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Anticapitalistes
  
dimarts 27 de març de 2012 | Manuel
Por un movimiento popular europeo de solidaridad con el pueblo griego y de resistencia activa contra las políticas de austeridad

Yorgos Mitralias

¿Por qué las desgracias del pueblo griego emocionan tanto a la opinión pública europea? ¿Y por qué, día tras día, esta emoción extensa y profunda se transforma en voluntad de actuar, de hacer algo para poder manifestar su solidaridad con la población griega? La respuesta no es difícil: el drama griego afecta e incluso rebela a la gente porque ya no se percibe como exterior a sus preocupaciones, como un caso aislado, como una excepción a la regla. En suma, porque es reconocido como lo que ha sido siempre, desde el comienzo, un caso/prueba inventado e impuesto a la fuerza por los de arriba, con el objetivo de poder experimentar y medir con las cobayas griegas la fortaleza y la resistencia de las víctimas de sus políticas justo antes de generalizarlas en toda Europa.


Por lo tanto no es una sorpresa si el paralelismo entre la Grecia actual y la España de 1936 es evidente y es tratado por muchos actores políticos y sociales en Europa. La resistencia del pueblo griego en 2012 hace de muro de contención a la extensión brutal del capital contra el mundo del trabajo en Europa, exactamente como la resistencia de los pueblos del Estado español constituyeron un dique en 1936 a la extensión de la peste parda —y al estallido de la guerra— en toda Europa y en el mundo. Si el dique griego cede ahora, se inundará prácticamente toda la planicie europea…

El hecho de que haya cada vez más ciudadanos y ciudadanas de Europa, sindicatos obreros, formaciones políticas y movimientos sociales que perciben el drama griego como un emblema de una época histórica totalmente nueva del capitalismo neoliberal es una novedad absoluta con consecuencias muy importantes. En efecto, esto significa que está cambiando el viento en este continente a pesar de y en contra de la propaganda oficial, apoyada por los grandes medios de comunicación, que continúa pregonando (¡desde hace ya dos años!) que «la culpa es exclusivamente de los griegos». Pero significa sobre todo que desde ahora aumentan los sectores de las sociedades europeas, que con toda firmeza, están disponibles e incluso listos para conferir a sus sentimientos de solidaridad hacia el pueblo griego un sentido y un contenido nuevo: el que hace de la resistencia griega a la barbarie capitalista la vanguardia de un combate común universal, que les concierne directamente ya que es su propio combate contra las mismas políticas del mismo enemigo de clase.

La conclusión salta a los ojos: tenemos ahora los ingredientes para tratar de construir un movimiento de masas en Europa que sea al mismo tiempo de solidaridad con el pueblo griego y contra las políticas de austeridad practicadas bajo las directivas de la Unión Europea. Pero, nos preguntaríamos ¿de qué movimiento estamos hablando? ¿Cuál podría ser su amplitud y su duración, sus estructuras y su radicalidad?

En principio, consideramos que ese movimiento podría y debería construirse sobre la base de las siguientes características fundamentales: ser europeo, o sea, extenderse a todo el continente; unitario; «generalista»; de masas; de largo aliento; y disponer de estructuras estables de base en nuestras sociedades (comités de base autogestionados y federados).

Expliquemos:

a) La exigencia de ser totalmente unitario se basa en el reconocimiento de que las políticas de austeridad actuales afectan a un amplio abanico de sectores sociales, amenazando, al menos a algunos de ellos, ¡a una verdadera extinción! En resumen, aunque haya una cierta exageración en la pretensión de nuestros buenos amigos estadounidenses de hablar en nombre del 99 % de la sociedad, lo concreto es que nunca habíamos visto tanta gente objetivamente y quizás incluso «subjetivamente» unida contra un mismo enemigo de clase no sólo común sino percibido como tal —cuestión muy importante—. Sobre esta «comunidad» de intereses se debería elaborar la naturaleza profundamente unitaria de este movimiento, evitando cualquier sectarismo ni «vanguardismo». El lema «toda la gente junta» debe dominar.

