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Anticapitalistes
  
dilluns 25 de juny de 2012 | Manuel
Ahora viene el relanzamiento… de la destrucción social y ecológica

Daniel Tanuro

El crecimiento ha vuelto a aflorar en el discurso político. La Confederación Europea de Sindicatos (CES) viene reclamándolo desde hace varios años. Ha sido un eje central de la campaña electoral de François Hollande. Los socialdemócratas lo reclaman en todos los países, particularmente en Alemania. La derecha también mete baza, sobre todo por boca de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, y de Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo. Incluso Angela Merkel reconoce de boquilla que la austeridad no basta y que hay que relanzar el crecimiento…

En el marco de las reformas

La CES se equivoca cuando aplaude estos cambios /1, ya que se trata del relanzamiento en el marco de la austeridad neoliberal. Limitado por la magnitud de los déficits y sometido a la ley del beneficio, este relanzamiento sumamente hipotético no absorberá el paro masivo, servirá de pretexto para nuevos ataques antisociales y antidemocráticos y agravará la crisis ecológica. Más que dejarse engañar por los efectos publicitarios de este (mini)cambio en la continuidad, hay que tomarlo como un impulso para intensificar la lucha y construir relaciones de fuerzas con vistas a una alternativa digna de este nombre: un modelo de desarrollo distinto, tanto social como ecológico, basado no en el crecimiento, sino en el reparto del trabajo y de la riqueza, así como en el respeto de los límites medioambientales.

Hay ahora un consenso cada vez más claro en torno al hecho de que es preciso hacer más cosas por generar crecimiento y puestos de trabajo en el marco de las reformas presupuestarias y estructurales” emprendidas en Europa. Esta declaración del presidente Obama en la reciente cumbre del G-8 muestra claramente los límites de las gesticulaciones en torno al relanzamiento. El problema de fondo, en efecto, es el berenjenal en que se ha metido el sistema capitalista mundial, que puede describirse esquemáticamente mediante una fórmula sencilla: por un lado, no es posible volver al modelo keynesiano de la edad de oro del capitalismo (1945-1973), ya que debido a la magnitud de la deuda, esto exigiría una redistribución radical de la riqueza; por otro, el modelo neoliberal, que ha permitido restablecer espectacularmente la tasa de beneficio, descarriló en 2008 y no es posible encarrilarlo de nuevo, pues el aumento del endeudamiento ya no permite asegurar salidas artificiales al capital.

Haría falta un tercer modelo, pero no existe, no en vano el capitalismo solo existe en dos variantes: o bien la regulación, o bien lo que Michel Husson ha denominado muy elegantemente el “capitalismo puro”. Por tanto, las clases dominantes, en particular en Europa, no tienen otra solución que la huida hacia delante, es decir, la destrucción implacable de los restos del “Estado de bienestar”, cosa que, dada la resistencia social, exige a su vez el deslizamiento rápido hacia un régimen político semidespótico.

Únicamente en la medida en que esta vasta ofensiva de regresión social y democrática dé los resultados previstos habrá márgenes presupuestarios disponibles para la llamada “política de crecimiento”. Esto es lo que quiere decir Obama cuando precisa que esta política debe desarrollarse “en el marco de las reformas presupuestarias y estructurales”. Las indicaciones dadas por Draghi explicitan de qué se trata: reforma del mercado de trabajo, reducción de los “costes salariales”, más flexibilidad y precariedad, vida laboral más larga, etc. /2

¿Márgenes? ¿Qué márgenes?

Sería un crimen equivocarse: la guerra no ha terminado. Una guerra de clases despiadada, como ha recordado el magnate estadounidense Warren Buffet. Ni siquiera está cerca del fin: vista la enorme masa de deudas privadas convertidas en deudas públicas, vista la resistencia en que está arrinconado el mundo del trabajo y vista la profunda crisis del régimen político que invade un país tras otro, los márgenes
presupuestarios disponibles para el relanzamiento son sumamente limitados.

