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Anticapitalistes
  
divendres 3 de febrer de 2012 | Manuel
La crisis capitalista y el deseo de democracia

SANTIAGO ALBA RICO

La política ha sido secuestrada por la economía, ante la que se inclinan los parlamentos,
las instituciones, la cultura, el conocimiento y hasta el amor. El capitalismo
ni siquiera en sus períodos de crecimiento puede generalizar la democracia
como procedimiento de gestión y en períodos de crisis o de recesión, la
democracia es el único procedimiento de gestión verdaderamente incompatible
con el capitalismo. El movimiento 15 M, réplica sísmica de la primavera
árabe, se inscribe en la misma falla tectónica de la crisis capitalista y revela la
globalización de las respuestas frente a la globalidad de la agresión. Retenida
lejos de los centros de decisión, despreciada o sobreexplotada en el mercado
laboral, moldeada por hábitos homogéneos de consumo, la juventud ha acabado
por convertirse (en Europa y en el mundo árabe) en una “clase social”
transmediterránea que, por sus propias características materiales, no reconoce
límites de edad.


El pasado 1 de noviembre de 2011 los periódicos publicaron dos noticias
íntimamente relacionadas. Por un lado, el primer ministro griego Yorgos
Papandreu convocaba a sus ciudadanos a un referéndum sobre la deuda
pública y las medidas de rescate decididas por la UE. Por otro lado, se anunciaba
el vertiginoso aumento de las primas de riesgo en España e Italia y un
batacazo general de las bolsas europeas. La relación entre estas dos noticias
no se desprendía de un análisis penetrante ni exigía una perspicacia particularmente
aguda; todos los periódicos se hacían eco con pasmosa naturalidad
de la reacción adversa de los mercados ante este ejercicio de soberanía y
democracia en Grecia («el referéndum griego desata el pánico en la bolsa»,
«la economía europea tiembla ante el referéndum griego», titulaban los diarios).

También los políticos mostraban su malestar ante una decisión que consideraban
perjudicial para la recuperación económica. Así Rainer Bruederle,
asesor de Angela Merkel, no dudaba en condenarla como una falta de responsabilidad y seriedad del Gobierno griego: «me irritó», confesó Bruederle a una radio alemana,
«es una forma extraña de actuar. El primer ministro Yorgos Papandreu estuvo de
acuerdo en que el paquete de rescate era beneficioso para su país. Otros países están realizando
sacrificios considerables a causa de décadas de la mala administración y el pobre
liderazgo de Grecia
». Los presidentes de la Comisión europea y del Consejo de Europa instaron
inmediatamente a Papandreu a «honrar sus compromisos»; Finlandia amenazó con
cortar todas las ayudas y el ministro español José Blanco señaló que «no era una buena
decisión para Europa
». La UE, de hecho, congeló inmediatamente el suministro de fondos
a Grecia como castigo a su indisciplina y advirtió de las consecuencias de su audacia, mencionando
la posibilidad de una expulsión de la organización. Apenas 24 horas después, el
primer ministro griego, abandonado por sus propios ministros, claudicó y retiró la propuesta
de referéndum.

El análisis de Polanyi adquiere una repentina actualidad
en la conciencia y la experiencia de los ciudadanos: es Goldmann Sachs, y
no las urnas, quien decide el margen de libertad, la calidad
de vida, la longevidad y la dignidad de los seres humanos

¿Qué es lo que ha tenido que pasar en Europa para que una consulta popular, instrumento
privilegiado de la soberanía democrática, se convierta en un peligro, una amenaza,
una irresponsabilidad, una agresión, la sombra de una catástrofe?

Un mes antes, a finales de septiembre, UBS, el mayor banco suizo, publicaba un informe
de 21 páginas firmado por los economistas Stephane Deo, Paul Donovan y Larry
Hatheway. En él se advertía de que la recesión iba a dejar paso a una depresión y, en tono
mitad descriptivo mitad amenazador, insinuaba la necesidad de Gobiernos bien «musculados
», menos democráticos y más «autoritarios», para enderezar la situación, so pena de
conducir a la UE a una «balcanización» y una «guerra civil». Los previsibles desórdenes
sociales que la crisis económica iban a generar, según el modelo de Londres en agosto,
podrían exigir cambios de Gobierno, incluso Gobiernos dictatoriales o «militares» capaces
de contener y reprimir el malestar. El informe del banco suizo se podía interpretar sin duda
como un chantaje encaminado a forzar los rescates bancarios, sin los cuales –se nos dice–
sólo cabría esperar un futuro de inestabilidad, agitaciones y autocracias que pondrían fin al
«sueño europeo», pero reflejaba también, de manera desnuda, esta creciente intolerancia
de los así llamados mercados, poder constituyente supranacional e incontrolable, frente a
las instituciones democráticas. Esta necesidad de “represión” de los obstáculos humanos
que podrían interponerse en el camino del verdadero “poder soberano”, ha cristalizado ya,
de hecho, en la creación de una “policía antimotines” europea, la Eurogendfor, formada por 3.000 hombres y con sede en Italia, una de cuyas patrullas se habría desplazado a Grecia
coincidiendo precisamente con la convocatoria del referéndum.

