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Anticapitalistes
  
dimarts 19 de febrer de 2013 | Víctor
Vergüenza

Adrián Darío Herreros de Perinat, Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia

A mi padre, Darío Herreros Rueda

Se diría que la foto que se muestra sobre estas líneas es un montaje, un chiste quizás.

Lo parece ¿verdad? Pues no lo es.

Probablemente, muchos de vosotros pensaréis que la imagen que da la foto es una vergüenza. Es una vergüenza que el presidente del Gobierno no se atreva a comparecer ante los medios y lo haga escondiéndose tras una pantalla.


Yo, en cambio, diría que eso es precisamente lo que falta en esta foto: vergüenza. Como ya he dicho, en la foto, en el lugar que debería ocupar el presidente del Gobierno de España hay una pantalla que emite su imagen. Eso nos da a entender perfectamente a los ciudadanos la clase de mandatario que tenemos. Un tipo que no tiene ningún asomo de vergüenza. Un tipo que se sabe tocado y hundido y no tiene agallas para dar la cara. Un cobarde, por no atreverse a salir y exponerse ante unos ciudadanos a los que, se supone, representa; un mentiroso, por haber estado negando siempre la verdad (“Es falso. Nunca, nunca he recibido ni repartido dinero negro”, “No voy a tocar la Sanidad nila Educación, esas son mis líneas rojas”,“No pienso dar un solo euro de dinero público a la Banca”…); un ladrón, pues ha estado apropiándose de dinero público para él y sus paniaguados durante años; un estafador, por prometer primero, para ganarse el voto y la confianza de millones de (crédulas) personas, y luego hacer exactamente todo lo contrario; y un cobarde, por esconderse, literalmente, tras una pantalla cuando estalla la bomba.

Pues tengo otra mala noticia para usted, señor Rajoy: ha empezado usted a cavar su tumba (política). Ha enterrado usted la escasa credibilidad que todavía podía tener (si es que aún le quedaba alguna; yo, desde luego, no le creí nunca). Como presidente del Gobierno de España, ha enterrado usted todos los valores que se le suponen a la persona que ocupa tal dignidad. Si, al menos, fuese usted un poco listo… Pero ni si quiera eso. Ande, váyase a jugar con sus hilillos de plastilina[1] y déjenos en paz.

Los ciudadanos no le van a perdonar todo esto. O no deberían perdonárselo. Este es el principio de su fin (político). Sea como fuere, los ciudadanos ya no tenemos nada que perder, ya nos han despojado, usted y su Gobierno, de todos nuestros derechos (Sanidad universal, Educación universal… ¡Nos ha quitado hasta nuestro derecho a la Justicia!)

Existe una creencia en la sociedad, convenientemente extendida y azuzada por el conservadurismo político y mediático, según la cual la democracia consiste simplemente en el respeto a las leyes vigentes.

Eso es, sencillamente, absurdo. Si la democracia se redujera simplemente a eso, los negros en Estados Unidos seguirían estando obligados a sentarse únicamente en la parte de atrás de los autobuses, como pasaba hasta hace 60 años; o peor aún, seguirían siendo esclavos de los blancos, como, de hecho, sucedió hasta 1863. Si la democracia se redujese únicamente al respeto de la ley, la India seguiría siendo hoy una colonia británica. Si la democracia tan sólo consistiese en la obediencia a las leyes, señoras y señores, los blancos aún seguirían discriminando y segregando a los negros en Sudáfrica.

Me parece una perogrullada tener que decir esto, pero lo voy a hacer porque quiero que quede claro: la democracia (del griego δημο, pueblo y κρατία, poder) se define, única y exclusivamente, como aquella forma de gobierno en la cual el poder de decisión de una comunidad reside en el pueblo que la forma. Eso y no otra cosa es la democracia, que a ninguno le convenzan de otra cosa.