Suponiendo que Alemania acepte (cosa que sería sorprendente) mutualizar las deudas a través de un mecanismo de eurobonos, estos apenas aportarían algún margen de maniobra, pues encarecerían los costes financieros de los países “sanos” del norte de Europa en la misma medida en que rebajarían los de los países “enfermos” del sur del continente. ¿Qué más queda? ¿Dejar pasar los déficits? ¿Dar rienda suelta a la inflación? Los “mercados” se oponen, y tienen los medios para imponer su voluntad. ¿Los “bonos de proyecto” con los que la Comisión Europea pretende financiar proyectos transeuropeos de transporte, energía e innovación? No aportarían más de 230.000 millones de euros. ¿Recapitalizar el Banco Europeo de Inversiones (BEI)? No se prevén más que 10.000 millones de euros… Ahora bien, importes de este orden son totalmente insuficientes para financiar el vasto plan de inversiones públicas capaz de contribuir a acabar con el paro estructural masivo.

No olvidemos “la otra crisis

En este contexto, la izquierda tiende a olvidar un poco la crisis ecológica. Vista la
urgencia social, es un error comprensible, pero así y todo se trata de un error importante. Se trata, en efecto, de no perder de vista que los problemas ecológicos constituyen un factor importante y radicalmente nuevo de la situación social, un factor insoslayable porque una estrategia social y económica que no ofrezca al mismo tiempo una solución a la destrucción ambiental confrontaría inevitablemente a los explotados con problemas y sufrimientos añadidos.

¿De qué se trata? En primer lugar, del angustioso desafío climático/energético. Recordemos brevemente los datos que se desprenden de los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC). Para tener un 50% de posibilidades de no rebasar excesivamente los 2°C de aumento de la temperatura en la superficie terrestre, conviene cumplir al mismo tiempo las siguientes condiciones:

- Reducir entre un 50 y un 85% las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero de aquí a 2050;

- Iniciar esta reducción a más tardar en 2015;

- Reducir entre un 80 y un 95%, en comparación con los niveles de 1990, las emisiones absolutas de gases de efecto invernadero de los países desarrollados de aquí a 2050, pasando por una etapa del 25 al 40% hasta 2020;

- Reducir entre un 15 y un 30% las emisiones relativas de los países en desarrollo
(frente a las proyecciones basadas en la ausencia de medidas).

Para hacerse una idea de qué implica esto hay que tener en cuenta tres elementos:

1) el dióxido de carbono es el principal gas de efecto invernadero;

2) este CO2 es el producto inevitable de la quema de combustibles carbonados, en particular de los combustibles fósiles; y

3) estos combustibles fósiles cubren el 80% de las necesidades energéticas de la humanidad.

Por tanto, evitar un cambio climático irreversible (a una escala de tiempo humana) solo es posible mediante una eliminación acelerada del uso de carbón, gas natural y petróleo. Esto no solo requiere una formidable transición mundial hacia las energías renovables, sino también una reconversión de las industrias petroquímicas, pues están basadas en el petróleo como materia prima.

El potencial técnico de las energía renovables es en gran medida suficiente para lograr esta transición energética, pero su potencial económico (es decir, su competitividad con respecto a las energías fósiles) es y probablemente seguirá siendo muy insuficiente durante dos a tres décadas. Además, la transición requiere enormes inversiones en un nuevo sistema energético descentralizado, esas inversiones necesitan energía y esta energía, al comienzo de la transición… es en su mayoría fósil, y por tanto fuente de emisiones suplementarias de gases de efecto invernadero.

Relanzamiento… de la destrucción ecológica

Conclusión: el capitalismo verde es igual de ilusorio que el capitalismo social, y la combinación de ambos es lisa y llanamente confundir la realidad con los deseos. Visto el imperativo de la competitividad en un contexto de competencia, el relanzamiento del crecimiento capitalista no implicaría únicamente una acentuación drástica de la ofensiva de austeridad neoliberal y un retroceso concomitante de los derechos democráticos, sino también una verdadera catástrofe ecosocial de tal amplitud que resulta difícil imaginar sus contornos.

