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Anticapitalistes
  
divendres 12 d’agost de 2011 | Manuel
Partidos y movimientos

Hugo Blanco, José Bustos, Raul Zibechi

- Las revoluciones contra las vanguardias. Raul Zibechi

- Las vanguardias, las revoluciones y el autonomismo latinoamericano. Una respuesta a Raúl Zibechi. José Bustos

- Partidos y movimientos. A propósito de la respuesta de José Bustos a Raúl Zibechi. Hugo Blanco

Las revoluciones contra las vanguardias

Raúl Zibechi
La Jornada 18/6/2011

Las potentes movilizaciones que atraviesan el mundo están desbordando tanto democracias como dictaduras, regímenes nacidos de elecciones y de golpes de Estado, gobiernos del primer y del tercer mundo. No sólo eso. Desbordan los muros de contención de los partidos socialdemócratas y de izquierda, en sus más diversas variantes. Desbordan también los saberes acumulados por las prácticas emancipatorias en más de un siglo, por lo menos desde la Comuna de París.

Naturalmente, esto produce desconcierto y desconfianza entre las viejas guardias revolucionarias, que reclaman organización más sólida, un programa con objetivos alcanzables y caminos para conseguirlos. En suma, una estrategia y una táctica que pavimenten la unidad de movimientos que estarían condenados al fracaso si persisten en su dispersión e improvisación actuales. Lo dicen a menudo personas que participan en los movimientos y quienes se felicitan de su existencia, pero que no aceptan que puedan marchar por sí mismos sin mediar intervenciones que establezcan cierta orientación y dirección.

Los movimientos en curso cuestionan de raíz la idea de vanguardia, de que es necesaria una organización de especialistas en pensar, planificar y dirigir al movimiento. Esta idea nació, como nos enseña Georges Haupt en La Comuna como símbolo y como ejemplo (Siglo XXI, 1986), con el fracaso de la Comuna. La lectura que hizo una parte sustancial del campo revolucionario fue que la experiencia parisina fracasó por la inexistencia de una dirección: Fue la falta de centralización y de autoridad lo que costó la vida a la Comuna de París, dijo Engels a Bakunin. Lo que en aquel momento era acertado.

Haupt sostiene que del fracaso de la Comuna surgen nuevos temas en el movimiento socialista: el partido y la toma del poder estatal. En la socialdemocracia alemana, el principal partido obrero de la época, se abre paso la idea de que la Comuna de 1871 era un modelo a rechazar, como escribió Bebel pocos años después. La siguiente oleada de revoluciones obreras, que tuvo su punto alto en la revolución rusa de 1917, estuvo marcada a fuego por una teoría de la revolución que había hecho de la organización jerárquica y de especialistas su eje y centro.

En el último medio siglo han sucedido dos nuevas oleadas de los de abajo: las revoluciones de 1968 y las actuales, que probablemente tengan su punto de arranque en los movimientos latinoamericanos contra el neoliberalismo de la década de 1990. En este medio siglo han sucedido, insertos en ambas oleadas, algunos hechos que modifican de raíz aquellos principios: el fracaso del socialismo soviético, la descolonización del tercer mundo y, sobre todo, las revueltas de las mujeres, de los jóvenes y de los obreros. Los tres procesos son tan recientes que muchas veces no reparamos en la profundidad de los cambios que encarnan.

Las mujeres hicieron entrar en crisis el patriarcado, lo que no quiere decir que haya desaparecido, agrietando uno de los núcleos de la dominación. Los jóvenes han desbordado la cultura autoritaria. Los obreros, y las obreras, desarticularon el fordismo. Es evidente que los tres movimientos pertenecen a un mismo proceso que podemos resumir en crisis de la autoridad: del macho, del jerarca y del capataz. En su lugar se instaló un gran desorden que fuerza a los dominadores a encontrar nuevas formas para disciplinar a los de abajo, para imponer un orden cada vez más efímero y menos legítimo, ya que a menudo es simple violencia: machista, estatal, desde arriba.