John Locke, que no era nada parecido a un comunista sino uno de los padres del liberalismo político, afirma en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil que si un gobernante no cumple la tarea para la que ha sido elegido, el pueblo tiene derecho a derrocarlo y cambiarlo por otro o, si lo considera necesario, darse a sí mismo otras leyes u otra forma de gobierno distinta. Un principio que, dicho sea de paso, también aparece recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas.[2] Esto es algo completamente razonable: si yo te voto para que tú cumplas lo que has prometido y tú luego no lo haces, te vas. Te vas, porque me has mentido. Ese principio debería estar explícitamente reconocido en cualquier constitución que se llame democrática: el derecho del pueblo a revocar a sus dirigentes.

La Historia demuestra que los derechos no nos son concedidos sino que son los pueblos quienes deben conquistarlos por sí mismos. Si las mujeres no se hubieran movilizado no habrían obtenido su derecho al voto en multitud de países, como en Estados Unidos en 1917 o Inglaterra inmediatamente después, tras la Gran Guerra. En el Reino Unido, fuertes movilizaciones populares dieron lugar a las reformas de 1867 y 1883, las cuales supusieron que se cuadruplicara prácticamente el número de electores, que ascendió del 8 al 29 % de los varones de más de 20 años. Por su parte, Bélgica democratizó el sistema de voto en 1894 a raíz de una huelga general realizada para conseguir esa reforma (el incremento supuso pasar de 3,9 al 37,3% del voto masculino). En Finlandia, la revolución de 1905 conllevó la instauración de una democracia singularmente amplia (el 76% de los adultos varones). En Suecia el electorado se duplicó en 1908 igualando su número con el de Noruega. En suma, quiere decirse que, si hubieran respetado las leyes vigentes en su momento y no se hubieran rebelado, las clases medias y bajas no habrían podido entrar en política en los países occidentales hoy llamados democráticos. Más aún, si en 1789 no hubiera ejercido su legítimo derecho a la rebelión, el pueblo francés quizás hubiera vivido mucho más tiempo bajo el yugo del régimen señorial (el llamado Ancien Régime, el Antiguo Régimen). E igual que ellos estaríamos nosotros y el resto de Europa.

Las connotaciones de la palabra democracia han sido muy cambiantes a lo largo de la Historia. La sola mención de ésta sembró el terror en las élites hasta bien entrado el siglo XX. Así, en el siglo XIX el liberalismo asociaba la democracia con la algarabía, la hecatombe y el desastre. La democracia se identificaba entonces con el despotismo de la turba enfurecida, encarnada en el jacobinismo y la muchedumbre de los sans-culotte. Se pensaba que la democracia supondría el fin de la ley bajo el gobierno de los no propietarios.

En la transición al capitalismo, en primer lugar se precisaba imponer una nueva legalidad a los grupos sociales reacios al nuevo orden. Lo que antes era un derecho divino o real (“yo soy propietario de estas tierras porque soy su señor y en ellas impongo mi ley”), ahora es un derecho legal (“yo soy propietario de estas tierras porque he pagado por ellas y la ley me las concede”). Así, la definición de democracia se reduce al respeto y protección de la propiedad privada, sobre todo de los grandes propietarios.

Luego la cosa fue cambiando y la democracia pasó a concebirse como “el gobierno de las mayorías”. Unas mayorías a las que había que proteger. Así, a partir de finales de la Segunda Guerra Mundial, se concebía el Estado como un ente que debía velar por el bienestar de sus ciudadanos durante toda su vida. Llegaron así los sistemas de Seguridad Social y todo aquello que conforma lo que conocemos como el Estado de Bienestar, cuyo desmantelamiento comenzó ya en los años 80 con las políticas de desguace del Estado llevadas a cabo por Gobiernos de Reagan y Tatcher en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente. Sin olvidar el Chile de Pinochet, el país donde probablemente el neoliberalismo económico se ha practicado en su máxima crudeza.

Volviendo a nuestro presente, el actual Gobierno del Partido Popular está haciendo exactamente eso: acabar con nuestro Estado de Bienestar con la excusa de sacarnos de la crisis económica.[3] Puede que lo haga muy poco a poco,[4] pero eso es lo que está haciendo. Dicen que somos nosotros mismos, los ciudadanos, quienes tenemos la culpa de estar como estamos.[5] Nos piden sacrificios, “que nos apretemos el cinturón”.[6] Dicen que “los recortes son necesarios”, que “no hay otro camino posible”.[7] Todo eso mientras los políticos se llenan los bolsillos a reventar, tal y como ahora mismo se está demostrando.

