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divendres 17 de gener de 2014 | administrador
Podem

Una proposta decent

Manuel Garí

La proposición “entre la indignación y el miedo”, utilizada para describir el estado de ánimo actual de la sociedad española, tiene toda la fuerza expresiva de la simplicidad pero también todos los inconvenientes de la misma. Esa fórmula bipolar, al igual que la bella metáfora de la disyuntiva de intereses entre el 1% y el 99% de la población, no refleja todos y cada uno de los componentes del conflicto social real; ni el local ni el global. En el caso de la expresión acuñada por Occupy Wall Street se obvia la existencia y papel de las clases y grupos intermedios, subordinados al gran capital pero beneficiarios secundarios del sistema y activos defensores del mismo. En la dicotomía sobre las actitudes en la que se mueve nuestra sociedad, los olvidos son básicos: además de indignación y miedo hay adaptación derrotista de una parte de la población pero también insolidaridad y aceptación de las ideas y la moral de los poderosos de otra parte de la misma.

Para cambiar la sociedad hay que partir de su realidad. Por ello, por no tener los pies en tierra, una y otra fórmulas son inoperantes. No es una cuestión analítica o académica, sino de primer orden político. Son enunciados incapacitantes para diseñar e impulsar la resistencia y para imaginar y popularizar alternativas que devuelvan la confianza y la esperanza de la mayoría social. Asunto este nuclear para quienes tenemos como objetivo subvertir el actual estado de cosas. Esa y no otra es la función del activismo anticapitalista: poner patas arriba el sistema con la finalidad de dar una oportunidad a la felicidad de las gentes.

Miedo, indignación y rebelión

El miedo solo se puede combatir acabando con la soledad, creando desde abajo formas de acción y organización colectiva. No basta con emplazar o criticar a las organizaciones sindicales, hay que ponerse manos a la obra sin sectarismo, sin exclusiones, pero también sin ataduras ni tribunos ajenos. Ojalá se dieran las condiciones para poder lanzar la consigna de “crear dos, tres muchas mareas”, pese a sus limitaciones pero con sus posibilidades. Frente a las imposiciones y matonismo de guante más o menos blanco, a veces de hierro, de los patronos y gobernantes no podemos enfrentarnos individualmente, debemos volver a poner en valor la asociación de débiles para hacernos fuertes.

Si la indignación no se transforma en acción, en revuelta, en propuesta política antagónica puede quedar en un estado de mal humor generalizado. Puede enquistarse y acabar creando callo para seguir aguantando los desmanes. Puede acabar siendo autodestructivo. Eso significaría cerrar negativamente el ciclo de movilización abierto el 15M, perder la ocasión de torcer el rumbo impuesto por el sistema político nacido en la Transición, echar al fregadero las oportunidades de construcción de nuevos sujetos y actores políticos. Una parte de la sociedad sí que se puso en marcha. El 15M con su ocupación del espacio público, ruptura del silencio de las gentes, puesta en valor del debate político libre y exigencia de soluciones reales abrió la puerta. Luego entraron en escena las acciones directas solidarias contra los desahucios de la PAH, los paros y manifestaciones de las mareas en defensa de lo público y también algunas luchas obreras ejemplares como la de la limpieza viaria y jardines de Madrid o populares como la del barrio de Gamonal de Burgos. Paralelamente el derecho a decidir se extendía y calaba en los poros de buena parte del pueblo catalán y se reanimaba en el caso vasco. Y a la chita callando aparecen nuevas formas y propuestas y experiencias como el Procés Constituent que supone un paso aún más avanzado hacia el empoderamiento de las gentes de abajo. Y, no lo olvidemos, las próximas contiendas electorales también ofrecen la posibilidad de convertir la rabia social en propuesta política.