En paralelo, los de abajo se han apropiado de saberes que antes les eran negados, desde el dominio de la escritura hasta las modernas tecnologías de la comunicación. Lo más importante, empero, es que aprendieron dos hechos enlazados: cómo actúa la dominación y cómo hacer para desarticularla o, cuando menos, neutralizarla. Un siglo atrás eran una exigua minoría los obreros que dominaban tales artes. Las rebeliones, como la que comandó la Comuna, eran fruto de brechas que otros abrían en los muros de dominación. Ahora los de abajo aprendimos a abrir grietas por nosotros mismos, sin depender de la sacrosanta coyuntura revolucionaria, cuyo conocimiento era obra de especialistas que dominaban ciertos saberes abstractos.

En algunas regiones del mundo pobre se produjo la recuperación de saberes ancestrales de los de abajo que habían sido aplastados por el progreso y la modernidad. En este proceso los pueblos indios juegan un papel decisivo, al darle nueva vida a un conjunto de saberes vinculados a la curación, el aprendizaje, la relación con el entorno y también la defensa de las comunidades, o sea la guerra. Ahí están los zapatistas, pero también las comunidades de Bagua, en la selva peruana, y un sinfín de experiencias que muestran que aquellos saberes son válidos para estas resistencias.

Este conjunto de aprendizajes y nuevas capacidades adquiridas en la resistencia ha tornado inservible y poco operativa la existencia de vanguardias, esos grupos que tienen vocación de mandar porque creen saber lo que es mejor para los demás. Ahora, pueblos enteros saben cómo conducirse a sí mismos, con base en el mandar obedeciendo, pero también inspirados por otros principios que hemos podido escuchar y practicar estos años: caminar al paso del más lento, entre todos lo sabemos todo y preguntando caminamos.

Lo anterior no quiere decir que ya no sea necesario organizarnos en colectivos militantes. Sin este tipo de organizaciones y grupos, integrados por activistas o como quiera llamarse a las personas que dedicamos nuestras mejores energías a cambiar el mundo, ese cambio no llegaría jamás, porque no cae nunca del cielo, ni es regalo de caudillos y estadistas esclarecidos. Las revoluciones que estamos viviendo son fruto de esas múltiples energías. Las detonamos entre muchos y muchas. Pero una vez puestas en marcha, la pretensión de dirigirlas a puro mando suele producir resultados opuestos a los deseados.


Una respuesta a Raúl Zibechi. Las vanguardias, las revoluciones y el autonomismo latinoamericano

José Bustos, 11/8/2011

Con algún retraso he tomado conocimiento del artículo de Raul Zibechi “Las revoluciones contra las vanguardias”, cuyo tenor merece una respuesta.
En ese artículo, evocando “las potentes movilizaciones que atraviesan el mundo”, el autor pretende convencernos de la inutilidad de los partidos políticos (por supuesto, de izquierda) en los procesos de cambio social, atribuyéndole a esos episódicos movimientos populares la capacidad propia, autónoma, de modelar la sociedad conforme a sus aspiraciones.

Para fundamentar sus puntos de vista, Zibechi se remonta a la Comuna de Paris. Sería, según él, à partir del fracaso de esa experiencia -una espontanea insurrección popular-, que los partidos políticos habrían decidido convertirse en “organizaciones de especialistas en pensar, planificar y dirigir” los movimientos que reclaman un cambio social. Más aún, desde esa época, estos partidos habrían acumulado “saberes”, relativos a las prácticas emancipadoras, que no han querido nunca compartir con las masas. En suma, organismos autoritarios y mezquinos, casi perniciosos, que en las revueltas populares actuales (la llamada primavera árabe y los Indignados europeos), han sido severa y legitimamente cuestionados.

Raúl Zibechi es una de los grandes voceros del autonomismo latinoamericano, que postula, en materia de luchas sociales, dos rechazos esenciales: el de constituirse en partido político, y el de tomar el poder para comenzar un proceso de transformaciones.

