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dilluns 10 de setembre de 2012 | Manuel
Mayo 1937: ¿rivalidad política o crisis del antifascismo?

Josep Antoni Pozo

Este texto es la contribución del autor al debate sobre los sucesos de Mayo del 37 organizado por la Fundación Andreu Nin en Madrid el pasado 24 de mayo, en el que participaron también Julián Vadillo, Fernando Hernández Sánchez, Agustín Maraver y Enrique del Olmo.

Josep Antoni Pozo González, historiador, acaba de publicar dos importantes contribuciones al estudio de la revolución y la guerra contra el fascismo: Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936 (Ed. Espuela de Plata 2012) y Catalunya Antifeixista: el govern Tarradellas enfront de la crisi politica i el conflicte social (Ed. DAU 2012).


Josep Antoni Pozo (a la izda) junto a Agustín Santos (centro) y Manuel Suso (dcha)

El proceso que desembocó en la crisis del gobierno Largo Caballero en mayo de 1937, así como los acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona por esas fechas, han sido a menudo analizados como el resultado inevitable de una rivalidad exacerbada entre diferentes sectores del campo antifascista que, llegada a un determinado punto, hizo absolutamente incompatible la existencia de modelos o proyectos diferentes. La razón de esta rivalidad habría que buscarla en los distintos planteamientos (la polémica clásica en relación a la Guerra y la Revolución) que según esto, habría alimentado una creciente hostilidad desarrollada en el marco de la lucha por la hegemonia de unos u otros. A esta explicación genérica, se han añadido otros argumentos, que ponen el énfasis, o no, en el papel jugado por Stalin y la IC en la caída de Largo Caballero, o en los acontecimientos de Barcelona y en la represión posterior desencadenada contra el POUM y sectores de la militancia cenetista.

Naturalmente no es mi intención desmentir o negar la rivalidad existente en el campo republicano que, de otro lado, es perfectamente visible en los numerosos conflictos que recorrieron la retaguardia republicana. Creo sin embargo, quer aún siendo cierta, no es suficiente para entender ni la crisis de mayo, ni lo que sucedió a continuación.

Cuáles fueron, pues, las causas que provocaron el estallido de una “guerra civil dentro de la guerra civil”, como se ha venido denominando a los acontecimientos ocurridos en Barcelona?

Hay naturalmente diferentes factores que confluyen y ayudan, pero en mi opinión creo que es obligado referirnos a una consideración general que está en la base de todos ellos: la crisis de mayo no es sino el resultado de la crisis del antifascismo, es decir, del frentepopulismo adaptado a las condiciones de guerra y revolución, y a las dificultades que éste encontró para convertirse en el fundamento teórico del nuevo orden político que se quiso implantar. Para ser más precisos: fue el resultado de la crisis provocada por la resistencia al proceso de recomposición del Estado republicano que se llevó por delante, en primera instancia, las diferentes expresiones territoriales del poder revolucionario, y pretendió restablecer una legalidad republicana o antifascista en oposición a la legitimidad revolucionaria implantada durante los meses anteriores.

Disciplina antifascista y resistencia en la base

Es a esto precisamente a lo que quiero referirme. Al proceso de recomposición del Estado burgués republicano y a la oposición que despertó entre sectores de la militancia obrera, que nada tiene que ver con la acción de unos “incontrolados”, y sí con la de todos aquellos (y no fueron pocos) que creyeron ver en este proceso el camino inverso al emprendido el 19 de julio. Es lo que se expone detalladamente en el libro La Catalunya antifeixista: el significativo incumplimiento de los primeros decretos del gobierno de unidad encabezado por Tarradellas, constituido a finales de septiembre e integrado por todos los sectores que compusieron el autodisuelto Comité Central de Milicias, por los que se reorganizaban los ayuntamientos siguiendo el modelo “antifascistay se disolvían todos los comités revolucionarios, no fue obra de unos incontrolados con ansias de hegemonía, sino la reacción contra lo que se empezó a intuir que iba en la línea de desmontar lo que algunos llamaron el “espíritu del 19 de julio”. Esta reacción tuvo continuidad asimismo en la oposición a los decretos de S’Agaró –conocidos también como el Plan Tarradellas- que constituyeron un poderosísimo instrumento jurídico-financiero en manos del gobierno para disciplinar la retaguardia y vencer la resistencia que pudieran ofrecer aquellos municipios reacios a someterse a su autoridad, y que provocaron un auténtico terremoto entre la militancia cenetista. Y más tarde (me referiré a ello a continuación), se complementó y amplió con ocasión de la discusión en febrero-marzo de 1937 en relación a la reorganización de los servicios de Orden Público.