De debilidades y huevos podridos

Las luchas sociales y las propuestas del 15M o de defensa de los servicios públicos han tenido un amplio eco en la sociedad pese a los intentos de desprestigiarlas cuando no de criminalizarlas desde el poder económico, político y mediático de la derecha. Pero, ¡atención!, sólo una fracción reducida de la sociedad se movilizó directamente y muchas de las simpatías solo lo hicieron por “delegación”. Eso siempre ocurre inicialmente en un movimiento que anuncia un cambio pero, para que se produzca un vuelco social, no puede perpetuarse: es preciso ampliar y ampliar sin cesar los efectivos de la resistencia. Y, de nuevo, “pero, ¡atención!”, la energía del 15 M no dio, todavía, paso nuevas expresiones políticas con voluntad de crear un espacio organizado a la izquierda de las formaciones existentes que se postule como candidato a representar lo no representado

Algunas organizaciones como IU pueden beneficiarse de una pérdida de votos del PSOE e incluso concitar vanas ilusiones en un sector del movimiento huérfano de “referente”. Pero difícilmente puede producirse un cambio sustantivo en partidos como IU causado por una suerte de catarsis interna inducida por un 15M interno o por el externo, como apuntan Jordi Mir y Enric Prat (2013) en un interesante artículo publicado en Viento Sur[1]. IU ha tenido múltiples ocasiones de regeneración y sigue enredada en su lucha interna cainita y en su perentoria necesidad de gobernar a costa de lo que sea, tal como se ejemplifica en Andalucía; mientras, miles de activistas de izquierda siguen atrapados en esa telaraña tejida por el viejo PCE. Por ello la necesidad de que aparezca una opción identificada e identificable con las aspiraciones de la resistencia abierta por el 15M, deviene en urgencia.

El flujo migratorio permanente de jóvenes al extranjero, gran parte con un título universitario bajo el brazo, probablemente simpatizantes si no participantes del 15 M, ni refuerza la indignación ni solo se debe al miedo. Piensan que no hay futuro, unos lo ciñen al plano individual, otros al colectivo, todos al profesional. Es una hemorragia que debilita la indignación y la rebeldía. Pero hay más, según un reciente estudio promovido por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), titulado Los jóvenes en la sociedad del futuro, el 48,6% de las personas de 18 a 24 años aceptaría cualquier trabajo en cualquier lugar con cualquier salario.[2] Recientemente he podido comprobar directamente que muchos pequeños agricultores, además de los medios y grandes patronos, pagaban la hora de jornal de trabajos de temporada a 4 euros la hora, exactamente menos de la mitad que el año pasado.

Eso significa que hay gente dispuesta a casi regalar su fuerza de trabajo por mera necesidad, pero también pone de manifiesto que hay villanos beneficiarios. Así dicho. Al igual que la corrupción que invade los intersticios del sistema político implica que junto a los corruptos visibles e invisibles, haya corruptores perfectamente organizados y emboscados desde la esfera económica, la existencia de la precariedad implica que haya sanguijuelas sin piedad.

Pudiera parecer, porque fuerte ha sido la voz indignada, que una gran mayoría critica y no comparte la ideología vigente. Es así y no es así. Tal como expresa Esther Vivas (2013) en sus conversaciones con Teresa Forcades “El pensamiento neoliberal ha quedado fuertemente desacreditado, aunque sus valores de consumismo, egoísmo y competencia continúan muy arraigados”.[3] Las actitudes solidarias se dan al calor de las luchas, entonces crece entre las gentes los sentimientos y la identidad clasista. Experiencias como la Red de Solidaridad Popular deben ser apoyadas y publicitadas. Pero en ambos casos se trata todavía de actuaciones puntuales con una extensión limitada por el tiempo o por sus dimensiones materiales.

