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Anticapitalistes
  
dilluns 16 de juliol de 2012 | Manuel
La erosión del Estado de medioestar

RAMÓN ZALLO

Hace quince años, Riccardo Petrella (1997) ya anunció en El bien común la pérdida de calidad del Estado del Bienestar en toda Europa como un proceso abierto a mediados de los 70. La implosión de los países del este (años 90) la agravó y, tras 2007, en ocasión de las crisis provocadas por el capital financiero, se extendió cualitativamente con un feroz ataque a fondos, servicios y valores comunes.

Para ser precisos, España nunca ha sido un Estado del Bienestar. La democracia llegó tarde, débil y mediante apaños. Una democracia más formal e institucional que real. Así que para cuando se quiso revisar al alza el lado social heredado del Estado franquista (convenios, seguridad social, salud pública…) llegaron los Pactos de la Moncloa por el lado de los sueldos y la construcción de estructuras de bienestar con bajos presupuestos, comenzando una lenta erosión convertida ahora en socavón. Hay quien habla así de un Estado de Medioestar.

Lo mismo ocurrió con la cultura. Nunca pudo compensar el agujero negro de 40 años de silencio forzoso, lo que se tradujo en que la lectura o la radio, una vez reinstaurada la democracia, ya no tuvieran tiempo a competir con las audiencias de televisión en el Estado español. Y lo mismo con la economía. Apostar por el ladrillo y el turismo fue tan cómodo como amenazante a largo plazo. Ahora se ha venido casi todo abajo.

Quienes han generado los actuales déficits públicos no han sido los gastos públicos sociales (muy por debajo de las medias europeas) ni nuestros supuestos excesos personales. Intentan el truco de la culpa con penitencia. Al fondo, como decía Josep Fontana (2011), son las malas decisiones políticas, incluida la de no amarrar a la clase financiera. No son la economía en sí ni el gasto público quienes nos han sumido en el actual círculo vicioso: a más austeridad más recesión y menos ingresos privados y públicos y desde ahí más recortes y más empobrecimiento. Los responsables -nuestras cigarras del cuento- han sido los excesos del sistema financiero (irresponsabilidad, sobreacumulación y capacidad de poner a escote los fiascos) y las políticas públicas del laissez faire (todo iba bien en el milagro español).

A las naciones sin Estado les afectan las mismas amenazas, y algunas más, que al resto. Así, el adelgazamiento radical y privatización de los sistemas públicos, o la deuda colectiva y de por años, o el cambio general en la distribución de las rentas en beneficio de las grandes fortunas, o la instalación colectiva en un marco de inseguridad y temor. Añádase que en estas comunidades se depende doblemente: de los errores de otros -con el riesgo añadido de ser sacrificadas por la receta general- y de las malas (o buenas) decisiones propias.

Una crisis siempre significa alguna ruina inmediata; le acompaña una gran destrucción de capital físico, inmaterial y humano. Pero, en parte, podría compensarse, desde el desarrollo de una capacidad de respuesta a los grandes cambios (resiliencia) con solidaridad, democracia, equidad, innovación social, desarrollo de lo colectivo y autogestión. Estos cambios cualitativos podrían contrapesar, en parte, los retrocesos cuantitativos. Respondiendo al cambio de paradigmas y de valores que vivimos, y con un enfoque de medio y largo plazo, se soportarían más fácilmente las crisis y se saldría antes y mejor.

¿Son las identidades nacionales un resorte que ayudaría a la solidaridad colectiva en esta época de crisis? No necesariamente a juzgar por la deriva liberal y de recortes de gastos y servicios públicos, especialmente en Catalunya y Galicia. Es más, se utiliza la identidad compartida como un argumento ideológico para cargar el esfuerzo solo en las mayorías populares. Hoy por hoy, las derechas de Estado, pero también CiU, se comportan como polizones interesados en la actual erosión de los servicios públicos y los derechos sociales. Aprovechan la época para imponer su filosofía sin someterla a discusión, con el argumento de la emergencia, y a costa de las mayorías. Paralelamente, el Estado restringe derechos de huelga o de manifestación y entra en una deriva autoritaria, orientada a desactivar los organismos sociales, a disolver los vínculos ciudadanos y a laminar a la sociedad civil, en la pretensión de sumirla en la resignación y en la apatía.

