la revolución nicaragüense, luchando por ella, exponiendo abiertamente lo que pensamos, nuestros aplausos y nuestras críticas, pero encerrando bajo siete llaves sectarismos y esquematismos”/3. Ni adhesiones inquebrantables acríticas ni lecciones doctrinarias en nombre de una ortodoxia inexistente a los procesos reales, esta es la cuestión, este es el siempre delicado equilibrio a conseguir. Lo mismo vale para la revolución sandinista, el zapatismo, las experiencias bolivarianas de los años 2000, o las revoluciones del mundo árabe. En esto consistió para él el internacionalismo militante.

En los años noventa y dos mil se dedicó profesionalmente al mundo de las ONGs y la cooperación internacional. De este trabajo profesional también se derivan algunos de sus escritos y preocupaciones que conectan, en última instancia, con sus preocupaciones internacionalistas. Tuvo siempre una visión muy crítica con la cooperación internacional institucionalizada y mercantilizada, en defensa de una cooperación solidaria, alejada de la filantropía empresarial, el marketing, y cerca de los valores del internacionalismo político militante, es decir, de “una agenda alternativa de desarrollo en la que la cooperación solidaria se entienda como una relación social y política igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales emancipadores”/4. En un libro coescrito con Pedro Ramiro Pobreza 2.0 /5 precisamente cuestionaba las políticas de gestión y rentabilización de la pobreza de acuerdo a los criterios del mercado, “uno de los negocios en auge del siglo XXI”.

Fragmentos de un perfil político y personal

La pasión militante y política no fue la única de las pasiones de Moro, si bien fue la que dio sentido a su vida y recorrió a modo de diagonal toda su biografía. Fue un gran aficionado a la música, “no hay mejor compañía que la música, cuando uno quiere estar solo, pero acompañado”/6, ala literatura y, sobretodo al cine. Sus crónicas del Festival de San Sebastían fueron recurrentes en las páginas de Viento Sur, donde podíamos leer a un Moro que iba más allá del militante político. Aunque él no lo supiera, puedo dar fe que una reseña suya de The Wire/7 sirvió para iniciar una silenciosa pasión por la serie, cuyos dvds o descargas corrieron de mano en mano, entre sus amigos en Catalunya que aplicaron su consejo: “Recomendar la serie de televisión The Wire es a la vez un deber gozoso para con los amigos y una responsabilidad”.

Futbolero y seguidor del Barça, varias veces comentaba la incomodidad de ser aficionado al futbol cuando este es sinónimo de mercantilización y negocios millonarios protagonizados por personajes de dudosa reputación y cuando éste es utilizado con fines patrioteros, como es el caso de los éxitos de la “roja” en medio de un Estado español sumido en la crisis económica y de un modelo de Estado que hace aguas. Por ello, seguro que escribió con enorme gratitud la nota que le dedicó al jugador brasileño Sócrates cuando éste murió en diciembre de 2011, en la que recordaba una anécdota que, lamentablemente, parece muy alejada hoy en día. En 1984, en ocasión del Mundial de fútbol de Italia, “en la multitudinaria rueda de prensa que le recibió en Florencia, un periodista le preguntó cual era su personaje italiano favorito. Con toda naturalidad, Sócrates respondió: ’Antonio Gramsci’ ”/8.

Era excelente en su faceta de orador. Ahí estaba el mejor Moro. Preparaba cuidadosamente sus charlas y sabía capturar la atención del público hasta el último segundo. Sus cursos de formación, regidos por la idea de Lenin de que “la primera obligación de un militante es pensar por si mismo”/9, fueron siempre muy esperados y apreciados. Dominaba muy bien el registro de la formación militante, que requiere a la vez un enfoque distinto del mitin político y de la conferencia académica, y se notaba que era una actividad que hacía con placer.

Preso de un extraño pánico perfeccionista, escribió menos de lo que a algunos nos hubiera gustado y se especializó sobretodo en textos breves, a modo de periodismo político de calidad y de analista político del momento y de los principales acontecimientos de cada época. De forma reveladora muchas veces titulaba “parto” el asunto de sus emails cuando nos enviaba artículos largos recién acabados. Una forma de reflejar el cariño, el mimo, la dedicación y el esfuerzo que había puesto al escribirlos. Fueran textos de coyuntura o más de fondo, sus artículos estaban siempre muy bien cuidados, poblados de detalles de gran calidad y de un estilo literario de agradable lectura. No les solía faltar un cinematográfico final de impacto a modo de broche final efectista. En los últimos años se aficionó a escribir recurrentemente notas breves de coyuntura política, escritos a golpe de indignación ante el último escándalo político y moral de turno que sacudía la vida política del estado español.

Tenía alta estima por los escritos políticos de Marx, desde el 18 Brumario (su texto favorito) hasta la Crítica del Programa de Gotha, pasando por la Guerra Cívil en Francia. Sobre este último escribió un largo artículo en el que, haciendo balance de los debates estratégicos planteados por La Comuna y la interpretación de la misma realizada por Marx recordaba la necesidad de reivindicar la doble pulsión libertaria y marxista revolucionaria del movimiento obrero como algo complementario e indestriable: “el ADN del movimiento obrero, como el del genoma humano, está constituido por dos hélices, y para que haya vida tienen que estar entrelazadas, próximas, comunicadas... convencidas de que sólo tienen sentido si actúan juntas”/10. Una idea que utilizó a menudo.

Entre su trabajo de periodismo militante sobresale también su faceta de entrevistador, con largas entrevistas en profundidad, siempre adornadas con interesantes y personales introducciones, donde se notaban sus ganas de dejarse impregnar por las experiencias y razones de los entrevistados, y de permitir al lector de conocer determinadas realidades a partir de las cuales poder plantear desafíos concretos y generales en esta búsqueda incesante de nuevas brechas al desorden imperante. Su faceta de entrevistador, en cierto modo, era otra cara de su faceta de conversador, otra forma de expresar el gusto por el debate político. En 2012 publicó el libro Conversaciones con la izquierda anticapitalista europea, donde entrevistaba a Olivier Besancenot (NPA), Francisco Louça (Bloco de Esquerda), y Ulla Jelpke (Die Linke), y, durante años, por las páginas de Viento Sur pasaron como entrevistados desde activistas de Juventud Sin Futuro hasta el diputado de la CUP David Fernández, sin olvidar al mexicano Sergio Rodríguez Lascano, informador habitual sobre el zapatismo en las páginas de la revista.

La comunicación fue uno de los grandes temas que le apasionaron. La preocupaba enormemente la dependencia informativa de la izquierda y de los movimientos sociales respecto los medios convencionales. Estuvo vinculado en algunos proyectos que no vieron la luz de creación de medios de contrainformación impresos y colaboró, escribiendo y apreciando su trabajo en iniciativas como el quincenario Diagonal fundado en 2005. No faltan tampoco escritos suyos sobre el periódico Público aparecido en papel en 2007 y en formato digital en 2012, o sobre las razones de la fallida experiencia del periódico Liberación cuyo primer número salió el 9 de octubre de 1984 para cerrar poco después el 20 de marzo de 1985. La comunicación política, el rol de las redes sociales en el 15M, o el tratamiento informativo de la situación política en Euskadi, por citar algunos ejemplos, fueron temas de los que Viento Sur trató regularmente y que muestran la preocupación estratégica de la comunicación que tenía su editor. “No podrá desarrollarse el espacio anticapitalista sin tener autonomía de información respecto a los medios convencionales, es decir, sin contar con medios alternativos que sean utilizados cotidianamente como fuente prioritaria de información, o al menos como “segunda fuente” con la que contrastar la (des) información que se recibe por los medios convencionales”/11. No ver el mundo con los ojos del adversario era la primera condición para poder desarrollar un espacio político y social de contestación al orden existente.

