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Anticapitalistes
  
diumenge 22 d’abril de 2012 | Manuel
Asturias: La "Huelgona" de 1962

Boni Ortiz

La chispa que encendió aquella lumbre saltó en el pozo Nicolasa. Podía haber sido en cualquier otro. La Ley de Convenios Colectivos puesta en marcha apenas un lustro antes, abría algún resquicio a la negociación de unas condiciones laborales que hasta 1958, eran fijadas por el gobierno de la dictadura. Los Jurados de Empresa, o las posibles negociaciones en el ámbito territorial local, provincial o estatal, crearon ciertas ilusiones aperturistas y liberalizadoras que también se manifestaban en otros entornos socioculturales del Estado español. Era cierta suerte de optimismo social derivado de la salida del bloqueo, la autarquía y el final del racionamiento y que podría diagnosticarse como el síndrome "Bienvenido Mister Marshall". Se afianzaban en el aparato del Régimen los tecnócratas del Opus Dei: los trajes de tergal con corbata, desplazaban a las camisas azules con correajes falangistas. El Plan de Estabilización abría las puertas a la inversión de capital extranjero, al que se le ofrecía la supuesta garantía de una clase obrera derrotada y masacrada hacía poco más de dos décadas, sometida a unas condiciones laborales y salariales muy alejadas de las europeas, carente de sindicatos de clase que las pudieran mejorar y sin perspectiva de cambio en el medio plazo.

A primeros de abril, en el pozo Nicolasa estaba habiendo dificultades con los turnos y las “cronometraciones”. El jueves 5, 25 picadores habían reducido el ritmo de trabajo y los siete picadores del “taller 9” (de especial dureza) no habían arrancado ni un caldero de carbón. Era una protesta por la lesiva organización de los turnos y el desacuerdo con los precios del destajo impuesto por la empresa (Fábrica de Mieres) interesada en reducir la producción, ante la competencia del petróleo como nueva y ascendente fuente de energía, asunto que estaba produciendo la enésima crisis hullera asturiana. Los siete picadores fueron sancionados. El sábado 7 de abril, ni el turno de la mañana ni el de la tarde, entra a trabajar, en solidaridad con los sancionados. Como en el día anterior, se presenta allí el Delegado Provincial de Sindicatos a amenazarles con el despido. El lunes tampoco entrarían los del pozo Baltasara que pertenecía también a Fábrica de Mieres, como el Polio, Centella y Barredo. Aquello sería el inicio de una huelga general de carácter y solidario que se iría extendiendo como un reguero de pólvora y que no sólo afectaría a la minería, también a la siderurgia y el metal. Primero en todo el cauce del Caudal que engloba los concejos de Mieres, Lena, Aller y San Adriano; poco después en el Valle del Nalón que comprende los concejos de Langreo (La Felguera, Sama, Lada, Ciaño,...) San Martín del Rey Aurelio, Laviana, Caso y Sobrescobio. En menos de quince días el paro también estaba afectando a numerosas a minas lejanas, algunas de gran capacidad productiva como La Camocha de Gijón, o Minas de Riosa, desbordando la zona central asturiana y llegando a explotaciones menores en Siero, Bimenes, Oviedo, Llanera, Carreño, Gozón, Quirós, Teverga, Tineo, Degaña, Cabranes... Las tácticas represivas de la dictadura con detenciones y torturas, unidas a las empresariales y sus siervos del Sindicato Vertical, con despidos y look-aut, no fueron suficientes. Sobre todo para las mujeres de los mineros, que se presentaban los lunes a los pozos mineros abiertos por las empresas incapaces de componer las plantillas con esquiroles. La acción de las mujeres regando de maíz (comida de gallinas) las entradas a los pozos e increpando a los pocos rompe-huelgas que seguían el juego a la patronal, lograron el mantenimiento de las huelgas y el rechazo social de los escasos esquiroles, además de desarrollar labores informativas, de recogida de dinero y alimentos solidarios. Anita Sirgo y Tina Pérez son dos de aquellas mujeres que fueron detenidas, torturadas y rapadas en los calabozos de Sama por el capitán Caro y el cabo Pérez y de cuyas vivencias Amanda Castro realizó un emocionado cortometraje titulado “A golpe de tacón”.

