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dijous 2 de febrer de 2012 | Manuel
Diciembre 1991. Caída de la URSS

David Mandel

El 8 de diciembre de 1991, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia publicaban una declaración según la cual la Unión Soviética quedaba disuelta. Ponían así fin a una construcción salida de la revolución de octubre de 1917, y luego desnaturalizada por el estalinismo. Sin nostalgia, pero teniendo en cuenta todas las dimensiones del acontecimiento, es importante veinte años después volver sobre el proceso que condujo a la caída de la URSS.

La caída de la URSS, tan repentina y poco violenta, cogió al mundo por sorpresa. Incluso especialistas de la “sovietología” universitaria han debido reconocer que no habían podido desarrollar una comprensión teórica adecuada de ese sistema. Así, si este artículo adopta un marco de análisis marxista, en gran medida ignorado por la sovietología, es porque, en mi opinión, es el único que permite una explicación coherente con los hechos conocidos.

La URSS, sistema de economía planificada gestionada por una burocracia usurpadora que se escondía tras una ideología socialista, cayó víctima de sus propias contradicciones. Si el momento y la forma de la caída no estaban predeterminados, ese sistema, salido de la Revolución de Octubre pero bloqueado en su desarrollo entre el capitalismo y el socialismo, era demasiado profundamente contradictorio para perdurar. De hecho, la duración relativamente prolongada de su existencia se explica en gran medida por la riqueza en recursos humanos y naturales de un inmenso país y por la victoria en la Segunda Guerra Mundial (lograda al precio de pérdidas inimaginables de las que las políticas del régimen que precedieron a la guerra eran en gran medida responsables), que tuvo por efecto acercar el pueblo al régimen.

Reformas necesarias

En marzo de 1995, Mijail Gorbachov, con 54 años, el más joven y enérgico de los miembros de un buró político de edad muy avanzada, fue nombrado al puesto supremo de secretario general. Esta designación reflejaba un consenso en la cúspide sobre la necesidad urgente de reformas. La tarea de Gorbachov no era resolver las contradicciones del sistema –no eran, en efecto, ni comprendidas ni siquiera reconocidas- sino salvar a la burocracia de sí misma, una tarea evidentemente contradictoria pero que derivaba de la naturaleza misma del sistema. Y por esta razón, las reformas emprendidas acabaron por acelerar la caída.

Los dos problemas principales a los que Gorbachov debía enfrentarse era la tendencia al estancamiento económico y los disfuncionamientos de la burocracia. La tendencia al estancamiento, evidente desde finales de los años 1960, amenazaba el estatus geopolítico de la URSS y eventualmente a la estabilidad interna del régimen. La corrupción y el laxismo en el seno de la burocracia se habían extendido a toda la sociedad, engendrando una crisis moral que minaba la eficacia y la legitimidad del régimen. La fuente profunda de esos problemas era el monopolio del poder de la burocracia, poder usurpado al Partido Comunista y al pueblo durante el decenio que siguió a la revolución.

La dictadura personal de Stalin, que ejercía igualmente su terror sobre los grandes y pequeños burócratas, había impedido al régimen burocrático alcanzar su expresión pura. Pero después de su muerte en 1953, y particularmente bajo la dirección de Leonidas Brezhnev (1964-1982), cuya divisa era el “respeto a los cuadros”, el régimen burocrático conoció una verdadera edad de oro. El “respeto a los cuadros” se tradujo en la impunidad de los funcionarios, en el desarrollo de los abusos de función y en un conservadurismo que bloqueaba toda reforma seria. Y sin embargo, el sistema de gestión de la economía y de la sociedad había permanecido en lo esencial sin cambios desde finales de los años 1920, a pesar de las profundas transformaciones sociales y económicas que habían tenido lugar en el intervalo.

De la aceleración a la reestructuración

Las reformas emprendidas por Gorbachov pasaron por tres etapas cualitativamente distintas. La primera, de 1985 a mediados de 1987, era la de la “aceleración”: rotación importante de los cuadros administrativos (fin de la seguridad de empleo para la “nomenklatura”); fusiones de ministerios; aumento de las inversiones en el sector clave de la máquina-herramienta; introducción de un control de calidad independiente de las empresas; lucha contra el consumo excesivo de alcohol. En política exterior, Gorbachov tomó iniciativas unilaterales para desenganchar a la URSS de la carrera de armamentos, una política calorosamente acogida por los pueblos en Occidente, cuando no por sus gobiernos, y retiró las tropas soviéticas de Afganistán. Pero esas políticas, sin duda progresistas, estaban acompañadas del desligamiento progresivo de la URSS de todas las luchas antiimperialistas y socialistas en el tercer mundo, luchas que el régimen había apoyado hasta entonces en los límites de sus intereses propios. Este giro se hizo en nombre de los “valores humanos comunes”, idea esencialmente socialdemócrata que venía a reemplazar a la contradicción entre capitalismo y socialismo de la teoría marxista.