Una buena parte de la sociedad, sin compartir totalmente la ideología neoliberal, se refugia en su propia comodidad y se hace crecientemente inmune al dolor ajeno. Se corrompe moralmente. No es preciso cobrar comisiones para participar pasivamente de la corrupción, basta con consentirla, no es preciso explotar para ser cómplice del empobrecimiento, basta con mirar a otro lado. Ahí radica una de las fortalezas del sistema que, junto a la represión, ejerce el control de mentes, valores y sentimientos. Un sistema que, según la apasionada y contundente opinión de León Trotsky dos años antes de su muerte, arrastra al conjunto social hacia una inmoral estulticia: “La putrefacción del capitalismo significa la putrefacción de la sociedad humana con su derecho y con su moral”.[4] Un sistema, el capitalista, que, como plantea Santiago Alba, en suma, degrada la condición humana.[5]

El caso español: manual para inmorales

En nuestro país el asunto es especialmente grave. Los años del crecimiento inmobiliario-financiero-especulativo embarcaron a millones de haciendas, bolsillos, sueños y, lo que es más grave, conciencias en el enloquecido money, money, money sin tino. Buena parte de la clase media y sectores bien remunerados de la clase obrera, inducidos desde arriba,[6] se sintieron ricos tras pedir una hipoteca sobre una vivienda, llevados de la ilusión monetaria: el precio de las viviendas crecía sin cesar.

Este fenómeno lo explica muy bien, al describir la mentalidad de los profesionales argentinos moradores de los country del cinturón lejano bonaerense antes de que estallara el corralito de 2001, en Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro: “Todos especulábamos con cuánto aumentaba día a día el precio de nuestras casas y hasta dónde podía llegar. Cuando multiplicábamos la superficie de nuestros inmuebles por el valor de los metros cuadrados sentíamos el placer que pocas cosas producían. El placer provocado por el algoritmo”. Allí como aquí, pero aquí el movimiento especulativo llegó a capas muy populares que en su ingenuidad se sintieron nada menos que propietarias de una casa hipotecada, ello deterioró su capacidad de raciocinio y resistencia y, en el caso de los que participaron directamente de la fiesta inmobiliaria –que llegó a determinar el 21% del PIB– pulverizó, como describe Rafael Chirbes En la orilla, su decencia. Véase el estado de ruina moral del, en tiempos, progresista País Valencià. El asunto también salpicó (y atrapó) a una generación joven, urbana, ilustrada y progresista –probablemente madrileña– como narra en La habitación oscura Isaac Rosa: “…pero el cálculo era sencillo y siempre salían las cuentas: el pequeño piso sería la semilla del piso mayor y este a su vez germinaría en la casa unifamiliar, el dinero generaba más dinero, multiplicábamos mentalmente metros cuadrados por precio actualizado (…) para no perder velocidad (…) hubo también que conquistar ascensos”. Nuevamente, como en los tiempos del Víctor Hugo de Los miserables, la literatura disecciona la realidad social con más profundidad que buena parte de los analistas canónicos.

Uno de ellos, Fernando Vallespín[7], propugnaba recientemente recuperar una ética pública de la mano de una nueva catarsis, nuevos políticos creíbles con “un nuevo campo de juego, nuevas actitudes radicales compartidas por todos”. Para, lo que, decía, no nos sirve de mucha ayuda la Transición porque la nueva clase política renovada entonces fue posible gracias a “la amnistía y el “olvido” de lo anterior. “Un verdadero borrón y cuenta nueva” y ahora es preciso para Vallespín el recuerdo activo de la etapa reciente que propone cerrar. El politólogo no acierta al considerar que la Transición posibilitó una nueva ética pública o, al menos, en mi opinión, no una ética encomiable. ¿No es más cierto que la aceptación de la amnistía para el franquismo político, militar, judicial y económico impidió el nacimiento de una nueva legitimidad política democrática? ¿No es más cierto que ese tránsito entre dictadura y democracia de gerifaltes del régimen, banqueros y constructores pudiera parecerse al milagro de la purísima concepción que permitió que la semilla del espíritu santo anidara en mujer sin pérdida de virginidad como el rayo que atraviesa el cristal? ¡Magia! Ahora estoy en dictadura y ¡hella hop!, ahora en democracia, y además impongo las reglas del juego democrático. Eso cercenó la moral y las ilusiones del movimiento social. Eso supuso un primer golpe a la conciencia popular.