Privatizan la Sanidad, entregando su gestión a empresas privadas que ganan dinero a costa de nuestra salud. Cerrarán, directamente, hospitales o unidades de atención a pacientes con enfermedades graves porque a la empresa de turno no les resultan rentables. Ante lo cual, la Sanidad dejará de ser accesible a todo aquel que no pueda pagársela.

Dirán que esto no es así, que cualquiera puede y podrá seguir siendo atendido por el sistema sanitario en todo momento. Pero no es verdad. Que se lo pregunten, sino, a todos esos habitantes de los pueblos castellano-manchegos cuyas urgencias nocturnas pretende cerrar el Gobierno de María Dolores de Cospedal, condenando así a varios cientos de personas a morir por no poder recibir la atención médica necesaria. Que se lo digan a todas las enfermeras y enfermeros que en los hospitales madrileños[8] se quejan de no poder atender a los pacientes como es debido a causa de la falta de personal. ¿Por qué esa falta de personal? Muy fácil: la empresa contrata a menos profesionales para así ahorrar costes. Y así pasará con todo: la Sanidad dejará de atender a enfermos si no le son rentables, si ello no le proporciona ganancias. Se quiebra así un derecho tan básico como la Sanidad universal y gratuita. Un derecho que, se supone, garantiza la Constitución Española de 1978.

Otro tanto sucede con la Educación o con las famosas tasas judiciales, que acaban con el acceso igualitario de los ciudadanos a la Justicia. Eso sí, el ministro Ruiz-Gallardón se ha echado un poco para atrás y ha ya ha dicho que habrá determinados grupos, como los minusválidos o las mujeres maltratadas, quedarán exentos de cualquier tipo de pago y que algunas tasas se suprimirán ose rebajarán. Vaya, gracias, señor ministro. Sí que es usted majete… No, qué va. En realidad, esto es una variante de las famosas Diez estrategias de manipulación mediática enunciadas por el prestigioso lingüista e intelectual estadounidense Noam Chomsky: una medida siempre es más fácil de aceptar por la ciudadanía si primero la anunciamos fríamente y luego limitamos un poco su alcance: “¡Vaya, van a cobrarme una tasa por querer recurrir una multa!”, “¡Oh, si me quiero divorciar voy a tener que pagar una tasa!”… “¡Ah, bueno, pero si soy minusválido o mujer embarazada me saldrá gratis! ¡Entonces genial, no hay problema!”.

Los recortes en política social llevados a cabo por el Gobierno del Partido Popular matan a la gente. Está claro que no es el propio Rajoy el que mata con sus propias manos, no es él quien empuja a quienes, desesperados, terminan suicidándose por no poder pagar su casa. Pero él es el primer responsable de que todo esto suceda. Es responsable por no dotar al sistema sanitario de los recursos necesarios para atender a los enfermos. Él es el responsable de todos esos suicidios, pues, pudiendo impulsar una ley por la dación en pago, no lo hace. Él es el responsable de que seamos uno de los países de Europa con mayores tasas de abandono escolar. Y es que, como quedó magníficamente demostrado en la edición del primer programa de la nueva temporada de Salvados,[9] el sistema educativo español es manifiestamente deficiente y mejorable.

Con independencia de si se está de acuerdo con él o no, Karl Marx ha sido el principal teórico de las clases sociales. Esto de las “clases sociales” es algo que a muchos les suena antiguo, desfasado, pasado de moda, quizás. Esta también es una teoría muy convenientemente azuzada por los gobiernos, las instituciones financieras, el neoliberalismo, en definitiva. Y mucha gente se lo cree, mucha gente piensa que las clases sociales ya han dejado de existir.