A finales del mes de abril, alrededor de 65.000 trabajadores asturianos de la minería y de la industria están en huelga y el contagio empieza a darse en las provincias vecinas de Euzkadi, tanto en la minería como en la siderurgia y el metal, afectando a cerca de 50.000 trabajadores. El cuatro de mayo, el gobierno de la dictadura decreta el Estado de Excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa, y, a pesar de ello, la lucha sigue extendiéndose de forma paulatina por todo el Estado español.

A lo largo del mes de mayo el conflicto se extiende a la zonas mineras de León afectando a mas de 20.000 trabajadores del Valle de Laciana, del Bierzo, Sabero, y Babia, a los que habría que sumar un número impreciso de mineros de Palencia, además de paros solidarios y limitados en alguna empresa de Burgos, el textil de Bejar, o en las minas segovianas de Ólvega. En Galicia son más de 15.000 los huelguistas, en su mayoría de los astilleros de Vigo y El Ferrol, pero también metalúrgicos de La Coruña, Lugo y Puentes. Sin dejar el norte, en el cinturón industrial de Barcelona, la cifra de huelguistas se acercaría a los 50.000. Las grandes empresas de Madrid como CASA, Standard, o Euzkalduna-Villaverde, junto a otras de menor envergadura, aportaran 12.000 obreros a esta gran marea. En la minería, el campo y la industria andaluza, fueron a la huelga alrededor de 50.000 trabajadores, fundamentalmente en las provincias de Jaen, Huelva, Córdoba, Granada y Sevilla. También en la localidad ciudarrealeña de Puertollano, alrededor de 12.000 trabajadores mantuvieron diez días de huelga. En Aragón, concretamente en las zonas mineras de Teruel, el paro alcanzó a varios miles. En Murcia, 5.000 trabajadores entre Cartagena, La Unión, Mazarrón y Ceheguín. También se dieron paros, sin determinar su incidencia y duración, en los Altos Hornos de Vizcaya del Puerto de Sagunto; los trabajadores del arroz de Don Benito y, por último, en Las Palmas y Tenerife también se produjeron paros que están sin precisar.

Continuando con los datos que aporta el trabajo coordinado por Rubén Vega: “Las huelgas del 62 en España y su repercusión internacional” (Edt. TREA, Gijón 2002), reeditado para este cincuentenario, debemos finalizar con este párrafo: “En definitiva, más de 200.000 trabajadores asturianos, vascos, catalanes y andaluces, a los que habría que añadir magnitudes inferiores pero en absoluto desdeñables correspondientes a León, Galicia, Aragón, Madrid, Cartagena, Puertollano... hasta un total que se aproxima, sin excesivo margen de error, a los 300.000 huelguistas. En cuanto a la extensión territorial, aunque con intensidad muy desigual, se constata la incidencia en 28 provincias”. Los apoyos de sectores sociales relacionados con las nuevas culturas emergentes y con el mundo de la universidad, que habían empezado a moverse con fuerza en febrero de 1956, producía en los huelguistas un efecto entusiasmador. La famosa carta de “Los 102 dirigida a Fraga en protesta por las torturas que se estaban dando, era otra expresión solidaria del mundo de la cultura y la universidad, que se estaba manifestado dentro y fuera del Estado español.

Pero la dimensión de la Huelgona de 1962, todavía sería multiplicada por la solidaridad internacional (con manifiestos y declaraciones; actos políticos y sindicales; recogida de ayudas económica y material, etc.) de las federaciones mineras de los grades sindicatos en Francia, Bélgica, Reino Unido, EE.UU., la URSS; incluso de los mineros marroquíes de Khourigba. Así mismo cursaron visitas a Asturias algunas delegaciones de los sindicatos mineros galeses y franceses.

Espontaneidad, autoorganización y características mineras

Poco antes el Partido Comunista de España (PCE) había convocado una Huelga Nacional Pacífica, para el lunes 5 de mayo de 1958, que fue un absoluto fracaso. Se trataba de una “herramienta” para desarrollar su política de “reconciliación nacional” cuya pretensión era “la superación de las divisiones de la Guerra civil”. Un año después, concretamente el jueves 18 de junio de 1959, volvieron a la carga con una nueva convocatoria que nuevamente fracasaría, evidenciando el desconocimiento por parte de la dirección del PCE, de la situación del pueblo trabajador en la península. Ambas convocatorias, se basaban en un análisis de la situación repleto de mixtificaciones y de voluntarismo, producto de una política absolutamente alejada de la realidad y cuyo debate, tras el VI Congreso celebrado en Praga en 1960, acabaría con la expulsión de Semprún y Claudín. Pero lo que realmente nos interesa aquí, es la escasa influencia del PCE, si bien una vez iniciado el conflicto, el apoyo del PCE a su extensión tanto estatal como internacional, sería fundamental, asunto que posteriormente capitalizó como partido. La presencia de otras fuerzas políticas y sindicales como el Frente de Liberación Popular (FLP), la UGT, o incluso del “catolicismo postconciliar” expresado en las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC) o en las Juventud Obrera Católica (JOC), fue residual.

