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Anticapitalistes
  
dissabte 5 de gener de 2013 | Manuel
Ocupar, resistir, ¿crear? Reflexiones a 1 año de Occupy Wall Street

SUSANA DRAPER Y VICENTE RUBIO-PUEYO (Participantes en Occupy Wall Street)

Los multitudinarios actos de desobediencia civil, los procesos masivos de participación y decisión horizontal... son rasgos de lo que ha sido un poderoso movimiento: primavera árabe, 15M y Occupy Wall Street. Sin embargo, ante ‘rescates’ y brutales recortes, el músculo –la capacidad de imponer una agenda política– y la potencia que el movimiento exhibía parecen haberse perdido. Aportamos un balance.


Aniversarios, balances: hace ahora un año, Occupy irrumpía ruidosamente entre los grandes y silenciosos rascacielos de Wall Street, abriendo la primera brecha en mucho tiempo en el páramo de la hegemonía neoliberal en los EE UU, una sociedad en la que se ha desvanecido notoriamente la experiencia de lo político como evento-proceso colectivo. Para muchos, Occupy ha permitido despertar la memoria de luchas pasadas. Para otros, ha abierto también la posibilidad de pensar en nuevas formas de hacer política. Un año después, se suceden los balances, que oscilan a menudo entre la decepción y el voluntarismo. ¿Cómo hacer para evitar caer en la crítica desmesurada, en la declaración idealista de defunción o en la alabanza desmedida?

Tal vez muchos de esos balances parten de preguntas que Occupy no puede responder. Son las preguntas proyectadas desde nuestro propio deseo. Así, Occupy se convierte en ocasiones en solución milagrosa, otras veces en recuperación de lo perdido. Intentemos un ejercicio diferente: intentar comprender qué dice, que está ya diciendo Occupy. Y no sólo qué dice en tanto práctica de un cierto sujeto político –todavía, sin duda, en precaria construcción–, sino como síntoma de la sociedad que le ha dado lugar. ¿A qué deseo, a qué necesidad, a qué vacío nombra Occupy? Intentemos pensar desde esas relaciones, esos vacíos.

Una de las posibilidades abiertas por Occupy hace un año es su funcionamiento como puente conector, un pegamento que une y da consistencia a una serie dispersa y múltiple de eventos, organizaciones, problemas. En cierto modo, Occupy otorga a lo que estaba o está funcionando de modo aislado, una suerte de puesta en relación en la cual una experiencia particular se vuelve expresiva de algo mayor, diverso de ella misma. Esta potencia convive con ciertas tendencias a la isla, al aislamiento de grupos, colectivos, barrios. El desafío del movimiento para este nuevo año radica en saber si es capaz de profundizar en lo rizomático –evadir la isla, el monólogo, el discurso del que sabe, para conectar, traducir (compartir) experiencias, problemas y seguir construyendo esa nueva política–.

En un sitio como Jackson Heights, barrio de Queens, se hablan alrededor de 140 lenguas. Una ciudad extremadamente heterogénea y múltiple abre inmensas posibilidades de expansión de la experiencia de hacer política, de sus formas y lenguajes y constituye, al mismo tiempo, uno de los desafíos más complejos para Occupy. Por ejemplo a nivel práctico, desde el tema de la comunicación a la de los horizontes políticos, históricos, vitales que las poblaciones acarrean. Una situación que nos obliga a pensar en procesos de entendimiento y diálogo que precisan y precisarán mucho tiempo. Uno de los mayores desafíos que viene teniendo el movimiento es el de poder generar conversación, conexión, puente. Desafío que va desde la tendencia a la guetización de las problemáticas sociales y la fuerte tendencia a las políticas identitarias, a la capacidad de poder generar una noción de comunidad en la que los problemas –más allá de las identidades específicas– construyen un lenguaje compartido.

Otro vacío en el que Occupy opera es el existente entre la academia y el resto de la sociedad. La academia en EE UU ha sido, de forma paradójica, el refugio para la izquierda radical con las encarnaciones de los estudios culturales, los estudios de post-marxismo, etc. Este confinamiento ha dejado sus secuelas: para muchos universitarios radicales, lo político ha sido tradicionalmente algo que ocurría en otro lugar, lejano geográficamente o temporalmente. En otro país, o en un libro. Occupy aparece ahora como espacio cultural para una izquierda radical, posibilitando la generación de otros roles para la figura de un intelectual tradicionalmente segregado en las estructuras académicas, distantes de otras formas de organización y política. Sin embargo, se produce al mismo tiempo una fuerte ‘academización’ acelerada de Occupy como tema, motivo de debates y conferencias. Esto es una señal tan interesante como potencialmente problemática: interesante porque se establece luego de mucho tiempo una relación entre universidad y políticas vivas, con movimientos y gente que se encuentra fuera del ágora. Peligrosa, porque estamos en un país en el que la academia tiende a fetichizar de modo acelerado cualquier evento que acontece, transformando lo vivo en elemento teórico a ‘observar’ –el escrutinio, el debate circular, la tendencia al discurso monológico–.

La deuda: ¿​Occupy 2.0?

La deuda aparece como vector principal Del movimiento en su próxima fase y empieza ya a informar prácticas, acciones y campañas. Se habla de Occupy/Debt Strike: este último sello como sucesión, evolución más allá de Occupy. Con tono de manifiesto, se ha producido un manual: Strike Debt: debt resistors’ operation manual, en el que se materializa el deseo de otra dirección para el movimiento focalizado en otro ‘sujeto’ –del que ocupa, al que resiste–. Algunos comentaristas se han referido a esta mutación del movimiento como un “Occupy 2.0”. Como es sabido, el término 2.0, aplicado a la web, alude no sólo a una nueva versión, sino a otra concepción, estructuralmente distinta, de la red, caracterizada por la multiplicación de las capacidades del usuario, el establecimiento de comunicaciones multidireccionales. En suma, la participación. Occupy –como el 15M– aloja el germen de otras formas de hacer política en las que la deuda se presenta ahora como dispositivo conector.

Este momento está cargado de potencialidad porque apela a un problema económico y afectivo crucial que comparte la población y que afecta todos los modos de reproducción de la existencia –salud, vivienda, educación–. ¿Pero podemos entender la deuda no solo como ‘tema’, sino como puente capaz de dar sentido al 99%? Si la deuda se plantea como puente que une a un tipo de sujeto, lo que resta pendiente es cómo pasar del deudor que ‘resiste’, al que es capaz de ‘crear’ –pasar de la retórica de la abstinencia (no pagar) a la posibilidad de alternativas–. Que la resistencia no sea ya la causa única que mueve estas políticas sino el efecto de otras prácticas.

En breve, cómo hacer para que verdaderamente ‘resistir’ sea ‘crear’, y para esto, no se trata solo de pagar o no pagar, abstenerse o no, sino de poder construir un camino viable para estas nuevas políticas.

Font: Diagonal 11 a 24 d’octubre de 2012

+ Info:

Occupy Wall Street 2.0: The Debt Resistors’ Operations Manual


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