Según estas nuevas teorías, que el Sub-comandante Marcos y el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) han puesto en práctica en Chiapas (con los magros resultados que se conocen), los movimientos sociales tienen la capacidad innata de dirigirse por sí mismos (sin la intervención de partidos) y no tienen ninguna necesidad de tomar el poder para imponer las reformas sociales y políticas que estimen necesarias.

Esta visión de la mecánica transformadora de la sociedad hace innecesario también que se elabore una alternativa, entendida como la definición previa de los objetivos de las luchas, y de los medios o vías para alcanzarlos. Dicho de otra manera, que estima caduca la necesidad de contar con una estrategia y una táctica revolucionarias.

A la luz de las recientes experiencias de Túnez y de Egipto, no resulta sorprendente que Zibechi se sienta reafirmado en sus concepciones autonomistas. Las revueltas populares en esos países han echado abajo sus respectivas dictaduras, y están imponiendo poco a poco la tan ansiada democratización de sus países. Todo eso sin la intervención de los partidos políticos y, téngase en cuenta, sin poner en riesgo la supervivencia del sistema capitalista.

Nadie pone en duda la extraordinaria potencia de los movimientos sociales, algo que se ha constatado infinidad de veces a lo largo de la historia. Tampoco la capacidad del pueblo para organizarse y autogobernarse, revitalizando viejos valores humanos como el sentido de vida comunitaria, la solidaridad, la ayuda mutua, etc. Por lo demás, ningún cambio social progresista puede llevarse a cabo, sin la intervención decisoria de grandes sectores de la población.

Sin embargo, de lo que se trata en esta época y lo que justifica la necesidad de partidos políticos, es no sólo de encontrar la manera de terminar con el sistema capitalista (antes que él termine con todos nosotros), sino también de imaginar otro modelo de sociedad donde impere la libertad, la democracia, la justicia social, la paz y la protección de la naturaleza.

No debería resultar difícil entender que para obtener esos nobles objetivos es necesaria, indispensable, una Revolución, es decir, la destrucción del sistema capitalista, un modelo de sociedad que produce y reproduce, a través de la propiedad privada de los medios de producción (las fábricas, los campos, etc.), la injusticia social. Para decirlo de otra manera, que hace que unos pocos sean inmensamente ricos, y las mayorías (las que producen esas riquezas) vivan en la más indignante pobreza.

Lo que los autonomistas se niegan a aceptar, es que esos grandes movimientos espontáneos, llamadas puebladas, por mucho que alcancen la potencia devastadora de un tsunami, no van a obtener nunca el cambio de sistema. A lo sumo podrán conseguir, como está ocurriendo en Africa, la caída de un dictador, o algunas mejoras económicas o algunos resquicios de libertades democráticas, a condición –como ya fue dicho-, de no perturbar vigencia del capitalismo.

Esto es así, porque el sistema tiene los medios para defenderse (Ejércitos, policías, recursos económicos, medios de comunicación, etc.), y también, porque esos accesos de cólera popular se dan siempre por reivindicaciones especificas y puntuales y no duran, no pueden durar mucho tiempo. Una experiencia emblemática: la que vivieron millones de argentinos en 2001, salidos a las calles con la consigna lapidaria “Que se vayan todos” y que no consiguieron, finalmente, que se fuera nadie.

La creación de partidos políticos no es solo una exigencia del sistema representativo, para participar en elecciones. Es siempre el resultado del estudio profundo de las realidades de cada país, del contexto internacional, y de las leyes que rigen la evolución de las sociedades, que permite determinar todo lo que debe hacerse para ir construyendo, cada día, una coyuntura revolucionaria, y asegurar la victoria final. Sin esperar las revueltas espontaneas y ocasionales de los pueblos.

No se trata, como lo afirma Zibechi, de ponerse en mandamás de los pueblos. Los partidos de izquierda, a pesar de sus divergencias, tienen la vocación de ser emanaciones directas del pueblo, en particular de los trabajadores, de los que sufren en carne propia las injusticias sociales. El partido no debe ser un grupo de conspiradores desligado del movimiento social, sino la fusión de los estratos más avanzados, más combativos de esos sectores sociales con los intelectuales.