Sin duda el malestar creciente debido a la congelación salarial, frente al aumento de los precios de los productos de primera necesidad, las duras condiciones laborales y la carencia de derechos: al paro, accidentes laborales, vacaciones y descansos,... aparecían más insuficientes si se comparaban con los que gozaban y contaban los familiares veraneantes emigrados a Europa. Esto sumado la memoria colectiva, junto a las peculiaridades del trabajo en la mina, incluidas algunas liturgias y simbologías, habían ido conformando una “cultura minera” homogénea en “les Cuenques”, basada en la solidaridad y el apoyo mutuo, con el lejano telón de fondo de la Comuna Asturiana del 34.

El pozo minero de extracción vertical en aquellos años, sin otra mecanización que el aire comprimido para los martillos de picadores y barrenistas y las máquinas eléctricas del tren de vagonetas, es un mundo singular con códigos propios, roles diversos y relaciones complejas, desde el preciso momento en el que el minero entra a cambiarse a la Casa de Aseo, y de cuyo techo penden las “perchas” (cierta suerte de plato metálico con diversos ganchos-percha alrededor) que bajan mediante una cadena articulada por una polea y que vuelven a izarse a lo alto (por donde circula aire caliente) para que la ropa de trabajo, empapada de sudor y del agua de algunos tajos, se vaya secando para el día siguiente. De la amplia y diáfana Casa de Aseo, donde todos los mineros de un turno tiene su primer contacto y lugar propicio para la asamblea, se pasa a la “lampistería” a recoger la lámpara personal y numerada. Si se me permite la licencia poética: la lámpara es la “luz en la oscuridad y el ojo del cíclope”, y cuya presencia o ausencia en la estantería-cargador, determinan si ese minero en concreto está dentro o fuera del pozo. Coger la lámpara, o por el contrario, no hacerlo, quiere decir que se entra o no al interior: al trabajo en la oscuridad. El siguiente paso es dirigirse a la “caña del pozo”, para embarcar en una “jaula” que sube y baja al interior las veces que sean necesarias, llenas de mineros metidos a calzador. Antes, muchos de ellos habrán pasado por el Almacén a recoger alguna herramienta dejada el día anterior para afilar (punteros y hachas); aceite para los martillos; clavos para las traviesas de la vía; arandelas y juntas para las tuberías de aire o agua; el pipote de agua el guaje... Una vez en el interior (a muchas decenas de metros de profundidad), los mineros se dirigen a sus respectivos tajos, siempre muy alejados del embarque o “caña del pozo”. Los picadores que arrancan el mineral y que constituyen menos de una quinta parte de la plantilla, al llegar al punto de trabajo común, lo primero que hará cada uno de ellos, será seleccionar y acopiar la madera con la que fortificar (postiar) su “serie” una vez haya arrancado el carbón y que ha sido puesta en las cercanías de la “rampa” por los maderistas, uno de los numerosos oficios que le sirven junto a los vagoneros, maquinistas, caballistas, embarcadores, tuberos, camineros, postiadores, relevadores, barrenistas, artilleros,... incluso los “paragüeros” nombre despectivo con el que se distingue a los mecánicos o electricistas del exterior y que en ocasiones, bajan a reparar algo en los alrededores del embarque: es decir muy lejos del arranque o corte. Después de comer el bocadillo, se produce otro momento singular: “dar la tira”. Todos los picadores de la rampa (digamos entre cinco y siete), junto a los guajes (uno o dos ramperos) y el postiador del turno (un picador en tareas de conservación y mantenimiento de la rampa), irán bajando y dando de mano en mano, cerca de una tonelada de madera de diversos cortes y características, dejando en las series la que cada picador seleccionó para sí. En muchas ocasiones a esa tarea solidaria y colectiva de “dar la tira” se suma en el primer tramo, otros mineros que están en la galería haciendo las labores específicas de sus oficios... Nada más lejos de mi intención apabullar con la descripción de estas tareas. Trato de hacer comprender el rol del picador, no sólo en el proceso productivo minero, también en esa sociedad singular y hermética que se prolonga en el poblado, donde se constituye y expande la cultura minera que cuenta con su propio lenguaje, usado también en manifestaciones culturales como la canción, el teatro, las artes plásticas,... fomentada y desarrollada por las numerosas sociedades obreras y culturales presentes siempre a lo largo de más de un siglo, en situaciones políticas bien dispares, y que tuvieron propósitos ideológicos o culturales muy diferentes y en consonancia.

