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Anticapitalistes
  
dissabte 7 d’abril de 2012 | Manuel
Los ecosistemas al servicio del capital

Yayo Herrero López

Hace varias décadas el informe Meadows (Meadows, 1972), publicado por el Club de Roma,
constataba la evidente inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus
consumos. Alertaba de que en un mundo físicamente limitado, el crecimiento continuo de la
extracción de materiales, de la contaminación de aguas, tierra y aire, de la degradación de
los ecosistemas, simplemente no era posible. Aquel informe advertía con preocupación que,
de no revertirse la tendencia al crecimiento exponencial de todos esos factores, se incurriría
en el riesgo de llegar a superar los límites del planeta, ya que el crecimiento continuado y
exponencial sólo podía darse en el mundo físico transitoriamente.

Más de 30 años después, una repetición del mismo ejercicio mostraba que, lejos de
encararse el problema, se había profundizado esta dinámica (Meadows et al, 2004). La
humanidad ya no se encuentra en riesgo de superar los límites de la biosfera, sino que ha
llegado a una situación de translimitación (García E., 2005:115).

El crecimiento económico como única prioridad de la sociedad capitalista ha conducido en
apenas un par de siglos a superar los límites biogeofísicos del planeta. Los sumideros que
deben degradar los residuos que genera el proceso económico no dan a basto y los
servicios que prestan los ecosistemas comienzan a dar muestras de deterioro y cambio.

Pero el modelo socioeconómico capitalista no se ha expandido sólo a costa de los sistemas
naturales, sino también a partir de la incautación de los tiempos de las personas para
ponerlos al servicio del mercado. Es evidente en el caso de las personas empleadas en el
mercado laboral en el que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Sin embargo,
la apropiación ha sido menos visible o totalmente invisible en lo referente a los tiempos
dedicados a la reproducción social y mantenimiento de la vida cotidiana. El cuidado de los
cuerpos vulnerables constituye un elemento profundamente material e insoslayable para la
supervivencia humana, pero debido a la lógica patriarcal esta tarea exigente, imprescindible y
muchas veces penosa recae de forma casi exclusiva en las mujeres.

La desvinculación entre la economía capitalista y las bases materiales que permiten la vida,
la ignorancia de la dependencia radical que tenemos los seres humanos de los ciclos y
bienes naturales y del cuidados de los cuerpos, ha conducido a una forma de entender la
sociedad, la economía o la cultura que está transformando profundamente muchos de los
elementos que sustentan la condición humana: impide el acceso equitativo a los recursos y
bienes que proporciona el planeta Tierra; dificulta la posibilidad de los hogares sigan
manteniendo la reproducción social y perpetúa la lógica patriarcal de división del trabajo que
obliga a las mujeres a ser las únicas responsables de mantener el bienestar cotidiano;
destruye las dinámicas cooperativas que hicieron del “animal” humano ante todo un ser
social; anula la viabilidad de las generaciones futuras sobre la Tierra; simplifica los procesos
de interdependencia que nos han hecho coevolucionar con muchas otras especies
compañeras de aventura planetaria...

El conocimiento procedente de múltiples ámbitos del saber (ecología, sociología, economía,
los feminismos, la filosofía, geografía, historia) viene planteando desde hace décadas los
riesgos, potencialmente catastróficos en los que estamos incurriendo, señalando que la
actual crisis no es sólo económica, financiera, social o ecológica. Todas ellas operan de
forma sinérgica e interaccionan unas con otras. No es posible afrontar una sola de estas
dimensiones sin operar sobre las otras. Nos encontramos por tanto ante una crisis
civilizatoria, que nos obliga a repensar y reconducir nuestro actual modelo hacia otro que
pueda ser viable y justo.

Pero además, el cambio no puede ser lento, por más que sea difícil. Algunos de los
principales problemas ecológicos que afrontamos tendrán que ser encarados en las
próximas décadas. El cambio climático o el agotamiento del combustible fósil nos obligan a
emprender profundos cambios estructurales en apenas diez o quince años.

1. La crisis ecológica

Naredo pone de manifiesto cómo hasta la llegada de la Revolución Industrial, los hombres y las
mujeres, al igual que el resto del mundo vivo, vivieron de los recursos que proporcionaba la
fotosíntesis y de los materiales que encontraban en su entorno más próximo (Naredo, 2006: 47).
Los seres humanos aseguraban su supervivencia imitando el funcionamiento de la biosfera.

La economía se basaba en el mantenimiento de la diversidad que existía. Todo era objeto de
un uso posterior, en una cadena, un ciclo, que aseguraba la renovación de los materiales
empleados. Los ritmos de vida eran los marcados por los ciclos de la naturaleza y éstos eran
dinamizados por la energía del sol.

Sin embargo, las sociedades se alejaron del funcionamiento de la biosfera al comenzar a
utilizar la energía de origen fósil para acelerar las extracciones y las producciones. La
disponibilidad, primero de carbón, y luego de gas natural y petróleo, posibilitó un cambio
profundo en el metabolismo económico y la posibilidad de superar los límites del territorio en
el que se vivía mediante un sistema de transporte que permitía obtener energía, materiales y
alimentación procedente de territorios lejanos.

Este crecimiento masivo, sin consideración de límites, apoyado en el manejo a gran escala de los
stocks de los materiales contenidos en la corteza terrestre, conduce al deterioro del patrimonio
natural que ha legado la evolución, tanto por la extracción de recursos no renovables, como por
la generación de residuos, resultando en el extremo globalmente inviable.

Durante los siglos XIX y XX se pensaba que la biosfera era un espacio inagotable, pero
bruscamente hemos superado ya su biocapacidad. Los límites biofísicos y las
contradicciones internas del propio proceso de funcionamiento económico son ya
insoslayables. Tal y como señala Fernández Durán, “la guerra silenciosa, destructiva y en
acelerado ascenso contra la Naturaleza llevada a cabo por la expansión a escala planetaria
del sistema urbano-agro-industrial ya no se puede ocultar, y está actuando actualmente
como un auténtico boomerang contra el mismo
.” (Fernández Durán, 2010:5)

Hablamos de la modificación del funcionamiento del clima de la Tierra, de la composición y
características de sus sistemas hidrológicos, de la magnitud, diversidad y complejidad de la
biodiversidad planetaria, de la transformación del propio paisaje y territorio.

La actual crisis ecológica se refleja en una gran cantidad de fenómenos interrelacionados
que amenazan con transformar las condiciones biofísicas a las cuales la especie humana
está adaptada. En la base de todas esas manifestaciones de la crisis ecológica se encuentra
un elemento común: la incompatibilidad esencial que existe entre un planeta físicamente
limitado y una forma de organización socioeconómica basada en la expansión continuada de
la producción y el consumo.

1.1 Nada puede crecer indefinidamente en un planeta con límites

El planeta Tierra cuenta con una cantidad finita de materiales y por tanto la extracción y uso
de los mismos no puede ser ilimitada. Los sumideros que degradan los desechos y residuos
que genera cualquier actividad, también presentan límites.

Llamamos recursos naturales a los bienes, servicios o funciones útiles del medioambiente
biofísico que satisfacen necesidades humanas (o más bien en muchos casos, deseos). Son
recursos tanto las fuentes de energía libre y materiales ordenados, como los sumideros
(vertederos) de energía disipada y materiales degradados (García 2004).