Creo que es imposible entender lo que sucedió en mayo de 1937 en Barcelona y en otras localidades catalanas si no se parte de esta realidad. Si no se parte de esto es fácil caer en lo de las rivalidades políticas para explicarlo todo o casi todo. Y no hay que olvidar que las rivalidades políticas no impidieron que todos los dirigentes supuestamente “rivales” tuvieran una posición común y pidieran a sus seguidores que cesaran los combates durante aquellos primeros días de mayo.

Algunas claves para entender la crisis del antifascismo

Por lo que respecta a Cataluña, resumiré algunas cuestiones brevemente que a mi juicio influyeron poderosamente en los acontecimientos que desembocaron en las jornadas de mayo.

I

En primer lugar hay que señalar que la casi unanimidad existente desde el verano de 1936 alrededor de la idea de que era imprescindible la inicial colaboración de la CNT y, posteriormente, su participación en el gobierno para llevar a cabo cualquier empresa política, se irá desvaneciendo poco a poco de forma relativamente rápida. En efecto, esta idea irá perdiendo adeptos aceleradamente durante el primer trimestre de 1937, y después de numerosas y continuas discusiones en el seno del gobierno de la Generalidad que lo sumían en la parálisis y lo condenaba a una crisis casi permanente, en la mayoría de los casos siempre por la misma causa: las dificultades para someter a una disciplina “antifascista” a todos los sectores teóricamente representados en él, y la crítica, a veces velada y a veces abierta, a la incapacidad de los dirigentes cenetistas para imponer esta disciplina en sus filas.

El momento en el que parece que la balanza parece inclinarse a favor de los que opinan que la presencia de la CNT en el gobierno no garantiza nada, coincide con la discusión sobre la reorganización de los servicios de Orden Público en Cataluña, que colma el vaso de la paciencia de quienes están empeñados en restablecer la autoridad del gobierno de la Generalidad, cueste lo que cueste. Por enésima vez, acuerdos tomados por el gobierno no pueden ser llevados a la práctica por la oposición de sectores de la militancia cenetista, que obliga a los dirigentes de la CNT a rectificar y a desautorizar (aunque indirectamente) a los consejeros de la organización confederal presentes en aquel, que habían aprobado inicialmente los decretos sobre reorganización del Orden Público. Los dirigentes del Comité Regional de Cataluña de la CNT se vieron obligados a rectificar ante el alud de críticas que recibieron por parte de la militancia que les acusaba de ir dejando por el camino jirones de los principios y de conducir a la organización a un retroceso tras otro. También, porque empiezan a dudar que el camino emprendido por ellos –el de la colaboración antifascista, en contraposición a la línea de la revolución social- sea el adecuado en vistas del discurso agresivo que están desarrollando sus adversarios y el ambiente deprogrom” que se está creando en contra de ellos. El tema no era baladí: como es sabido, el trasfondo de la discusión era cómo liquidar las Patrullas de Control y restablecer el control gubernamental sobre el orden público, es decir, cómo se realizaba el tránsito entre el orden revolucionario existente desde los primeros momentos, al orden antifascista que se quería implantar. El resultado de esta discusión, que desembocará en una nueva crisis del gobierno de la Generalidad, parece marcar el punto de inflexión en hombres como Companys, que pasan a considerar deseable, pero no imprescindible, la participación de la CNT en el gobierno, sobre todo si se lleva a cabo a través de representantes que sepan ejercer su autoridad. En cierto modo, y abriendo un pequeño paréntesis, esto mismo parece suceder al gobierno de la República y a la consideración que algunos tenían sobre el papel que jugaba Largo Caballero, que pasó de ser el hombre “del momento” en septiembre de 1936, a ser un problema en la primavera de 1937 para los mismos que ayudaron a encumbrarlo, pensando sobre todo en la autoridad que proyectaba el viejo líder radicalizado para acometer la tarea de restablecer los mecanismos del poder legal.

