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dimecres 3 d’agost de 2011 | Manuel
Francia: Hace 75 años, el Frente Popular

François Coustal / Pepe Gutierrez-Alvarez/ Leon Trotsky

Francia: Hace 75 años, el Frente Popular

François Coustal, Viento Sur 25/7/2011

¿La unidad de la izquierda y la victoria electoral del Frente Popular? ¿Las huelgas y las ocupaciones de fábricas? ¿Las 40 horas y las vacaciones pagadas? Todos esos elementos son citados e inextricablemente ligados cuando se evoca junio 1936 en Francia…

Tradicionalmente, se hace remontar el nacimiento del Frente Popular al mes de febrero de 1934. El 6 de febrero, las Ligas fascistas (Acción Francesa, Cruz-de-fuego, Liga de los Patriotas…) se manifestaban ante la Asamblea Nacional. La manifestación se transforma en motín: diez y siete muertos y 1500 heridos. El clima político y social está entonces marcado por la extensión de la crisis económica y del paro de masas, así como por la violenta división entre la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera, socialista) y el PCF (Partido Comunista francés) que, desde hace un decenio, prosigue una política de denuncia virulenta de los socialistas. La amenaza fascista -así como el ejemplo de Alemania donde la misma división del movimiento obrero facilitó en gran medida la toma del poder por los nazis- conlleva una poderosa reacción unitaria. Tras haber celebrado su propia manifestación de respuesta el 9 de febrero, el PCF decide finalmente participar en la jornada de huelga y de manifestaciones organizada el 12 de febrero por la CGT y apoyada por la SFIO. El sentimiento de urgencia y las aspiraciones unitarias son tan poderosas que, finalmente, los dos cortejos se fusionan a los gritos de "¡Unidad! ¡Unidad!". Esta dinámica unitaria, al comienzo bastante espontánea, se traduce tanto en el plano político como en el plano sindical. Tanto más en la medida en que es facilitada por el "gran giro" del PCF.

Desde el mes de junio de 1936, el secretario general del PC, Maurice Thorez, llama a la unidad de acción con los socialistas… pero también con el Partido radical. Para los dirigentes comunistas, este "Frente popular" /1 debe permitir realizar la unión entre la clase obrera y las "capas medias", supuestamente representadas por el Partido radical. Sin embargo, éste, en aquella época, era en realidad el principal partido de la burguesía francesa, el que estaba en el corazón del sistema político de la III República de la que había formado parte en lo esencial de sus gobiernos… Este giro del PCF en lo que se refiere a las alianzas va a ir acompañado, evidentemente, de un giro en términos de orientación política. En 1935, el PCF rompe con la política antimilitarista que era la suya desde su creación en 1920: apoya en adelante la "política de defensa" y vota los créditos militares /2. Estas rupturas van acompañadas de un nuevo discurso extremadamente "patriótico". En adelante, los comunistas asumen todos los "símbolos franceses": Juana de Arco, el soldado desconocido, la Marsellesa, la bandera tricolor…

Maurice Thorez amplifica aún más el giro dirigiéndose a los católicos e incluso a los Cruz-de-Fuego: "Te tendemos la mano, católico, obrero, empleado, artesano, campesino, nosotros que somos laicos, porque tú eres nuestro hermano. (…) te tendemos la mano, voluntario nacional, antiguo combatiente convertido en Cruz-de-Fuego, porque eres un hijo de nuestro pueblo".

Estas diferentes evoluciones desembocan en una gigantesca y unitaria manifestación popular que se celebra el 14 de julio de 1935 y en un pacto electoral entre la SFIO, el PCF y el Partido radical en la perspectiva de las elecciones legislativas de abril y mayo de 1936. La base de pacto -el "programa" del Frente Popular- es extremadamente vaga y limitada. Las principales medidas habitualmente atribuidas al Frente Popular (vacaciones pagadas, 40 horas, etc.) no figuran en este acuerdo electoral. De hecho, en nombre de la unidad antifascista, el acuerdo se hace sobre el mínimo común denominador, el programa más moderado: el del Partido radical… Ahí está la verdadera contradicción del "Frente Popular": las capas populares plebiscitan -incluso imponen…- la unidad entre socialistas y comunistas. Pero los dirigentes de la SFIO y del PCF dan un contenido diferente a la unidad: alineamiento con el Partido radical…

En el plano sindical, la dinámica unitaria es aún más espectacular. En marzo de 1936, la CGT y la CGTU/3 se unen. La CGT cuenta entonces con cerca de 500.000 afiliados y la CGTU con 260.000. Unos meses más tarde, tras la fusión -y el movimiento de huelga…- ¡la nueva organización alcanzará los 4 millones de afiliados!

