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Anticapitalistes
  
dilluns 22 de juliol de 2013 | Manuel
Solidaridad desde abajo: nuevo reto, nueva tarea

MANUEL GARÍ

La crisis se presenta larga y duradera, y sus consecuencias devastadoras. Entre estas cabe señalar dos especialmente graves en los países comunitarios del sur. Una inmediata y novedosa para las generaciones actuales: millones de personas empobrecidas abruptamente tienen como principal preocupación y ocupación diarias sobrevivir. Otra más larvada que puede agudizarse en breve y tener efectos estructurales de largo aliento: la desvertebración social, la pérdida de textura de las clases trabajadoras, la desaparición de señas identitarias populares comunes. Si la primera consecuencia de la crisis amenaza la vida y la dignidad de las personas, la segunda amenaza la vida y la dignidad del pueblo de izquierdas.

Y, si no damos un giro copernicano a la correlación de fuerzas, la salida de la crisis, lejos de “restablecer” los derechos y situación anterior de la mayoría social como si lo ocurrido desde 2007 hubiera sido simplemente un mal sueño como piensan quienes califican esta etapa como mera anomalía, puede significar un escenario dantesco: mayor concentración de la riqueza a la par que nuevos y mayores sufrimientos humanos y un debilitamiento creciente de los proyectos colectivos populares. O sea, un triunfo del capitalismo puro y duro. Como la mayor parte de la vida del mismo. Pero el agua no pasa dos veces por el mismo punto del río. En cada fase del capitalismo junto a los elementos comunes aparecen nuevas características y modalidades de la explotación de la mayoría por la minoría. Y también de las formas de lucha y tareas para la izquierda.

Brecht hoy no tiene razón

Actualmente no puede plantearse el dilema ante los “desamparados de la calle veintiséis con Broadway” en los términos en los que lo hizo Brecht en su bellísimo Refugio nocturno. En 2013 no funciona la oposición entre cambiar el mundo y “hacer más corta la era de la explotación” por un lado y trabajar para que “algunos hombres tengan cama por una noche (…) resguardados del viento y la nieve a ellos destinada en la calle” por otro. No sé si alguna vez funcionó la dicotomía, pero hoy, desde luego, no.

La izquierda social y política no puede reducir sus tareas a la denuncia de la situación –cosa imprescindible-, la resistencia movilizadora frente el austericidio –tarea titánica- o la construcción de una expresión político-electoral alternativa al neoliberalismo –asignatura pendiente-. La izquierda debe también poner en pie un tejido solidario popular que permita solventar -o intentarlo- los problemas más acuciantes del pueblo trabajador ante la desposesión a la que está siendo sometido, y con ello mantener en pie lazos e identidades, dignidad y cooperación, sentido de pertenencia y proyecto común. O, sea, más madera: más trabajo para una izquierda con poco músculo y más responsabilidades para una izquierda con poca implantación. Pero de la asunción hoy de ese cuádruple reto dependerá la robustez y audiencia futuras de una izquierda útil para la emancipación social.

Ganar hoy para la lucha a amplias capas requiere previa y simultáneamente que la conciencia de clase no se disuelva aún más como un azucarillo en agua de la mano de la desesperación individual que es el mejor caldo de cultivo para las opciones populistas y fascistas, así como para las sectas religiosas (grandes y pequeñas). La necesidad perentoria masiva existe, es un dato de la realidad, cerrar los ojos y no actuar ante ella es dejar el campo expedito a terceros. Buena prueba de ello, fuera de los márgenes de la UE, es que las revoluciones árabes todavía no han conquistado la hegemonía en la mayoría popular porque amplios sectores de las gentes de abajo están vertebrados cotidianamente para solucionar muchos de sus problemas por dirigentes político-religiosos reaccionarios que mantienen una influencia ideológica y política determinante en el seno del pueblo. Buena prueba de ello es la rápida expansión en muchos países de las opciones evangelistas auspiciadas por los neocon norteamericanosque no solo reparten biblias, también dádivas, pensamiento neoliberal y propuestas políticas. Buena prueba de ello es la permanencia y fortaleza en nuestro país de los tinglados de caridad católicos, presentados por los obispos como reclamo para señalar la casilla de donación a su iglesia en la declaración del IRPF y utilizados como mecanismo de legitimación social. Buena prueba de ello, en definitiva y acercándonos directamente al campo político, es que en Grecia la disputa en torno a la pobreza y la lucha por la hegemonía entre los más pobres –y por extensión entre el conjunto de desposeídos- se da precisamente en las tareas de ayuda directa a las capas más castigadas entre Amanecer Dorado y Syriza.

Contra la beneficencia

Las actuaciones de apoyo religiosas, populistas o fascistas tienen una característica común, hay donantes y receptores diferenciados, lo que exige que haya un centro mediador que verticalmente discrimine cómo y a quién se beneficia. Y una consecuencia común: los receptores pasan a ser clientes dependientes de quien parte y reparte. En el caso de las ricas damas católicas de la beneficencia, quien mejor ilustró en el siglo XIX su quehacer fue la revista anarquista Révolte al calificar los centros de reparto como “casas en las que la filantropía burguesa se esconde “avergonzada” para devolver a los hambrientos algo del pan que les robó”, centros que Pissarro plasmó en uno de sus dibujos del cuaderno Desgracias sociales en el que muestra la cola de indigentes agolpados para recoger el mendrugo de cada día. No es casual que para hablar de hoy, haya que recurrir a imágenes de ayer.