Tras la segunda guerra mundial y hasta 1990, frente a una Unión Soviética que fungía
al mismo tiempo de amenaza y de contrapunto, la propaganda occidental logró con éxito
–aun si a costa de otros pueblos y otras regiones– fundir en una pieza, como si la naturaleza
misma así lo hubiese decretado, un desarrollo material sin precedentes en la historia de
la humanidad con un marco jurídico e institucional compatible con las conquistas democráticas
populares de los últimos 200 años. Democracia, Estado de Derecho y Mercado parecían
fraguados al mismo tiempo y en el mismo molde. No era cierto. Ya en 1944, en un libro
clásico cuya lectura es más recomendable que nunca, La gran transformación, el húngaro
Karl Polanyi había relacionado el fascismo con la autonomía de un mercado abandonado a
sus dinámicas autistas al margen de las sociedades y la intervención política. Polanyi había
sabido ver muy bien esa contradicción, hoy de nuevo clara, entre la democracia y el derecho
por un lado y la “libertad”, concebida precisamente como la expresión sin límites de las
pulsiones económicas: «la libertad para explotar a los iguales, la libertad para obtener
ganancias desmesuradas sin prestar un servicio conmensurable a la comunidad, la libertad
de impedir que las innovaciones tecnológicas sean utilizadas con una finalidad pública, o la
libertad para beneficiarse de calamidades públicas tramadas secretamente para obtener
una ventaja privada
». Ese tipo de libertad, enfrentado radicalmente a la reproducción social
en el contexto de la crisis de entreguerras, había llevado inevitablemente a la dictadura y a
la guerra.

Dos décadas después de la derrota de la URRS en la guerra fría, la ilusión se derrumba
muy deprisa y el análisis de Polanyi adquiere una repentina actualidad en la conciencia
y la experiencia de los ciudadanos: es Goldmann Sachs, y no las urnas, quien decide el margen
de libertad, la calidad de vida, la longevidad y la dignidad de los seres humanos. La política,
como alertaba el autor húngaro, ha sido completamente secuestrada por la economía,
ante la que se inclinan los parlamentos, las instituciones, la cultura, el conocimiento y hasta
el amor. El capitalismo, aparte de un conjunto de relaciones económicas impersonales,
implica también un aparato de gestión, al que son necesarios por igual, según lugares y circunstancias,
los más sanguinarios pistoleros y los más refinados filósofos (como demuestra
Frances Stonor Saunders en su exhaustivo estudio sobre «la guerra fría cultural»). Lo que
caracteriza a este aparato de gestión es precisamente su falta de escrúpulos: durante los
últimos sesenta años ha utilizado alternativa o simultáneamente (con arreglo a criterios geoestratégicos
en un espacio económico desigual) el colonialismo, el fascismo, las dictaduras,
las dictablandas, el Estado del bienestar, las instituciones democráticas, las instituciones
financieras y los acuerdos comerciales e incluso el fundamentalismo religioso (como en
Afganistán o en los Balcanes). Este aparato de gestión es muy versátil y no prefiere el fascismo.
Pero tiene en cualquier caso dos límites impuestos por la propia estructura económica que trata de gestionar. El primero enseña que ni siquiera en sus períodos de crecimiento
el capitalismo puede generalizar la democracia como procedimiento de gestión (limitada
en el mejor de los casos a una región insignificante del planeta). El segundo revela que
en el peor de los casos, en períodos de crisis o de recesión, la democracia es el único procedimiento
de gestión verdaderamente incompatible con el capitalismo. Todo parece indicar
que políticos y agentes económicos (el embudo del 1% que se traga la riqueza) han asumido
ya que el peor de los casos ha llegado y que la reproducción de los mecanismos de acumulación
capitalista es incompatible en todas partes, también en Europa, con el Estado del
Bienestar y con el Estado de Derecho. Como decía Marx hace 150 años, a veces son «las
bayonetas las que tienen que encarrilar la ley natural de la oferta y la demanda
».