Los recursos no renovables (o renovables sólo en tiempo geológicos) están limitados por la
cantidad total disponible. Los renovables no están limitados en cantidad si se respetan sus
ritmos de regeneración. La energía solar, por ejemplo, no está limitada por la cantidad total ni
por la tasa de uso, pero sí lo está por el hecho de que la estructura de captación (los seres
que realizan la fotosíntesis o las placas solares) es finita.

Si el planeta está sujeto a límites, tanto desde el punto de vista de las fuentes de recursos
como de las posibilidades de degradar residuos, dentro de él nada puede crecer
indefinidamente, ya sea una persona, un encinar, o un arrecife coralino, …

El uso presente de recursos no renovables (petróleo, carbón o minerales) es lesivo para las
generaciones futuras y refleja la práctica absurda de celebrar como riqueza la desaparición
irreversible del patrimonio natural.

El ineludible hecho de que el sistema económico se encuentre dentro del sistema de la
biosfera, de que requiera materiales y energía, así como emitir residuos y calor, implica que
no pueda plantearse en términos de crecimiento ilimitado.

Ignorar la dinámica de la naturaleza ha desencadenado un golpe de estado biológico que ha
puesto a trabajar los ciclos naturales al servicio de la obtención de beneficios provocando
una serie de deterioros que colocan el futuro de la especie humana en una situación muy
comprometida.

1.2 El cambio climático

Se utiliza el término efecto invernadero para señalar la importancia de la atmósfera de cara a
calentar la superficie de la tierra. La atmósfera es casi transparente a la luz que llega del sol
(la luz visible e infrarroja de onda corta). La mayor parte de ella es absorbida y
posteriormente devuelta a la atmósfera, en donde una parte se transforma en calor al ser
captada por algunos gases que se encuentran presentes en ella. La atmósfera, gracias a
estos gases, recupera parte de la energía del sol que pretende escapar, impidiendo que la
tierra se enfríe.

Actualmente, las concentraciones de los gases de efecto invernadero se han disparado
debido, fundamentalmente, a la combustión de energías fósiles y a los cambios de uso del
suelo. La cantidad de calor que retiene la atmósfera es mucho mayor y en consecuencia la
temperatura global terrestre está aumentando.

Este calentamiento está desencadenando un cambio climático que se traduce en una
alteración global de los regímenes de precipitaciones (cantidad de lluvias, distribución,
fenómenos catastróficos), de las dinámicas de las aguas marinas (nivel, temperatura,
corrientes), de las interacciones que se dan en los ecosistemas, además de una diferente
distribución de tierras y mares por el ascenso del nivel del mar (Moreno, 2005, Duarte, 2006)

La subida rápida de la temperatura media del planeta influye en los ciclos de vida de muchos
animales y plantas, que, sin tiempo para la readaptación, serán incapaces de alimentarse o
de reproducirse. También supone la reaparición de enfermedades ya erradicadas de
determinadas latitudes. La alteración del régimen de lluvias implica sequías y lluvias
torrenciales que dificultan gravemente la supervivencia de las poblaciones que practican la
agricultura y ganadería de subsistencia. El deshielo de los polos derivará en la inundación
progresiva de las costas y la pérdida de hábitat de sus pobladores. La reducción de las
poblaciones de determinadas especies animales y vegetales repercute en la supervivencia
de otras especies dependientes de estas, y la cadena de interdependencias arrastra a todo
su ecosistema. Estos cambios dificultan la producción de alimentos para los seres humanos.

En los estudios proyectivos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático (IPCC) se augura que, de superarse el umbral de los dos grados de subida media,
las alteraciones de las condiciones ambientales serán tales que puede llegarse a un punto
sin retorno en el que se desencadenen fenómenos imprevisibles y catastróficos.

De no reducir de una forma significativa las emisiones de gases de efecto invernadero la
situación puede ser dramática. Pero una reducción significativa de emisiones en los países
más ricos, que son los que más emiten y mayor responsabilidad histórica tienen, significa un
cambio importante en los modos de producción, las tasas de ganancia, el consumo, el
comercio y la movilidad en estos países. No es de extrañar que al mismo tiempo que se
escriben estas líneas y mientras la Unión Europea aprueba drásticos recortes sociales para
transferir riqueza de las personas a los capitalistas, en la Cumbre del Clima de Durban, los
países más contaminantes se nieguen a reducir sus emisiones, aunque eso ponga en una
situación tremendamente vulnerable a muchas personas en los países de la Periferia.

Según el PNUD (2008), los fenómenos naturales golpearán con mayor fuerza a las regiones y
a las personas más pobres. Las mujeres pobres serán las más afectadas por el cambio
climático, ya que son ellas las encargadas de administrar los alimentos, el combustible y, en
algunas regiones, el forraje y agua. Los efectos negativos del cambio climático son más
intensos en las comunidades con mayor pobreza, donde la mayor parte de la carga social
recae en las mujeres.

La mayor vulnerabilidad de las mujeres frente al cambio climático no es una condición
natural, es un resultado del funcionamiento de dinámicas sociales, económicas y culturales.
Es posible acometer acciones específicas para transformar esta situación y dar un mayor
protagonismo de las mujeres en los planes de acción de mitigación y adaptación al cambio
climático de los estados, municipios y localidades.

1.3 El agotamiento de los recursos naturales

Nos encontramos ante lo que hace años Hubbert denominó el “pico del petróleo”(Hubbert,
1949), es decir el momento en el se han extraído la mitad de las reservas existente y por
tanto se ha alcanzado un máximo de extracción. La propia Agencia Internacional de la
Energía ha manifestado que el pico del petróleo se alcanzó en 2006. Una vez alcanzado este
pico, la obtención de petróleo comenzaría a declinar. Cada vez se va agrandando más la
brecha entre una demanda creciente y unas reservas que se agotan y cuya dificultad y coste
de extracción aumenta.

Muchos de los yacimientos actuales obligan a hacer prospecciones más profundas, a crear
plataformas en medio del mar o a procesos de depuración muy costosos y arriesgados.

Ante este horizonte de declive incluso las empresas petroleras empiezan a sopesar y poner
en marcha fuentes de energía alternativas que permitan mantener el creciente consumo de
energía, recurriendo por ejemplo a la energía solar, la eólica o a la biomasa. Sin embargo,
ninguna de ellas tiene poder energético de las energías fósiles. Sus tasas de retorno (la
relación entre la energía que se invierte para producirla y la energía finalmente producida)
son mucho menores (Ballenilla y Ballenilla, 2007).

Eso sin contar con el sustrato físico de
materiales, también finitos, necesario para fabricar los aparatos que permiten la captación y
acumulación de energía.

Las energías renovables y limpias pueden satisfacer las necesidades humanas pero no a la
escala de las exigencias de un modelo de producción, distribución consumo, sumamente
energívoro, que además pretende continuar creciendo (Fernández Durán, 2008).