II

En segundo lugar, y en consecuencia con lo que hemos apuntado anteriormente, creo que hay que prestar atención igualmente a un aspecto que me parece incontestable y que se desprende de los diferentes movimientos y cambios de actitud que se dieron, especialmente a partir de la crisis de diciembre de 1936 en el gobierno de la Generalidad: la imposibilidad de aplicar la política antifascista deseada por el gobierno (y, no lo olvidemos, por la totalidad de los dirigentes de las organizaciones que lo componían), sin que se produzca un cambio en las relaciones entre las organizaciones, y entre éstas y la masa de sus afiliados. Y aquí hay que referirse al papel que empezará a desempeñar un partido como el PSUC, que arrebatará a la ERC hegemónica en Cataluña el papel de ésta como referente político del antifascismo aunque fuera circunstancialmente, y que aparecerá ante determinados sectores sociales como un sólido baluarte del orden republicano, respetuoso con la propiedad privada y enemigo de las experiencias colectivistas. Digamos rápidamente que no me refiero sólo a los sectores sociales no obreros, a los que a menudo se remite casi en exclusiva el crecimiento e influencia del PSUC. Ya se ha dicho por parte de mucha gente que este partido fue el más consecuentemente antifascista, y que esta circunstancia lo colocó en un plano superior al de sus adversarios-aliados. Por mi parte, sólo añadiré que la habilidad del PSUC para hurgar en las contradicciones de quienes formando parte de la colaboración antifascista –la CNT- creyeron poder escapar a su lógica, le proporcionó una propaganda penetrante que consiguió atraerse sectores de trabajadores que probablemente estaban cansados del revolucionarismo sin revolución que proyectaban los dirigentes anarquistas. Ciertamente, las sucesivas campañas de “orden” desarrolladas por el PSUC (contra los “incontrolados”, o para desarmar la retaguardia “armas al frente”), o las que proponían toda una serie de medidas para ganar la guerra (“mando único”, creación de un Ejército Popular, etc) no tuvieron apenas incidencia, a excepción de ésta última, pero sirvieron para labrarles una sólida reputación de partido comprometido en la lucha contra el fascismo, y en el contrapunto ideal frente a los que parecían querer combatirlo con el desorden y las “frivolidades” revolucionarias.

III

Y en tercer lugar, merece ser destacado un factor que creo suficientemente contrastado. Tiene que ver con la evolución que experimentó la oposición al proceso de recomposición del Estado republicano burgués, al que antes me he referido, y que justamente a partir de la discusión sobre la reorganización de los servicios de orden público, parece elevarse a un plano diferente, subir un peldaño en su proyección y en su homogeneización. En efecto, si la inicial oposición (disidencia como la llama Miquel Amorós) que se empezó a manifestar en ocasión de las primeras acciones del gobierno Tarradellas, quedó recluida sin más en la crítica a los dirigentes, la que se desarrolla durante los primeros meses de 1937, parece apuntar hacia la cristalización de un movimiento que puede dotarse eventualmente de un programa alternativo. Es la aparición de un agrupamiento –Los Amigos de Durruti- que critica ferozmente el colaboracionismo gubernamental de los dirigentes de la organización confederal, pero lo es también la alianza que se establece entre las Juventudes Libertarias y las del POUM, y la contestación permanente que se da en diferentes sindicatos cenetistas. Y es también la aparición de jóvenes dirigentes como Alfredo Martínez o Santana Calero, que parecen más decididos que los propagandistas como Balius o Gilabert. No es por casualidad que esta situación no pasara desapercibida en los informes que redactaban los diversos agentes estalinistas desplazados a España. Hay una referencia continua al peligro de convergencia de todos estos elementos, incluso con el PSOE, aderezada naturalmente con el ritual de rigor acerca de los provocadores trotskistas a sueldo del fascismo, etc., etc. Este nuevo escenario coincide con la intensificación de la campaña estalinista contra el POUM, vehiculizada por el PSUC, que había sido iniciada ya meses atrás, sobre todo a partir del momento en el que el órgano de este partido, Treball (15-X-1936), califica al POUM de partido trotskista, y por tanto y siguiendo el manual estaliniano, asociado al fascismo internacional, que actuaba en Cataluña como quinta columna. La campaña adquiere una especial virulencia espoleada por las presiones de los diferentes “consejeros” soviéticos que actúan en Barcelona, que exigen continuamente a los dirigentes del PSUC que den muestras fehacientes de que han comprendido perfectamente el significado de la lucha contra el “trotskismo”.

Para acabar. Creo que lo que acelera el enfrentamiento es el miedo a que cristalice una oposición organizada. Es por ello que todos los sectores sociales y políticos que venían pidiendo mano dura con los anarquistas se lanzan finalmente. Es posible que no calcularan los efectos que podía tener tal decisión. O tal vez sí, y aún así decidieron seguir adelante atendiendo sobre todo a la necesidad imperiosa para ellos, de conjurar el peligro de cristalización de una oposición organizada y con un programa, una cuestión seguramente más decisiva a su juicio que los riesgos que se podían correr.

Desde este punto de vista, y sólo desde este punto de vista, resulta secundario establecer, en relación a los acontecimientos de mayo de 1937, si Stalin y los dirigentes de la IC fueron más instigadores que beneficiarios, o a la inversa. Lo es, aunque creo que con la documentación disponible hasta el momento, hay más que indicios razonables que establecen esta responsabilidad. En cualquier caso, lo que resulta relevante, lo verdaderamente significativo, es que lo que movió a los asaltantes de la Telefónica a hacer lo que hicieron, tiene que ver con los mismos temores y la misma política que movía a los dirigentes soviéticos, y que era seguida por los dirigentes del PSUC, especialmente por Comorera. Ese era el significado de la lucha contra eltrotskismo”. Una política que tarde o temprano llevaba al enfrentamiento porque, tal y como se pudo observar a través de la conflictividad desatada en la retaguardia catalana a finales de 1936 y principios de 1937, el proceso de recomposición del Estado republicano, es decir, el tránsito de un orden revolucionario a un orden antifascista, era inviable por métodos pacíficos.

