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dilluns 15 d’abril de 2013 | Manuel
Los hijos de papa nunca fracasan

Jose Luis Corzo

Parece una mentira. Suena a racismo. ¡Si ya no hay clases! Es un título con complejo de inferioridad. ¡Como si los ricos no tuvieran hijos tontos, ni nunca fueran listos los hijos de los pobres! En todas partes cuecen habas.

Sí, pero más que a los hijos, nos referimos a sus “papás”. Sólo con sus recursos más abundantes y mejores que los pobres, si un hijo les sale malo, vago o más flojo, estos “papás” pueden buscarle apoyos y remedios. Pero la cuestión no está en los recursos compensatorios en caso de emergencia, sino en el habla familiar (que todo lo lame con su lengua).

¿bienestar es cultura?

Con la democracia ya todos creemos –justamente– en la igualdad de oportunidades. Y es verdad, los pobres han podido subir muy por encima de lo po- sible a sus padres y abuelos. El desarrollismo español y, luego, la adhesión europea, han creado una inmensa clase media que llena las ciudades y los pueblos españoles en una especie de amalgama social homogénea. La división entre ricos y pobres es menos visible. Hay garantías sociales que han elevado a todos su nivel de vida, tejido con las pensiones de los abuelos, con la sanidad general, con las hipote- cas al alcance de cualquier sueldo “fijo” y con la escuela “única igual para todos”... Se dice que nunca se ha vivido en España como en estos cuarenta años y, se diría, que las clases sociales han desaparecido, si no fuera por esta maldita crisis actual que nos ha explotado en las narices y barrerá buena parte de esa clase media repentina.

Todo al alcance de todos: coche, electrodomésticos, vivienda, vacaciones, becas... Todo, menos algo difícil de observar: la igualdad cultural. El nivel medio de cultura sigue muy bajo en nuestro país y así lo gritan muchos indicadores (editoriales, artísticos, mediáticos y, desde luego, académicos). Las causas vienen de lejos y atraviesan 40 años de guerra civil y de franquismo, pero no es casualidad que el llamado fracaso escolar siga enquistado en España desde la Reforma educativa de 1990, como un mal crónico.

Con la EGB –la enseñanza general básica de Villar Palasí (1970)– el fracaso se camuflaba mejor: durante los años 80, el fraude, como lo denunció tantas veces nuestro MEM, era contar los alumnos que no obtenían el Graduado escolar en 8º curso (y
salía un 24 %, más o menos, que ya era mucho), pero sin contar nunca los que abandonaban la escuela antes de 8º (y hubiera salido más de un 30%). Al elevar la LOGSE (1990) la edad escolar obligatoria hasta los 16 años –sin haber reducido antes las cifras del fracaso– se rompieron todos los topes: los profesores de la Secundaria obligatoria no aguantan la rémora de tanto suspenso, ni los alumnos soportan tanta escuela forzosa. El alto fracaso escolar ejerce de clasismo encubierto y el reparto de la tarta se mantiene, pero hasta los 16 años es una tortura para muchos y, lo que es peor, una tentación intermitente de volver al clasismo de siempre: que los últimos se vayan cuanto antes a la vía de servicio o a la “garantía social”.

fracaso escolar y clase social

Analizar aquella decisión política de la LOGSE requiere cautela, pero puede que tener a los chicos en la escuela hasta los 16 años descongestionara el paro. El caso es que hoy lo progresista es mantener el “café para todos” y, lo reaccionario, introducir reválidas y “excelencia” para seleccionar al personal descaradamente.

La tarta de los hijos de papá quedará a salvo con sus coles concertados, sus veranos en Irlanda y, en último término, con alguna formación profesional de calidad, mientras los españoles no nos digamos a la cara, claramente y ante el espejo, que el fracaso escolar se ceba en los hijos de la pobre gente. Y hay que atreverse a distinguir a unos y a otros sin miedo. Es un reto a maestras y maestros y a toda la ESO.

los papás de raza

Uno no se hace “papá” así como así, sin antes haberlo vivido como hijo. Los papás de raza aprecian el estudio, los buenos colegios, la universidad... y dan por hecho que sus hijos, pase lo que pase, serán como ellos. Se trata de una atmósfera familiar que, sin haberla respirado alguna vez en los hogares y en los ambientes de los ricos, no se sabe apreciar. No tiene nada que ver con el aire de los recién llegados al bienestar y al dinero y que todavía veranean en el pueblo con los abuelos. Una generación no basta para hacer un “papá” y una “mamá”. Se requieren horas y horas de salón, de hablar de todo lo habido y por haber; de hablar sobre cualquiera y con cualquiera, siempre por encima de todos, nunca inferior a nadie.

Sería un error pensar que de estos burgueses ya quedan pocos o que se han diluido en los nuevos barrios de garaje y piscina o en las infinitas urbanizaciones de campo y playa con chalets adosados, todos llenos de nuevos ricos (al borde de la hipoteca, casi siempre). Los miles de coches familiares de gran cilindrada y la forma de comprar en el “súper” con tarjeta de crédito y un carrito a rebosar no debió confundirnos. Todo ello pertenecía a la economía europea desarrollista, pero apenas tocaba la cultura [sino para aniquilarla] ni elevaba a las familias a otra clase social. En cualquier caso, si la apariencia de los arribistas y nuevos ricos nos engaña alguna vez, los papás de raza no engañan nunca. De ellos a los polígonos de viviendas populares, a los transportes de cercanías a las horas punta, etc., hay un abismo evidente.

es el lenguaje, estúpido!