b) Es evidente que tal situación (casi inédita) favorece la creación de un movimiento de masas puesto que se trata de querer movilizar y reunir a todas las víctimas de esta verdadera «guerra social» del capital contra la inmensa mayoría de la ciudadanía. Y esto está acentuado por el hecho de que la ofensiva reaccionaria ya no es sólo «económica» sino que afecta las cuestiones sociales, políticas y también culturales y éticas. Por lo tanto, es global y plantea dilemas verdaderamente existenciales a la sociedad y a la ciudadanía.

c) Dado que estas políticas de austeridad afectan —si bien con diferente intensidad— a todas las poblaciones europeas, por consiguiente, y lógicamente, este movimiento puede y debe ser europeo —y debe organizarse como tal—, en caso contrario estaría condenado al fracaso.

d) Obligatoriamente debe ser de larga duración ya que se supone que debe confrontarse a una ofensiva de largo aliento del enemigo de clase global, que nos hace entrar en un nuevo período histórico. Esta larga duración está reforzada por la perspectiva —completamente real— de que la crisis griega se eterniza sin que pueda conducir, a corto plazo, a una salida favorable a uno u otro campo.

e) La consecuencia lógica es que el movimiento europeo de masas debe prepararse para una lucha prolongada, planificar sus actividades e invertir en un proyecto a largo plazo. Esto quiere decir que debe dotarse de estructuras que tengan una cierta continuidad y estabilidad, y que no sean efímeras.

f) Este movimiento debe ser también «generalista», es decir que no debe limitarse a una resistencia parcial (por ejemplo estrictamente económica) a una ofensiva reaccionaria «global», que es a la vez económica, social, cultural, patriarcal, ambiental e incluso «filosófica» y ética. Por lo tanto debe reunir bajo el mismo techo organizativo todas las resistencias, tratando de dotarlas —y eso no es tan fácil— de un denominador común con el fin de unificarlas en la lucha.

Una vez dicho esto, ahora se debe precisar el rol que deberá tener la solidaridad con el pueblo griego en un movimiento como este. En primer lugar, se debe señalar que la solidaridad con Grecia no es una pesada carga sino, más bien, un objetivo importante para la construcción y desarrollo de un movimiento de masas contra las políticas de austeridad. La resistencia del pueblo griego conmociona —como es lógico— a millones de europeos. Esta emoción facilita enormemente que la gente se de cuenta de que las desgracias de los griegos ilustran el destino que los poderosos del mundo le reservan a todos y todas. La `primera reacción visceral frente al drama griego del mundo del trabajo y de parte de la ciudadanía europea da paso a la conciencia de ser parte de este drama, más allá de las fronteras y los intereses llamados «nacionales», más allá y en contra de la propaganda oficial. Finalmente, se descubre la comunidad de intereses de los de abajo y el internacionalismo, cuestión de importancia capital en una época de crisis sistémica, tan catastrófica que resucita los «demonios» (nacionalistas, racistas y aun guerreros) de los años 30, en muchas facciones de la burguesía europea…

Sin embargo, se debe admitir que este sentimiento de solidaridad no es eterno, debe ser cultivado día a día para que sea suficientemente fuerte y extendido, y pueda «mantener» un movimiento de solidaridad de larga duración, incluso con comités de base en toda Europa. De esta manera, ¿las perspectivas del «laboratorio» griego son propicias para mantener el interés, la emoción y sobre todo el sentimiento de solidaridad activa que suscita el drama griego?

La respuesta a esta crucial cuestión es un sí categórico. Sí, pueden garantizar todo lo anterior por dos razones:

- Porque todo indica que no hay una solución próxima para el drama griego ya que ninguno de sus dos protagonistas (ni los de arriba ni los de abajo) tiene los medios para aplastar al otro. Lo que nos conduce a la conclusión de que el actual equilibrio inestable podría perpetuarse, conduciendo ya sea a que la situación se enquiste, ya sea a explosiones cada vez más violentas pero sin futuro. De todas maneras, se puede estar seguro que la crisis griega vino para quedarse y dominará la actualidad europea (e internacional) por largo tiempo.