La victoria electoral

A comienzos de mayo de 1936, la coalición del Frente Popular gana las elecciones legislativas, con 376 electos (contra 248 para los partidos del centro y la derecha). Los electos socialistas son los más numerosos (147), seguidos por los radicales (106), los comunistas (72) y la Unión Socialista Republicana (25). Es indudablemente una victoria, sentida como tal por el "pueblo de izquierdas". Pero no exactamente una marejada: la ganancia electoral en relación a las elecciones precedentes (1932) solo es de 300.000 votos. Naturalmente, la existencia de un acuerdo sobre un programa electoral ha facilitado los traspasos de votos para la segunda vuelta y asegurado la victoria electoral: el desistimiento en favor del candidato de izquierdas con mayor número de votos en la primera vuelta fue la regla y, teniendo en cuenta la dinámica unitaria, esta consigna fue masivamente seguida. Pero los resultados de la primera vuelta son particularmente significativos de las evoluciones en curso. Así, con 1.400.000 votos -es decir una pérdida de 400.000 votos- los radicales son en realidad los grandes perdedores de la votación. Los socialistas se estancan. En cuanto a los comunistas, progresan considerablemente, pasando de 800.000 a 1.500.000 votos. Adelantan así, en votos, al Partido radical. Y obtienen 72 diputados, en lugar de 11 en 1932.

Más allá de los análisis superficiales pero repetidos sin cesar desde esa época -"la izquierda ha ganado porque estaba unida"….- estos resultados electorales se inscriben en falso contra la lógica subyacente al Frente Popular, su marco de alianzas y su programa: la necesidad de la alianza con el partido radical que, ella misma, "justificaba" la puesta en sordina de las reivindicaciones más radicales, la moderación del programa electoral y la discreción de un Partido Comunista que se suponía asustaba a los electores. Y es todo lo contrario lo que se produjo: ¡los radicales retroceden y los comunistas progresan!.

Al tener los socialistas el mayor grupo parlamentario, corresponde a su líder, León Blum, formar el gobierno que el PCF apoyará, pero sin participar en él. Pero, sin esperar a la formación del gobierno y el traspaso de poderes, la clase obrera va a entrar en acción, como jamás lo había hecho antes…

Huelgas y ocupaciones

Mientras León Blum se prepara para dirigir el gobierno, las huelgas estallan. Como consecuencia del despido de dos obreros que habían hecho huelga el 1 de mayo, las fábricas Breguet (aviación) del Havre se ponen en huelga (con ocupación) el 11 de mano y tienen el apoyo de los estibadores del puerto. Los dos obreros son readmitidos. A partir de ahí, el 13 de mayo, la huelga comienza en otra empresa de aviación, Latécoère, en Toulouse, y luego en la fábrica Bloch de Courbevoie. A partir de ese momento, el movimiento se extiende rápidamente primero a la metalurgia, luego a los demás sectores de actividad.

El 24 de mayo, el desfile en el Muro de los Federados en homenaje a la Comuna reúne a 600.000 manifestantes: el éxito de la manifestación contribuye a dar al movimiento la conciencia de su fuerza. Como consecuencia, la huelga continúa ampliándose.

A comienzos de junio, 12.000 empresas están en huelga, a menudo con ocupación y el número de huelguistas supera los 2 millones. El gobierno Blum entra en funciones e intenta entonces que vuelvan al trabajo lo más rápidamente posible. Organiza la negociación entre la patronal -representada por la Confederación General de la Producción Francesa (CGPF)- y los sindicatos. El 8 de junio, la negociación desemboca en los "acuerdos de Matignon" que prevén en particular el establecimiento inmediato de los contratos colectivos de trabajo, la libertad de sindicarse, el aumento de los salarios (12% como media), la institución de dos delegados de personal para todas las empresas de más de 10 asalariados y el derecho de huelga. Como indica Benoît Franchon, dirigente de la CGT, a su salida de la negociación, "los patronos han cedido en todo". Sobre la marcha, León Blum anuncia la promulgación con urgencia de una ley sobre las 40 hora y las vacaciones pagadas.

Y sin embargo…¡la huelga persiste! En algunas empresas, el trabajo vuelve a empezar. Pero otras se ponen en huelga. La ocupación de las fábricas constituye una transgresión de la legalidad capitalista y un gran momento de buena convivencia: fiestas y bailes son organizados en ellas. Pero, de resultas, el movimiento permanece acantonado en cada empresa y relativamente pasivo. León Blum se inquieta por el mantenimiento de la huelga, pero se tranquiliza: "Hay que señalar que desde el punto de vista del orden público esta forma de huelgas tiene indudables ventajas. Los obreros ocupan la fábrica, pero es cierto que la fábrica ocupaba a los obreros. Los obreros estaban allí y no en otro lugar. No estaban en la calle. En el momento en que estaban todos agrupados en la fábrica, no formaban cortejos con cánticos, banderas rojas, que vienen a enfrentarse con las barreras de policía". Hay algunas experiencias más activas como una reunión de delegados de diferentes fábricas en huelga convocada por huelguistas de Hotchkiss, en la región parisina, inmediatamente después de la firma de los acuerdos de Matignon. 33 fábricas están representadas. El 11 de junio, 280 fábricas envían delegados a este comité de huelga. El comité de huelga aguanta la presión de la CGT y se niega a firmar. Pero estas experiencias son excepciones.