Luego vinieron más y no me refiero a los que seguían llegando hasta hoy desde las cavernas de la derecha política, mediática y eclesial (todos ellos se dan por supuesto), me refiero a los que infligió el propio PSOE: apuesta por la desindustrialización, la precarización, la OTAN y el GAL que, junto a las puertas giratorias, introdujo el cinismo moral en el seno de la propia izquierda política. El terrible espectáculo del gasto suntuario y desvío de fondos públicos destinados a la formación por parte, de momento, de UGT de Andalucía o el que los mismos sindicatos mayoritarios, tanto CCOO como UGT, que deben enfrentar los ERES y los ERTE en la empresas estén practicándolos en su interior con sus plantillas o las de las entidades y fundaciones afines mientras sus directivos no sufren merma en las retribuciones salariales, es una indignidad y un atentado contra la ética del movimiento obrero, con efectos devastadores en el ánimo y moral de afiliados y cuadros sindicales.

Está claro que la cosa viene de lejos y se ha degradado en los años del boom y posterior crisis. Ahora seguimos viviendo en esa miseria moral. Si hay que levantar una bandera ética frente a la hegemónica, habrá que empezar de nuevo, desde cero y desde abajo.

La ética del 15M

El movimiento de las plazas y luego las mareas establecieron reivindicaciones y propuestas, pero, además supusieron un grito ético, aspecto este pocas veces considerado. Un grito contra la miseria moral de la “clase” política, del régimen de la reforma, del sistema económico, de la existencia cotidiana. De pronto volvían a ponerse en valor de forma balbuceante, en gran medida autodidacta y sin conexión con el pasado, términos como igualdad económica, emancipación, autorrealización e ideas solidarias, de defensa de lo común, de lo público, de lo nuestro. El viejo topo de la historia haciendo de las suyas. Este elemento ético será uno de los de mayor permanencia en el tiempo de los surgidos en Sol y en las plazas de cada lugar. Una de sus mejores aportaciones, una de nuestras mejores herencias.

En toda sociedad, y se ha repetido hasta la saciedad desde Marx, la ideas y la moral dominantes son las de la clase dominante. Pero también sabemos que para enterrar al capitalismo además de propuestas políticas, económicas, antipatriarcales y ecológicas (y de lucha, mucha lucha) debemos levantar una ética alternativa a la vigente. Es más, las propuestas serán más o menos acertadas “técnicamente” pero deben responder y configurar un nuevo universo ético en pugna con el de la clase dominante. En pugna porque es ilusorio pensar que se podría establecer una ética pública abstracta, común y general, inmune al conflicto social. La batalla que se libra por la hegemonía en la sociedad entre quienes defienden a los de arriba y quienes pugnan por las gentes de abajo también se libra en el campo de la ética.

Podría pensarse, llevados de una lectura insolvente de los clásicos revolucionarios, que esa labor es de segundo orden. Ello significa que no se entendió nada. A la acción política siempre le precedió la opción ética. Un caso claro es el Ché, del que conviene seguir tomando nota. Joaquín Sempere[8] por su parte y Terry Eagleton[9] por la suya, ponen en su lugar las motivaciones y el hilo conductor éticos de Carlos Marx. Un caso moderno es el zapatismo en el que el debate sobre estrategia y moral es indisoluble, partiendo de la idea de Marcos de una “ética crítica”. En nuestra cabeza y en nuestro corazón todavía recordamos la impronta ética del discurso, la obra y la acción de Daniel Bensaïd, sin la cual es imposible comprender su trayectoria. Conviene al respecto leer y releer su Marx intempestivo. Y más cerca en el tiempo tenemos los debates sobre los fines y los medios en torno al caso sirio, en el que Santiago Alba ha reivindicado la necesidad de un criterio ético sin condescendencias.

En síntesis toda crítica a la realidad y todo proyecto alternativo, deben tener detrás una dimensión ética. Tenemos pues ante nosotros una tarea más que viene a sumarse a las existentes. Podríamos situar en dos planos la ética necesaria. Por un lado en el de la propuesta sobre el modelo de sociedad, de democracia, de economía, de metabolismo sociedad/naturaleza; podríamos calificarla de ética de los objetivos y contenidos. Tenemos que recoger y poner en relación las aportaciones ecosocialistas, ecofeministas, demoigualitaristas comunitario/colectivistas basadas en la solidaridad y la participación activa de las gentes en su destino.

