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Anticapitalistes
  
diumenge 1 de febrer de 2004 | X. Layret
El proceso constituyente europeo: construir una alternativa


El fracaso de la Conferencia Intergubernamental de Bruselas era en cierto modo previsible. Sin embargo es difícil de creer que las disputas por el reparto de poder sean un obstáculo insalvable. Lo que está en juego es perfilar la Unión como un andamiaje tecnocrático al servicio de un nuevo ciclo de hegemonía capitalista. Para ello se pretende dotar al proceso de la simbología adecuada y “blindar“ una Unión antidemocrática y antisocial. Este Proyecto debe ser rechazado aunque genere una crisis, que puede ser fecunda y permitir recomenzar sobre nuevas bases.


Conferencia Intergubernamental: un fracaso previsible

El fracaso de la Conferencia Intergubernamental de Bruselas era en cierto modo previsible. La carencia de un modelo político y económico capaz de afrontar las presiones de Washington y la apresurada asunción de la ampliación al Este como una operación poco más que neocolonial, han terminado por aparcar -al menos de manera provisional- el Tratado constitucional impulsado por la Convención.

Aunque es difícil creer que las disputas por el reparto de poder en el Consejo sean un obstáculo insalvable para la resurrección del Proyecto Giscard, lo que está en juego, sin embargo, sigue siendo lo mismo: completar y estabilizar la tarea prefigurada en Maastricht, que aprovechó el hundimiento del bloque soviético para perfilar la Unión como un andamiaje tecnocrático al servicio de un nuevo ciclo de hegemonía capitalista.

La simbología del proceso y sus pretensiones

No tiene demasiado sentido discutir en términos jurídico formales si se está ante una Constitución o ante un simple Tratado. Lo importante es la carga simbólica de la terminología utilizada y lo que se persigue con ella: “blindar” una comprensión de la Unión de escasas credenciales democráticas, anti-social e incompatible con los intereses de la mayoría de sus habitantes y de los pueblos más castigados del planeta.

Antes y después del fiasco de Bruselas, no han faltado voces partidarias de rescatar el Proyecto de la Convención como un “paso adelante” en relación con los Tratados anteriores y como una alternativa al bloqueo institucional de la Unión. Algunos sectores de la socialdemocracia europea, incluso, han pretendido presentar la propuesta de la Convención como un avance garantista mutilado por los estrechos intereses de los ejecutivos estatales. Esa descripción, sin embargo, encierra más mistificación que realidad. Como toda propuesta constituyente necesitada de legitimidad, el Proyecto de la Convención -negociado en puntos clave directamente por Giscard con los representantes de los gobiernos- incorpora compromisos, transacciones, nuevas melodías que se superponen a las monótonas notas de siempre. Pero los énfasis de forma y fondo, el “techo ideológico”, se mantienen prácticamente inalterables. Lo que se propone no es en sustancia ni más europeo, ni más democrático ni más social que los Tratados existentes. Con el agravante que, a diferencia de éstos, conlleva pretensiones constituyentes. Los defensores “críticos” del Proyecto insisten en que, teniendo en cuenta la actual correlación de fuerzas, éste supone “la mejor de las Constituciones posibles” y, en todo caso, la única capaz de trascender los intereses de los Estados y de alejar los fantasmas de una Europa de dos velocidades. La “gobernabilidad de Europa”, aseguran, podría suponer incluso “sacrificar” la necesidad de un eventual referéndum.


Un contexto marcado por el autoritarismo pero de creciente oposición social

A más de una década de las campañas contra Maastricht, los argumentos suenan familiares. Pero, como entonces, no son de recibo. El debate sobre Europa coincide con una fase abiertamente autoritaria de la globalización capitalista, caracterizada, entre otras cosas, por una gran desinformación ciudadana y un desinhibido recurso a la manipulación mediática. Es verdad. Pero también, como ha mostrado el reciente Foro Social de París, con un contexto de creciente oposición social a dicha hegemonía, impensable en los duros comienzos de los años 90. Asumir ese proceso, más errático que nunca tras el estallido del Pacto de Estabilidad, sólo supondría agravar el escepticismo y la desafección ciudadanas, además de alimentar las reaccionarias veleidades de las posiciones nacional-estatalistas.

Una crisis que puede ser fecunda

Si alguna virtud tiene la propuesta de la Convención es que ha posibilitado un escenario que permite poner en cuestión no ya un elemento puntual de la construcción de Europa sino sus fundamentos mismos. No es posible anticipar dónde conducirá esa dinámica. Pero está claro que no será fácil cancelarla o reconducirla a una simple discusión sobre el reparto de votos dentro del Consejo.

Negarse a rechazar un Proyecto mediocre por temor a una crisis es desconocer que una crisis puede ser fecunda y puede permitir recomenzar sobre otras bases. No las que proporcionan las ensoñaciones de una Europa “potencia”, “grande” y “soberana”, sino más bien las de una Europa acaso “menor” pero “autónoma”, capaz de asumir los desafíos del federalismo y de la radicalidad democrática, de la diversidad nacional y cultural, de la igualdad de géneros, de la renuncia a la guerra y a las armas de destrucción masiva, de las libertades civiles y los derechos sociales, de los servicios públicos y de la sostenibilidad ecológica, de la solidaridad con el sur y con el este del planeta. Una Europa, en definitiva, pensada como un proceso constituyente abierto, capaz de negarse a sí mismo y de fundirse en un horizonte más amplio, cosmopolita, y por eso quizás, necesariamente anti-capitalista.


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