Después de las lamentables experiencias históricas del llamado “socialismo real” resulta comprensible que se haya difundido en el mundo una cierta desconfianza en los partidos políticos de izquierda, en particular –precisamente- de los que postulan cambios radicales, de los que no creen que el capitalismo sea “reformable”.

Ocurre que en esas experiencias, a la hora de la toma del poder, esos partidos victoriosos terminaron encaramándose en el aparato del Estado, se disociaron definitivamente del pueblo, y ejercieron –con la complicidad de la tecnocracia- una dictadura, tan odiosa como cualquier otra, suprimiendo las libertades públicas y ejerciendo una impiadosa represión contra todo aquel que fuera capaz de elevar su voz de protesta o de expresar su disidencia. Naturalmente, de esta degeneración burocrática no podían salir indemnes las propias ideas del socialismo.

Si esos partidos no tienen hoy una intervención significativa en los movimientos sociales provocados por la crisis del capitalismo, si provocan el rechazo de la gente que se asoma a la vida política, como es el caso de muchos Indignados, se debe, para decirlo en pocas palabras, a tres factores principales.

Por un lado, porque no han sabido redefinir las ideas del socialismo, desmarcándose radicalmente del ingrato “socialismo real”; por otro lado, porque no han conseguido adaptarse a los cambios impuestos por la mundialización, por el desarrollo vertiginoso de la ciencia y la tecnología y, en América Latina, con la emergencia de nuevos actores sociales como son los pueblos originarios; finalmente, porque no han encontrado la manera de resolver sus divergencias teóricas, o no han encontrado puntos de acuerdo para un trabajo en común que les devuelva una presencia y en cierto peso en la vida politica.

Eso es profundamente lamentable porque, en tales condiciones, están perdiendo la una urgente cita con la Historia.

Blog del autor: http://www.josebustos.net


A propósito de la respuesta de José Bustos a Raúl Zibechi. Partidos y movimientos

Hugo Blanco, Rebelión 12/8/2011

José,

Somos amigos, nos conocimos en una isla penal. Te respeto mucho y respeto tu actual trabajo revolucionario. Colaboras con nosotros difundiendo “Lucha Indígena”. Desde esa cordialidad revolucionaria manifiesto mi discrepancia con tu respuesta a Zibechi sobre las "vanguardias, las revoluciones y el autonomismo latinoamericano".

Durante la mayor parte de mi vida revolucionaria he sido militante de partidos, como tú sabes nunca me deslumbré con el “socialismo realmente existente”, por lo tanto no me decepcioné con su caída, sabía que vendría.

No estoy contra los partidos políticos, probablemente son necesarios e importantes en algunos países. De hecho el editor de nuestro periódico “Lucha Indígena” y nuestro corresponsal en Europa son militantes de partidos, fueron militantes de partidos quienes impulsaron y colaboraron en la gira que hice en Europa el año pasado hablando sobre el movimiento indígena, sin ellos no hubiera habido gira.

Como repito, probablemente son importantes y necesarios en algunos países, creo que entre ellos no están México y Perú.

Comencemos con México, ya que hablas de “el Sub-comandante Marcos y el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) han puesto en práctica en Chiapas (con los magros resultados que se conocen)

Luego del levantamiento armado, cuando el ejército no pudo aplastarlo rápidamente, el pueblo de México se manifestó multitudinariamente contra el ataque bélico del gobierno y el imperio se asustó por la gran cantidad de mexicanos y chicanos que tiene en su territorio, por lo tanto ordenó al presidente Salinas a suspender el ataque armado, lo que naturalmente éste cumplió. Los zapatistas dijeron que estaban preparados para una guerra de 10 años, pero ya que el pueblo mexicano había ordenado suspender las hostilidades, ellos obedecían al pueblo de México.