¿Y los ciudadanos? Salvo en América Latina, donde la democratización de la última
década, bajo el impulso de proyectos populares y movimientos sociales, había llevado a un
aumento de la conciencia democrática y, frente a ella, a un incremento de las presiones
imperialistas, el resto del mundo aparecía o petrificado en su derrota o en franco retroceso.
La promulgación y aplicación tras el 11 S de leyes antiterroristas que conculcaban o suspendían
derechos civiles y políticos aparentemente bien asentados, junto a la agresiva ofensiva
económica contra las garantías sociales y laborales, abrió el camino en Europa a la
convicción resignada de que, en efecto, la contrarrevolución capitalista implicaba la apuesta
por soluciones neopopulistas o neofascistas, aceptadas o incluso aplaudidas por una
población sobornada por las mercancías, amedrentada por la inmigración y formateada por
los medios de comunicación.

En este contexto de retrocesos democráticos sin precedentes, a destiempo, con 200
años de retraso, el mundo árabe salió a la calle a reclamar democracia.

Democracia extemporánea y excéntrica

A finales del año 2010 ocurrió, en efecto, algo inesperado y donde menos se lo esperaba.
Un incidente trágico pero menor, ya mitológico, en una ciudad del interior de Túnez, Sidi
Bouzid, desencadenó el “deshielo” de la única región del mundo que se había mantenido
interesadamente fosilizada desde la segunda guerra mundial (quizás, más atrás, desde la
disolución del Imperio otomano). Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante humillado por
la policía, se prendió fuego delante del gobernorado de la ciudad y su muerte provocó un
levantamiento popular que derrocó al dictador Ben Alí para sacudir inmediatamente toda la
región. Teocracias petroleras, monarquías pseudoparlamentarias o falsas repúblicas, desde
Mauritania hasta Bahrein todos los árabes sin excepción vivían –o viven aún– bajo severas
dictaduras controladas por omnipotentes aparatos policiales al servicio de oligarquías mafiosas
muy funcionales y sumisas a los intereses del capitalismo internacional. La situación general había sido ya expuesta en abril de 2005 en el informe encargado por el PNUD a una
grupo de intelectuales árabes: «De acuerdo con los estándares del siglo XXI, los países árabes
no han resuelto las aspiraciones de desarrollo del pueblo árabe, la seguridad y la liberación,
a pesar de las diversidades entre un país y otro a este respecto. De hecho, hay
un consenso casi completo en torno a la existencia de graves carencias en el mundo árabe,
y la convicción de que éstas se sitúan específicamente en la esfera política
». Corrupción,
clientelismo mafioso, parcialidad de la justicia, tribunales de excepción, violencia contra la
sociedad civil”, desigualdad económica, el informe incluía también una denuncia de la ocupación
de Palestina e Irak como obstáculos decisivos para la democratización de la zona:
«Tras desmantelar el antiguo Estado, las autoridades de EE UU al mando han dado pocos
progresos a la hora de construir uno nuevo
». Era una forma cortés de aludir al enorme
esfuerzo –al contrario– que EE UU y la UE han hecho en esta zona del mundo para impedir
la democracia. Tras los atentados del 11 S y la invasión de Irak, la Administración de
Bush había comprendido la necesidad de hacer algunas concesiones que maquillaran los
regímenes amigos sin cuestionar su poder o –como gustan decir los bombardeadores– su
estabilidad”. Las reformas constitucionales en Túnez y Egipto, las elecciones familiares en
Arabia Saudí y los pomposos y perversos comicios en Iraq, junto a las manifestaciones
masivas en Beirut, llevaron a algunos propagandistas a hablar en 2005 de una “primavera
árabe
”. Nada menos cierto. El informe del PNUD venía a corregir esta visión soñadora para
hablar con aspereza de «un agujero negro» y «una catástrofe inminente» asociada a una
«explosión social» que podía, según sus previsiones, provocar «una guerra civil».