- Porque la cólera de la inmensa mayoría de la población griega es tan profunda que la continuación de la historia estará entrelazada de acontecimientos y explosiones de todo orden aptas para mantener movilizada a la opinión pública europea favorable al combate del pueblo griego. Habrá, seguramente, «tiempos muertos» pero no serán capaces de bajar la tensión del movimiento de solidaridad, tanto más que podemos desde ya prever que se sucederán «acontecimientos» similares en otros países europeos.

Por otro lado, es la crisis griega y el combate del pueblo griego quienes ofrecen de forma natural la reivindicación y el lema central del movimiento europeo: rechazo y repudio de la deuda que no es la nuestra y rechazo total de las medidas y los planes de austeridad. Y todo bajo la cobertura totalmente ética de la noción fundamental de estado de necesidad del derecho internacional que impone que la satisfacción de las necesidades elementales de los seres humanos tenga prioridad absoluta frente a la satisfacción de los acreedores. En la actual situación de una polarización en aumento entre aquellos que propugnan la sumisión a la austeridad en nombre del reembolso de la deuda y aquellos que rechazan categóricamente ese chantaje, estas dos reivindicaciones/lemas serán suficientes al menos para lanzar este movimiento europeo. Máxime que cada uno (movimientos sociales, sindicatos, fuerzas políticas o simplemente individuos) sería libre, en el seno del movimiento, de defender y destacar su propio punto de vista sobre el contenido y la forma de las luchas a librar, a condición, por supuesto, de compartir y defender las dos reivindicaciones centrales antes mencionadas.

Evidentemente, la aceptación de este marco programático, un tanto pobre, no está exenta de riesgos ni de peligros para el desarrollo del movimiento. No obstante, estos riesgos deben aceptarse y asumirse con plena conciencia puesto que lo que importa ahora es que haya la mayor unión de fuerzas posible, de todo tipo, por un rechazo claro y contundente de las políticas de austeridad de la reacción europea. Esta unión máxima viene impuesta por la necesidad urgentísima de que aparezca a nivel europeo una fuerza popular capaz de rivalizar con nuestro enemigo de clase común, tan bien rodado, organizado, experimentado, coordinado, sobre armado y sobre todo decidido a entablar una batalla contra el pueblo. En este momento el factor tiempo tiene un papel fundamental e ignorarlo es dejar la puerta abierta a la derrota. No podemos permitirnos el lujo de esperar que maduren las famosas «condiciones objetivas» ni las misteriosas «condiciones subjetivas» ya que el enemigo de clase no espera y está por lanzar una ofensiva frontal contra la que nos tenemos que defender, antes de que sea demasiado tarde. Es decir antes de que el movimiento popular sea aplastado y pierda toda capacidad de resistencia —¡quizás por décadas!—

He aquí entonces un primer esbozo de un proyecto que corresponde a la urgente necesidad de construir y desarrollar en Europa una respuesta de los de abajo a la guerra que está organizando la Santa Alianza de la UE, el FMI y el capital. El debate ha comenzado. Pasemos a la acción…

Font: CAMDT 18/3/2012


La crisis de la deuda griega o la pieza frágil de la arquitectura del euro.

Daniel Albarracín

19-Julio-2011

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Grecia

Los desacuerdos entre la propuesta liderada por el gobierno alemán, por un lado, y el BCE, por el otro, detrás del cuál en esta ocasión están diversos países entre los que está el gobierno español, han dejado en el limbo la situación de la crisis de la deuda griega que, desvalorizada, ahora padece la incertidumbre de su destino. Esto ha arrastrado a una crisis del euro y demuestra la inviabilidad de las políticas neoliberales europeas, y deteriora a su vez el valor en el mercado de las deudas de otros países de la periferia europea. La prima de riesgo de las deudas de estos países se ha disparado una vez que las agencias de calificación, al servicio del sistema financiero privado, han interpretado que la situación de la economía griega es equiparable a una suspensión de pagos (default), y advierten de un posible contagio. Las diferencias en la UE sería un síntoma de que no está en condiciones de resolver el problema. Y si no es capaz de “rescatar” a un país pequeño económicamente como Grecia, menos aún lo podrá hacer con países de la envergadura de Italia o de España.