Suspendida la guerra vinieron las conversaciones. El gobierno preguntó cuáles eran las reivindicaciones indígenas. Como los zapatistas no son “vanguardia” no se consideraron autorizados para hablar en nombre de los indígenas de México, de modo que convocaron a éstos para que se reunieran en Chiapas y manifestaran cuáles eran sus reivindicaciones; como también respetan a los intelectuales, también convocaron a los indigenistas. De modo que el pedido del gobierno fue respondido por los indígenas y los indigenistas de todo México. También fueron ellos quienes nombraron a la comisión encargada de discutir con la delegación del gobierno, no fueron los zapatistas. Yo estoy de acuerdo con ese método, espero que tú también. Yo lo tomo como una enseñanza. Esa enseñanza metodológica es uno de los “magros resultados” de los zapatistas.

Ante la calidad política de esa delegación, los representantes del gobierno tuvieron que retroceder. Los acuerdos tomados entre los representantes del gobierno y los indígenas se suscribieron en lo que se llamó “Los acuerdos de San Andrés”. Como había que darles forma de proyecto de ley, la cámara nombró una comisión de su seno para que cumpliera esa tarea, lo que lo hizo, entregó a los zapatistas para que lo firmaran, lo hicieron; entregaron al gobierno para que lo firmara, éste no quiso hacerlo y en lugar de eso entregó otro proyecto. Eso significaba una traición a los Acuerdos de San Andrés. Los partidos de la Cámara, incluyendo el PRD, de izquierda, capitularon ante el ejecutivo y discutieron el proyecto unilateral del ejecutivo.

Naturalmente los zapatistas, ante esa traición, desconocieron la ley de la traición y aplicaron sus propias leyes en su territorio.

¿Cuáles son los “magros resultados”? Nos están enseñando que es posible que el pueblo se gobierne a sí mismo, en el territorio zapatista han Construido Poder, que existe desde hace más de 17 años.

Más de una vez el gobierno atacó y más de una vez el EZLN defendió el territorio. El “mal gobierno”, como lo llaman ellos, no contribuye con un solo centavo a los habitantes de ese territorio, ni para salud, ni para educación, ni nada.

Nos están enseñando que es posible que el gobierno sea democrático, que manda obedeciendo, que demuestra que el cargo público no es para servirse como en las “democracias” capitalistas, sino para servir, los miembros de las Juntas de Buen Gobierno no ganan un centavo y los cargos son rotativos. Nos enseñan que no debe haber gente que mande y gente que obedezca. Son gobiernos completamente civiles, el rol del EZLN es exclusivamente militar, resguardar el territorio; si algún miembro del EZLN quiere ser miembro de una Junta de Buen Gobierno, previamente debe renunciar al EZLN.

Esas enseñanzas son parte de los “magros resultados”.

Además nos enseñan otras cosas. En México es imposible que un representante popular llegue ni siquiera a alcalde (presidente municipal), a diferencia del Perú y otros países. Por eso ellos, frente a la campaña electoral han impulsado “la otra campaña”, que consiste en enlazar los diferentes movimientos antisistema de todo el país, indígenas y no indígenas, rurales y urbanos. Como no son un “partido de vanguardia”, no “dan línea”, cada movimiento se da su propia línea, es una red de combatientes.

Últimamente ha surgido otro movimiento, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, contra la matanza de civiles por los dos bandos de la guerra actual, entre las bandas de narcotraficantes, la policía y el ejército. Los zapatistas lo han felicitado y lo apoyan, pero no pretenden dirigirlo, tiene su propia dinámica.

También nos enseñaron otra cosa, que como el neoliberalismo ataca a toda la humanidad, ésta debe unirse para defenderse, independientemente de razas y de países. Por eso la primera reunión, antes que los FSM, ”Por la Humanidad Contra el Neoliberalismo”, se realizó en el barro de Chiapas convocada por los indígenas. Asistieron 70 países.

Imitando a los zapatistas surgen en otros lugares de México “municipios autónomos”.