Cuando se produjo finalmente la «explosión social», aún hoy efervescente, lo hizo, sin
embargo, bajo un formato desconcertante. La clausura del espacio político, tradicional e históricamente
separado del universo social, parecía determinar que el paso poco probable del
segundo al primero sólo pudiera ser violento; y, sin embargo, salvo en el caso de Libia, las
protestas y manifestaciones que ondularon y ondulan el mundo árabe, de Túnez a Yemen,
de Egipto a Bahrein, de Marruecos a Siria, fueron y siguen siendo obstinadamente pacíficas.
La instrumentalización de la religión en su vertiente wahabita a partir del pacto estadounidense-
saudí de 1945 –ariete reaccionario contra la amenaza de una descolonización
progresista que había estado a punto de hacerse realidad– hacía temer, por otra parte, que
el “estallido” asumiese reivindicaciones salafitas, se hiciese en nombre de Dios y para imponer
la sharia, y sin embargo los revolucionarios árabes, no obstante su filiación musulmana,
sólo han reclamado «democracia» y «dignidad». Nada de esto estaba en los planes –y en
la mayor parte de los casos tampoco en el deseo– de las fuerzas operantes en la zona: la
UE, EE UU, Israel, los islamistas y la izquierda árabe, todas las cuales han ido a remolque
de la movilización popular.

Ha habido, si puede decirse así, una especie de “alienación” política, y no religiosa, en
virtud de la cual el término “democracia” ha condensado y servido de conducto a un abanico amplísimo de insatisfacciones y agravios de larga data. El paro, la corrupción, la represión,
la humillación, la miseria vital se han medido de algún modo en las promesas incumplidas
de Occidente, al que han tomado la palabra con una seriedad en sí misma subversiva.
Cuando más retrocede su práctica en Europa y EE UU, cuando menos pueden permitírsela
los centros capitalistas desarrollados, un deseo furioso de democracia, un incontenible
impulso democratizador ha derrocado tres tiranos y amenaza al menos a otros dos en
una zona del mundo –el norte de África y el Próximo Oriente– donde se concentra desde
hace 70 años gran parte de la atención interesada, energética y geopolítica, de las grandes
potencias que, precisamente por eso, habían impedido hasta ahora por todos los medios el
ejercicio de las libertades y derechos ciudadanos más elementales. No importa si estas
revoluciones son o no de izquierdas ni si serán más o menos secuestradas o gestionadas
desde fuera, como cabe temer; lo cierto es que en ningún otro lugar del mundo la noción
misma de democracia resulta más intolerable y peligrosa para todos los actores sobre el
terreno. El voto de los tunecinos del pasado 23 de octubre es la expresión de una victoria
nacional y regional inaudita y obliga además a cambiar las reglas de juego de la intervención
occidental en toda la región.

Lo cierto es que en ningún otro lugar del mundo
la noción misma de democracia resulta más intolerable y peligrosa para todos los actores sobre el terreno

La potencia de lo políticamente correcto

La potencia revolucionaria de la ingenuidad democrática está demostrando todo su poder
deslegitimador también en Europa. El movimiento 15 M, réplica sísmica de la primavera
árabe que hay que inscribir en la misma falla tectónica de la crisis capitalista, revela la globalización
de las respuestas frente a la globalidad de la agresión. Hay algo muy interesante
y muy bonito –y potencialmente transformador– en esta movilización de todos los tópicos
y todos los clichés, lanzados ahora contra aquellos que durante años los han nombrado sin
creer en ellos. El 15 M es, sí, un movimiento políticamente correcto. Y esto, que puede ser
un límite en las luchas venideras, es de entrada, una vigorosa vacuna contra los autoritarismos
neopopulistas que se presentaban como única alternativa a la crisis de credibilidad
en Europa. La respuesta es tan sorprendente como la del mundo árabe: cuando la población
española parecía definitivamente formateada por el “hedonismo de masas” y abocada
a las adhesiones fiduciarias neofascistas (como reacción “natural” frente a la crisis), los
“indignados” se lanzan a la calle no para pedir un liderazgo fuerte o medidas “nacionalistas
contra la inmigración, sino en nombre de todas las “convenciones” repetidas por la propaganda y traicionadas por los políticos: solidaridad activa que lleva a impedir desahucios,
antirracismo beligerante que obstaculiza el arresto de inmigrantes, tolerancia inclusiva en
ejercicio en todas las plazas, democracia participativa en asambleas a veces agotadoras e
inútiles, pero cuyo mismo carácter autorreferencial tiene, por contraste, un poderoso efecto
revelador: desautoriza y desacredita radicalmente el sistema vigente. «Lo llaman democracia
y no lo es
» y «no nos representan» son las dos consignas que resumen la conciencia de
un nitham, como en el mundo árabe, contrario a la autodeterminación individual y colectiva,
y que invocan la reclamación de una «verdadera democracia» que aún hay que llenar de
contenido.