El gobierno de Alemania, como tantos otros, ya había asumido la imposibilidad de la devolución de los servicios y, sobre todo, el principal de la deuda pública griega. En el diseño alemán de este segundo rescate se planteaba , a grandes rasgos, permitir que la mitad de la deuda, cuyos plazos de vencimiento se agotaban y no parecían poder pagarse, podría canjearse por bonos a largo plazo, con la contraprestación de una elevación del tipo de interés y la imposición de un programa de austeridad en el que el paquete de privatizaciones sería de gran envergadura. Pero un rasgo básico de la propuesta alemana era que se involucraría a los bancos privados. Los franceses habrían aceptado, siendo los principales acreedores de la deuda griega, haciéndolo valer Sarkozy como una iniciativa propia. Sin embargo, esta fórmula de “voluntariedad” de aceptación de la banca privada de la reestructuración difícilmente es creíble, dadas las circunstancias depresivas de la economía griega, y escondería una solución que haría de la necesidad virtud.

La calificacion de default supone que todos esos bonos Griegos en manos de aseguradoras, fondos de pensiones, bancos Europeos, bancos Griegos del BCE, etc…que ahora mismo no estan siendo valorados a precios reales de mercado sino en base a su valor nominal deberían adaptarse a un mucho menor precio de mercado. Esto infligiria perdidas al sistema bancario (en proporciones distintas dependiendo de la entidad) y reduciria su ratio de solvencia (capital ratio) obligandoles a recapitalizarse.

Un default en Grecia ocasionaria problemas financieros extraordinarios. Implicaría que los mercados van a esperarse inevitablemente a una situación comparable en Portugal e Irlanda (quien le va a explicar a los Irlandeses y Portugueses que ellos tienen que pagar el 100% de su deuda y los Griegos no?). Supondría que sólo se previera haría más concebible algo semejante en paises como Italia o España, hasta ahora inconcebible, y a ese riesgo el mercado le pondrá precio. Un default en uno o mas paises significaría que el euro como proyecto anclado en la imposicion de austeridad fiscal sería un fracaso. ¿A quien le van a convencer ahora de que hay que ajustarse al Pacto de Estabilidad cuando a otros que no lo hicieron les permitieron suspender pagos?

Con esa declaración de voluntariedad los bancos privados y los gobernantes franceses y alemanes tratarían de conseguir lo siguiente:

- Dar la imagen de que hay un respaldo a la economía griega, y con ella, a una pieza integrante de la eurozona, afianzando al euro, ya demasiado en entredicho.

- La no declaración de suspensión de pagos del Estado griego. De tal manera que no se activarían los Credit Default Swaps (seguros ante el impago de la deuda), mayormente en manos de grandes entidades financieras estadounidenses, y que tienen una dimensión enorme difícil de estimar, impidiendo, por el momento, una crisis financiera mundial.

- Comportaría una formidable socialización de las deudas, con lo que los bancos privados franceses y alemanes cobrarían, más lentamente pero de manera efectiva, y se traspasaría al erario público (el BCE, a través de lo que aportaría del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Los bancos se encontrarían a salvo, con un impacto aliviado, y el sacrificio lo pagarían tanto la ciudadanía europea como los y las trabajadoras griegos. El plan B Aleman ahora es que el FEEF con capital publico y emitiendo deuda AAA (de máxima credibilidad) en el mercado le compre los bonos Griegos a los bancos no al 100% de su valor sino a precios de mercado. Con esto Grecia solo adeudaría a los estados miembros de la UE y no a los bancos. Cuadraría el círculo de la socialización de las deudas, y los bancos saldrían de rositas.

La situación de desacuerdo (se dirime si el programa de reestructuración debe aumentar más o menos los tipos de interés, el papel de la banca privada y los esfuerzos de la sociedad griega) y la valoración de las agencias de rating de devaluar los bonos de la periferia europea, ha supuesto una presión añadida a la deuda de los países periféricos con más dificultades de colocarse en los mercados y con una prima de riesgo mayor que antes por la deuda emitida, aunque es preciso recordar que los tipos de la deuda no están tan altos como exageran los mass media, pues en los últimos años no han hecho otra cosa que caer y el repunte actual es menor. Pero ese repunte desfavorece a la deuda privada, entre las que están las de empresas que cotizan en el IBEX-35, cuyos tipos están condicionados por los de la deuda pública.