La economía capitalista ha crecido a expensas de la energía barata y aparentemente
inagotable que proporcionaba el petróleo (Naredo, 2006:47). Éste ha servido para mover
máquinas e impulsar vehículos de automoción, para producir electricidad. Ha permitido que
las personas puedan trabajar a decenas de kilómetros de su lugar de residencia y que se
alimenten a diario con productos baratos cultivados e territorios lejanos. El petróleo es
imprescindible en la agricultura intensiva y en la producción de insumos agrícolas, lo es
también en la fabricación de ropas, casas, muebles, carreteras, envases… Las grandes
urbes son inviables sin energía abundante y barata.

Vivimos en un mundo construido con
petróleo y su agotamiento, queramos o no modificará todo el modelo de vida.
No sólo se trata de la energía fósil, la velocidad a la que se están consumiendo también otros
recursos naturales es incompatible con los ritmos que requiere la naturaleza para
regenerarlos, por lo que ya ha comenzado a manifestarse la progresiva escasez de otros
recursos imprescindibles para la vida como son el agua dulce, los bosques, la pesca, los
suelos fértiles, la fauna salvaje o los arrecifes de coral.

1.4 La pérdida de biodiversidad

La pérdida de biodiversidad es el despilfarro de nuestro mayor seguro de vida. Nos
encontramos ante la sexta gran extinción masiva, y la primera provocada por una especie, la
humana (Oberhuber, 2004). Esta disminución de la biodiversidad se acompaña también de
una pérdida de diversidad cultural. La imposición de los modelos de vida occidentales
aniquila rápidamente la enorme variedad de comportamientos culturales que la humanidad
creó a lo largo de su evolución. El conocimiento que permite producir alimentos cuando el
agua es escasa, o construir casas que no requieran combustible fósil para mantenerse a una
temperatura adecuada, desaparece rápidamente, sin que las personas seamos conscientes
de la gravedad de esta pérdida.

Muchas poblaciones de plantas y animales que todavía subsisten han disminuido su número
y extensión, lo que las coloca al borde de la desaparición. El ritmo de extinción de especies
está siendo 100 veces más rápido que su velocidad natural y cada vez se intensifica más.

La biodiversidad está en la misma base de la vida en la Tierra y es el principal sustento de
nuestra existencia. Esta dependencia permanece oculta e invisible a la lógica económica. No
hay reemplazo posible y a nuestro alcance para reconstruir artificialmente la biodiversidad.

Su pérdida está afectando ya a ciclos vitales como el del agua o el del carbono.

El panorama de deterioro global se completa si añadimos el aumento de incertidumbre que
suponen la proliferación de la industria nuclear, la comercialización de miles de nuevos
productos químicos al entorno que interfieren con los intercambios químicos que regulan los
sistemas vivos, la liberación de organismos genéticamente modificados cuyos efectos son
imprevisibles o la experimentación en biotecnología y nanotecnología cuyas consecuencias
se desconocen.

2. La crisis social

La crisis ecológica también tiene su expresión en el ámbito social.

El sistema económico basado en el crecimiento continuado se ha mostrado incapaz de
satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población. Hasta el presente los
sectores sociales con más poder y más favorecidos han podido superar los límites de sus
propios territorios recurriendo a la importación de biodiversidad y “servicios ambientales” de
otras zonas del mundo poco degradadas y con abundancia de recursos. Pero esto está
dejando de ser así, y estas áreas también se comienzan a deteriorar, agravando la situación
de las poblaciones más empobrecidas del mundo que llevan ya décadas sufriendo esta
guerra ambiental encubierta.

Son muy conocidos los datos que muestran las enormes desigualdades sociales entre el
Centro y la Periferia en términos de renta. Pero las diferencias en términos físicos son
también enormes.

La sexta parte de la población mundial, principalmente ubicada en los países enriquecidos
consume el 80% de los recursos disponibles, mientras que los 5/6 restantes utilizan el 20%
restante de los recursos.

Según el informe Planeta Vivo (WWF, 2010: 38-39), se calcula que a cada persona le
corresponden alrededor 1,8 hectáreas globales de terrenos productivos por persona. Pues
bien, la media de consumo mundial supera las 2,2has y este consumo no es homogéneo.
Mientras que en muchos países del Sur no se llega a las 0,9, la ciudadanía de Estados
Unidos consume en promedio 8,2 hectáreas per capita, la canadiense 6,5, y la española
unas 5.5 Has.

Si toda la población del planeta utilizase los recursos naturales y los sumideros de residuos
como la media de una persona española, harían falta más de tres planetas para poder
sostener ese estilo de vida. Es la tónica de cualquier país desarrollado y pone de manifiesto
la inviabilidad física de extender este modelo a todo el mundo.

El deterioro de los territorios que han habitado una buena parte de los pueblos del Sur
durante miles de años, y de sus condiciones básicas de existencia, ha expulsado a las
personas, obligando a unos movimientos migratorios sin precedentes. Muchos pueblos han
sido desposeídos de su derecho a permanecer y se ven obligados a seguir la misma ruta
que siguen las materias primas y los frutos de los monocultivos que se extraen de los lugares
donde antes vivían: el viaje del Sur al Norte.

Además, las desigualdades dentro del propio Norte y el Sur son también relevantes. Las
crisis y los planes de ajuste del FMI aplicados en Grecia, Italia, Portugal o España están
creando enormes bolsas de pobreza, de exclusión y de privación de bienes básicos como la
vivienda o la salud.

El deterioro ambiental impacta de lleno en las comunidades humanas y sus modos de vida.
Martínez Alier muestra cómo en todos los lugares del mundo la irracional y creciente
explotación de los recursos naturales no sólo da origen a problemas ambientales, sino
también a numerosos y gravísimos conflictos sociales. Algunos de los conflictos ecológicosdistributivos
son (Martínez Alier, 2004):

• Conflictos mineros evidenciados por las quejas sobre minas y fundiciones a causa de la
contaminación del suelo, del aire y del agua, y por la ocupación de tierras por la minería a
cielo abierto y las escorias.

• Conflictos por la extracción de petróleo a causa de la contaminación del aire, del suelo y de
las aguas. Degradación y erosión de las tierras, causadas por la desigual distribución de la
propiedad sobre la tierra, por la presión de la producción exportadora y los monocultivos.

• Sustitución de los bosques por plantaciones de árboles destinados a la industria del papel.
Destrucción de los manglares y de las poblaciones locales cuya subsistencia depende de
ellos por la industria camaronera de exportación.

• Biopiratería, apropiación y mercantilización de los recursos biológicos, tanto "silvestres"
como medicinales y agrícolas, sin reconocimiento del conocimiento y propiedad de los
indígenas y campesinos sobre ellos y sin compensación alguna.

• Conflictos sobre el agua, movimientos contra las grandes represas para hidroelectricidad e
irrigación y problemas. También los conflictos por el uso y contaminación de acuíferos y los
conflictos por trasvases de ríos.

• Conflictos por los intentos de evitar la sobrepesca industrial en detrimento de la pesca
artesanal.

• Conflictos sobre el transporte que nacen del trasiego cada vez mayor de materiales y
energía: derrames petroleros en el mar, guerras relacionadas con oleoductos o gasoductos,
ampliaciones de puertos y aeropuertos, construcción de nuevas autopistas.

• Luchas tóxicas ante los riesgos que causan los metales pesados, dioxinas, etc.

