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Anticapitalistes
  
dimecres 29 d’agost de 2012 | Manuel
¿Es nuestra sociedad realmente democrática?

PAUL D’AMATO

EL DERECHO a votar en elecciones no es suficiente para que una sociedad pueda ser considerada democrática.


I

LOS SOCIALISTAS creemos que la democracia sólo existe cuando consiste de un genuino control popular desde abajo.

La Revolución Americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789 fueron grandes avances porque reemplazaron el poder de los autócratas con formas de democracia representativa.

Estas revoluciones fueron impulsadas desde abajo por una acción popular de masas, al son de las consignas de libertad y fraternidad. Para las grandes mayorías, estas consignas reflejaban su deseo de acabar con la desigualdad económica y social.

Pero, en ambos casos, ricos mercaderes, banqueros e industriales reprimieron los elementos más democráticos de estos movimientos populares, con el objetivo de consolidar su propio poder de clase.

La democracia formal -el derecho al voto- fue establecida, pero con ella fueron instauradas muchas restricciones.

En 1851, Carlos Marx analizó la Constitución de Francia, en la cuál se "garantiza la libertad" salvo para las "excepciones decretadas por ley."

"Pues cada párrafo de la constitución contiene su propia antítesis, su propia Cámara Baja y Cámara Alta, es decir, la libertad en frases generales y su negación en las notas marginales", escribió Marx.

En Gran Bretaña, la clase obrera tuvo que organizar masivas protestas para ganar el sufragio universal masculino, sin restricciones de propiedad -y las mujeres no ganaron este derecho en Estados Unidos hasta entrado el siglo XX.

Mucho tiempo después de que la esclavitud fuera abolida, millones de negros en el Sur -y muchos blancos pobres- fueron negados de su derecho al voto.

Aún a la fecha, en EE.UU., gracias a un anticuado sistema electoral, diseñado para dar más peso político a los esclavistas, es posible ganar la presidencia sin ganar la mayoría del voto popular.

De hecho, la clase trabajadora ha tenido que pelear palmo a palmo para poder ampliar la extensión de la democracia, enfrentando a las clases dominantes, temerosas de que el sufragio universal amenace su dominio.

Pero, en realidad, el sufragio universal no es una amenaza para el capitalismo. La democracia parlamentaria brinda, en realidad, más votos a aquellos que tienen más riquezas.

Para usar un viejo, pero apropiado cliché -el dinero habla.

II

¿ES MI derecho a la libre expresión el mismo que tiene Rupert Murdoch, dueño de un imperio mediático valorado en miles de billones de dólares? Más aún, una gran parte del aparato de estado -las fuerzas armadas y la burocracia estatal- no son sometidas a elecciones.

El electorado no decide si ir o no ir a la guerra. Los trabajadores no tienen una voz en las decisiones económicas más básicas que afectan a sus vidas.

No podemos despedir a nuestro jefe o votar para cambiar las condiciones en que realizamos nuestro trabajo. En la actualidad, cada libertad de la que gozamos es rodeada de innumerables cualificaciones políticas y económicas. Por ejemplo, en muchos estados, a lo largo y ancho del país, a los empleados públicos se les niega el derecho a la huelga.

Es por esto que, no obstante nuestro derecho a votar, nos vemos forzados a llevar a cabo protestas y huelgas que no son parte del proceso político formal.

La democracia parlamentaria -donde cada dos, cuatro o seis años, elegimos representantes a quienes no podemos exigir rendir cuentas- ha tenido algún éxito en proveer la ilusión de democracia, en una sociedad en la cuál todas las decisiones importantes son tomadas por una minúscula minoría de gente muy rica y burócratas que les sirven.

Pero hay tiempos en los que hasta la democracia formal se convierte en una amenaza para los poderes fácticos -tal como lo demuestran los abundantes golpes de estado alrededor del mundo. Como la revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo señaló a finales del siglo XIX:

En esta sociedad, las instituciones representativas, democráticas por su forma, son por su contenido los instrumentos de los intereses de la clase dominante.

Esto se manifiesta de manera tangible en el hecho de que tan pronto como la democracia muestra tendencias de negar su carácter clasista y de transformarse en un instrumento de los intereses reales de la población, las formas democráticas son sacrificadas por la burguesía, y por sus representantes en el Estado.

Artículo publicado originalmente en Socialist Worker el 24 de Noviembre del 2000. Traducido por Damián Reyes

Font: Obrerosocialista.org


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