Desde el final de la unificación entre la LCR y el MC, la no asunción de tareas cotidianas de dirección le permitió discutir los problemas y afrontar los debates políticos desde una cierta distancia crítica que le permitía evitar las pasiones y excesos propios de la política diaria. La suya era una mirada de las cosas suficientemente desde dentro para sentirlas suyas, pero suficientemente desde fuera para tener perspectiva. Ni protagonista principal, ni observador externo. Esta posición de alguien con gran experiencia militante, de dirigente jubilado pero en activo, en la reserva pero sin nunca desmovilizarse, le empujaba a tener una mirada suficientemente apasionada para vivir el momento, y suficientemente desapasionada para tener la lucidez reflexiva que no siempre se tiene en primera fila.

Mostró siempre una gran desazón y preocupación por la incapacidad de la izquierda para afrontar una manera razonable de discutir las cosas y de hacer los debates.Aportar un poco de calma y de sentido común pareció que a veces era la función que pensaba que le tocaba hacer, propia de alguien metido en primera persona en los grandes asuntos sobre la mesa, pero al mismo tiempo medio metro al margen para no estar de lleno en la pelea. Suficientemente cerca para estar dentro, suficientemente fuera para tener una cierta distancia. Un papel propio de alguien que no actúa tanto como dirigente sino como de acompañante de los procesos y de quienes hoy tienen como tarea gestionar los asuntos en primera instancia. Una papel propio de quien vive en una urgente quietud neozapatista.

Fue una gran figura de referencia para todos aquellos de mi generación que compartimos militancia con él y que vivimos con pesadumbre el deterioro irreversible de su salud. Durante mucho tiempo, siempre que le pregunté cómo estaba tuve la impresión que minimizaba la situación, como si no pasara nada, aunque un fugaz destello apenas perceptible de emoción en sus ojos ligeramente enrojecidos le traicionaba. Ante una enfermedad que trazaba un destino inexorable optó por mantener las rutinas militantes y sus compromisos hasta el final. Fue ello seguramente una forma de encontrar fuerzas en una batalla cuyo resultado conocía de antemano, de ponerle todas las trabas posibles a un adversario invencible, aún en la objetiva desigualdad del combate. Fue la manera de afrontar lo inafrontable, de asumir lo inasumible.

Los debates con el Moro siempre estuvieron marcados por nuestras respectivas trayectorias generacionales distintas y por una socialización política en contexto históricos muy diferentes. Esto hacía que muchas veces pensando lo mismo metiéramos el acento en lugares distintos, invirtiéramos el peso de pros y contras, trazáramos itinerarios diferentes para querer llegar al mismo sitio. Siempre le preocupó que algunos no cometiéramos errores que le resultaban familiares, aunque tuvo claro que la audacia necesaria para levantar cabeza otra vez en la lucha contra el capitalismo tras la debacle del siglo XX tenía que venir de la mano de la nueva generación militante nacida en el albor del nuevo siglo que “que afortunadamente para ella, no lleva encima el lastre del ’miedo a equivocarse otra vez’, que tantas veces (nos) atenaza a la ’vieja generación’/12. Muchas veces no estaba de acuerdo con lo que hacíamos o proponíamos, aunque al final siempre se dejaba llevar por nuestro entusiasmo y prestaba una valiosa ayuda en los momentos claves. Sus ritmos de reflexión, preocupaciones, e inquietudes, no siempre estaban acompasados con las de quienes nos tocaba hacer política concreta hoy, pero, de una forma u otra, acabábamos en los momentos cumbre para articular una visión compartida. Siempre lo percibimos como un apoyo. Como una ayuda para ir adelante.

El Moro tuvo una autoridad moral y política dentro de su actual organización, Izquierda Anticapitalista, y entre los exmiembros de la LCR, de trayectoria posterior dispar tras la disolución de dicha organización, sin parangón. Utilizó de forma responsable esta autoridad dentro de su actual organización en la que ejercía de militante de base, de la que en privado a veces confesaba no saber leer correctamente su gramática y no conocerla del todo bien, y realizó un papel de acompañamiento y apoyo, crítico cuando era necesario, de las decisiones e hitos fijados. Esta diferencia de posición hizo también que no siempre utilizáramos las mismas gafas para ver las cosas, pero a pesar de ello las ópticas acababan casi siempre siendo complementarias.

Siempre me gustó conocer sus opiniones sobre los líos políticos en los que nos metíamos. Informarlo de las últimas novedades tras mis viajes y reuniones internacionales para ponerle al día era una de las actividades que me resultaba más placentera. Una agradable rutina militante establecida durante años de la que siempre saqué conversaciones e intercambios interesantes y que creó que él, internacionalista hasta el final y ávido de novedades, siempre agradeció. Ya fuera sobre el NPA o Syriza, sobre el movimiento antiglobalización o América Latina, sobre grandes acontecimientos o pequeños marrones me gustaba compartir con él impresiones e información.

Viviendo en dos ciudades distintas, la mía fue una relación con Moro cimentada a base de conversaciones telefónicas, intercambios por email, y charlas en ocasión de los encuentros militantes, en los que siempre buscamos algún momento para poder hablar con calma. Se me ocurren de golpe muchas cosas de las que me hubiera gustado hablar con él, de preguntas que me hubiera gustado formularle pero que nunca tuve tiempo de hacer. En más de una ocasión, la verdad, se me pasó por la cabeza plantarme en Madrid con una grabadora para conversar de temas de fondo que nunca pudimos tratar, para reflexionar sobre una peripecia politico-generacional como la suya sobre la que me hubiera querido discutir más, pero las urgencias diarias, nunca me permitieron planteárselo. Lo urgente y lo necesario no siempre coinciden, es sabido.

Retrospectivamente, me doy cuenta que hablé muy poco de temas no directamente e inmediatamente políticos con él. De nuevo las prisas y las urgencias. No faltaron, sin embargo, en nuestras conversaciones las recurrentes bromas sobre mi vegetarianismo militante y su aversión a las verduras. Tuvimos ahí, quizá, nuestra más radical discrepancia estratégica de todos los años de militancia compartida.

La irreductibilidad permanente

El Moro formó parte de aquellos que pelearon porque el final del franquismo abriera una senda de ruptura y de posibilidades que al final no fueron tales, que lucharon por abrir brechas que no se profundizaron. Siempre reivindicó la política seguida por la LCR en la Transición, la intransigencia en no haber cedido a la reforma pactada, lo que no implica no reconocer errores y patinazos. “Hay en todo caso, muchas más luces que sombras en la experiencia de la Liga durante esos años. Pero debemos recordar las dos”. La LCR se movió bien en el periodo inmediato a la muerte de Franco, fue “una organización bien conectada con la dinámica de los acontecimientos. Pero también puede decirse que los acontecimientos “conectaban bien” con la Liga. Había condiciones muy adecuadas para una organización activista, empírica,unitaria y radical”/13.