• Contaminación transfronteriza: emisiones de dióxido de azufre que cruzaban fronteras y
producían lluvia ácida, contaminaciones radioactivas por ensayos de armas nucleares en el
Pacífico, por ejemplo emisiones de CFC que han dañado la capa de ozono.

• Conflictos por los derechos iguales a los sumideros de carbono.

Los impactos físicos y sociales de estos conflictos han conducido a acuñar el concepto de
deuda ecológica (Martínez Alier, 2004) para reflejar la desigual apropiación de recursos
naturales, territorio y sumideros por parte de los países enriquecidos. Estos países habrían
contraído una deuda física con los países empobrecidos al superar las capacidades de sus
propios territorios y utilizar el resto del mundo como mina y vertedero.

2.1 La sociedad del crecimiento crea un bienestar ilusorio.

Una buena parte del bienestar que crea un modelo económico que ignora las dinámicas
naturales y la equidad entre personas es engañoso.
El progreso y el éxito económico en
nuestro sistema cultural se suele medir por la cantidad de actividad económica en el
mercado que tiene un país, ignorando los costes físicos y sociales reales de la producción y
de la reproducción. Concebido de esta forma, crecimiento económico se equipara a
bienestar y calidad de vida y se mide a través del indicador por excelencia de la riqueza, el
Producto Interior Bruto (PIB), la fórmula más reconocida para evaluar el comportamiento
económico, que se obtiene sumando simplemente agregados monetarios.

Esta forma de contabilizar la riqueza hace que se sumen en el lado positivo, y que cuenten
como riqueza, cualquier producción y gasto, incluso los que son perjudiciales y los que se
producen para paliar el deterioro. A la vez, se ocultan muchas producciones valiosas pero no
monetizadas, al mismo tiempo que no resta lo que se destruye.

Las guerras, las enfermedades y el gasto farmaceútico, el incremento de tráfico motorizado o
la construcción de infraestructuras, suman en el PIB, mientras que la destrucción irreversible
asociada a estos procesos no resta en ningún sitio.
Sin embargo, el aire limpio, los trabajos relacionados con los cuidados de la vida humana y la
reproducción social, la propia renovación generacional de la mano de obra, el trabajo de la
fotosíntesis que realizan las plantas, o los servicios del regulación del clima que realiza la
Naturaleza, siendo imprescindibles para el mantenimiento la vida, no suman en ningún lugar.

Se podría esperar que esa sexta parte de la población mundial que vive en las zonas
favorecidas del planeta a costa de los recursos de territorios lejanos disfrutara de la máxima
calidad de vida. Sin embargo, después de algunas décadas de fuerte consumo de energía y
materiales se observan numerosos problemas”: impermeabilización del territorio,
contaminación en las ciudades, incremento de las enfermedades depresivas, estrés y
ansiedad, fuerte simplificación de los ecosistemas, falta de seguridad alimentaria, dificultad
de acceso a la vivienda, etc.

La creación de riqueza para las personas durante los períodos de crecimiento económico
también tiene mucho de espejismo. Durante el periodo de mayor crecimiento económico del
estado español, entre 1994 y 2007, mientras las personas tenían la percepción subjetiva de
que prosperaban y aumentaba la riqueza, en realidad los salarios medios bajaban y el
acceso a más bienes y servicios de consumo se producía a partir de endeudamiento de
personas y empresas. Durante ese periodo de crecimiento, una ola de cemento sepultó
buena parte del litoral dejando las costas plagadas de casas adosadas que tienen un nivel
de ocupación de 22 días al año.

Una vez que la burbuja estalla, las reacciones de los gobiernos al servicio de los grandes
capitales es favorecer el expolio de lo poco público que queda. Se recortan servicios
públicos básicos para el bienestar de las personas y se transfieren esos servicios, que no se
pueden dejar de hacer, al entorno de los hogares y, dadas las relaciones de poder que se
dan en las familias, es muy probable que la mayor parte de la tensión y del ajuste caiga
mayoritariamente sobre las mujeres.

La actual crisis civilizatoria es también una crisis de la forma en que se percibe y valora la
riqueza. Uno de los ejes centrales de cambio avanzar hacia una cultura que asuma que vive
en un mundo con límites. Límites en cuanto a la naturaleza y en cuanto al propio cuerpo
humano vulnerable y finito. Aceptar la existencia de ambos límites es imprescindible para la
consecución de una vida digna para todas las personas compatible con la sostenibilidad del
planeta. Ambos extremos son imposibles si una parte de la humanidad acumula riquezas de
forma injusta y el resto sueña ilusoriamente poder ser como ellos.

2.2 La crisis de cuidados en nuestras sociedades urbanas

Vamos a considerar en este epígrafe sólo algunos aspectos de la crisis de cuidados que se
relacionan especialmente con la crisis ecológica. La crisis de cuidados será tratada de una
forma más amplia en otros artículos de la revista.

En las últimas décadas se han dado una serie de circunstancias que han alterado
profundamente el modelo previo de reparto de las tareas domésticas y de cuidados que
configura la base sobre la que se sostienen las estructuras económicas, el mercado laboral y
el mantenimiento de la vida humana.

La crisis de los cuidados es el resultado de la confluencia de un conjunto de factores entre
los que destaca el acceso de las mujeres al empleo remunerado dentro de un sistema
patriarcal. La posibilidad de que las mujeres sean sujetos políticos de derecho se materializa
como algo vinculado a la consecución de independencia económica a través del empleo.

Pero el trabajo doméstico no puede dejar de hacerse y el paso de las mujeres al mundo
público del empleo no se ha visto acompañado por un reparto de los trabajos de cuidados
con los hombres, y la sociedad y el estado tampoco se responsabilizan de las tareas de
reproducción social.

Dado que hay que seguir atendiendo a las personas ancianas, a la infancia y a las personas
con diversidad funcional, que la mayor parte de los hombres no se hacen responsables de
estas tareas y que los servicios públicos no cubren las necesidades reales, las mujeres
acaban asumiendo dobles o triples jornadas y transfiriendo parte de esos trabajos a otras
mujeres de la familia, o, cuando las relaciones de clase lo permiten, a mujeres contratadas
que realizan estos trabajos en condiciones frecuentemente precarias.

Es especialmente notorio el papel que juegan las mujeres migrantes en los trabajos de
cuidados. Se crea una cadena global de cuidados en la que las mujeres migrantes que
asumen como empleo precario el cuidado de la infancia, de las personas mayores y
discapacitadas o de limpieza, alimentación y compañía, dejan al descubierto estas mismas
funciones en sus lugares de origen, en donde otras mujeres, abuelas, hermanas o hijas las
asumen como pueden.

2.2.1 La influencia del modelo urbanístico

Por una parte, el envejecimiento de la población y mantenimiento de la vida hasta edades
muy avanzadas, en muchos casos en situaciones de fuerte dependencia física, exige una
mayor dedicación a las personas mayores. En segundo lugar, aunque el número de niños y
niñas ha disminuido, la destrucción de espacios públicos para el juego y la transformación
de la calle en un lugar agresivo invadido por los coches, obligan a cuidar de una forma
mucho más intensiva. La infancia ya no puede estar jugando en las plazas sin vigilancia, ni va
sola al colegio hasta edades muy avanzadas.