La cultura sigue dependiendo del lenguaje. ¿Tú aún no estás convencida, lectora, o lector? Deberías pensarlo más: es una raíz de la sociología y la antropología, no sólo de la semiótica. El lenguaje es quien marca nuestra relación con el mundo y con los otros. Nada menos. Y, dicho así, significa que el lenguaje lo abarca todo: lo evidente y lo problemático, lo habido y por haber, los lugares comunes –¡tan fáciles de habitar!– y los lugares más exclusivos. Dime tú de qué hablas, a quién entiendes, con quiénes comunicas... y yo te diré quién eres.

Pero lo más decisivo es esto: con lo anterior no he dicho que la cultura de los ricos sea mejor. Sino sólo que los pobres, por falta de palabras, no logran defender su cultura ni recrearla (¡con la que está cayendo!) y que están en peor situación cultural. Porque la cultura se hace con lenguaje y nuestras relaciones con todo lo demás cuajan en palabras. Dominar o respetar, compartir o aprovecharse no es igual.

Los hijos de papá viven una cultura sólida. Que no me gusta nada. Pero ahí está. Y lo peor es que la escuela y la universidad pertenecen a esa misma cultura y ayudan a defenderla. En cambio, los “pobres” – y no hace falta que lo sean de dinero – carecen de cultura propia; con sus palabras repiten las cosas, pero son incapaces de hacerlas nuevas. Y, si encima, fracasan en la escuela de todos (que era la de los ricos), quiere decir que ni se hacen con la cultura dominante ni cultivan la propia para cribar la oficial desde su experiencia.

(Confío en que ya baste esta alusión, porque toca la médula de dos propuestas pedagógicas gigantescas
poco asimiladas: Paulo Freire y Lorenzo Milani. En ambos, dar la palabra a los pobres no significa darles las nuestras, sino que puedan elaborar las suyas).

diferentes culturas

El vocabulario (el léxico, el diccionario...) nos es común, pero con él decimos cosas muy distintas. La falta de palabras (comunes) te excluye, si te impide comprender y expresar, ¡cuánto más crear nuevas relaciones con lo otro, los otros y el Otro!

Mi inolvidable amigo Enrique Iniesta, amante del lenguaje, me señaló hace muchos años (1988) un pasaje del semiólogo Umberto Eco que le recordaba a Milani:

Ni Bernardo ni los arqueros ni yo mismo comprendíamos lo que decía en su lengua campesina. Aunque hablase, era como si fuese muda. Hay palabras que dan poder y otras que agravan aún más el desamparo, y de este último tipo son las palabras vulgares de los simples, a quienes el Señor no ha concedido expresarse en la lengua universal del saber y del poder” (El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona 1986) p. 404.

Si las culturas son diversas no es porque cada una tenga su propio vocabulario. En los años 50 del siglo anterior Pier Paolo Pasolini sorprendió a la cultura italiana al mostrar en sus novelas el lenguaje juvenil de los barrios bajos romanos. Algo parecido
hizo bastantes años después Francisco Umbral al reunir el cheli barriobajero. Ambos divulgaron una jerga llamada a desaparecer muy pronto, porque la norma la impone la lengua universal del saber y del poder, la que la escuela oficial reparte o niega, y la que hoy implacablemente imponen los medios de comunicación de masas. Ellos son la gran novedad cultural del s. XX: ofrecen a masas incontables tres puntos clave de la cultura: el vocabulario, los temas y, sobre todo, los puntos de vista.

La diferencia entre unas culturas y otras –más que en los vocablos– está en las zonas de realidad que logran apalabrar. El mundo se ha ido apalabrando en todas partes a medida que se hace consciente. Algunas zonas son comunes a todas las culturas –la naturaleza, la alimentación, la vida y la muerte, la fiesta y el dolor, el amor y el destino...– y, por eso, decimos que cada pueblo tiene su cultura y ninguna es mayor que la de otros. Hay palabras ineludibles y profundas que marcan el sentido del vivir humano en cada pueblo, aunque –a temporadas– esos relatos y discursos tan hondos parecen sumergidos e inconscientes. Pero después, no todos los humanos, ni todos los pueblos, ni todas las épocas afrontan igual todas las realidades, ni desde el mismo punto de vista. Y ahí surgen muchas diferencias. La escasez, el paro, el hacinamiento familiar, el sudor del trabajo físico... no se ven desde casa de papá, donde apenas se nombran. Pero quienes viven con eso –no sólo deben nombrarlo sin avergonzarse– sino mirar desde ahí otras cosas del mundo (que la cultura dominante ya nombra a su manera).