Una vez definió la política de la LCR de final del franquismo y comienzos la transición como una “razón izquierdista” y un “izquierdismo razonable” /14: “ ’Izquierdista’ en el sentido de radicalidad e intransigencia en las ideas, las propuestas y las acciones. ’Razonable’ en cuanto a la voluntad de de argumentar racionalmente y de comprender la realidad, de actuar ’conforme a la razón’”. El “izquierdismo” aquí definido no se refiere al sentido estricto que Lenin le atribuye en su conocido texto El izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo como sinónimo de impaciencia, doctrinarismo o rechazo a compromisos necesarios en un determinado momento. Se refiere, en cambio, a una determinada forma de evaluar “las relaciones entre lo "necesario" y lo "posible", y más precisamente, el concepto mismo de "posibilidad" en el pensamiento y la acción política”. La Liga se situaba así en la estela de luchar siempre por ampliar las posibilidades, a veces a costa de sobrevalorar e “hipertrofiar” las potencialidades reales de una determinada situación, siempre en la obstinación fiel de ir más allá de lo que los partidarios de la realpolítik y el gatopardismo querían consentir.

Al ir avanzando la Transición la LCR padeció “un cierto aislamiento político en la medida que era la única organización significativa a la izquierda del PCE” que no participaba en los marcos unitarios la Junta Democrática (1974) o la Convergencia Democrática (1975), ambas unificadas en la Coordinación Democrática (1976), que funcionaban como referentes. Ello significó que la mayoría de sus propuestas quedaron reducidas a “un carácter meramente propagandístico, difundido solamente por las propias publicaciones, sin apenas posibilidad de desarrollar iniciativas políticas con influencia práctica. No fue un problema demasiado importante en la etapa de ascenso del movimiento, pero se fue agravando a medida que la “reforma negociada” fue ganando peso como alternativa pretendidamente “realista”, sin que fuera posible desbordarla”. La LCR, “chocó con la Transición y salió muy dañada del choque”/15, aunque sobrevivió malherida afrontando a contracorriente una escarpada senda no prevista, navegando contra el viento en un océano donde los cantos de sirena del “realismo” y la “modernización” felipista sonaban cada vez con más fuerza.

Hoy, cuando los cadáveres escondidos en los armarios de la Transición, cuando los sapos tragados por los partidarios de la reforma ya se han mostrado indigestos, cuando la autocomplacencia autojustificatoria de los carreristas ya no se sostiene, haber formado parte de la minoría de irreductibles que nunca participó de la legitimación del régimen y en la justificación de la farsa, sin por ello caer en el radicalismo estético y estéril (lo que no implica no haber cometido errores izquierdistas importantes), es algo que honra a la memoria de Miguel Romero. Haber jugado siempre fuera de las normas, a costa de perderse el guateque de los triunfadores satisfechos de su propia audacia y de su propias renuncias, no es algo de lo que muchos puedan jactarse. La decisión, entonces arriesgada, de la LCR de votar NO a la Constitución no haría sino, como escribió, ganar dignidad con el tiempo. No todo era posible en la transición, no todos los objetivos de la “ruptura democrática” eran posibles de alcanzar, pero sí había sendas alternativas a la finalmente recorrida: “sí fue posible conquistar objetivos políticos que hubieran roto el control del postfranquismo y cambiado el curso de los acontecimientos (por ejemplo, la amnistía y la legalización de las organizaciones políticas, sindicales, sociales...en las semanas posteriores a la muerte del dictador)”/16.

Como tantos otros tuvo siempre una cuenta pendiente con Fraga (1922-2012), largo tiempo ministro de Franco y exponente del franquismo sociológico tras el fin de la dictadura. En ocasión de los elogios de su figura tras su muerte y de su exaltación como un “hombre de Estado”, el Moro recordaba: “La historia oficial sirve para ocultar la historia real”. Una historia real que a medida que el “consenso” de la Transición ha ido quedando lejos y que se resquebraja todo el andamiaje institucional del Régimen entonces creado, poco a poco a ido aflorando, gracias a múltiples iniciativas de recuperación de la memoria histórica, entre ellas asociaciones de represaliados de la dictadura como “La Comuna”, que siempre apoyó. La exaltación póstuma de Fraga, en el fondo mostraba la continuidad entre “el Estado del franquismo y el Estado de la Transición: Fraga pudo servir sin mayores contradicciones y en puestos de alta responsabilidad a esos dos Estados precisamente porque tienen fundamentos comunes, porque el Estado "democrático" nació contaminado del barro y la sangre de la dictadura”/17.

Tras el “choque” con la transición y vivir momentos difíciles y de “desorientación” la LCR empezó a reubicarse en el nuevo escenario. En el cambio de década, a finales de 1979, empezaría a dibujar una nueva perspectiva estratégica, la construcción del “partido de los revolucionarios” basado en la apuesta por una fuerza política construida “en común por corrientes revolucionarias, con diferentes ideologías y valoraciones de la historia, pero con un acuerdo sobre las “tareas centrales” de la revolución”/18y en el marco de una práctica orientada hacia la implicación activa en los “nuevos movimientos sociales” de la década de los ochenta, en un escenario político internacional y en el Estado español adverso para los vientos de cambio social igualitario, a pesar del empuje del movimiento anti-OTAN y otras luchas sociales y sindicales, como la Huelga General 14D de 1988. La unificación fallida de la LCR y el Movimiento Comunista (MC) en 1991, disuelta pocos meses después, marcaría un punto de inflexión central en la trayectoria militante y política del Moro y de quienes participaron de su mismo periplo generacional y político. Tocaría, después, mantenerse precariamente a flote, sin jamás arrojar la toalla, sin jamás dejarse llevar. A contracorriente y en plena incertidumbre estratégica. Sólo con la certeza de la senda escogida a mitad de los sesenta, a pesar de los errores cometidos por el camino. Sólo con la certeza del combate librado, a pesar de los magros resultados obtenidos.

Miguel Romero integró la minoría irredenta de su generación que tras el fin de las grandes esperanzas de los sesenta y setenta, tuvo que recorrer de los ochenta en adelante, “el trayecto que nos tocó, tan distinto del que habíamos imaginado”/19. Una generación, sin embargo que, como recordaba Daniel Bensaïd, “a fuerza de paciencia ganó el derecho a reempezar”/20.Un derecho que el Moro no quiso desaprovechar. Tras el hundimiento de comienzos de los noventa no dejó pasar ninguna oportunidad para coger el primer e inesperado tren que se presentó y empezar, desde muy abajo, a remontar el vuelo frente al dominio entonces aplastante del neoliberalsmo, en forma de los primeros despuntes de lo que acabaría por llamarse movimiento “antiglobalización” y que eclosionaría en Seattle en 1999.