Por otro, existe el plano de la ética de la acción en la sociedad, en la lucha de clases, en el conflicto político, pero también en la forma de debatir, organizarse y decidir en el seno de las organizaciones sociales y políticas; podríamos denominarla como una ética de los procedimientos, en la que debe imperar la fraternidad y la lealtad entre iguales y libres que luchan por una nueva sociedad. Esto implica aprender a relacionarse lejos de la lacra autoritaria estalinista que sigue coleando en muchas organizaciones cuya política sin embargo no puede ser calificada de tal, lejos de las pugnas por el micropoder que justifican el engaño y la maniobra, lejos de entender la organización política y los cargos electos como una plataforma de los propios intereses y ambiciones, lejos de los debates con formas fratricidas y excluyentes para que en las organizaciones impere el clima que Miguel Romero describía en recuerdo de Silvino Sariego, “cuando amistad y revolución eran inseparables”.

El Manifiesto “Mover ficha: convertir la indignación en cambio político” [10] puede ser, como para Rick y Louis en Casablanca, el principio de una bella amistad. Amistad/alianza entre las gentes razonables y por tanto rebeldes y la millonada de “cuentapendientes” sin-fortuna y con-dignidad. El Manifiesto puede ser hoy la expresión política de las aspiraciones que surgieron en las plazas el 15 de mayo de 2011. El que pase de la potencia al acto va a depender de la inteligencia, lealtad y generosidad de sus promotores y de las personas y colectivos que lo apoyen. De ir adelante y sustanciarse en una candidatura electoral, son muchos los retos políticos, organizativos, mediáticos y financieros que tendrá que resolver para lograr influir en el voto de una parte significativa del electorado, de manera que se abran nuevas posibilidades para el electorado de izquierdas en las siguientes confrontaciones y sobre todo que tengan altavoz político la indignación y la rebeldía. De ir adelante, su primer triunfo será que el movimiento social y las gentes de abajo lo vean como diferente en primer lugar porque lo perciban como decente hacia fuera y por dentro. Eso, una propuesta decente.

15/01/2014

Manuel Garí forma parte de la Redacción de VIENTO SUR

Notas

[1] Mir, J y Prat, E (2013) “15-M: intentos de aproximar ética, política y democracia” en Oxímora. Revista internacional de ética y política, núm. 3, 2013, puede encontrase en http://vientosur.info/spip.php?article8615

[2]http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/09/actualidad/1389273110_675496.html

[3] Forcades, T. y Vivas, E., (2013). Sin miedo, Icaria, Barcelona.

[4] Trotsky, L., (1938) Su moral y la nuestra, https://www.archivoleontrotsky.org/...‎

[5] Alba Rico, S. y Fernández Liria, C. (2010), El naufragio del hombre, Hondarribia: Hiru Argitaletxea.

[6] Sobre el papel de la clase dirigente y en concreto de los politicastros del PP Montoro y De Guindos (y de las inconsecuencias de Zapatero y en concreto de Sebastián) en ese engaño generalizado que fue el boom de la construcción, véase algunas perlas que trasladé en el artículo en Viento Sur en 2012 Crisis, financiarización de la economía y modelo productivo. Hoy merece la pena leer lo que decían ayer.

http://www.vientosur.info/IMG/pdf/Crisis_financiera_y_modelo_productivo.pdf

[7] Vallespín, F. “Atrapados en el pasado” en El País, 9/1/2014

[8] Sempere, J., (1983), “Marx, marxismo y ética” en mientras tanto 16-17, Barcelona, agosto-noviembre de 1983

[9] Eagleton, T. (2010), Los extranjeros. Por una ética de la solidaridad, Paidos, Barcelona, 2010

[10] http://es.scribd.com/doc/199547061/Manifiesto-Mover-Ficha


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