En el mundo árabe se alimentó la represión y la religión; en Europa el nihilismo del consumo
y de los medios de comunicación. Ninguna sociedad histórica ha exaltado tanto la
juventud como valor mercantil y ninguna la ha despreciado tanto como fuerza real de cambio:
mientras la publicidad ofrecía una y otra vez la imagen inmutable de un deseo siempre
reverdecido, eternamente joven, los jóvenes españoles, como los tunecinos, sufrían el paro,
el trabajo precario, la descalificación profesional, la exclusión material de la vida adulta y, a
poco que se sustrajesen a las normas socialmente aceptadas del consumo pequeñoburgués,
la persecución policial. En el mundo árabe, para que no reclamasen una existencia
digna, a los jóvenes se les golpeaba y metía en prisión; en Europa, para que no reclamen
una existencia digna, se les ofrece comida basura, televisión basura, el tiempo basura de
los supermercados y los parques temáticos. En Túnez, los jóvenes excluidos de su propio
territorio, eran recluidos en sus cuerpos a porrazos; en España, los jóvenes que no pueden
comprar su propia casa ni vender sus competencias laborales, aún pueden adquirir tecnología
barata, ropa barata, pizzas baratas. Retenida lejos de los centros de decisión, despreciada
o sobreexplotada en el mercado laboral, moldeada por hábitos homogéneos de
consumo, la juventud ha acabado por convertirse (en Europa y en el mundo árabe) en una
clase social” transmediterránea que, por sus propias características materiales, no reconoce
límites de edad. Como han demostrado las revoluciones árabes, como demuestran los
indignados de Europa y EE UU, hay millones de cuarentones y hasta de ancianos a los que
se impide el acceso a la mayoría de edad mediante mecanismos al mismo tiempo políticos
y económicos.

Pero nos habíamos equivocado: si no se puede reprimir indefinidamente a un ser humano,
tampoco se le puede sobornar eternamente; si no sirven los verdaderos golpes, tampoco
sirven las falsas caricias. Golpes o golosinas, estos jóvenes de todas las edades no aceptan
ser tratados como niños; no se dejan ni amedrentar («sin miedo», gritan aquí y allí) ni
comprar («no somos mercancías»). La Puerta del Sol en Madrid demostró también el gran
fracaso “cultural” del capitalismo, que ha querido mantener a las poblaciones europeas en
una permanente minoría de edad alimentando sólo el hambre: de chucherías, de imágenes,
de intensidades puras. Asustados o corrompidos, a los niños se les podía dejar votar sin peligro de que su voto mantuviese ninguna relación real con la democracia. Por eso, en Túnez
y en Madrid, en Egipto y en Nueva York, en Yemen y en Atenas, los jóvenes piden precisamente
democracia; y por eso, en Túnez y en Madrid, en Egipto y en Nueva York, en Yemen
y en Atenas, han comprendido certeramente que la democracia está orgánicamente ligada a
esa cosa misteriosa que Kant situaba tajantemente fuera de los mercados: la dignidad.

La dignidad tiene que ver, sí, con el acceso a la mayoría de edad. Sólo los niños no toman
decisiones y lo propio de los jóvenes es rebelarse, no contra los adultos sino contra la niñez.
Cuando se es niño, uno está encerrado en su propio cuerpo, alimentado desde fuera, mantenido
–digamos– con vida pero despojado de todo instrumento de apropiación del propio
territorio. Por eso, para dejar clara esta nueva comunidad de clase transversal a los países,
dos características compartidas han definido, aquí y allí, la lucha por la dignidad y la democracia.
Por un lado, las nuevas tecnologías, vectores del imaginario deseante capitalista, integradoras
en un mercado desigualmente accesible, habían estructurado un nuevo orden global
paralelo al de los prestigios mediáticos; un orden de anonimato por que el que circulaba
veloz y dulcemente el flujo impersonal de las peores pulsiones, pero que en todo caso abrigaba
también un cambio potencial en la percepción del otro. Ese orden no reclamaba democracia
sino excitación; no exigía una sociedad mejor sino intercambio puro, pero desplazado
al exterior, inscrito en la plaza, ha restablecido paradójicamente un mundo muy antiguo,
antropológica y políticamente casi griego, de respeto y confianza solo en los desconocidos.