Un derecho a recomenzar que se manifestaría en toda su plenitud política en los últimos años de su vida cuando la “gran crisis” capitalista abriría de nuevo el camino para una política de ruptura con el orden establecido, aunque en muy difíciles condiciones y precarios puntos de partida. Sin duda, no haber cedido nunca ante el adversario había valido la pena. Sin duda, no haberse confundido de enemigo, había sido lo correcto. Lo más digno. Lo más valiente. Para ello fue importante, nos decía, no convertir las derrotas en fracasos: “Entender la diferencia entre una derrota y un fracaso es fundamental para construir una organización revolucionaria. La derrota puede ser, y es frecuentemente, la conclusión de una lucha necesaria; la tarea entonces es cómo continuar. El fracaso llega cuando se considera que la lucha fue un error o que ya no tiene sentido; la consecuencia general es la desmoralización o el abandono”/21.

Amaneceres altermundialistas

Siguió desde muy de cerca desde el principio la trayectoria del movimiento zapatista tras su alzamiento el 1 de enero de 1994. A pesar de sus desacuerdos teóricos, estratégicos y políticos tuvo un gran simpatía y estima por los zapatistas, como se refleja en sus escritos y a la atención que Viento Sur dedicó a su lucha. Al igual que tantos otros, consideraba que el zapatismo marcó el inicio del lento, e imprevisto, repunte de las resistencias sociales al neoliberalismo durante la segunda mitad de los noventa: “Más allá de su fuerza simbólica, el zapatismo identifica al enemigo común (el neoliberalismo); cuestiona las ideas tradicionales de la izquierda sobre la lucha por el poder; afirma que el protagonismo de la acción colectiva debe estar en la ’sociedad civil’ (en su acepción de ’los de abajo’) y propone el encuentro entre todas las resistencias al neoliberalismo y todas sus víctimas, rechazando expresamente cualquier pretensión de hegemonía doctrinaria o de ’vanguardia política’”/22.

Participó en los primeros compases del entonces naciente, y aún sin nombre, movimiento “antiglobalización”, en la organización del Foro Alternativo “Las otras voces del planeta” y la “Campaña 50 años bastan” en ocasión de la asamblea general del FMI y el BM en Madrid en setiembre y octubre de 1994. En su balance de esta primeriza “contracumbre” escribía “para la mayoría de los(as) asistentes, lo más valioso de la experiencia realizada sea el encuentro mismo”, cuyo éxito era fruto de “unas condiciones de cooperación, de colaboración, de, ausencia de ambición de protagonismo y de espíritu de competencia entre los organizadores, excepcionales y por ello especialmente valiosas”/23.

Para un internacionalista militante como él fue natural implicarse en los debates del Foro Social Mundial y todas las discusiones sobre la globalización y sus alternativas que tuvieron lugar a caballo entre los últimos años del siglo XX y los primeros del nuevo siglo. Dedicó por ello una parte importante de sus escritos y tiempo a reflexionar sobre el discurrir y los retos del movimiento antiglobalización y los Foros Sociales. Comprendió que era allí donde había renacido, de forma tan inesperada como fugaz, una nueva posibilidad de crítica al capitalismo y la demostración que quienes habían proclamado el “fin de la historia” a comienzos de los años noventa habían cantado victoria antes de tiempo.

Son muchos sus artículos, entrevistas o charlas en las que opinó sobre los retos y los desafíos de los Foros Sociales y el movimiento “antiglobalización” y su imbricación con los debates sobre la definición de una estrategia de oposición al capitalismo global. De forma retrospectiva, haciendo repaso de los Foros escribía en 2008: “Cada Foro terminaba siempre con un balance positivo, pero referido hacia adentro: la voluntad expresada de continuar en la lucha, la inyección de moral que recibían los participantes, la continuidad del proceso, etc., consideraciones, sin duda, muy valiosas, pero claramente insuficientes para el objetivo proclamado de ser, no sólo el referente mundial de la lucha contra el neoliberalismo, sino además el lugar de elaboración de alternativas capaces de orientar las luchas sociales en esa dirección”/24.

Le interesaron en particular los debates sobre la relación entre el “movimiento” y la “política”, que tanta tinta hicieron correr en los ambientes altermundialistas y del Foro Social, y las controversias entorno al “regreso de la política” al calor de la ofensiva imperialista internacional del Gobierno Bush, la victoria de Lula en 2003 cuya política socialiberal siempre criticó, y la consolidación de la “revolución bolivariana” a partir de 2002 o la victoria del MAS de Evo Morales en Bolivia en 2005. Transcurrido el “movimentismo” inicial, la creciente politización de los debates en la galaxia altermundialista era algo positivo pero, al mismo tiempo, la forma concreta en que “regresaba la política” siempre le inquietó. Percibía, no sin razón, el problema de qué tras una primera etapa movimentista de “autosuficiencia” de los movimientos sociales, se pasara a un regreso de la política basada en la subalternidad a la política institucional y gubernamental, aunque fuera respecto a fuerzas y gobiernos situados contradictoriamente en el campo de la crítica a la globalización. Por contrario, el reto, tan real como difícil, era “buscar el regreso de la política entendida como una actividad emancipadora, pero por otros caminos que nos alejen de los callejones sin salida del pasado”/25.

Durante años siguió con pasión los avatares e itinerarios del altermundialismo cuando éste era el principal foco de energía para una política de resistencia a la globalización neoliberal. Al mismo tiempo, cuando quedó patente que este movimiento se había apagado, en parte tan abruptamente como había llegado, no tuvo ninguna inercia nostálgica hacia las “instituciones” que éste había creado, como los propios Foros Sociales, y más que apostar por su repetición sin chispa, giró su atención hacia el escrutinio de todos los pequeños indicios, aún imperceptibles, de la emergencia de lo que estaba aún por venir. Había que saber pasar la página y, con el bagaje de lo aprendido, buscar nuevas fuentes de inspiración y nuevas sendas para la lucha.

Pasado y presente

La guerra civil y las controversias estratégicas sobre la misma fueron un tema importante para la generación politizada bajo el franquismo, y han vuelto a cobrar fuerza en la recuperación actual de la memoria histórica, y a ellas dedicó varios de sus escritos recientes y antiguos. “La historia sigue siendo un campo de batalla” recordaba en su libro sobre La guerra civil española en Euskadi y Catalunya: contrastes y convergencias/26. Así lo prueba la sonora polémica a raíz del film de Ken Loach Tierra y Libertad en 1995,“una película hermosísima, que abre la puerta de un cuarto secreto, donde se había encerrado a cal y canto, un trozo doloroso e imprescindible de la historia de la guerra civil española”/27.

El 70 aniversario de la muerte de Nin fue la ocasión para volver sobre el POUM y el propio Nin al que Viento Sur le dedicó un monográfico el 93 en 2007.En su artículo sobre el “enigma Nin” señalaba el apreció y estima que sentía por el POUM, “un partido, cuyo carácter revolucionario no me plantea, ni la menor duda”/28, a pesar de los desacuerdos sobre su política en los meses inmediatos a julio del 36 y su participación en el govern de la Generalitat. “No se trata de juzgar”, precisaba ,“pero hay que intentar comprender”. De julio del 36 a mayo del 37 hubo un “choque de estrategias” entre las corrientes del movimiento obrero, que en lenguaje contemporáneo, nos decía, se podrían resumir como: cambiar el mundo sin tomar el poder (CNT), tomar el poder sin cambiar el mundo (PCE-PSUC), y tomar el poder para cambiar el mundo (POUM). Desde las simpatías por Nin afirmaba que la estrategia seguida por éste ““apunta a un problema de fondo en la concepción del POUM, y de Nin, sobre el poder, al menos en un tema esencial: un poder político revolucionario tiene que nacer “desde abajo” y cualquiera que sea el sistema institucional que se adopte, el poder efectivo tiene que estar en organizaciones unitarias de base, abiertos a la participación democrática de las personas, corrientes, movimientos sociales y políticos comprometidos en la práctica con la tarea de construir la nueva sociedad. En cada país y en cada época, esas organizaciones y esa “nueva sociedad” tendrán nombres y características muy diversas”.