Las agencias de calificación de riesgos una vez más operan al servicio de los depredadores, del gran capital y las fuerzas financieras, aprovechando la alarma causada sobre el caso griego. Otras economías periféricas también padecen el desarrollo desigual –enormes desequilibrios de la balanza de pagos y grandes diferencias de productividad y de relaciones comerciales- y la debilidad a la que les encasilla el modelo económico de la Unión Europea, si bien no se encuentran en la misma situación comparativamente hablando. Si en el caso griego la deuda pública sí comporta más de la mayoría del peso del endeudamiento, en el resto de países periféricos esta pesa mucho menos que la deuda privada. En el caso español, a pesar del incremento de estos tres últimos años, la deuda pública tiene un peso moderado, muy inferior al italiano, pero también sustancialmente inferior al alemán. Detrás de esta devaluación del valor de la deuda pública está el interés del sistema financiero en adquirir a un precio y tipo de interés ventajoso los bonos de deuda de estos países, empleando como agorero de parte a las agencias de calificación privadas. El sistema financiero, mientras recibirá altos tipos de interés (6-7%) por comprar deuda pública, consiguió préstamos al 1% por parte del Banco Central Europeo. Todo un chollo.

La Unión Europea con sus planes de rescate, con el Pacto del Euro como esquema general, conduce al abismo a la propia área euro. Con su política de austeridad encierra en una espiral depresiva sobre todo a aquellos países periféricos a los que se les exige unas condiciones draconianas. Si ahora es Grecia la pieza más frágil, pronto les seguirán otros países cada vez más exhaustos por las condiciones regresivas de esta Europa.

Frente a la posibilidad de desarrollo de políticas solidarias, fundadas en un régimen fiscal armonizado, progresivo y directo y un presupuesto público muy superior al actual (que no supera el 1,2%PIB), un modelo laboral convergente al alza, un sistema de compensación y solidaridad social e interterritorial que contrarreste la desigualdad capitalista que le acompaña, o de un plan de inversión y cooperación internacional reactivador social y ecológicamente avanzados y sostenibles, la Unión Europea apuesta por un modelo de concentración de privilegios y beneficios para la gran banca y las grandes corporaciones industriales y energéticas, sacrificando a los y las trabajadoras, y destruyendo una parte del tejido productivo menos rentable.

Es preciso luchar por Otra Europa, con un esquema de políticas redistributivas, solidarias e integradoras que hagan pagar a los capitalistas su crisis. Es necesario luchar por un modelo de Europa en el que los financieros no puedan seguir chantajeando a los gobiernos, parlamentos, y empleen como títeres a las instituciones europeas para presionar gobierno a gobierno.

Pero mientras ese puede ser un proyecto por el que luchar, ante el giro a la derecha en Europa, el secuestro antidemocrático de las instituciones europeas, por parte de las oligarquías financieras, es conveniente encontrar un espacio para abrir brecha a favor de políticas progresistas y rupturistas.

Una primera campaña debiera ser el desarrollo de una Auditoría Ciudadana de las Deudas en la que se aclarase quiénes son los acreedores, el peso de la deuda pública y privada, cómo se contrajo esa deuda, sus condiciones de pago y plazos, la legitimidad de la misma, así como los usos de esta financiación. Esa campaña perseguiría la transparencia en las cuentas y dimensionaría la situación abordando la principal losa que ahora atenaza a la economía y la sociedad: el brutal endeudamiento, especialmente privado. Ese ejercicio pedagógico permitiría a la mayoría social entender no sólo el por qué de este obstáculo a cualquier salida, sino también arrojar luz sobre las posibles soluciones.