El crecimiento urbano desbocado juega un papel fundamental en la dificultad que existe en
nuestras sociedades para garantizar el bienestar y el cuidado de la vida humana. Del mismo
modo que el hipertrofiado entramado de carreteras y el excesivo transporte motorizado
fragmentan y deterioran los ecosistemas y envenenan el aire que respiramos, también
escinden y alejan los espacios físicos en los que se desarrollan las diferentes dimensiones
de la vida de las personas, obligando a invertir una gran cantidad de horas en los
desplazamientos del trabajo a casa, al colegio, a la casa de los mayores que hay que
atender, al médico, o a la compra.

La separación entre hogar y trabajo fue una contribución al proceso de desarrollo del
capitalismo industrial que acentuó las distinciones funcionales y biológicas entre mujeres y
hombres. La división de tareas se consolidó como el modo más eficiente, racional y
productivo de organizar el trabajo, los negocios y la vida social.

El nuevo modelo de desarrollo debía disponer de una organización territorial y social que
permitiese su funcionamiento eficaz. El urbanismo racionalista propuso una ciudad
ordenada, limpia y segmentada física y socialmente frente a la ciudad antihigiénica y
abirragada que pervivía en el siglo XIX.

Esta concepción de ciudad, que separa de forma clara las áreas residenciales, comerciales y
productivas, y las redes de transporte, pasa a definir la configuración territorial y urbana
durante las primeras décadas del siglo XX en la mayor parte de las ciudades anglosajonas y
definirá la ordenación territorial en el resto del mundo hasta nuestros días.

El modelo de ciudad y de progreso es concebido por hombres que no comprenden la
importancia del trabajo de cuidados ni la necesidad de realizar varias funciones simultáneamente
en el mismo espacio que les caracteriza. Por ello la ordenación de territorio gestada dificulta el
mantenimiento de esta actividad esencial y profundiza la desresponsibilización de los hombres
como colectivo, poniendo la maquinaria de la edificación y del urbanismo al servicio del sistema
económico. Con estas premisas, la ordenación del territorio se convertía en una nueva forma de
agresión a las mujeres (Vega, 2004:30).

Existen importantes trabajos de mujeres urbanistas que proponen una ordenación del
territorio más acorde con las necesidades de los cuidados. Un ejemplo es el Colectivo de
Mujeres Urbanistas, creado en Madrid en 1995, que se configuró como un grupo de debate y
acción social dedicado a trabajar por la equidad de género y generación de nuevas
propuestas en el espacio construido.

Muchas de las propuestas de las mujeres urbanistas son coincidentes con las que se
realizan desde el movimiento ecologista. Aquel modelo de ciudad que se perfila como más
adecuado para mantener el bienestar de las personas y garantizar la reproducción social, es
también mejor para el conjunto de los ecosistemas urbanos.

En el marco de la crisis actual, la precarización laboral y la amenaza del paro obliga a
plegarse a los ritmos y horarios que impone la empresa. La pérdida de redes sociales de
apoyo mutuo fuerza a resolver los asuntos cotidianos de una forma mucho más
individualizada con las dificultades añadidas que eso supone.

La crisis del sistema de cuidados que hasta el momento garantizaba el mantenimiento de las
condiciones básicas de bienestar humano (que recaía fundamentalmente las mujeres) se
hace especialmente grave ante el progresivo desmantelamiento y privatización de los
servicios sociales que trataban de paliar algunos de estos problemas. La reproducción social
se relega al ámbito invisible del hogar en donde son mayoritariamente las mujeres quieres
cargan con el peso del ajuste.

2.3. La lógica de los beneficios contra la lógica de la vida

En las sociedades capitalistas aquello que produce beneficio económico es prioritario frente
a lo que beneficia a las personas. Y muchas veces ambas cosas no coinciden.

La lógica que subyace al funcionamiento de lo vivo fricciona con la organización de un modelo
económico que pretende ser hegemónico, y que se basa en la expansión y crecimiento
permanente. La una pretende el mantenimiento de los procesos vitales y puede contribuir a la
resolución de las necesidades humanas, mientras que la otra busca la concentración de poder y
el beneficio desvinculados de criterios éticos. Existe un planteamiento paralelo si hablamos del
mantenimiento del bienestar de las personas en el marco de éste sistema económico. Estamos
de acuerdo con Piccio (1992) cuando afirma que existe una honda contradicción entre el proceso
de reproducción de personas y el proceso de acumulación de capital. Los objetivos de ambas
lógicas y las estrategias para lograrlos no son sólo diferentes, sino que muchas veces son
difícilmente conciliables porque obedecen a prioridades muy diferentes.

El hecho llamativo de que los seres humanos vivamos de espaldas a nuestra propia
supervivencia tiene que ver con dos elementos articuladores de nuestra cultura: la
desvalorización del trabajo de reproducción social que promueve el orden social patriarcal y
el tratamiento que la cultura occidental y el capitalismo dan a la naturaleza como recurso
susceptible de apropiación (Federeci, 2010).

La invisibilización de los trabajos sobre los que se asienta la supervivencia y la vida buena
son herramientas que el patriarcado y el capitalismo moderno, dos sistemas que actúan de
forma sinérgica, usan en su provecho.

El mercado se nos presenta como protagonista de la actividad humana, aunque su aportación a
nuestra supervivencia es mucho menor que la que tiene el trabajo asociado a la reproducción
social y las producciones de la naturaleza. Para ejemplificar esta desproporción, tanto la
economía feminista como la ecológica usan la metáfora del iceberg. Flotando en la superficie
visible está el mercado. Debajo, haciéndolo flotar, con un tamaño mucho mayor, el trabajo oculto
de los hogares y la aportación de los ciclos naturales y de los minerales de la corteza terrestre.

Según Shiva, las sociedades humanas se mueven dentro del funcionamiento de tres esferas
económicas: la economía de la naturaleza, la economía de la supervivencia y la economía de
mercado. Ésta última ha crecido exponencialmente a costa de las otras dos, que no han
hecho más que disminuir y deteriorarse. El problema es que ellas son la base de la última,
pues conforman la economía de la vida.
La economía de mercado se desentiende de las necesidades básicas de la sociedad. Para
Carrasco, entre la sostenibilidad de la vida humana y el beneficio económico, las sociedades
occidentales han optado por este último. Esto significa que las personas no son el objetivo
social prioritario, sino que están al servicio de la producción (Carrasco, 2009:183).

La valorización del cuidado lleva a la economía feminista a acuñar la idea de sostenibilidad
de la vida humana (Carrasco, 2009:183) bajo un concepto que representa un proceso
histórico complejo, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades que debe
ser continuamente reconstruido, que requiere de recursos materiales pero también de
contextos y relaciones de cuidado, proporcionados éstos en gran medida por el trabajo no
remunerado realizado en los hogares.
Un concepto que permite dar cuenta de la profunda relación entre lo económico y lo social, que sitúa a la economía desde una perspectiva diferente, que considera la estrecha interrelación entre las diversas dimensiones de la dependencia y, en definitiva, que plantea como prioridad las
condiciones de vida de las personas, mujeres y hombres
” (Carrasco, 2009:183).