El interés del Miguel Romero por los debates históricos iba paralelo, sin embargo, a su aversión hacia las analogías históricas fáciles de las que a veces la izquierda revolucionaria, y en particular la corriente política en la que militó, ha tendido a abusar para hacer comparaciones superficiales descontextualizadas. De forma desenfadada nos lo cuenta Daniel Bensaïd en sus memorias al recordar las anécdotas del trabajo cotidiano de ambos en la dirección de la IV Internacional: “Cuando Ernest [Mandel] se lanzaba en una cascada de analogías históricas para marear la perdiz, el Moro amenazaba simplemente de abandonar la sala”/29.

Talkin’ bout revolution

La revolución, “sin fetiches ni mayúsculas” como diría el propio Bensaïd/30, recorre todo el itinerario militante y político de Miguel Romero. La revolución es “siempre un acontecimiento excepcional, cuya posibilidad se origina por la confluencia de circunstancias efímeras, inestables y extraordinarias”/31. En otras palabras, nos decía, las revoluciones “son para los pueblos como la música para Charlie Parker en el maravilloso cuento que le dedicó Julio Cortázar”/32, y nos ponía el siguiente fragmento de la conversación entre Johnny Carter [Charlie Parker] y Bruno [Cortázar] como ejemplo: “Bruno si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio. Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa, tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes (...)”. Y Bruno comenta: “(cuando Johnny me lo está diciendo) siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo, como un tronco metiéndole una cuña y martilleando hasta el final”/33.

En 1992, en un momento muy difícil para la izquierda y de “crisis de credibilidad de las alternativas revolucionarias anticapitalistas”/34, tras la proclamación del “nuevo orden mundial” por Bush padre, la derrota sandinista, y la capitulación de las guerrillas centroamericanas en acuerdos de paz asimétricos, en un artículo titulado ¿Adiós a la Revolución? constataba como la victoria del neoliberalismo había impuesto su dominio también sobre las palabras. Entre ellas sobre la propia palabra “revolución”, banalizada en un sentido comercial o publicitario, alabada en un sentido económico o tecnológico y denostada como violento accidente histórico en su sentido politicosocial de cambio desde abajo y de derrocamiento de las estructuras de poder. Otra referencia literaria, en este caso Lewis Carroll/35, ayudaba en su argumentario: “Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty en un tono más bien desdeñoso– esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique. Ni más ni menos. La cuestión está –dijo Alicia– en si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión está –dijo Humpty Dumpty– en quien es el que manda. Eso es todo”. Y no había duda, en 1992, de quien mandaba y quien definía el sentido de las palabras.

Hacer una revolución significa luchar por destruir el Estado, tarea para la cuál no hay normas ni modelos, y una “vieja idea revolucionaria confirmada en positivo y en negativo, ciertamente más en negativo que en positivo, sin excepciones”. Al mismo tiempo, recordaba, los problemas de la revolución no pueden reducirse “a la toma del poder de Estado y a su ejercicio por la vanguardia revolucionaria desde los nuevos aparatos de Estado”. Por ello era necesario pensar la revolución desde el punto de vista de la autogestión y la autoorganización, en otras palabras, “socializar la revolución” y “concebirla como una tarea de una mayoría social plural, altamente organizada y consciente de sus objetivos”/36. El concepto gramsciano de hegemonía, desprovisto de sus interesadas interpretaciones institucionalistas-gradualistas propias del eurocomunismo permite, poder esbozar una perspectiva revolucionaria así definida: “Se trataría de que los movimientos sociales y sus organizaciones trabajaran horizontalmente: hacia abajo, echando raíces en la sociedad; hacia los lados, desarrollando la solidaridad, la convergencia, la visión global de los problemas sociales. Porque desde esta base se puede echar una mirada subversiva hacia arriba (y realizar el trabajo que se considere conveniente en, o respecto a las instituciones, del Estado) evitando el deslumbramiento o la absorción que tantas veces golpea a los movimientos populares en sus relaciones con el poder”/37.

En ocasión del cuarenta aniversario de mayo del 68, acontecimiento que ejerció un impacto fundamental en la generación política de militantes revolucionarios de la que Miguel Romero formaba parte, recordaba como, más que listar errores y carencias del movimiento, lo que se trataba era valorizar todo el legado “de creatividad, autoorganización y de iniciativas para cambiar el mundo” ya que, al fin de cuentas, “una revolución puede ser imaginada como la tarea de articular esta energía en un poder alternativo al capitalismo”/38. He aquí la cuestión.

Lejos de despedirse de la “revolución” se trataba, nos recordaba el Moro, de lo contrario de trabajar para su “regreso”. En una afirmación en la que se encuentran los rastros de la “razón mesiánica” de Daniel Bensaïd inspirada en Walter Benjamin, concluía: “En esta esperanza activa, vigilante, atenta al presente, al momento en que puede saltar o desarrollarse la lucha está, creo yo, la vitalidad de quienes no decimos “adiós” a la revolución, sino esperamos. tozudamente darle la bienvenida”/39.

Miguel definió una vez a Mandel como “un hombre de respuestas en un tiempo de preguntas”/40. En los años noventa y dos mil, el periodo en que lo conocí, creo que él en cambio intentó más bien enfatizar más bien las preguntas y buscar respuestas provisionales a modo de indicaciones para empezar a moverse, lo justo para no despistarse irremediablemente en un mundo en rápida mutación, pero lo suficientemente abiertas y empíricas y poco racionalizadas para evitar grandilocuentes perspectivas estratégicas demasiado cerradas. Ello no implicaba caer en un dubitatismo paralizante. “Vivimos un tiempo de preguntas. Muchas necesarias. Otras producto de una cierta estética de la ignorancia, del morboso placer del naufragio, del "no sabemos nada", que ha empapado a buena parte de la izquierda en estos oscuros años 90”/41. O sea, una cosa es dejarse interrogar por lo nuevo, por la realidad, otra exhibir una ignorancia bobalicona acompañada un desconcierto estético y de una interpretación del “avanzar preguntado” zapatista como una tabula rasa.

Fruto de estas precauciones, contemplaba con escepticismo los grandes debates actuales sobre “estrategia”, en el sentido fuerte del término tal y como la utilizaba Daniel Bensaïd, por ejemplo. No por falta de pasión política concreta, sino por temor a entramparse en grandes debates generales sin salida evidente y sin pruebas prácticas concluyentes. Más bien la posición del Moro fue empezar por lo concreto, sin grandes ambiciones ni pretensiones, sin grandes voluntades generalizadoras, quizá buscando más la “estrategia” con minúscula que con mayúscula. Era una forma de conjurar el recuerdo de debates estériles del pasado, de controversias fútiles, de batallas hiperideologizadas sin resultados determinantes. En esta línea escribió en los últimos años notas breves sobre los problemas de la lucha contra la crisis y sobre la política sindical, como antes había hecho con el movimiento “antiglobalización”. Comentarios de acontecimientos recientes, del “movimiento real” a partir de los cuales formular algunos problemas de fondo.