Pero ¿esto es realmente así? Por ejemplo, ¿los estudiantes de Secundaria que estos días han hecho huelga están a la misma altura que, por ejemplo, Rodrigo Rato o la duquesa de Alba? ¿Están esos mismos estudiantes a igual nivel que los hijos de los ministros, que son enviados a colegios de pago o universidades privadas? ¿Quiénes acudimos a la Sanidad Pública, a la que cada vez se le proporcionan menos medios para atender a los pacientes, estamos al mismo nivel que el rey de España cuando va a operarse a la Clínica Ruber Internacional?

Repetimos entonces la pregunta: ¿Ya no hay clases sociales? ¿En serio? Yo creo que sí. Es más, creo que la distancia que separa unas de otras cada vez es mayor. Es más, los datos demuestran que dentro de los propios países la brecha entre ricos y pobres va en aumento.[10]

El marxismo define al Estado como una “comisión que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Quiere decirse que los dirigentes del Estado elaboran las leyes atendiendo a que estas sirvan para proteger los privilegios de las clases altas (llámense burguesía, llámense empresariado). Por eso, al menos a veces, es una tontería reducir la definición de democracia al respeto a la ley: porque una democracia no es tal si no defiende, asegura y protege los derechos de las personas.

Ahora que cunde el desánimo, que parece que nada tiene arreglo ya, es frecuente escuchar a gente que dice eso de “yo ya no creo ni en la derecha ni en la izquierda, fueron los socialistas los que nos trajeron a esta situación y ahora la derecha está afianzando lo que la izquierda empezó.” Así, es frecuente identificar al PSOE como un partido de izquierdas, ellos mismos se venden así. Y claro, siendo de izquierdas, no se entiende cómo los socialistas pudieron comenzar la política de recortes que nos ha traído hasta aquí. La respuesta es muy simple: los socialistas no son de izquierdas. Ni siquiera son socialistas, sino socio-liberales.

Marx y Engels fueron los primeros en analizar, de forma seria y sistemática, el modo de proceder del capitalismo: la burguesía (o el empresariado) ha sustituido las libertades políticas por la libertad de comercio, bajando los precios cuando es necesario con tal de eliminar la competencia. El empresariado ha tomado las riendas del Estado y lo ha convertido en guardián de sus propios intereses.

El marxismo denomina “fuerza productiva” a cualquier instrumento mediante el que aplicamos nuestro trabajo para después poder vivir. Como ejemplo, un buey sería la fuerza productiva del labrador de hace muchos años o un ordenador sería la fuerza productiva de un informático en la actualidad. Para Marx y Engels, la propia fuerza de trabajo humana es una fuerza productiva. Pero esas fuerzas productivas siempre vienen acompañadas de ciertas “relaciones sociales”, entendidas por Marx como “relaciones entre clases sociales”. Para Marx, como sabemos, había dos clases sociales antagonistas: la burguesía, dueña y señora de los medios de producción, y el proletariado, que aporta la fuerza productiva mencionada anteriormente. Así, las fuerzas productivas y los medios de producción se relacionan entre sí dentro de lo que el marxismo califica como “relaciones de producción”.

Pero llega un momento en que las fuerzas productivas crecen y no pueden ser absorbidas por las relaciones de producción existentes en cada momento. Es entonces cuando entramos en una dinámica de lucha de clases, entendiendo como clase a un grupo de personas que tienen conciencia de ocupar una misma situación dentro de un modo de producción determinado.

Eso es el socialismo: la toma de control de los medios de producción por parte de la sociedad organizada para lograr una sociedad igualitaria, sin clases sociales.

Pues bien, a partir de la II Guerra Mundial, el socialismo europeo se reformuló, eliminando de su teoría el concepto de “lucha de clases”. El PSOE tardó un poco más en hacer esto. Hubo que esperar hasta poco antes de la llegada de Felipe González al Gobierno en 1982. Para liderar el PSOE, González puso como condición precisamente eso: que el partido debía renunciar al marxismo. Y así sucedió. El socialismo, desde ahora vaciado de su componente marxista, dejó de ser tal para convertirse en socialdemocracia. La socialdemocracia y el conservadurismo político pasaron a definirse entonces de la siguiente manera: la socialdemocracia se comprometía a preservar, más o menos, el Estado de Bienestar siempre que ello no supusiese una modificación de la estructura del sistema ni una merma de sus privilegios. Por su parte, el conservadurismo político pretende desmantelar, poco a poco y en silencio, el Estado de Bienestar, siempre que ello no provoque la ruptura del orden social, al menos no hasta un punto en que el Estado ya no pueda controlar la situación.