Si estos resultados son magros ¿Cuál es el “partido de vanguardia” al que deben adherir los mexicanos? ¿El PRD que pacta con el PAN u otro “que aparecerá en el futuro”?

En México existen otros movimientos, como la guardia comunal armada y uniformada de Guerrero y los michoacanos de la comuna de Cherán que se defienden armados de los taladores de sus bosques, protegidos éstos por una banda de narcotraficantes y la policía.

Yo vivo en el Perú, acá tampoco veo partido ni grupo político que esté a la vanguardia. Soy miembro de la Confederación Campesina del Perú que tuvo épocas gloriosas, pero actualmente ni ella ni las otras dos centrales campesinas dirigen las luchas que fundamentalmente se dan en el campo.

A la vanguardia están direcciones locales en defensa del agua y de la vida, contra la minería, la extracción de hidrocarburos, las hidroeléctricas, la agroindustria. Algunos de los dirigentes pertenecen a una u otra central, pero no son ellas las que dirigen.

Entienden que hay que coordinarse entre sí y están en proceso de hacerlo. No están contra las centrales, las invitan a sus reuniones, pero como organizaciones mantienen su autonomía. En dicha coordinación también están poblaciones urbanas que luchan en defensa del agua y de la vida.

En las ciudades existen pequeños colectivos que se dedican a diversas actividades de cambio contra el sistema.

Repito, por más que me esfuerzo no veo partido ni grupo político de vanguardia. ¿Surgirá en el futuro? Pudiera ser, pero no podemos esperar sentados a que aparezca.

Fui invitado a Colombia, donde vi la “comunidad de comunidades” que es la Coordinadora Regional Indígena del Cauca, fundada hace 40 años, que agrupa a 9 sectores indígenas de diversas culturas, cada una de ellas tiene un representante en la directiva donde todos son homogéneos, no hay Secretario General ni Presidente. Se renueva totalmente cada dos años, no hay reelección.

La CRIC es agredida por los guerreros: Ejército, paramilitares, FARC y ELN. Sobrevive bajo el cuádruple fuego. Comenzaron a construir poder mucho antes de que existiera el EZLN, por lo tanto éste no es culpable de la existencia ni de las concepciones de la CRIC.

Dime si conoces un partido de vanguardia en Colombia o también ahí tienen que esperar a que en el futuro surja.

Dices que uno de los objetivos del partido es “imaginar otro modelo de sociedad donde impere la libertad, la democracia, la justicia social, la paz y la protección de la naturaleza.” Los zapatistas, la CRIC y otros, no lo están “imaginando”, lo están haciendo.

Hablas de tu país (Argentina) y el movimiento “Que se vayan todos” el 2001 y que ninguno se fue. Sin embargo no todo se perdió. Está el movimiento Domingo Santillán en cuyo local hay permanentemente efervescencia de reuniones de obreros, mujeres, estudiantes, gay, etc. Están las democráticas fábricas recuperadas por sus trabajadores. Estuvo la fiesta de la vendimia en Mendoza, cuando el pueblo fue a la Cámara y les dijo a los diputados: “La democracia somos nosotros, no necesitamos que ustedes hablen en nombre nuestro: ¡Vida Sí Mina No!”. Estuvo la marcha de indígenas del país a Buenos Aires a decir ¡Existimos! Está la valiente e ingeniosa lucha de Andalgalá, etc.

Que en todos esos movimientos hay militantes partidarios, es claro, pero la dirección no es ningún partido.

Como dicen los del movimiento 15M de España: “Son bienvenidos los militantes de partidos o de sindicatos, pero que no vengan a hacer propaganda a su partido o a su sindicato”.

Repito, quienes vivimos en países donde no existe el “partido de vanguardia” que nos ilumine sobre qué hacer y cómo hacer, no podemos darnos el lujo de seguir esperando que aparezca ese partido, tenemos que actuar hoy en lo que hay: los movimientos.

Espero que como cuando debatíamos en la prisión, las discrepancias no alteren nuestra cordial relación revolucionaria.

Un fuerte abrazo de despedida:

Hugo

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