Para finalizar este argumentario sobre las características del minero, podemos decir que el trabajador de la mina asturiana, es el campesino de la aldea cercana que accede al trabajo minero como complemento a la economía familiar basada en la pequeña explotación agrícola y ganadera autosuficiente. Los poblados mineros cercanos a los pozos creados por las empresas, no fueron la plasmación de ningún propósito "krausista", ni higienista, ni del buen rollo paternalista. Los poblados los crean las empresas, buscando el desarraigo del minero, para sacarle de un campo donde hacerse fuerte y poder resistir una huelga o lucha por mejorar sus condiciones laborales, sin morirse de hambre, además de hacerle dependiente del Economato de la empresa, la Escuela, el “Hospitalillo”, hasta del Casino Obrero o la Capilla. Tal vez así, podamos entender la importancia de algunos gestos a la hora de propiciar y llevar a cabo esta Huelga, simplemente con el “silencio”: no cambiándose en la Casa de Aseo; no cogiendo la Lámpara; dar la vuelta antes de embarcar en la Jaula, o no poner ningún picador su madera “en tira”.

Las Comisiones de Obreros: un proceso constituyente desvirtuado y traicionado El Sindicato Vertical (la CNS), tanto en la Huelgona del 62, como en el resto del periodo de huelgas que abarcaría hasta 1965, habían tenido un papel exclusivamente represivo y de portavocia de las amenazas de las empresas, si bien en ocasiones, cambiaban la táctica del palo, por la zanahoria. Así lo vieron los mineros, como prueban algunas de sus respuestas y actitudes frente a la táctica sindical del PCE -y que en el sector iba a tardar en echar raíces- referida al aprovechamiento de los cauces legales, llamando a la participación en las Elecciones Sindicales del franquismo, y ante la que los mineros reaccionaban votando mayoritariamente a los héroes y heroínas del cine de la época como la Mula Francis, Sofía Loren o Cantinflas. El rechazo a los Jurados de Empresa, obligó a los trabajadores en conflicto, a elegir sus representantes para negociar con la empresa. De ahí parten las Comisiones de Obreros, o Comisiones Obreras (¡ojo!: en la España de Franco no había Comités, ni siquiera para las fiestas patronales; era un término que tenía reminiscencias rojas y republicanas). Se trataba de una delegación elegida para un asunto concreto, siempre en condiciones de ser cambiada una vez hubiese desempeñado su labor. Inicialmente era un mecanismo anti-represivo, que además tenía virtudes democráticas, como el mandato imperativo, y la consulta a la asamblea a la hora de tomar decisiones. Aquel proceso de Delegados obreros, que ya se había iniciado años antes en La Camocha con la “Huelga del agua” (enero de 1957) o en el María Luisa con la “Huelga del guaje” (marzo del mismo año), iba a imponerse en todas las luchas obreras, a lo largo de la dictadura. Desde el principio de las primeras y grandes movilizaciones populares, iniciadas con la Huelga de los Tranvías de Barcelona y la imposibilidad del régimen de Franco de amortiguar y canalizar dichas movilizaciones desde unas estructuras exclusivamente represivas, obligó al pueblo trabajador, una y otra vez, a crear estructuras propias que le asegurasen organización, representatividad y seguridad, frente a la despiadada represión de los cuerpos de seguridad de la dictadura. Las asambleas y los delegados elegidos y provisionales (cualquier organización que se permanentizase era reprimida y sus miembros encarcelados) como fórmula organizativa afianzada en las huelgas mineras del periodo 62-65, iría imponiéndose por su eficacia, y, a lo largo del tiempo esa práctica iría dotándolas de otros cometidos superiores a la simple “representatividad sindical” ante la empresa. La Huelga general de Vigo en 1972, vendría a confirmar una nueva tendencia superadora de esa organización y que se concretaba en Coordinadoras o Asambleas de Delegados de empresas, incluso de facultades y de barrio, obligadas por las circunstancias a tomar medidas antirepresivas, como cajas de resistencia, grupos de autodefensa de las propias reuniones y asambleas o a dotarse de medios de información que contrarrestasen el silencio y manipulación informativa del régimen de Franco. A la vez que se creaban estas estructuras, quienes las impulsaban iban entendiendo obligatoriamente su carácter, su significado, su razón, su cometido: su necesidad. Aquel proceso autoorganizativo de masas, en el mejor de los casos apuntaba a la creación de un doble poder obrero y popular de carácter anticapitalista, o en su defecto a una Central Única de Trabajadores que hubiese colocado en una mejor situación a los obreros y obreras de este país, para defender sus conquistas con mejores resultados, a la vez que enfrentar otras desde la unidad a la que estaban acostumbrados y que, incluso en algunos aspectos puramente administrativos (cuotas, locales, etc.) ya estaban operativas con la CNS.