Pero desde los años 80 y 90, con la caída de la Unión Soviética, la izquierda en general, y la socialdemocracia en particular, en vez de redefinir sus postulados decidió asumir los de la derecha conservadora; esto es, privatización de los servicios públicos, libertad económica para las grandes empresas… Y, desde entonces, la socialdemocracia ha pasado a convertirse en socioliberalismo. Y eso es el PSOE, ni más ni menos. Por eso hay quienes piensan que los postulados de la izquierda, a la cual identifican con el PSOE, ya no son viables para la situación en la que vivimos. Pero no es así, el PSOE hace mucho que dejó de ser la izquierda. Así, la izquierda debe replantearse su esencia y volver a ser lo que era.

Los sociólogos avisan de que la ciudadanía está perdiendo poco a poco su confianza en la democracia al ver que esta no funciona. Temen, quizás, que esa misma ciudadanía vuelva a inclinarse, otra vez, por soluciones autoritarias.

¡NO! Ese no es el camino. Ante la pérdida de calidad de nuestra democracia lo que hay que hacer es reivindicar ¡más democracia! Si la democracia española ha perdido legitimidad, se hace urgente un nuevo proceso constituyente impulsado desde abajo por nosotros, los ciudadanos, que promueva una profunda reforma del Estado y una nueva constitución verdaderamente democrática que garantice y haga cumplir nuestros derechos y libertades.

Como sabemos, en julio de 1789 estalló la Revolución Francesa. Poco antes, Luis XVI había convocado a los Estados Generales, que no eran sino la reunión de los tres estamentos del Antiguo Régimen.[11] Es decir, las cortes de la monarquía, que no se convocaban desde… ¡1614! (Y es que el rey tenía la potestad de convocarlas sólo cuando él quisiera, sin ningún tipo de periodicidad).

Entre tanto, en todos los pueblos de cada departamento francés se elaboraron los cahiers de doléances (cuadernos de quejas) unas encuestas en las que los tres estamentos reflexionaron sobre cuáles creían que eran los principales problemas del país. Finalmente, un amplio resumen de ellos fue leído en la convocatoria de los Estados Generales. No me digáis que no os llama la atención: en 1789, las cortes monárquicas francesas se dignaron, al menos, a escuchar los lamentos del pueblo. En la España de hoy, el Partido Popular pretendía vetar la posibilidad de debatir en el Congreso una Iniciativa Legislativa Popular por la dación en pago. Ahora ha reculado y dice que permitirá la celebración del debate, pero todos sabemos que no aprobará la iniciativa.

Volviendo a la Francia de 1789, cuando las peticiones del pueblo llano fueron acalladas por las cortes de la monarquía, el Tercer Estado las abandonó y se constituyó en una Asamblea Nacional, jurando no separarse hasta dar a Francia una Constitución.

El campesinado, el pueblo llano, vivía constantemente atemorizado por la arbitrariedad del Régimen, vivía con miedo a ser tratado de forma injusta, a ser juzgado según un modelo injusto, a vivir según la voluntad del señor al que está sirviendo… Ese temor fue cultivado y alimentado durante siglos. Y fue el estallido de ese miedo estalla lo que provocó la Revolución.

Y yo pregunto ¿Cuándo, sino ahora, en el siglo XXI, será el momento de reavivar la revolución? ¿Qué más tenemos que esperar que suceda para estallar? ¿Cuándo nos separaremos los ciudadanos de este régimen agotado y corrupto para fundar un sistema más igualitario y verdaderamente humano?

Hace poco escuché el caso de un chico de 30 años, uno de tantos, al que le van a desahuciar de su casa por no poder pagar el alquiler. Ernesto, que así se llama, no puede pagar el alquiler porque tiene una discapacidad del 55% debido a un accidente laboral. Además, está pendiente de una transfusión de sangre, ya que sufre de leucemia. El cabildo de Gran Canaria está enterado de su situación, pero no le ofrecen ninguna solución a su problema.