En rigor, no existe una democracia real donde no puedan aflorar las diferentes culturas de un país. Las ideologías políticas son otra cosa.

raíz y remedios del fracaso

Pues aquí asoma la raíz profunda del fracaso escolar: la escuela nombra muchas zonas del mundo que no todos comparten. O peor: la escuela ignora zonas vitales en la vida y en la perspectiva de los pobres. Así que coloniza desde casa de papá (¿o acaso desde la tele?), pero no desde la vida común. Así daña a Gianni (el chico campesino de Carta a una maestra), pero –¡mucho más!, como dice la carta– a Pierino, el hijo del doctor. A uno le excluye y le deja sin palabras; al otro, sin realidades. El suspenso se lo lleva Gianni (pero el fracaso, no).

Para buscar soluciones al fracaso hay que tener coraje. A no ser que sólo busquemos colonizar mejor al mayor número posible de chavales. Pero queremos más.

La Carta a una maestra dio en 1967 tres remedios contra el fracaso: dos eran coyunturales – de leyes y decretos– y, otro, más de fondo, y cuesta comprenderlo. Que nadie repita curso en la escuela obligatoria, era el prime- ro, porque (2o), si alguno parece tonto o atrasado, hay que aumentarle las horas de aprender. Pierino en su casa tiene escuela “a tiempo pleno”, pero Gianni, no. Por eso los actuales recortes de profesores y actividades de apoyo le perjudican mucho a él.

El tercer remedio mira a las chicas y chicos pasotas, que parecen no tener interés cultural alguno. “Hay que darles otra motivación”. ¿Cuál? Resulta difícil “apalabrarla” y se rechaza antes de reflexionar. Lo diré de la forma más cruda posible: el motivo de la escuela es el ideal de la “lucha de clases”. Lo puedo endulzar así: es el ideal de la justicia social. Y aún más: es el ideal compensatorio de ayudar a los últimos. Y “para recordarlo a diario” (como dice la Carta): es el ideal de entender a los demás y explicarse ante cualquiera. La jerga psicopedagógica diría que a la escuela se va a tomar conciencia de la realidad propia y ajena (si no falla el coraje).

Se diga como se diga, lo más doloroso es comprobar lo lejos que está nuestra escuela de cualquiera de estos ideales. Y es que, sin duda, la nuestra es la escuela del arribismo, de la lucha de clases, ciertamente, pero desde el lado de papá.

todo a su favor

Hace unos años –en los 80– recibí una llamada de teléfono de un buen amigo socialista que me decía muy alarmado: “¿te has enterado?”. ¿De qué?, le respondía yo, y él insistía: “Pero ¿no lo sabes, no te has enterado?”. “El gobierno (socialista) acaba de autorizar la universidad privada en España”. Confieso que no cogí al vuelo la razón de su alarma. A mí no me parecía tan mal, con una carrera en la privada. Aunque más que privada era extranjera, según caí después: la pontificia de Salamanca, que estaba contra el monopolio franquista en educación y a favor de la universidad no estatal. No le comprendí a mi buen amigo hasta que dijo: “a partir de hoy, los hijos de papá tendrán su carrera cueste lo que cueste”. Y así ha sido. Y toda la escuela obligatoria conduce a ello: acaban por tragársela entera (¡y peor para los cristianos concertados que los ayudan!).

la peor humillación

Lo que ahora más me duele, ni siquiera es la causa oscura de tanta diferencia, como ya la intuía Carlos Cano en una de sus canciones:

Yo no creo que el sombrero/ les toque en la tómbola/ a esos gachós trajeaos/ que viven de ná. / Que lo roban, lo roban, / con cuatro palabritas finas/ lo roban.

Me duele mucho más esta legión de pobres alumnos y alumnas (cerca del 40 % no acaban la ESO) que la escuela de papá no ha logrado ni concienciar siquiera de su propia realidad personal y de clase, y que, ahora (encima de que ni pueden rebelarse), hay que tenerlos por “fracasados escolares”, porque la cultura de papá no les motivó. ¿Cómo les iba a motivar? Se necesita la ambición de papá y mamá. Y se necesita ignorar que es la cultura del libre mercado, la del abismo Norte y Sur, la que hace pagar al pueblo –casi sin rechistar– la crisis de banqueros y políticos universitarios corruptos.

¡Ella es quien fracasa!, si no logra doblegar a un 40 % de chicas y chicos que amamantó en sus aulas desde preescolar y que –sin saberlo, pobrecillos– le escupen a la cara su título (su cartón, como dicen en Latinoamérica).

maestras y profesores

Se necesitan maestras y pro- fesoras nuevas, profesores y maestros capaces de denunciar –con las palabras de todos– a esta cultura hueca. Y capaces de provocar otra. Podrían empezar con la de “El Salustiano” (la canción ya citada). No sería un papá, pero sí un posible abuelo de muchos jóvenes de hoy, alumnos del botellón cultural dominante:

Hasta un pueblo d’Alemania ha llegao el Salustiano / con más de cuarenta años y de profesión el campo, / pa buscarse l’habichuela y ahorrar algunos marcos / y que pueda la parienta comprar algunos marranos. (“A duras penas”, Fonomusic 1975).

Font: Educarnos 2012, 59: 10-13


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