No se trata en este artículo de desarrollar escatologías, sino de tomarnos en serio las proyecciones de impacto calculadas sobre la base de modelos climáticos, señalando que estas son inferiores a la realidad de los fenómenos observados. Sobre la base de los compromisos actuales de los Gobiernos (¿los cumplirán?) podemos proyectar un aumento de la temperatura de 3,5 a 4°C a lo largo de los 80 próximos años con respecto a la era preindustrial. Esto puede comportar en particular una subida de un metro o más del nivel de los océanos de aquí a finales de siglo, una intensificación drástica de los problemas de acceso al agua dulce (que ya afectan gravemente a cerca de mil millones de personas), una multiplicación de los fenómenos meteorológicos extremos, una pérdida neta de la productividad agrícola a escala mundial y un declive acelerado de la biodiversidad. Más de mil millones de seres humanos se verán confrontados de este modo con un endurecimiento de sus condiciones de vida, y varios cientos de millones verán amenazada su existencia misma. La inmensa mayoría de estas víctimas serán –ya lo son– los pobres de los países pobres… que prácticamente no han contribuido para nada al cambio climático.

Otro modelo de desarrollo

Por tanto, la idea de que el relanzamiento del crecimiento podría aportar una solución, siquiera parcial, a los problemas sociales y ecológicos no se sostiene. Lo cierto es todo lo contrario. En particular, la plaga del paro masivo permanente –¡24 millones de desempleados registrados en la UE!– no es en modo alguno fruto de la falta de crecimiento económico: es un resultado de la política neoliberal que aspira a que las mejoras de productividad se aprovechen para engrosar los beneficios de los
accionistas y no para reducir el tiempo de trabajo. En cuanto a la transición energética,
no será fruto de un mítico capitalismo verde –forzosamente neoliberal–, sino única y exclusivamente de un plan público voluntarista de inversión en eficiencia energética y
en energías renovables. Por otro lado, llevar a cabo esta transición dentro de los plazos marcados por el GIECC no es posible sin anular la deuda ilegítima y sin la apropiación pública de los sectores financiero y energético mediante la nacionalización sin indemnización ni recompra de los grandes accionistas.

Por tanto, hay que romper con el neoliberalismo… que es el único capitalismo realmente existente hoy en día. Lo que hace falta y puede ofrecer una perspectiva a las luchas es elaborar un modelo de desarrollo completamente distinto a escala europea. Un modelo ecosocialista. Este implica, siguiendo con el ejemplo de la lucha contra el paro, atreverse a plantear como punto de partida que la creación de puestos de trabajo pasa por la redistribución radical de las rentas, no por el crecimiento. Es decir, por la lucha contra el capitalismo, no por su “relanzamiento”.

En el aspecto ambiental, este modelo pasa en los países desarrollados por el reparto de la riqueza y no por su aumento. Incluso habría que ir más lejos y atreverse a decir la palabra “decrecimiento”, aunque desde luego no en el sentido político-filosófico que algunos dan a este término, sino en sentido literal. En efecto, por las razones expuestas, la eliminación gradual de los combustibles fósiles en dos generaciones no es posible en estos países sin una disminución de la producción material y de los transportes, lo que implica en particular decisiones políticas como la supresión de las producciones inútiles y nocivas, una vasta relocalización de la economía, el paso a una agricultura ecológica de proximidad, etc.

Es la combinación de la crisis ecológica y de la crisis social la que confiere a la crisis actual del capitalismo una dimensión sistémica, “de civilización” e histórica que no tiene precedentes. En la elaboración de alternativas, la izquierda ha de estar a la altura de este desafío.

24/5/2012

Daniel Tanuro es ingeniero agrónomo, militante ecosocialista y autor del libro “El
imposible capitalismo verde
” publicado por La Oveja Roja/Los Libros de Viento Sur.

Fonts: Viento Sur, www.europe-solidaire.org

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