Especial mención merece la caridad practicada desde el entramado filantrópico capitalista norteamericano por dos razones: en primer lugar por su influencia en las sociedades occidentales que ha marcado la pauta del mismísimo negocio de la cooperación internacional y la beneficencia local, y también, obviamente, por el poderío económico que lo sustenta. Baudelaire con décadas de anticipación describe la actuación de la beneficencia capitalista actual con su cinismo habitual en el Poema 49 de El Spleen de Paris “¡Matemos a los pobres!”. Primero se les roba y apalea, luego se les da la limosna. Primero se conculca sus derechos y se les arrebata lo que tienen, luego hay que organizar la “ayuda”, nuevo nicho de negocio. Eso y no otra cosa es la quinta esencia del capitalismo compasivo de Bush y sirve de base para las teorías del capitalismo filantrópico de Mattew Bishop y Michael Green. La donación al servicio del mantenimiento de la desigualdad, o lo que es lo mismo al servicio de la perpetuación del capitalismo. Expresión ésta lejana y alejada de las bienintencionadas aunque inanes palabras del propio Adam Smith cuando afirma en la Teoría de los Sentimientos Morales que "por egoísta que pueda suponerse al hombre, evidentemente hay algunos principios en su naturaleza que lo interesan en la fortuna de los demás y hace su felicidad necesaria para él, aunque no saque nada de ella salvo el placer de verla”. Los neoliberales y tacheristas por no ser ni liberales tienen que traicionar a su propio fundador.

Solidaridad versus caridad

La gravedad de la situación exige por un lado poner en pie estructuras operativas de intervención inmediata sobre las carencias perentorias y por otro impulsar fórmulas de organización de la producción, intercambio y distribución que posibiliten medios de subsistencia a sectores crecientes de desempleados en un previsible largo “mientras tanto” llegan soluciones poscapitalistas. En esta tribuna se aborda la primera parte de la ecuación, en el futuro reflexionaré sobre las fórmulas no capitalistas de la economía en una sociedad capitalista.

Ante la emergencia social la izquierda social y política debe poner en tensión todas sus organizaciones, todos sus recursos, instalaciones y locales de reunión –ocupados, alquilados, cedidos o en propiedad- para impulsar la autorganización de las personas con problemas. ¿Qué hacen los sindicatos que todavía no han constituido sus sedes en centros de organización del combate contra la miseria y la exclusión? Es necesario montar décadas después en nuestro país fórmulas de socorro rojo que sustenten el apoyo mutuo. Y ejemplos positivos más cercanos en el tiempo los podemos reconocer en las experiencias latinoamericanas de las ollas comunales y otras.

Una primera característica de la solidaridad activa desde abajo entre y para los de abajo, es que no se trata de actos individuales que tranquilicen la conciencia de quien puede dar, sino un esfuerzo colectivo mancomunado para solventar problemas en el que, al igual que en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, la participación de, permitid la repetición, los afectados sea decisiva. Se trata de montar sistemas de cooperación participativos entre quienes comparten problemas, los vivan en su propia existencia presente o todavía no, sin que se prefigure una jerarquía en el mecanismo de decisión y ejecución de la solidaridad. Todas las personas son donantes y potenciales beneficiarias. Como consecuencia se impulsarán nuevas conexiones sociales en torno precisamente a la izquierda social y política.

Los campos de colaboración son innumerables, basta con seguir el rastro de la ausencia de políticas públicas ante las necesidades básicas: alimentación, vestido, alojamiento, asesoramiento sanitario, medicamentos, educación, cultura, represión policial y judicial, ayuda jurídica… que pueden permitir la cooperación de productores de alimentos, personal sanitario, juristas, enseñantes, parados y paradas coordinados en la lucha por defender los servicios públicos y los derechos sociales y, a la par, convertir cada metro cuadrado de los locales sociales y sindicales en un centros de organización de la lucha contra la emergencia social. Y hacerlo de forma unitaria exenta de sectarismo, exclusivismo o particularismo, aceptando la heterogeneidad y pluralidad de formas y temas de acción. Con ello no lograremos la solución definitiva de los problemas acuciantes pues las limitaciones son evidentes ante la magnitud del ataque capitalista, pero sí su socialización, puesta en común y construcción del proyecto de resistencia colectiva. Ello servirá de nueva argamasa para seguir reivindicando el conjunto de reivindicaciones pendientes y derechos necesarios. Y por tanto para avanzar en la construcción de una nueva hegemonía de la izquierda sobre bases alternativas anticapitalistas.

El apoyo mutuo

No viene mal, nada mal, en los tiempos que corren retomar de nuevo palabras hermanas pero ajenas de un autor, Piotr Kropotkin, que militó en la otra alma del movimiento obrero, en el anarquismo. Palabras que pueden servir para orientar las tareas propuestas de solidaridad desde abajo: “la sociedad, la humanidad, de ningún modo se ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres (…) que obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos".

16/07/2013

Font: Viento Sur


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