Así, a propósito de las huelgas generales que recorrieron el Estado español el 29S de 2010, 29M de 2012 y 14N de 2012 reflexionaba sobre el papel de las convocatorias de “huelgas generales” de un día, en el Estado español y varios países europeos, cada vez más reducidas a “jornadas de acción; sometidas a crecientes reglamentos estatales de "servicios mínimos" y defensa del "derecho al trabajo"; en las que no hay lugar para la población trabajadora sin empleo y en la pobreza; protagonizadas por los aparatos sindicales y sin espacio para la participación de organizaciones sociales y políticas solidarias con la huelga”/42 y no insertadas en ninguna estrategia de movilización sostenida. Un modelo de “huelga general” que va alejándose del imaginario histórico del concepto, entendido como una demostración de fuerza y un desafío político, con un importante componente de autoorganización y un papel importante de las organizaciones de base (comités...), “que recogía una amplia solidaridad de la mayoría de la población y creaba un serio conflicto de legitimidad al gobierno de turno”.

Lo importante de una “huelga general” y su sentido político no está sólo en el carácter de sus reivindicaciones sino en el hecho “que plantea, de una manera expresa o implícita, un conflicto de poder: durante un tiempo y en un escenario limitado se trata de ver quien manda. Por eso el resultado político de una huelga general se mide mal en términos cuantitativos, aunque esos datos tengan importancia”. De ahí la necesidad de contravenir las regulaciones, servicios mínimos y demás argucias para normativizar y “desactivar políticamente la huelga”/43.

Los debates sobre el 99% surgidos a partir de Occupy y e 15M y las discusiones sobre cómo reconstruir una mayoría social ocuparon también las preocupaciones estratégicas de Miguel Romero. Tras años de un “proceso deconstituyente”, escribía, “de la conciencia de clase y de los vínculos entre las clases trabajadoras, organizaciones y movimientos sociales” la explosión del movimiento de los indignados y las luchas contra la austeridad supuso “un proceso constituyente, que se desarrolla con enormes dificultades, entre avances y retrocesos”/44 de esta conciencia colectiva. Cómo solidificar este proceso balbuceante es la gran cuestión. Las controversias sobre el 99% era un tema que le interesaba, como nodo para afrontar esta discusión estratégica de fondo. La idea del 99% conectaba con “uno de los objetivos históricos de la estrategia revolucionaria en el siglo XX: la revolución social necesita el apoyo de la ’inmensa mayoría’”, aunque es una “hipérbole que difumina la complejidad de los conflictos y divisiones en las sociedades actuales”/45, si bien señala bien una situación en la que una ínfima minoría financiera somete al conjunto de la sociedad a su despotismo.

El debate sobre cómo articular una mayoría implicaba también una discusión de lo que significa “ganar”. Esquematizando, nos recordaba, “no es lo mismo ganar en sentido electoral (obtener una mayoría electoral que permita formar gobierno), ganar en sentido político (tener las capacidades y los medios para poner en práctica el programa de gobierno) y ganar en sentido social (contar con una movilización activa de la mayoría social que oriente, controle e impulse la acción de gobierno y socialice la política)”. Las tres dimensiones están entrelazadas y se retroalimentan, pero sin la última, la victoria en sentido social, las otras dos no son posibles, o no no hay fuerza para alcanzarlas o para sostenerlas, afirmaba. Ganar implica, recordaba en una de sus últimas charlas en septiembre de 2013, ser capaces de generar expectativas de cambios reales, en difundir un “’sí se puede’ en un sentido rupturista”/46.

Reconstruir un proyecto de ruptura

¿Cómo reconstruir la izquierda en sentido amplio, como reconstruir un proyecto revolucionario y anticapitalista de cambio social? Esta preocupación recorrió el sentido de su actividad y escritos desde el “final del corto siglo XX” y la proclamación del “nuevo orden mundial” en adelante. Volcarse en lo social y en lo nuevo, en el “movimiento real”, a lo que emerge y aún está por venir, pero sin renunciar a un legado, a una propia identidad en constante mutación. Este fue el punto de (re)partida para remontar el vuelo.

Un enfoque que es un buen reflejo de las simpatías que Miguel Romero tuvo por Rosa Luxemburgo, como testimonian muchos de sus escritos y análisis de la relación entre partidos y movimientos sociales. Encontraba en Rosa un sano impulso movimentista necesario para los tiempos de hoy y para corregir doctrinarismos estériles. En la perspectiva de construcción de un nuevo proyecto político de ruptura con incidencia política y social, daba un peso esencial a la politización de la izquierda social, de los activistas sociales. No se trataba, por tanto, de centrarse sólo en el diálogo entre corrientes políticas organizadas y situarse en una perspectiva de recomposición de la izquierda, sino también de reconstrucción de un proyecto de cambio social.

En una entrevista en 2010 en el Viejo Topo, antes del gran estallido del 15M y del ascenso de Syriza, afirmaba que la crisis iba a cambiar en un plazo medio, de cuatro o cinco años el mapa de la izquierda situada a la izquierda de la “socialdemocracia”, cuya naturaleza “dependerán especialmente del curso de las luchas sociales frente a la crisis capitalista y de cómo respondan a ellas las organizaciones de lo que podemos llamar el “espacio anticapitalista”, es decir, tanto la izquierda política como la izquierda social”/47.

En este escenario la izquierda política radical tenía dos grandes retos: afrontar la política unitaria y convertir el discurso anticapitalista en políticas concretas ligados a los conflictos actuales. El reto de fondo era “la necesidad de construir alternativas unitarias de izquierda que rompan el corsé bipartidista y creen expectativas de cambios radicales y fiables en la sociedad”. La existencia de una alternativa política con incidencia política y social es un aspecto muy importante para el desarrollo de las luchas sociales, pues “no habrá el cambio que se necesita en las relaciones de fuerzas sociales, sin que haya un cambio en las relaciones de fuerzas políticas de la izquierda. Son procesos imbricados, pero relativamente autónomos, con tareas y responsabilidades específicas en cada espacio”/48.

Una izquierda de ruptura tendría que utilizar las palancas parlamentarias para dar altavoz a a las luchas y abrir brechas en los consensos políticos. Para tensar el sistema político y contribuir a resquebrajarlo, a “desestabilizarlo hacia la izquierda”/49. La utilidad de una voz parlamentaria, señalaba, no “será por decirle al gobierno que está echando gasolina a las calles [como había hecho recientemente Cayo Lara, coordinador general de IU], sino por proponerle a la gente indignada que podríamos hacer juntos con esa gasolina. Para eso sería necesario que la política parlamentaria estuviera subordinada a la política en y de las organizaciones y movimientos sociales. No es así, y ésta es una de las razones más importantes para concluir que hace falta otra izquierda”/50. Por ello, recordaba, es necesario aprovechar las oportunidades del momento, y asumir los riesgos necesarios en un escenario donde “no hay mayor riesgo que la ausencia de una alternativa como ésta, que sepa conquistar credibilidad sobre la base de ser leal con las luchas y movimientos sociales”/51.