Font: Fundación Andreu Nin, 2012

+ Info:

EL PROCESO DEL POUM: PROCESO ORDINARIO DE UNA JUSTICIA EXTRAORDINARIA. François Godicheau

Josep Antoni Pozo Gonzalez. Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936. Sevilla: Espuela de Plata, 2012.

Josep Antoni Pozo Gonzalez. La Catalunya Antifeixista. Dau, 2012.

Josep Antoni Pozo Gonzalez. El poder revolucionari a Catalunya durant els mesos de juliol a octubre de 1936 / Crisi i recomposició de l’Estat.

Tesi que té com a tema central l’estudi de les formes de poder revolucionari sorgides localment a tot Catalunya durant l’estiu de 1936 com a expressió, tant de la crisi de l’aparell d’Estat republicà, com de la resposta popular a l’aixecament militar.

La investigació aborda el problema del Poder durant els primers mesos de la guerra civil i la seva relació amb els esdeveniments revolucionaris, i mostra, a partir d’una exhaustiva utilització de fonts arxivístiques -algunes d’elles inèdites pels investigadors-, hemerogràfiques i bibliogràfiques, les claus que facilitaren l’enfonsament de bona part de l’aparell d’Estat a Catalunya, representat per les institucions del Govern autònom, i el sorgiment d’un poder revolucionari certament atomitzat, però de naturalesa diferent al poder legal, així com els factors que influïren i destacaren en la seva eliminació i en el procés posterior de recuperació institucional.

La tesi aborda igualment l’estudi en particular d’alguns dels elements que acompanyaren la situació coneguda com de doble poder: la "pugna" entre el Govern de la Generalitat i el Comitè Central de Milícies Antifeixistes, la realitat de la discussió interna dins el moviment llibertari en relació al problema del Poder, i l’anàlisi de com operà localment la tendència a constituir organismes al marge dels poders legals que, d’altra banda, acabarien exercint el poder durant el seu període d’existència, a vegades amb el concurs de les autoritats legals i, sovint, sense aquest concurs. Així, a partir de l’estudi de les formes o variants que adoptà el poder revolucionari a escala local -com sorgí, com actuà, com evolucionà i què representà- i de les seves característiques, similituds i diferències, s’analitza el fenomen representat pels diferents Comitès Revolucionaris que funcionaren per tot Catalunya -inclòs el Comitè Central de Milícies Antifeixistes-, a partir d’una doble perspectiva: en relació a les organitzacions, partits i sindicats, que en formaren part, i en relació a l’Estat, es a dir, en relació a les autoritats legals, tant pel que fa a les institucions, com pel que fa a les persones que en un moment determinat o en un lloc determinat, representaren o simbolitzaren el poder legal.

L’anàlisi es complementa amb l’estudi de les lluites polítiques que mantingueren la reraguarda catalana en continua agitació fins gairebé mitjans de 1937, i la relació que aquestes guardaren amb el procés de crisi i recomposició de l’Estat, amb especial atenció al paper jugat per la Junta de Seguretat Interior. En aquesta línia, s’aborden alguns dels aspectes que exemplificaren la situació: per exemple, la resistència a escala local a acceptar les disposicions del Govern de la Generalitat dictades a l’octubre de 1936, que dissolien els Comitès Revolucionaris i obligaven a reorganitzar els Ajuntaments amb una composició que traslladava la fórmula "antifeixista" de representació política a tots els municipis catalans; o la gènesi de la figura política dels "incontrolats", emmarcada dins la campanya per la recuperació de tota l’autoritat pel Govern de la Generalitat i per la reorganització dels serveis d’Ordre Públic, que portaria al trànsit de l’ordre revolucionari existent durant els primers mesos, a l’ordre republicà o antifeixista que s’establiria finalment amb la dissolució de les Patrulles de Control i l’eliminació del poder armat dels anarquistes; o l’evolució que experimentà des del punt de vista de l’hegemonia política, l’opció del populisme interclassista que caracteritzà tota l’etapa de la Catalunya autònoma, envers l’antifeixisme del període de la guerra i la revolució, amb la natural incidència en el paper que passarien a exercir els partits que millor representaren aquestes opcions, l’ERC i el PSUC respectivament.

75 aniversario de Mayo 1937. Yo he sido testigo en Barcelona + Manifiesto "COMBATE POR LA HISTORIA"

La revolución de los comités, de Agustín Guillamón


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¿Está ganando impulso la economía mundial?


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