Pero la medida quizás más audaz y cargada de consecuencias de este período era la “glasnost” (transparencia), una suavización controlada de la censura. Su objetivo era poner a la burocracia, fuerza conservadora, a la defensiva frente a una opinión pública hostil a sus privilegios y a sus abusos de poder. Gorbachov había comprendido también que la ausencia de debate público era un enorme peso para el desarrollo de la economía. Pero en total, a pesar de la “glasnost”, Gorbachov no tocó seriamente ni los privilegios ni el poder de la burocracia.

A pesar de una vuelta al crecimiento y un cierto saneamiento del clima moral, Gorbachov juzgó insuficientes los resultados de esas reformas. Hacia mediados de 1987, inició pues una nueva etapa de reforma de una envergadura y audacia completamente diferente: la “perestroika” (reestructuración). La vertiente económica buscaba la descentralización de la gestión económica, “liberando” a las empresas, que seguían siendo propiedad del estado, para establecer relaciones mercantiles entre ellas. El estado central, liberado de la gestión cotidiana de las empresas, conservaría los medios de acción más bien indirectos, pero también algunos directos, que deberían permitirle asegurar mejor la planificación a medio y largo plazo. A pesar de esta intención, la reforma tuvo el efecto práctico de liberar fuerzas centrífugas ya en marcha desde hacía mucho tiempo en la economía, privando al gobierno central de control eficaz sobre los procesos económicos. Para el pueblo, la desorganización del aparato productivo se manifestó sobre todo por la agravación de las penurias que complicaban seriamente su vida.

Un poco más tarde, una nueva ley legalizó la creación de pequeñas empresas privadas, designadas como “cooperativas” para no chocar a la opinión. Su actividad empresarial y flexible debía contribuir a aliviar las penurias. Pero en los hechos, este sector llamado cooperativo parasitó al sector público, agravando las penurias, sobre todo de bienes menos caros, reforzando la cólera popular. Funcionarios de la Juventud Comunista, de donde emergió un buen número de futuros capitalistas, brillaron sobre todo en este campo de actividad, y no sin el apoyo financiero del estado.

De hecho, la nueva reforma económica no era verdaderamente original. Yugoslavia, luego Hungría y Polonia, la habían adoptado ya, cada una a su manera. La originalidad de la Perestroika era su vertiente política –la “democratización”. Era una suavización aún más audaz de la censura; la tolerancia de asociaciones independientes, bajo condición de lealtad hacia el régimen y hacia la Perestroika, y elecciones, en particular en marzo de 1989 al Soviet Supremo, parcialmente abiertas a candidatos independientes. Además, la nueva ley sobre las empresas preveía la elección de “consejos del colectivo de los trabajadores” como autoridad suprema en las empresas. Esta medida debía aliviar los temores de los trabajadores ante la nueva independencia de los directores respecto a las autoridades centrales. Pero en la práctica, en ausencia de sindicatos independientes y de tradición de acciones colectivas, en la mayor parte de los casos, la dependencia de los trabajadores hacia sus directores no fue rota.

La “democratización” no era evidentemente la democracia. El objetivo seguía siendo salvar a la burocracia, capa social dominante, de si misma. Pero para eso, era necesario neutralizar la oposición a la reforma aún fuerte en sus filas y ganar la adhesión de las clases populares que temían el debilitamiento de la protección social y el ascenso de las desigualdades.

El carácter limitado de la apertura política y los problemas asociados a la reforma económica suscitaron inevitablemente el descontento popular, que se manifestó en un ascenso de las huelgas, culminando en julio de 1989 con una huelga general de los 400.000 obreros del carbón. En paralelo se formó un movimiento ciudadano democrático, que atraía a veces a decenas de miles de manifestantes en las grandes ciudades contra las autoridades burocráticas. En los países bálticos, en Georgia y en Armenia, repúblicas en las que la conciencia nacional estaba históricamente más desarrollada, el movimiento democrático planteó de forma natural la reivindicación de una más amplia autonomía, luego (particularmente después de la caída de los regímenes comunistas en Europa del Este sin oposición dura por parte de la URSS) de la soberanía, y finalmente, en 1991, de la independencia.