En sus reflexiones sobre qué tipo de proyecto había que construir, una idea que recorre muchos de sus artículos, entrevistas y charlas, es la de que los militantes eran gente normal, y que tenían que aparecer como tales, no como gente que decía “cosas raras” antes los ojos de la mayoría. Una idea que me parece fundamental en los tiempos de hoy donde la crisis de legitimidad del sistema abre posibilidades para conectar con amplios segmentos de la población alejados de las minorías activistas, y cuando la izquierda militante tiene la necesidad y el reto de llenar el vacío de representación existente con nuevas opciones de ruptura y cambio social. Momentos donde el narcisismo, la resistencia estetizada y la autocontemplación son de los más inapropiados. No son los activistas los que hacen y dicen cosas extrañas, lo que no es “normal” es la irracionalidad e injusticia del actual modelo y de sus gestores y apologetas, nos venía a decir el Moro. ¿Qué tipo de militancia, qué tipo de compromiso, qué tipo de organización, qué forma de relacionarse y hablar con el grueso de la población? Preguntas todas ellas imprescindibles para pensar la política en los tiempos que corren: “La política revolucionaria tiene que ser una pasión, pero no debe ser la única. Necesitamos construir organizaciones no para héroes, sino para gente corriente, rebeldes a ras de calle. Una revolución sólo puede triunfar si la entienden y la hace suya la gente corriente”/52.

Destellos de Daniel Bensaïd

Al recordar a Miguel Romero es inevitable, como ya ha ido quedando claro en las páginas anteriores, no pensar en Daniel Densaïd, con quien le unió una gran amistad desde 1972 en adelante. Éste último narra su encuentro de la siguiente manera en su autobiografía: “Quien expuso el plan de batalla se presentó con el nombre de Moro. Nacido en Melilla, tenía la cabeza de ave rapaz, el verbo afilado y un gran sentido de la eficacia. Con los años nos hicimos los mejores amigos del mundo. En 1973, tras una ola de detenciones en Madrid (nuestro aparato, el “apa”, prácticamente nunca duraba más de un año), la dirección de la LCR-ETA-VIª (devenida sección de la IVª Internacional en el Estado español tras la fusión entre la Liga y ETA-VIª) tuvo que trasladarse a Barcelona. El Moro compartía vivienda con dos camaradas vascos, Petxo y Xirri, un piso próximo al barrio popular de Poble Sec y al Molino. Cuando daban por televisión un partido del Atlético Bilbao, la revolución mundial suspendía su paso de cigüeña”/53.

Por su parte el Moro, en la intervención que hizo en el acto de homenaje a Daniel, tras la muerte de éste, en La Mutualité de Paris el 24 de enero de 2010, explicaba así su encuentro: “caímos en uno de esos debates doctrinarios y absurdos de la época: que si el Frente Único así o el Frente Único asá, que si era estrategia, táctica, política... en fin, historias (...) Nos entraron dudas y decidimos consultarlas con la Liga [francesa]. Entonces, un día de 1972 viajó a Barcelona Daniel Bensaid. Nos reunimos en uno de esos pisos clandestinos, relativamente seguros, no demasiado higiénicos, modestos y sobre todo solidarios. El asunto del Frente Único nos llevó poco tiempo; nos pusimos de acuerdo enseguida. Así que pasamos horas hablando de política apasionadamente, de la revolución Indochina, de la guerra civil española, (...) en fin, de todo lo que nos surgía de la cabeza y el corazón. Cuando terminó la reunión Daniel Bensaid se convirtió para nosotros en Bensa, el Bensa. Un camarada, pero más que un camarada"/54.

Siendo figuras muy distintas, ambos jugaron un destacado rol en su corriente política internacional y fueron una referencia para militantes de diversas generaciones, empezando por la suya propia y terminando con la formada a caballo entre los dos milenios, y con la más reciente forjada en la lucha contra la crisis. Cada uno con su estilo jugaron el papel de “enlace” buscando un delicado equilibrio entre tradición y ruptura. Dirigentes de primera línea en los setenta y ochenta, ambos jugaron un rol de acompañamiento y de referencia para quienes dirigieron sus organizaciones en los noventa y dos mil. En cierta forma, el propio largo combate con la enfermedad traza un triste y duro paralelismo final entre la vida de ambos. En un acto en su memoria en verano de 2010 en Besalú (Girona) señalaba: "cuando murió Daniel un comentario que surgía con frecuencia entre los amigos era decir que él era que el mejor de todos nosotros. ’Todos nosotros’ significaba la gente revolucionaria del 68, y ’el mejor’ podría significar muchas cosas distintas, una de ellas es que había sido capaz de escribir una obra original y arriesgada, que transitamos muchos detrás de él, y nos permitió comprender fenómenos nuevos de la lucha revolucionaria de nuestra época"/55. El Moro tenía, como es natural, desacuerdos políticos y teóricos concretos con Daniel Bensaïd, pero las obras de éste jugaron un papel central en sus escritos y opiniones. Es fácil encontrar en los artículos del Moro no sólo citas y referencias directas a las obras de Daniel, sinó también ideas tomadas y adaptadas de él.

Creo que al Moro siempre le gustó el afecto, racionalmente desmedido e impulsivamente comedido, que algunos profesamos a Daniel, si bien siempre prevenía de lecturas apasionadamente unilaterales de su obra. Los comentarios de sus libros y artículos planearon siempre en nuestras conversaciones. Sin duda, uno de los momentos más tristes que compartí con el Moro fue, precisamente, la muerte del “Bensa” el 12 de enero de 2010. Recuerdo que tras el mencionado acto de homenaje a Daniel en La Mutualité en Paris,me llamó por teléfono para comentarme la crónica del acto que le había mandado. “No estoy de acuerdo en que el acto fue triste” me dijo en referencia a una frase que había escrito, “no fue un acto triste, había un ambiente cálido” intentaba convencerme con una voz apagada. “Nunca un acto militante lleno a rebosar de gente tan triste terminó siendo un encuentro tan cálido” puse finalmente en el texto a sugerencia suya. La misma tristeza cálida sentimos ahora al recordarlo a él.

La última conversación política en profundidad que tuve con el Moro fue en agosto pasado, en ocasión de la universidad de verano anticapitalista. Tratando a duras penas que mi rostro no reflejara mi enorme consternación por encontrarle tan desmejorado tras varios meses sin haberle visto, le puse al día de las últimas novedades políticas en Catalunya, que él seguía siempre de cerca. No tuvimos tiempo de hablar todo lo que quisiéramos y, como siempre, lo dejamos para continuar en la siguiente ocasión. Pocos días antes de morir me escribió, a propósito de la futura reunión del Consejo Editorial de Viento Sur, “ojalá tengamos tiempo de encontrar un momento para hablar con calma”. Cuesta hacerse la idea de que ya no será posible.

Hace unos años, en 2006, en la editorial del número 84 de la revista, concluía: “Y terminamos otro año de la revista. Que hace ya el número 15. Y quince años no son nada si... Gracias por la compañía”/56. Gracias a ti, Moro.