Leo también que la Generalitat Valenciana ha reducido hasta en un 60% las ayudas dela Ley de Dependencia, por lo que madres como Carmen Cañabete, que tiene a su cargo a dos hijos con síndrome de Down, ha pasado de percibir 807 euros mensuales a sólo 20. Además, Carmen está en el paro.

¿Cuántos casos más como estos necesitamos que se produzcan para reaccionar? ¿Cuánto más vamos a ser capaces de estirar nuestra paciencia? ¿Cuántas personas más se suicidarán por no poder pagar su casa antes de que nosotros hagamos algo?

Y digo nosotros porque está claro que ellos no van a hacer nada. Porque ellos son los culpables. Son ellos quienes deben pagar. Es con ellos con quienes debemos romper.

Ya no podemos pretender una simple reforma del Estado. Debemos refundar el Estado sobre la base de la igualdad social, económica y política. Y debemos salir de este sistema que nos oprime. Sí, me refiero al capitalismo. Parece la misma cantinela antisistema de siempre, lo sé. Pero hoy, más que nunca, esa cantinela real. El capitalismo es un sistema basado en la riqueza de unos pocos gracias al sufrimiento de muchos. Y con el “sufrimiento de muchos” no me refiero ya sólo a los países del Tercer Mundo, a lo que llaman Sur, no. ¡Me refiero a nosotros mismos! ¡La pobreza y la desigualdad es algo que YA estamos viviendo a las puertas de nuestra propia casa![12] ¡Es una miseria que vemos a diario!

Por eso no es posible seguir en este sistema. ¿Cuál es la alternativa? No lo sé, no soy un gurú ni un adivino. Pero debemos encontrarla y ponernos a construirla juntos. Debemos empezar por romper con las instituciones financieras internacionales, que son las que verdaderamente gobiernan el mundo (a ellos me refiero cuando hablo de ellos: al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y al Banco Central Europeo). Son ellos quienes controlan la marcha de la economía-mundo. Y eso es algo muy peligroso, pues se trata de instituciones que no están sujetas a ningún tipo de control mínimamente democrático. ¡No los controlamos y, sin embargo, son los que mandan! Son quienes ponen precio a las materias primas, quienes dictan las políticas económicas que deben seguir los países en los que vivimos…

Si queremos un mundo más justo e igualitario, no podemos permitirnos seguir estando a su merced. Es así de simple.

Debemos recurrir a la resistencia activa y a la participación y la democracia directas. Y sí, se puede conseguir. Cada vez que organizaciones como STOP Desahucios logra evitar que echen de su casa a una persona, es una pequeña victoria contra el sistema.

Hasta los años 70 del siglo XX la industrialización permaneció más o menos confinada dentro de las naciones. Hoy en día, más que nunca, las multinacionales gobiernan el mundo, son capaces de forzar a los gobiernos estatales a tomar medidas que afectan directamente a cientos de millones de personas. Las economías nacionales penden del hilo que sujetan tres o cuatro agencias de calificación situadas en sus antípodas. En un mundo ya completamente globalizado, el papel del Estado está quedando reducido a su mínima expresión.

Por eso digo que no debemos reformar el Estado, sino refundarlo. Y cuál sea la forma en que se organice el Estado es algo que deben decidir los pueblos, los ciudadanos, pues son ellos, y sólo ellos, quienes tienen el derecho a decidir de qué forma quieren organizarse para vivir. Si queremos salir adelante, parece necesario replantearse nuestra forma de vivir. Quizá sea la hora de impulsar formas de trabajo como el cooperativismo. Quizá sea el momento de forzar la creación de una banca pública, ética y social; impulsar una sociedad lo más autogestionaria posible… En fin, se hace obligatorio encontrar una nueva forma de organizarnos como sociedad.

Pues bien, en ello estamos, señor Rajoy. Y lo vamos a lograr. Y esta vez no habrá pantalla que le pueda proteger.

Bibliografía

Chomsky, Noam Obra esencial, Crítica, Barcelona 2002.