No pudo ser. Los planes de homologación “democrática” para el Estado español, diseñados desde hacía muchos años por el capitalismo internacional, triunfaron a costa de la derrota del pueblo trabajador, incluida la división sindical. Fraga Eribarne lo tenía muy claro cuando refiriéndose a la Huelga General de Vitoria en 1976, cuya represión costó la vida a cinco trabajadores asesinados a balazos por la Policía franquista bajo su mando, dijo: "Aquello de Vitoria había que aplastarlo porque estaba dirigido por dirigentes que manipulaban a la clase trabajadora y eran pequeños soviets que se estaban gestando y había que extinguirlos".

Un final con victorias parciales

El gobierno de la Dictadura, desautorizando al “vertical”, mando a negociar con los representantes elegidos de los trabajadores, a José Solís “La Sonrisa del Régimen”, por entonces Secretario General del Movimiento y Delegado Nacional de Sindicatos que el 17 de mayo, se dirigía a los huelguistas a través de las emisoras de Radio Asturias, Radio Oviedo, Radio Langreo y Radio Gijón, insistiendo en que la “huelga había frustrado mejoras salariales ya en marcha", a la vez que vinculaba la “elevación del precio de la hulla y la liberación de los detenidos al restablecimiento de la normalidad”. Los huelguistas entendieron que faltaba mucho por concretar y la huelga continuó.

Entre los días 4 y 7 de junio, se volvió al trabajo. La mayor parte de las reivindicaciones: mejoras salariales, actualización de las pensiones, anulación de las sanciones a los de Nicolasa y la libertad de los detenidos, fueron asumidas, aunque no todas y, por supuesto no fueron gratis. A lo largo de los dos meses de huelga, casi cuatrocientos trabajadores habían sido detenidos, y muchos de ellos fueron torturados. También se recurrió a sacarles de sus domicilios y escoltados, forzarles a acudir al trabajo. La mayoría de los detenidos pasaron por la cárcel acusados de incitación a la huelga y plantes. Algunos fueron deportados y los procesados, según García Piñero en su Cronología «Hay una luz en Asturias», 65 por militancia comunista, 5 por pertenecer al FLP y 4 por distribuir de propaganda socialista. Al final de la huelga el número de encarcelados, concretamente a mediados de junio, era de 28 trabajadores. Resulta muy esclarecedor, que en un informe de la Brigada Regional de Información, evidenciaba que el obrero había adquirido consciencia del "poder y la fuerza de una acción unida, que antes desconocía en la práctica", de lo que se columbraban "consecuencias insospechadas".

Las mejoras salariales conseguidas pronto se las comería el aumento de la carestía de la vida. Y en agosto se lanzaría un nuevo envite que continuó durante todo el año siguiente. La dictadura respondió con dureza: numerosas detenciones, torturas y destierros, encarcelamientos. La represión se desató y la respuesta de los trabajadores también. El famoso asalto a la Comisaría de Mieres el 12 de marzo de 1965, sería consecuencia aún del movimiento de protestas y represión encadenado en aquellas movilizaciones iniciadas en la primavera de 1962, de las que se está cumpliendo el cincuenta aniversario.

Boni Ortiz es militante de IA Asturies/Viento Sur

A golpe de tacón

Chicho Sánchez Ferlosio.
Hay una lumbre en Asturias

+ Info:

HUELGAS DE 1962. Fundacion Juan Muñiz Zapico

Una huelga de dimensiones históricas. RUBÉN VEGA, La Voz de Asturias 1/4/2012


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