La liberalización de la economía

Fue también en 1989 cuando la opción capitalista, bajo cubierto de una “reforma de mercado consecuente”, hizo su aparición en el debate público, atrayendo cada vez más al movimiento democrático, en el que la base, sin comprender su importancia real, veía principalmente la liberación de la economía del dominio de la burocracia.

El año siguiente, frente al fracaso evidente de la Perestroika, Gorbachov se sumó él también a esa opción. Era también la última etapa de las reformas, que no será acabada más que después de la caída de la URSS: Así, en junio de 1990, hizo adoptar una nueva ley de la empresa, que daba plenos poderes a los propietarios e ignorando a los trabajadores. (Fue en reacción a esta ley como un verdadero movimiento en defensa de la autogestión se puso finalmente en pie).

Pero Gorbachov debía actuar con prudencia porque su débil legitimidad estaba basada en la pretensión socialista del régimen. (Sólo el aumento de los precios de productos alimenticios de base en 1991 provocó una importante ola de huelgas). Y no habiendo jamás sometido su puesto a un voto popular, Gorbachov no tenía legitimidad democrática. Por el contrario, en las primeras elecciones verdaderamente democráticas en la primavera de 1990 (bajo presión popular, en marzo de 1990, el artículo de la constitución que consagraba el “papel dirigente” del Partido Comunista había sido quitado), las fuerzas procapitalistas alineadas alrededor de Boris Yeltsin, antiguo miembro del buró político expulsado por su crítica de la lentitud de las reformas, pudieron elegir a varios de sus representantes a la alcaldía de las mayores ciudades rusas así como al Parlamento de la República rusa.

Pero esos liberales, conocidos bajo la etiqueta de “demócratas”, temían también la reacción popular a una restauración capitalista. Para ellos, el pueblo, partidario de los valores de justicia social y de igualdad, había sido “lumpenizado” por la experiencia soviética (en el sentido de tener apego a los valores de igualdad y de justicia social). Uno de los "demócratas” intelectuales confió al autor de estas líneas en 1990 que la transición necesitaría desgraciadamente un Cavaignac /1. El nombre del dictador Pinochet, que habría restaurado la economía chilena a una salud capitalista tras la desastrosa experiencia socialista, era a menudo citado con aprobación en estos mismos círculos.

Ciertos ideólogos “demócratas” defendían abiertamente una alianza entre los “demócratas del mercado” y el ala reformadora de la burocracia, con exclusión de los “demócratas populistas”. Una tal alianza establecería “un régimen ejecutivo independiente”, libre de control parlamentario y por tanto de los caprichos del cuerpo electoral. Este proyecto se mostró completamente realista, dado el naufragio cada vez más evidente del sistema burocrático y el giro prudente de Gorbachov mismo hacia el capitalismo. Después de todo, ¿quién estaba mejor situado que los burócratas para beneficiarse de una privatización salvaje? Y Boris Yeltsin, antiguo miembro de la nomenklatura convertido en portaestandarte del movimiento democrático, era el puente perfecto para unir a los dos grupos.

El desmantelamiento de la URSS

Se formaron variantes de esta alianza también en la mayor parte de las repúblicas de la URSS /2, donde los movimientos democráticos se unían tras la reivindicación de soberanía. Ucrania constituye un caso particularmente llamativo. Leonid Kravtchuk, el presidente recientemente elegido del Soviet supremo republicano (Parlamento de Ucrania) realizó una alianza con Roukh, el movimiento nacionalista, cuando había sido hasta recientemente el secretario del Partido comunista responsable del combate contra el nacionalismo. Así, Roukh confirió a Kravtchuk la legitimación de un liberador nacional, mientras que la numerosa población rusófona de Ucrania, desconfiada de los nacionalistas, veían en Kravtchuk el símbolo que les aseguraba la continuidad.

Pero la fuerza principal del desmantelamiento de la USS no eran los movimientos nacionalistas de las repúblicas periféricas, sino el presidente de la República rusa misma –Boris Yeltsin (elegido presidente de Rusia el 12 de junio de 1991 en una elección democrática). El referéndum de marzo de 1991 había indicado que la aplastante mayoría de la población de Rusia era favorable al mantenimiento de la Unión bajo forma renovada de una confederación. Pero para Yeltsin, que firmó sin embargo la entente de unión en abril de 1991, el mantenimiento de un gobierno federal central limitaba su poder en Rusia. ¿Porqué compartir el poder con un gobierno central y con otras repúblicas cuando Rusia era de lejos la parte de la URSS más rica en recursos naturales y en industria?