Pero este concepto de dignidad, entendido como acceso a la mayoría de edad, como
reapropiación del propio territorio, exigía precisamente la ocupación física del espacio, la
vuelta al espacio
. Esta es la segunda característica compartida por la juventud transversal
de todas las edades en su reivindicación de democracia. Durante años, análisis bien fundados
llamaban la atención sobre la descentralización y evaporación del poder, ahora capilar
o tentacular, despojado de toda materialización visible. No había ni una Bastilla ni un Palacio
de Invierno. Tienen razón. Y sin embargo, el modelo inaugurado en la Qasba de Túnez y en
la plaza de Tahrir de El Cairo, prolongado luego en La Perla de Manama o en Taghir de
Sana, se extendió por todo el mundo: Sol, Plaza de Catalunya, Syntagma, Bastilla, Wall
Street, etc. Sin duda, todos ellos son lugares simbólicamente saturados, pero las acampadas
tienen menos que ver con el hecho de apuntar con el dedo un edificio o un ministerio
(lo que también ocurre) que con la necesidad de afirmar el propio poder de permanencia en
un espacio público. El poder capitalista no tiene un centro, pero ocupa todos los espacios y
por eso mismo la presencia física de los cuerpos yuxtapuestos en un recinto común es ya
un ejercicio vivo de democracia. Mantenerse en el espacio es una respuesta vigorosísima,
subversiva, a esa descentralización del poder: ahora el centro somos nosotros, el lugar que
ocupamos todos juntos, la plaza en la que dejamos nuestros rastros y nuestros discursos.
La pulsión de la escritura y el dibujo –todos esos grafiti en los muros– es una contestación
a la publicidad, que invade las paredes con sus agresivos intereses privados; la asamblea, por su parte, es una réplica invertida del estudio de televisión, con sus desahogos planificados
y sus risas falsas. Como en el caso de las nuevas tecnologías, la paradoja de este
poder evaporado es la de que, frente a él, los indignados reintroducen un efecto clásico,
también griego: la transformación del espacio en espacio humano, ágora para el intercambio
de argumentos, academia para el aprendizaje de las leyes de este mundo.

Ninguna sociedad histórica ha exaltado tanto la juventud como valor
mercantil y ninguna la ha despreciado tanto como fuerza real de cambio. Los jóvenes
españoles, como los tunecinos, sufrían el paro, el trabajo precario,
la descalificación profesional, la exclusión material de la vida adulta

Este orden de percepción y de contestación, con sus efectos clásicos, surge en cualquier
caso del interior del capitalismo –como si la subjetividad misma, y no la que enfrenta a fuerzas
productivas y modo de producción, fuese su contradicción íntima– y no encaja en ninguno
de los moldes organizativos que tradicionalmente se habían construido contra él. Tanto
la historia concreta de la política real como el formato gnoseológico de la nueva juventud
tecnológica deja fuera de juego a los partidos tradicionales sin que, a cambio, la indignación
haya sido capaz de forjar nuevos instrumentos y nuevos marcos de intervención transitiva,
más allá de la autoafirmación y la negación por contraste. La democracia, por así decirlo, es
paralela al poder. Eso no basta. La democracia debe estar en el poder.

A modo de conclusión

Veinte años después de la derrota de la URSS en la guerra fría, la contrarrevolución capitalista
que llamamos “crisis” ha dejado al desnudo la incompatibilidad no sólo entre Mercado
y Estado del Bienestar sino, más radicalmente, entre Mercado y Democracia. En este sentido,
la ofensiva económica, legislativa y policial destinada, tras el 11S, a asegurar la reproducción
ampliada de beneficios, a costa de la mayor parte de la población y de la supervivencia
misma del planeta, ha convertido la ingenua reclamación de democracia, en el
mundo árabe y en el resto del mundo, en un obstáculo estructural y, por lo tanto, del otro
lado, en un motor de transformaciones. El enemigo de los gestores de la economía mundial
ya no es el socialismo sino la democracia misma; y por eso es la reivindicación de democracia,
al chocar con la base material del capitalismo en crisis, la que debe llevar necesariamente
a la concepción de otro modelo (es decir, al “socialismo”). Pero no podremos
alcanzarlo sin la articulación de nuevos modelos organizativos que, aupados en los formatos
que hacen circular el deseo mercantil, sitúen ese imaginario frente a sus límites razonables:
los de la tierra misma y sus recursos.

Santiago Alba Rico es ensayista y escritor

Font: Rebelion 3/2/2012 (pdf), Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 116 2011/12, pp. 97-105


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