En nuestra opinión, este concepto se incluye dentro de la idea más amplia de sostenibilidad
ecológica y social. De acuerdo con Bosch (2005), entendemos la sostenibilidad:

Como proceso que no sólo hace referencia a la posibilidad real de que la vida continúe –en
términos humanos, sociales y ecológicos–, sino a que dicho proceso signifique desarrollar
condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población.
Sostenibilidad que supone, pues, una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y
entre humanas y humanos. En consecuencia, será imposible hablar de sostenibilidad si no
va acompañada de equidad

2.4. Deuda ecológica y deuda de los cuidados

Al analizar la apropiación de los bienes y servicios de la naturaleza y de los tiempos de
trabajo femeninos se pueden establecer aún más paralelismos interesantes entre las
perspectivas feministas y ecologistas.

Resulta interesante indagar en el paralelismo entre la crisis ambiental y la crisis de los
cuidados. Ambas son resultado de la translimitación, en un caso de los tiempos vitales
disponibles para el cuidado, en el otro de los recursos que la tierra puede ofrecer. Ambas
exportan sus efectos indeseables a territorios lejanos, en un caso en forma de deuda
ecológica y en otro en forma de cadenas globales de cuidados.

La huella ecológica es un indicador que traduce a unidades de superficie lo que un estado o
una comunidad consumen y los residuos que genera. Según este indicador, si todos los
habitantes del planeta tuviesen el estilo de vida similar a la media de la ciudadanía española,
se necesitarían tres planetas para sostener ese nivel de consumo.

La deuda ecológica es la que los países ricos han contraído con los países empobrecidos
debido al desigual uso de los recursos y bienes naturales, así como la desigual
responsabilidad en el deterioro y destrucción del medio físico.

Paralelamente, cabría hablar de la huella de los cuidados de las mujeres como indicador que
evidencia el desigual impacto que tiene la división sexual del trabajo sobre el mantenimiento
y calidad de vida humana. La huella de los cuidados es la relación entre el tiempo, el afecto y
la energía humana que las personas necesitan para atender a sus necesidades humanas
reales (cuidados, seguridad emocional, preparación de los alimentos, tareas asociadas a la
reproducción, etc) y las que aportan para garantizar la continuidad de vida humana.

El balance de la huella de cuidados sería negativo para la mayor parte de los hombres, pues
consumen más energías cuidadoras para sostener su forma de vida que las que aportan.

Siguiendo con el paralelismo, desde el feminismo, podría hablarse de deuda de los
cuidados, como la deuda que el patriarcado ha contraído con las mujeres de todo el mundo
por el trabajo que realizan gratuitamente.

Esta deuda es esencialmente un elemento de visibilización. Aunque podría analizarse e incluso
intentar cuantificarse, la reflexión es compleja, pues no puede valorarse de igual forma la huella
de una persona sana que la de una enferma, los tiempos dedicados a tareas agradables o los
tiempos dedicados a tareas penosas. En cualquier caso, lo que sí permite constatar es que
existe un desequilibrio profundo que convierte en injusto y socialmente insostenible el modo de
reparto de trabajos de cuidado, como es injusto y socialmente insostenible que el mundo se
encuentre polarizado entre núcleos ricos que depredan población, capitales y recursos y
extensos territorios que se usan como áreas de apropiación y vertido.

La huella de cuidados y la deuda de cuidados pueden ser, como ya lo son la huella
ecológica y la deuda ecológica, elementos de denuncia de un orden social basado en la
explotación de las mujeres.

3. El camino hacía la sostenibilidad

Puesto que no es posible un crecimiento económico indefinido dentro de una biosfera de
recursos y sumideros finitos y que los límites ya han sido superados, el camino hacia la
sostenibilidad está forzosamente marcado por la disminución de la extracción y la
generación de residuos.

Los datos de huella ecológica publicados por WWF (2010:17, ponen de manifiesto la
superación de los límites de la capacidad de carga del planeta a nivel global por encima de
un 30%, aunque de una manera desigual por parte de los distintos países. El informe advierte
de que si las demandas continúan al ritmo de crecimiento actual, se necesitarían el
equivalente a dos planetas para el año 2030.

Inevitablemente, la organización de las sociedades, los criterios económicos y los principios
de convivencia que se establecen en un mundo translimitado son diferentes a los que se
desarrollaron en el pasado para un mundo vacío. La imposibilidad de seguir creciendo
materialmente en un planeta con límites, deja como única opción la reducción consciente y
radical de la extracción de energía y materiales, así como la fuerte restricción en a generación
de residuos, y esto hasta ajustarse a los límites de la biosfera.

Nuestro modelo económico, al amparo del paradigma económico neoclásico, ha sido capaz
de generar un enorme desarrollo industrial y abundancia de mercancías, pero lo ha hecho
costa de poner en peligro el futuro de la humanidad y de generar situaciones de miseria en
gran parte del planeta.

Reducir el tamaño de una esfera económica que ha crecido sobre la extracción de minerales
finitos y la generación de residuos crecientes no es una opción que podamos o no escoger.

El agotamiento del petróleo y de los minerales, el cambio climático y los desórdenes en los
ciclos naturales, van a obligar a ello. La humanidad va a tener que adaptarse en cualquier
caso a vivir extrayendo menos de la Tierra, plegándose a lo que su producción cíclica puede
dar y generando menos residuos. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea
feroz por el uso de los recursos decrecientes o mediante un proceso de reajuste decidido y
anticipado con criterios de equidad.

El reto es aprender a producir valor y felicidad reduciendo progresivamente la utilización de
materia y energía. No hay recetas, pero sí de un conjunto de criterios claros, de caminos posibles
para superar muchas de las contradicciones. Implica cambiar la mirada sobre la realidad y
desprenderse de un modo de vida incompatible con el planeta. Se trata de buscar nuevas formas
de socialización, de organización social y económica que permitan librarse de un modelo de
desarrollo que prioriza los beneficios monetarios sobre el mantenimiento de la vida.

Una saludable reducción de las extracciones de la biosfera y situar el bienestar de las
personas como objetivos social obliga a plantear un radical cambio de dirección. “Descolonizar el imaginario económico” (Latouche, 2008:147) y cambiar la mirada sobre la
realidad, promover una cultura de la suficiencia y la autocontención en lo material, cambiar
los patrones de consumo, reducir drásticamente la extracción de materiales y el consumo de
energía, apostar por las economías locales y los circuitos cortos de comercialización,
restaurar una buena parte de la agricultura campesina, disminuir el transporte y la velocidad,
aprender de la sabiduría acumulada en las culturas sostenibles y situar el cuidado de las
personas en el centro del interés, son algunas de las líneas directrices del tránsito de la
sociedad del crecimiento a otro modelo en el que la vida humana digna que se reconozca
como parte de la biosfera.

Salir de la lógica androcéntrica sitúa a la economía hipertrofiada en un plano diferente y
obliga a responder a las preguntas que realiza la economía feminista: ¿qué necesidades hay
que satisfacer? ¿Cuáles son las producciones necesarias para que se puedan satisfacer?
¿Cuáles son los trabajos socialmente necesarios para ello?