5/02/2014

Notas

1/ Bensaïd, D. Une lente impatience. Paris: Stock, 2004. p. 453

2/ Romero, M. “Ernest Mandel: la misión del enlace” en Escritos de Ernest Mandel. Madrid: La catarata, 2005, p. 17-18.

3/ Romero, M. Viva Nicaragua Libre. LCR: Barcelona, 1979, p. 9

4/ Romero, M y Ramiro, P.“La globalización de la pobreza”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 121, 2013, pp. 143-156.

5/ Romero, M y Ramiro, P. Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización de la cooperación al desarrollo. Barcelona: Icaria, 2012.

6/ Romero, M."Adiós a Georges Moustaki", 23 de mayo de 2013

7/ Romero, M. "The Wire. 10 dosis de la mejor serie de televisión. David Simon et alt." Viento Sur 112, 2010, p. 127

8/ Romero, M. "Ha muerto Sócrates", 4 de diciembre de 2011

9/ Ver vídeo: "Homenaje a Miguel Romero "el Moro" de La Tuerka", 29 de enero de 2014 [fragmento de la entrevista a Miguel Romero hecho por el proyecto Cartografía de Culturas Radicales el 30 de mayo de 2013]

10/ Romero, M. "El tiempo del reloj y el tiempo de las cerezas", Viento Sur 118, 2001. pp. 63-84

11/ Romero, M. "Para tejer los desgarrones" (entrevista), El Viejo Topo 268, 2010. pp 27-33

12/ Romero, M. “Presentación La izquierda contra el franquismo”, Viento Sur 115, 2011, p. 47

13/ Romero, M. "El choque contra la transición", Viento Sur 115, 2011. pp. 56-63

14/ Romero, M. "La razon izquierdista", Viento Sur 54, 2000, p. 83-88

15/ Romero, M. "El choque contra la transición", Viento Sur 115, 2011. pp. 56-63

16/ Romero, M. “Transición”, Viento Sur 100, 2000. p. 167-170.

17/ Romero, M. "Un hombre de este Estado", 17 de enero de 2012

18/ Romero, M. “El trotskismo de la Liga” en Bensaïd, D. Trotskismos. Barcelona: El Viejo Topo, 2007. p 111.

19/ Romero, M. "Punto y aparte", Combate 518 citado por Manolo Garí "La dignidad revolucionaria", 26 enero 2014

20/ Bensaïd, D. Une lente impatience. Paris: Stock, 2004. p. 18

21/ Romero, M. “El trotskismo de la Liga” en Bensaïd, D. Trotskismos. Barcelona: El Viejo Topo, 2007. p 109

22/ Romero, M. “El futuro de la sociedad civil” en Vidal Beneyto, J. Hacia una sociedad civil global. Madrid: Taurus, 2003. pp. 219-245.

23/ Romero, M. "2 de octubre. Una manifestación de 15.000 personas clausura el Foro Alternativo "Las otras voces del planeta" y la Campaña "50 años bastan", Viento Sur 17, 1994, p. 8-9

24/ Romero, M. “El Foro Social Mundial y la política: el riesgo de la extinción” en AAVV. El futuro del Foro Social Mundial. Barcelona: Icaria, 2008

25/ Romero, M. “El Foro Social Mundial y la política: el riesgo de la extinción” en AAVV. El futuro del Foro Social Mundial. Barcelona: Icaria, 2008

26/ Romero, M. La guerra civil española en Euskadi y Catalunya: contrastes y convergencias. Madrid: Crítica & Alternativa, 2006 [edición original 1991], p. 7.

27/ Romero, M. "Una mirada radicalmente solidaria", Viento Sur 21, 1995, p. 115

28/ Romero, M. "El enigma Nin", Viento Sur 93, 2007. pp. 83-90

29/ Bensaïd, D. Une lente impatience. Paris: Stock, 2004. pp. 362.

30/ Bensaïd, D. Le Pari Melancolique. Paris: Fayard, 1997

31/ Romero, M. "El enigma Nin", Viento Sur 93, 2007. pp. 83-90

32/ Romero, M. "El tiempo del reloj y el tiempo de las cerezas", Viento Sur 118, 2001. pp. 63-84

33/ Cortázar, J. “El perseguidor” en Cuentos Completos /1. Madrid: Alfaguara, 1996. pp. 233-234

34/ Romero, M. "Adios a revolucion", Viento Sur 100, 2009 [publicado inicialmente en Viento Sur 1, 1992]. pp. 196

35/ Lewis C. A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado. Madrid: Edaf, 2008 [1871]

36/ Romero, M. "Adios a revolucion", Viento Sur 100, 2009 [publicado inicialmente en Viento Sur 1, 1992]. pp. 198 y 201

37/ Romero, M. "Adios a revolucion", Viento Sur 100, 2009 [publicado inicialmente en Viento Sur 1, 1992]. p. 201

38/ Romero, M. “Mayo del 68 desde lejos: un ensayo impaciente”, en Garí, M., Pastor, J., Romero, M. (eds). 1968. El mundo pudo cambiar de base. Madrid: La Catarata, 2008. pp. 315-326.

39/ Romero, M. "Adios a revolucion", Viento Sur 100, 2009 [publicado inicialmente en Viento Sur 1, 1992]. p. 201

40/ Romero, M. "Un hombre de respuestas en un tiempo de preguntas". Viento Sur 23, 1995. p.114-120

41/ Romero, M. "Un hombre de respuestas en un tiempo de preguntas". Viento Sur 23, 1995. p.114

42/ Romero, M. "Envida Rajoy", 1 febrero 2012

43/ Romero, M. “14N, el día después. Notas periféricas”. 15 noviembre 2012

44/ Romero, M. "Desvio al lider", 4 de agosto 2013.

45/ Romero, M. "Políticas del 99%", 6 de julio 2013

46/ Vídeo charla: "¿Necesitamos líderes? Parte 3: Miguel Romero" , 2 de octubre 2013

47/ Romero, M. "Para tejer los desgarrones" (entrevista), El Viejo Topo 268, 2010. pp 27-33

48/ Romero, M. "14N, el día después. Notas periféricas", 15 noviembre 2012

49/ Romero, M. "Para tejer los desgarrones" (entrevista), El Viejo Topo 268, 2010. pp 27-33

50/ Romero, M."Luces en el túnel",12 julio de 2012

51/ Romero, M. "El "proceso constituyente" de la derecha", 7 diciembre de 2013

52/ Romero, M. "Política de Daniel Bensaïd", Viento Sur 110, 2010. pp. 83-90

53/ Bensaïd, D. Une lente impatience. Paris: Stock, 2004. p.148 (la págines de la biografía que narra el encuentro entre ambos están disponibles en: "Encuentro con “el Moro” en la España franquista de 1972")

54/ Romero, M. "El Bensa", Viento Sur 108, 2010. pp. 5-8

55/ Ver vídeo de la charla en: "Por un comunismo intempestivo: Daniel Bensaïd"

56/ Romero, M. “Al vuelo”, Viento Sur 84, 2006. pp. 4-5

http://vientosur.info/spip.php?article8716


¿Necesitamos líderes? Parte 3: Miguel Romero

2/10/2013

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