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Anticapitalistes
  
dimecres 2 de maig de 2012 | Manuel
Austeridad, desigualdad y ajuste

Albert Recio Andreu

A la hora de justificar sus decisiones, los políticos y los técnicos de alto nivel apelan siempre a los aspectos colectivos. Las políticas se hacen en beneficio del país, de la Unión Europea, de la economía mundial. Como si las colectividades fueran homogéneas, cohesionadas y participativas, y estuviera claro que los intereses del conjunto son también los de cada cual.

Esto es especialmente relevante cuando se trata de aplicar “sacrificios” en forma de recortes de rentas, cambios en la jornada laboral, aumentos de impuestos o cualquier otra medida que afecta a las condiciones de vida cotidiana de la gente. Pero sabemos que en ningún nivel de colectividad (desde la familia a la comunidad mundial) existe igualdad entre sus miembros. Y también podemos observar que pocas veces las medidas afectan por igual a todos.

Es posible que, en determinados momentos, las colectividades deban realizar esfuerzos de austeridad, bien porque su comportamiento anterior ha sido equivocado, bien porque deben hacer frente a una fuerza externa que las obliga a ello. Si consideramos el impacto ecológico del modelo de vida occidental, es evidente que estamos abocados, en un plazo de tiempo más o menos corto, a realizar cambios importantes en nuestra forma de vida que podemos asociar a la idea de austeridad. Si consideramos la actual estructura de poder económico mundial, parece difícil que muchos países puedan evitar recortes en su nivel de vida, aunque en bastantes casos se trate de una imposición injusta.

Cualquier política seria de austeridad debe cumplir una serie de requisitos para observar su compromiso de “emergencia colectiva”.

- En primer lugar, la de preocuparse por la situación de las personas que están en peor situación.

- En segundo lugar, la de ser equitativa en los efectos individuales.

- En tercer lugar, la de centrar el peso de la carga en aquellos comportamientos que tienen más responsabilidad a la hora de generar el problema.

- En cuarto lugar, la de sentar las bases para desarrollar un modelo de vida viable en el futuro.

- En quinto lugar, la de ser eficiente en las respuestas.

- Y en sexto lugar, la de minimizar los daños.

Parece claro que, aplicando estos criterios, los actuales planes de ajuste resultan manifiestamente inicuos y estériles. Las reformas adoptadas en materia laboral, sanitaria, educativa y de rentas están aumentando las desigualdades sociales (en un país que ya en 2009 era el segundo con mayores desigualdades de la Unión Europea, con un nivel de desigualdad un 40% superior al de la media, ya de por sí obscena). Algunos de los recortes, como los del copago sanitario o los experimentados en las rentas de inserción, atentan directamente contra las condiciones de vida de los más desfavorecidos, y son completamente contradictorios con el propio discurso oficial, que cifra en la educación y la investigación las posibilidades de salida de la situación actual, mientras ambas partidas experimentan recortes sustanciales. Asimismo, es evidente que eximir de impuestos a los defraudadores, seguir permitiendo que los directivos de bancos quebrados se autoconcedan generosos “bonus” o abogar por la creación de un nuevo sistema de “castas” universitarias bajo el pretexto de que hay que premiar el talento, nada tiene que ver con un sacrificio colectivo. Es el viejo trágala de imponer a la mayoría sacrificios para mantener los privilegios de las elites.

Un mundo más austero sólo es tolerable si es más igualitario; si la actividad humana se centra en alcanzar las condiciones esenciales de bienestar y elude el despilfarro; si el menor consumo tiene una contrapartida en una forma de vida y trabajo más rica en participación social. Una participación que permite, además, debatir racionalmente sobre prioridades, límites y opciones. Los planes de ajuste actuales no sólo no incluyen estos aspectos, sino que introducen reformas que los hacen imposibles.

Frente a la desigualdad y el padecimiento que generan los nuevos planes, es el momento de empezar a elaborar propuestas que apuesten por otro modelo de austeridad, el de una sociedad ecológicamente responsable, socialmente justa y participativa. Debemos ser capaces de construir una propuesta de austeridad alternativa basada en propugnar una jerarquía de necesidades que satisfacer, la penalización fiscal de las actividades de lujo o lesivas (por ejemplo, impuestos diferenciados a consumos inadecuados, fiscalidad ecológica, etc.), esquemas retributivos más igualitarios (incluyendo garantías básicas de renta), formas de organización laboral más equilibradas y un reparto equitativo de los costes del ajuste (no se pueden salvar bancos cuando no se salva a las personas endeudadas injustamente). Debemos convertir la consigna de la austeridad en un boomerang contra los verdaderos promotores del despilfarro.

27/4/2012

Font:

Cuaderno de depresion 9, mientrastanto.org, 102


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