3.1 Una producción ligada al mantenimiento de la vida y no a su destrucción

La convicción de que tanto la tierra como el trabajo son sustituibles por capital propició que
la economía se centrase sólo en el mundo del valor monetario, olvidándose del mundo físico
y material.

Al reducir la consideración de valor a lo monetario, muchas cosas quedan ocultas a los ojos
del sistema económico. Suman positivamente el valor mercantil de lo producido, pero no
restan los deterioros asociados o la merma de riqueza natural. Al contabilizarse sólo la
dimensión creadora de valor económico y vivir ignorantes de los efectos negativos que
comporta esa actividad, se alentó el crecimiento de esa “producción” (en realidad extracción
y transformación) de forma ilimitada, cifrándose el progreso de la sociedad en el continuo
aumento de los “bienes y servicios” obtenidos y consumidos.

Esta forma de razonar sitúa el objetivo de la economía en incrementar las producciones sin
que importe la naturaleza de las mismas, celebrándose el crecimiento de actividades que
son a todas luces dañinas para el conjunto de las personas y el medio ambiente, que crecen
a expensas del deterioro los servicios ecosistémicos y de invisibilizar los tiempos de trabajo
necesarios para la reproducción social.

La ceguera de los instrumentos económicos ante los motivos reales de la bonanza
económica de los últimos años (el crecimiento excesivo del crédito y la burbujas inmobiliaria,
la hipertrofia de determinados sectores o la dependencia de la financiación exterior) pone de
manifiesto la necesidad de olvidar indicadores como el PIB para interpretar el éxito
económico y adoptar un conjunto de indicadores multicriterio que consideren otras
dimensiones como son los flujos físicos, la apropiación de la producción primaria neta o los
tiempos necesarios para las tareas de cuidados.

En los mercados capitalistas, la obligación de acumular determina las decisiones que se
toman sobre qué se produce, cómo y cuánto se produce, acerca de cómo estructurar los
tiempos, los espacios o las instituciones legales.

Desde el punto de vista de la sostenibilidad, la economía debe ser el proceso de satisfacción
de las necesidades que permiten el mantenimiento de la vida para todas las personas. Este
objetivo no puede compartir la prioridad con el lucro. Si prima la lógica de la acumulación, las
personas no son el centro de la economía. El beneficio no se puede conciliar con el
desarrollo humano, o es prioritario uno, o lo es el otro y esta opción determina las decisiones
que se toman en lo social y en lo económico.

3.1.1. Biomímesis, una forma de producir compatible con la naturaleza

Riechmann expone que la naturaleza nos proporciona el modelo para una economía
sostenible y de alta productividad. La economía de la naturaleza es:
Cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es
inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que
incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de
un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran
” (Riechmann, 2005)

Estas son las mejores pautas para reconvertir los procesos productivos hasta hacerlos
compatibles con la naturaleza. Cara a favorecer el cierre de ciclos de materiales, Naredo ha
planteado que, además de registrarse los costes de la extracción y manejo de los minerales
de la corteza terrestre, deben consignarse los costes de reposición, es decir de
transformación de los residuos en recursos naturales ya que de los contrario, al no restar en
las cuantas la degradación, se favorece el deterioro del patrimonio natural.

La fiscalidad ecológica, en esta línea pretende cambiar la base de los impuestos desde el
valor añadido hacia el flujo material que se produce desde la extracción de recursos al
sistema económico y la posterior vuelta de los residuos.

Promover los mercados locales y regionales y la distribución cercana es una necesidad en
un mundo con las fuentes energéticas de origen fósil en declive y con una urgente necesidad
de reducir emisiones de gases de efecto invernadero.

Además, resulta esencial exigir el principio de precaución, de forma que no se comercialicen
o se extiendan tecnologías o productos que no hayan demostrado de una forma convincente
que no son nocivas para el medio y para las personas. En la actualidad más bien se imponen
las “innovaciones” y se suponen inocuas hasta que se demuestre lo contrario.

3.2. Un cambio radical en el modelo de trabajo

En una sociedad que necesariamente tendrá que aprender a vivir bien con menos material,
que deberá adoptar modelo de producción y consumo más sobrio y más equitativo, es de
capital importancia reflexionar sobre qué trabajos son social y ambientalmente necesarios, y
cuáles son aquellos que no es deseable mantener. La pregunta clave para valorarlos es en
qué medida facilitan el mantenimiento de la vida en equidad. Se trata de un tema
especialmente polémico en un momento en el las personas paradas se cuentan por millones
y en el que los gobernantes denominan austeridad al proceso de expolio de lo común que
queda y al expolio de los recursos públicos para retomar el crecimiento de los beneficios.

El gran escollo que se suele plantear al habar de transición hacia estilo una vida mucho más
austero (ecológicamente hablando) es el del empleo. Históricamente, la destrucción de empleo
ha venido en los momentos de recesión económica. Es evidente que un frenazo en el modelo
económico actual termina desembocando en el despido de trabajadores y trabajadoras. Sin
embargo, algunas actividades deben decrecer y el mantenimiento de los puestos de trabajo no
puede ser el único principio a la hora de valorar los cambios necesarios en el tejido productivo.

Hay trabajos que no son socialmente deseables, como son la fabricación de armamento, las
centrales nucleares, el sector del automóvil o los empleos que se han creado alrededor de las
burbujas financiera e inmobiliaria. Las que sí son necesarias son las personas que
desempeñan esos trabajos y por tanto, el progresivo desmantelamiento de determinados
sectores tendría que ir acompañado por un plan de reestructuración en un marco fuertes
coberturas sociales públicas que protejan el bienestar de trabajadores y trabajadoras.

Una red pública de calidad de servicios básicos como son la educación, la sanidad, la
atención a personas mayores, enfermas o con diversidad funcional requiere personas.
Igualmente las tareas de rehabilitación, de reparación, las que giran en torno a las energías
renovables o a la agricultura ecológica pueden generar empleo; en general, todas las que
tengan que ver con la sostenibilidad, necesitan del esfuerzo humano.

Los trabajos de cuidados, que históricamente han realizado las mujeres, los que sirven para
mantener o regenerar el medio natural, los que producen alimentos sin destruir los suelos y
envenenar las aguas, así como los que consolidan comunidades integradas en su territorio,
facilitan el mantenimiento de la vida en equidad y por ello son trabajos deseables. También lo
son los que sirven para detener la destrucción de los territorios.

La mirada desde el prisma de la sostenibilidad nos ofrece un panorama del mundo del
trabajo completamente diferente del actual. Si intentáramos clasificar los trabajos en relación
con su aportación a la calidad de vida, el orden de valoración social sería justamente el
contrario. Irían primero la crianza, la producción de alimentos agroecológica, los trabajos
dirigidos a la salud y la higiene,… y en los últimos puestos quedarían seguramente los que
realizan los ejecutivos de las bolsas financieras, los fabricantes de armas y los que
promueves infraestructuras innecesarias. Podríamos diferenciar con propiedad entre trabajos
ligados a la producción de la vida y trabajos que provocan su destrucción.