Se observaría cómo se escogió promocionar el endeudamiento del sector público frente a la opción de financiarse con una justa fiscalidad de las rentas del capital. Veríamos entonces que gran parte de los acreedores han actuado con un sin fin de privilegios y ventajas. Se vería como esta política monetaria, especialmente desfavorable para los países periféricos, abocó a una política financiera, en un contexto de regulación flexibilizadora políticamente dirigido, totalmente laxa e irresponsable. Una política financiera, para estimular la demanda vía deuda y no vía salarios o servicios e inversión públicos, que concedía préstamos y créditos con garantías y avales que hacían soportar todo el riesgo de las operaciones en los endeudados.

La lucha de clases adopta hoy una forma singular: acreedores contra endeudados. Y, por tanto, si la crisis la han de pagar los capitalistas hay que determinar cómo los acreedores van a afrontarla, asumiendo las reestructuraciones, para responder por haber provocado una crisis de sobreproducción hiperfinanciarizada como esta.

Por tanto, una primera idea fuerza pasa por exigir una fuerte quita sobre las deudas. Primero la deuda pública contraída o empleada ilegítimamente. A continuación, una fuerte regulación sobre la deuda privada para establecer ponderadamente el sacrificio para responder a dichas situaciones. En este capítulo entrará una regulación sobre las deudas entre el sector público y el privado o viceversa, o entre empresas. Pero también en el capítulo hipotecario, no sólo con la reclamación de la dación en pago sino también una regulación fiscal fuerte sobre las viviendas vacías y en desusos, una expropiación de las no debidamente mantenidas o adaptadas ecológicamente a un modelo urbano sostenible, o la constitución de un parque público de alquiler, y la regulación de un derecho universal al usufructo de un lugar de residencia en régimen de alquiler socialmente asumible en base a una proporción de los ingresos personales y un mínimo exento.

Una segunda idea fuerza consistiría en la promoción de una red de alianzas supranacional que colaborase en la integración, intercambio y complementariedad de sus economías bajo rasgos solidarios, de armonización fiscal y laboral, de colaboración pública. Y, sobre todo, de desobediencia al marco de política económica que implican los sucesivos grandes tratados europeos: Pacto de Estabilidad, Pacto del Euro, etc… La Unión Europea y diversos países tendrían que optar entre un modelo de Europa del Capital y el que esa Otra Europa levantaría.

Naturalmente, la Unión Monetaria, el Euro, multiplica los efectos de los fundamentos económicos sobre los que se sostiene la UE. Son estos últimos los que deben alterarse profundamente en una orientación radicalmente distinta. No es en sí mismo el Euro el que causa la crisis, sino su vehículo. No se trata de salirse, pero tampoco conviene estar a toda costa dentro de su marco. Lo idóneo es intentar corregir el rumbo de la UE, y no de no poder ser, escudarse ante sus políticas, para, en la medida de lo posible desobedeciendo su esquema, construir Otra Europa. Si es factible, este proyecto alternativo debiera ser emprendido de manera internacionalista con cuantos más miembros mejor. No es la opción permanecer o salir la primera pregunta a contestar. Ya hay muchos países que están fuera de la eurozona, y dentro de la UE, y también padecen las mismas circunstancias depresivas. El recurso a la política monetaria y la posibilidad de devaluar no impediría un empobrecimiento severo de la población que, para un solo país, sería francamente adverso. Sería necesario además desarrollar una política de control de capitales, atajar la evasión de los mismos, y establecer medidas proteccionistas transitorias. Pero estas medidas sólo serán sostenibles socialmente en un marco de varios países capaz de resistir los embates del aislamiento financiero y comercial, y con una envergadura mínima para iniciar un desarrollo endógeno que, para ser viable y justo, debe ser redistributivo y con la participación ciudadana radicalmente democrática en su diseño.

Islandia nos ha mostrado un paso ejemplar. Pero necesitamos dos, tres, decenas de Islandias para construir una nueva Europa con una nueva orientación progresista y solidaria internacionalmente. Levantar esa bandera comienza desde los movimientos sociales y obrero europeos, desde las fuerzas de izquierda internacional, emprendiendo una campaña supranacional que, quizá podría empezar por una campaña de solidaridad con los y las trabajadoras griegos, y debe seguir por los países periféricos europeos.


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