El momento de Yeltsin llegó el 19 de agosto de 1991, precisamente la víspera de la firma del nuevo tratado de la Unión. Los miembros del gabinete de Gorbachov (sin Gorbachov, que estaba de vacaciones) declararon el estado de urgencia, suspendiendo toda actividad política. Pero los golpistas, movidos principalmente por el temor al desmantelamiento de la URSS, no pudieron, o no quisieron, recurrir a la represión violenta, lo que permitió a Yeltsin, que se había parapetado entre los muros del Soviet Supremo (Parlamento) ruso, emerger el 21 con el aura de un héroe de la resistencia democrática contra el revanchismo burocrático. A partir de ahí, Yeltsin se dedicó sistemáticamente a apropiarse de los poderes de Gorbachov, transformado el gobierno central en una cáscara vacía.

En reacción al golpe y a la usurpación de los poderes del gobierno de la URSS por Rusia, diez de las quince repúblicas declararon su independencia. La agonía de la URSS se acabó el 8 de diciembre con la decisión común de los dirigentes de las tres repúblicas eslavas, Rusia, Ucrania y Bielorrusia, de disolver la URSS –un golpe inconstitucional según Gorbachov- y crear la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Posteriormente, en respuesta a sus protestas, las demás repúblicas no eslavas, con la excepción de los países bálticos y de Georgia que no querían, pudieron sumarse a la CEI. Pero esta formación nunca llegó a ser más que un lugar de discusión sin poderes reales.

La ruptura de los lazos económicos establecidos desde hacía decenios tuvo un impacto severo sobre la situación de la población de la ex URSS. Tan tarde como en 2006, un sondeo indicaba que el 66% de los rusos y el 50% de los ucranianos lamentaban aún la desintegración de la URSS. Al mismo tiempo, hay también que reconocer que, con ciertas notables excepciones (Chechenia, Transnistria, Nagorno-Karabaj, Osetia del Sur, Abjazia), los países de la exURSS han podido evitar el género de guerras prolongadas y generalizadas que ensangrentaron la exYugoslavia.

Así, la caída del sistema soviético tomó la forma de una revolución por arriba, dirigida por una coalición de burócratas y de un grupo socialmente heterogéneo de especuladores y de intelectuales procapitalistas, relegando al papel de ariete a los movimientos populares, obrero y ciudadano (democráticos), que sin embargo tomaban amplitud antes de la caída. Posteriormente, la “terapia de choque”, agresivamente promovida por los estados occidentales y el FMI, minó severamente la capacidad de autoorganización y de lucha de las clases populares.

La salida habría podido ser diferente –una democratización consecuente que habría abierto la vía a un desarrollo socialista. (Incluso hoy los sondeos indican que una mayoría de la población de Rusia está opuesta a la privatización de las grandes empresas). Pero la correlación interna de fuerzas en la URSS, y sobre todo a nivel internacional, favorecía la restauración del capitalismo. El movimiento obrero soviético, renacido después de tres generaciones de totalitarismo, carecía de experiencia. En otras partes del mundo, los demás países recientemente “comunistas” estaban restaurando el capitalismo. En todas partes, salvo en Brasil y en África del Sur, la clase obrera y sus aliados retrocedían frente a una burguesía triunfante.

Las consecuencias fueron trágicas para las clases populares de la exURSS: caída desastrosa del nivel de vida, pérdida de la protección social, ascenso vertiginoso de las desigualdades, “democracia” cada vez más vacía de sustancia real.

David Mandel es profesor en la Universidad de Quebec en Montreal, autor de varios obras sobre el movimiento obrero en Rusia, URSS y exURSS, entre ellos Labour After Communism, Black Rose, Montréal 2005. Es miembro de la Gauche Socialiste, sección quebequés de la IV Internacional.

Notas

1/ Por el nombre del general Cavaignac que, en junio de 1848, venció con sus tropas la revuelta de los obreros y el pueblo de París. El número de insurrectos asesinados durante los combates fue estimado entre 3.000 y 5.000 personas a las que se añaden alrededor de 1.500 fusilados sin juicio. Hubo alrededor de 25.000 detenciones y 11.000 condenas a cárcel o a la deportación a Argelia. Esta referencia denota el cinismo de los “demócratas” que habían leído a Marx en su juventud pero cambiaban absolutamente ahora sus enseñanzas (ndr).

2/ La URSS constituía una federación compuesta de quince repúblicas.

Font: Tout est à nous! nº 27 (diciembre 2011), Viento Sur

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR


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