Se hace imprescindible revisar y transformar profundamente el actual modelo de trabajo.
Como hemos comentado, no basta que con que el cuidado se reconozca como algo
importante si no se trastoca profundamente el modelo de división sexual del trabajo. Es
preciso romper el mito de que las mujeres son felices cuidando. Cuidar es duro y se hace
por obligación, porque no se puede dejar de hacer.

El reparto equitativo de las tareas domésticas no sólo permitiría que los hombres se hagan
conscientes de la magnitud, importancia, y muchas veces penosidad de estos trabajos, sino
que seguramente pondría en marcha un cambio cultural de enorme dimensión: variaciones
en los usos de los tiempos de vida, en el aprecio por el mantenimiento y la conservación, en
la comunicación, en las formas de vida comunitaria, en la vinculación entre el espacio público
y privado, en la consideración de los espacios no monetizados…

En el ámbito de la reproducción social y las tareas domésticas y relacionadas con el
cuidado, los servicios públicos son esenciales si queremos que la sociedad en su conjunto
se responsabilice de ellos. Dejarlos relegados a la individualidad de cada hogar supone que
los hombres sólo se responsabilizarán de ellos en el caso de que la correlación de fuerzas en
el ejercicio del poder en cada hogar permita no se resuelva bajo la lógica patriarcal. En
muchos hogares, la única posibilidad de que las mujeres no se vean obligadas a realizar
estos trabajos en soledad es que existan servicios públicos que los cubran.

La valoración y remuneración justa de estos trabajos es también importante para que los
hombres se incorporen. Si los trabajos relacionados con el cuidado tienen prestigio social y
están decentemente remunerados, es casi seguro que los hombres querrán hacerlos.

El cuidado, como exigencia para el mantenimiento de la vida, es un requerimiento de la
sostenibilidad y tiene que ser asumido por la sociedad, no es una obligación sólo para las
mujeres. La cultura del cuidado tendrá que ser rescatada y servir de base a una sociedad
social y ecológicamente sostenible.

La disminución de la jornada laboral y el reparto de todos los tiempos de trabajo necesario
(remunerado y doméstico) podrían permitir articular otra sociedad diferente. Ahora, la
disminución de los beneficios se repercute directamente sobre los puestos de trabajo
asalariados, pero podría repercutir sobre los “bonus” y reparto de dividendos a accionistas o
sobre algunos salarios, que muy bien podrían bajar sin poner en peligro la subsistencia de
quienes los perciben. Además, es preciso tener en cuenta que existen fórmulas
empresariales, como las cooperativas, en las que el objetivo primordial no es maximizar el
beneficio, sino el mantenimiento de los puestos de trabajo.

3.3. Igualdad y distribución de la riqueza

Tradicionalmente, se defiende que la distribución está supeditada al crecimiento de la
producción. La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar:
incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del
reparto. Sin embargo, hemos visto que el crecimiento contradice las leyes fundamentales de
la naturaleza y que no puede tener más que un carácter transitorio y a costa de generar una
gran destrucción. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente
política de la distribución.

El reparto de la tierra será en el futuro un asunto nodal. La tarea será sustraer tierra a la
agricultura industrial, a la especulación urbanística, a la expansión del asfalto y el cemento y
ponerla a disposición de sistemas agroecológicos locales.

La exploración de propuestas como la renta básica de ciudadanía o los sueldos
complementarios se hace urgente. Igualmente sería interesante considerar la posibilidad de
establecer una renta máxima. Del mismo modo que existen muchos empleos precarios e
insuficientemente remunerados, hay personas que podrían disminuir el salario neto sin que
se viesen afectadas sus condiciones de vida.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Paradójicamente
nos encontramos es una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas
que la componen y que sin embargo asume con toda naturalidad enormes diferencias en los
derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la
propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de aquellas otras ligadas a la
acumulación ya sea en forma de bienes inmuebles o productos financieros y poner coto a
éstas última, ya que suponen situar fuera del alcance de otras personas la posibilidad de
satisfacer necesidades básicas.

Cara a limitar la acumulación y reducir gradientes de desigualdad es fundamental modificar
el sistema monetario internacional para establecer regulaciones que limiten la expansión
financiera globalizada, regular la dimensión de los bancos, controlar su actividad, aumentar
el coeficiente de caja, limitar las posibilidades de creación de dinero financiero y dinero
bancario y suprimir los paraísos fiscales de modo que no constituyan vías de escape para
que los oligarcas sitúen su patrimonio y negocios fuera de las leyes estatales.

Apostar por la redistribución equitativa de la riqueza supone unos servicios públicos fuertes,
una fiscalidad progresiva y que la prioridad del gasto público se oriente al bienestar: sanidad,
educación, protección y cuidado de la población.

En definitiva, se trata de cambiar los criterios que hoy prevalecen por otra racionalidad
económica que se someta a las exigencias sociales y ambientales que permiten el
mantenimiento de la vida. Orientar las decisiones económicas hacia la igualdad no es sólo
cuestión de normativa o instrumentos económicos, sino de impulsar también cambios
culturales en dirección contraria de los que se han venido estimulando en las últimas décadas.

3.4 Tejer alianzas: construir mayorías

En el momento actual, dentro de los movimientos sociales y políticos que defienden la
necesidad de una transformación que conduzcan a la sostenibilidad ecológica y humana y a
la justicia social, la potencia del análisis crítico de la realidad y las propuesta de cambio no
guardan relación con las escasas fuerzas que existen para forzar estos cambios.

Aunque cada vez son más las iniciativas y movimientos de todo tipo que comparten análisis
y cuyas propuestas son convergentes y no excluyentes, aún se está lejos de confluir y
articular una base sólida que exija y apoye los cambios necesarios. Las medidas y políticas
con las que se pretende salir de la crisis son justamente las contrarias a las necesarias
desde el punto de vista del bienestar de las personas.

Si queremos forzar cambios, habrá que dar la batalla en el ámbito de las ideas, y en la
práctica económica, ecológica, social y política. Pero sobre todo será necesario construir
poder colectivo y sumar mayorías que puedan impulsar y exigir un cambio.

No cabe pensar que el colapso social y ambiental venga en nuestra ayuda. Si no somos
capaces de articular movimiento, lo que venga detrás de este capitalismo puede ser aún peor.
Por ello tendremos que superar viejas tendencias en la forma de militar o de ser activista que
han hecho de cada diferencia un motivo de fragmentación, que han convertido en enemigo a
aquel del que menos nos separaba.

Desarrollar la crítica feroz es fácil, estamos muy acostumbrados a ello. Es más difícil buscar
acercamientos, convivir con algunas diferencias, acostumbrarnos a hacer trechos de camino
en una dirección que nos convenga sin romper demasiado pronto porque la meta a la que
queremos llegar no es exactamente igual.

Los seres humanos evolucionaron gracias a la cooperación y el apoyo mutuo y nosotros
seguimos siendo seres humanos que sólo conseguiremos fuerza para imponer cambios a
partir de la construcción colectiva, de la búsqueda incansable de acuerdos y del cuidado a lo
único que tenemos para dar la batalla: nuestros compañeros y compañeras.

12/3/2012

Yayo Herrero es militantes de Ecologistas en Acción

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Font Gorripidea, ací

+ Info:

Ecosocialismo: hacia una nueva civilización + ¿Qué es el ecosocialismo? Michael Löwy.

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