En primer lugar, tenemos un problema añadido. La usurpación que los gestores de los mercados financieros han hecho de la política se agrava en las naciones sin Estado con la recentralización estatal y la consiguiente dificultad para abrir vías propias. Al no contar con unos sistemas institucionales soberanos o semisoberanos, autogestionados en los órdenes político, económico, financiero, internacional y fiscal (con un matiz importante en el caso vasco-navarro) es difícil, si no imposible en algunos temas, emprender estrategias propias. O sea, aunque se pueda decidir en temas relevantes, a menos soberanía más dificultad para canalizar la época. Una gran debilidad.

En segundo lugar, la política económica española de los últimos años ha sido una rémora para las naciones sin Estado. Más para Catalunya que para Euskadi o Galicia, o que para Navarra, sin duda. Desde luego, no cabe desentenderse de las ciudadanías de otras comunidades (por lazos históricos y estando como estamos en un Estado unitario y regional), pero tampoco sufrir y avalar la torpeza de los gobernantes del Estado ni hipotecar vías propias, especialmente cuando se tienen economías volcadas al exterior. Al contrario, se requiere un entramado institucional integral, soberano o cosoberano. Recomiendo al respecto la lectura de esa parte del nonato Estatuto político de Ibarretxe (2004). Una oportunidad.

En tercer lugar, en las naciones sin Estado es obligado plantearse el problema de la capacidad decisional simultáneamente con el de la cohesión interna, dándole centralidad a las salidas de las crisis en beneficio de las mayorías. Hacerlo desde el castigo a la ciudadanía no es progresista ni razonable; hacerlo desde criterios de solidaridad es, además, integrador en países en construcción. Un soberanismo de base popular y social puede multiplicar su peso social en una época dura afrontando la actual triple expropiación: del centralismo español; de la UE con su brutal pacto fiscal dictado por el capital alemán; y del imperio plutocrático de las finanzas globales. Entre otras cosas, se necesitan un sistema fiscal justo y eficaz, un empuje público concertado al sector productivo material e inmaterial, unos servicios sociales y públicos modélicos y de acceso, y un sistema financiero semipúblico e implicado. Se pone a la orden del día la necesidad de proyectos progresistas, distribuidores y solidarios de construcción nacional. Otra oportunidad.

Por último, y desde el punto de vista del sujeto, es necesario el choque interno de proyectos, siquiera para barajar hipótesis distintas a las oficiales. Ello producirá una dificultad para las alianzas internas comunitarias por el distinto tratamiento que derechas, centros e izquierdas dan a estas problemáticas. La búsqueda -en lenguaje gramsciano- de un Bloque Histórico, una alianza que dé salida a los retos, se complica porque las necesidades históricas no siempre son coetáneas con la maduración y responsabilidad de los agentes y pueden arruinarse las oportunidades. No tenerlo en cuenta sería muy ilusorio. Otra complicación.

En el caso de Catalunya aún no se ha superado la resaca de los tripartitos. En el caso vasco-navarro, cómo no están aún normalizados los marcos políticos. Por un lado, se hace muy difícil una alianza de izquierda en lo inmediato tanto en la Comunidad Autónoma del País Vasco -EH Bildu, PSE, IU/EB/EAnitza- como en Navarra (PSN, Nabai, EH Bildu, Izquierda/Ezkerra). Pero, por otro lado, tampoco parece fácil una alianza nacionalista en la CAPV -PNV y EH Bildu- ni una alianza vasquista en Nafarroa -Nabai, EH Bildu e Izquierda/Ezkerra- bajo programas comunes progresistas y soberanistas o vasquistas. En la CAPV esto último, siendo muy interesante, hubiera sido posible con un liderazgo carismático. Pero a los líderes (Ibarretxe, Arnaldo…) se les teme.

Estamos así en una época de crisis de incierta salida y de hipotética doble acumulación de fuerzas (social y nacional). Como también es una época de crisis de actores, exige abordar como tarea imprescindible la regeneración y puesta a punto de unos actores políticos sólidos convocados a liderar los procesos con proyectos estratégicos y no solo a lidiarlos.

9/07/2012

Ramón Zallo, es catedrático de la UPV/EHU

Font: Viento Sur


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