Hobsbawm, Eric J. La era de la revolución, Crítica, Barcelona 2003.

Judt, Tony, Postguerra, una Historia de Europa desde 1945 Taurus, Madrid, 2008.

Klein, Naomi La Doctrina del Shock Paidós Ibérica, Barcelona, 2007.

Marx, Karl; Engels, Friedrich Manifiesto Comunista Público, Madrid, 2009.

[1] ¿Alguien se acuerda del desastre del Prestige y los famosos “hilillos de plastilina”? Una expresión un tanto infantil, ¿no? Quinta Estrategia de manipulación mediática: dirigirse al público en un tono infantil. Cuanto más quiere intentar engañar al público, más se tiende a utilizar un lenguaje infantil, fácil. La razón es que así la persona receptora del mensaje es más fácil de sugestionar.

[2] “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión” Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

[3] Segunda Estrategia de manipulación mediática: crear problemas para, después, ofrecer soluciones. Así, se crea un problema, una situación prevista para causar una determinada reacción en el público a fin de que este mismo sea el demandante de las medidas que se desean hacer aceptar. Por ejemplo, crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y/o el desmantelamiento de los servicios públicos.

[4] Tercera Estrategia de manipulación mediática: para hacer que se acepte una medida a priori inaceptable se aplica la “estrategia de la gradualidad”, es decir, ésta se aplica poco a poco, año tras año. Así, la oposición a la misma es menor.

[5] Novena Estrategia de manipulación mediática: reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que sólo y únicamente él es el culpable de la situación que está padeciendo. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se culpa a sí mismo de lo que sucede. Esto genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y sin acción no hay revolución.

[6] Curiosamente, todo esto me trae a la mente aquellas famosas palabras que Gerardo Díaz-Ferrán, ex presidente de la CEOE, dijo hace no mucho tiempo: “Sólo se puede salir de la crisis trabajando más y, desgraciadamente, cobrando menos” (14/10/2010) citado por diversos medios de comunicación.

[7] Cuarta Estrategia de manipulación mediática: la “estrategia de diferir”. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular consiste en presentarla como dolorosa y necesaria siendo así más fácil obtener la aceptación pública.

[8] Como la Fundación Jiménez Díaz, que está a cargo de la empresa Capio Salud. Esta compañía, de hecho, se define a sí misma como el “operador sanitario líder en España”, con “más de 20 hospitales y centros de salud, más de 1.500 camas en cuatro autonomías, y 6.500 empleados”. Con una facturación de 570 millones de euros en 2011, el 25% de sus ingresos procede de la sanidad privada a través de las grandes aseguradoras del sector como Adeslas, Mapfre y Sanitas. Pero el 75% lo obtiene de la sanidad pública, “gestionada por gobiernos regionales con los que Capio tiene contratos a largo plazo de entre 10 y 30 años”. Fuente: “Sanidad, ese oscuro objeto de deseo”, ElDiario.es, 01/06/2012.

[9] Salvados. Cuestión de educación, laSexta, 03/12/2013.

[10] Como dato curioso, tomemos como ejemplo el índice de Gini, que mide la distancia entre ricos y pobres dentro de un mismo país. Este índice para un país rico y desarrollado como Estados Unidos era, en el año 2005, de un 0’469 (ocupando el puesto 108). Suecia tiene un 0’250, situándose como el tercer país con mejor distribución de la riqueza del mundo. El índice se mide entre 0 y 1. Cuanto menor es el índice, mejor es la distribución. España ocupaba entonces el puesto 41 con un 0’347. Fuente: Informe del Programa de la Organización Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2005). Siento no haber encontrado un informe más reciente.

[11] Durante el llamado Antiguo Régimen, la sociedad europea se dividía en tres estamentos básicos, a saber: el pueblo llano, conocido en Francia como Tiers État (Tercer Estado) y en España como “Estado general”, el clero y la nobleza.

[12] Sólo entre 2009 y 2010 aumentó en 1,1 millones el número de personas pobres en España. “Derecho a desobedecer”, Juan Torres López (Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla) Público.es, 17/07/2012.


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