El Partido Comunista francés se lanza entonces a una verdadera batalla por la vuelta al trabajo. Maurice Thorez lanza su fórmula, que alcanzaría una verdadera celebridad: "Hay que saber terminar una huelga cuando se ha obtenido satisfacción". En ausencia de una alternativa política, dirigentes comunistas y responsables de la CGT de obediencia socialista o comunista logran sus fines. No sin trabajo: el movimiento decrece, pero a mediados de julio 600 fábricas siguen aún ocupadas….

Habiendo fallado a la ocasión de ir más lejos -de forma consciente en lo que se refiere a las direcciones del movimiento obrero- la correlación de fuerzas se degrada rápidamente y la situación se invierte. Unos meses más tarde, a demanda de la patronal, el gobierno decreta "la pausa" de las reformas. Bajo pretexto de mantener la unidad con el Partido radical, el gobierno se niega a intervenir para ayudar al Frente Popular español. Un año más tarde, en junio de 1937, Blum dimite. Su sucesor pondrá en cuestión las 40 horas, en nombre de la financiación de los gastos militares. Y será la Asamblea Nacional de "Frente Popular", elegida en mayo de 1936, la que votará los plenos poderes a Philippe Pétain, en julio de 1940….

6/07/2011

Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR

NOTAS:

1/ Este giro hacia los "Frentes Populares" no afectará solo al PCF, sino al conjunto de los partidos comunistas, particularmente en Europa. Corresponde a la voluntad de Stalin y de los dirigentes soviéticos favorecer la emergencia de gobiernos ciertamente "procapitalistas" pero que pudieran ser posibles aliados de la URSS contra la Alemania nazi.

2/ Aquí también, el giro del PCF en favor de la defensa nacional es dictado por la diplomacia soviética: en una entrevista con Pierre Laval, jefe del gobierno francés, Stalin aporta su apoyo al esfuerzo de guerra francés. El PCF aprueba inmediatamente….

3/ La Confederación General del Trabajo Unitaria (CGTU) fue creada en 1921 por escisión de la CGT, como eco a la escisión entre partido socialista SFIO y Partido Comunista. En su origen, incluye una corriente "sindicalista revolucionaria". Pero, muy rápidamente, pasa bajo el control estrecho del PCF y continúa siendo muy minoritaria.

Bibliografía

Daniel Guerin. Front populaire, Révolution manquée, éditions Actes Sud 1997

Jacques Danos y Marcel Gibelin. Juin 36, reedición en 2007, Les Bons caractères

Jacques Kergoat. La France du Front populaire, ediciones la découverte 1986

Léon Trotsky. Où va la France?, reedición en 2007, Les Bons. Se pueden también encontrar otros escritos suyos sobre Francia en castellano en http://www.marxist.org


Hace 75 años: ascenso y declive del Frente Popular en Francia

Pepe Gutiérrez-Álvarez

No es para nada habitual hablar del Frente Popular en otros países, aunque existió como política general del período por parte de la Internacional Comunista, se concretó en países como Chile o Vietnam, pero sobre fue especialmente próximo e importante en la vecina Francia. Su vida fue bastante paralela a la del Frente Popular español, aunque mientras que este acabó en las trincheras de la resistencia, en Francia todo concluyó de una manera menos heroica: con el pretexto de mantener la unidad con el Partido Radical, el gobierno de izquierdas se niega a intervenir para ayudar al Frente Popular español najo el pretexto de la política de “apaciguamiento”, o sea la misma que churchill comenzó a cuestionar como suicida para ver como la historia le daba en este punto la razón. Un año más tarde, en junio de 1937, dimitía Leon Blum, y su sucesor pondrá en cuestión las 40 horas y otras reformas sociales, en nombre de la financiación de los gastos militares. Y será la Asamblea Nacional de "Frente Popular", elegida en mayo de 1936, la que votará los plenos poderes a Philippe Pétain, en julio de 1940… (1).

Toda esta historia me ha vuelto a la cabeza viendo la controvertida película de Eric Rohmer, Triple agente, que ya comentaba en un artículo anterior (2), aunque de hecho es un dato que considero imprescindible para comprender la dimensión internacional de la guerra y la revolución española, el terreno en el que la República perdió otra batalla decisiva. La anterior la perdió cuando permitió que el golpe fuese como un grano de pus que había que dejar manifestarse como bien ha escrito el elástico Santos Juliá en uno de sus artículos en el que historiador ha pasado por encima que el “aparátchik” de la “historia oficial” a medida del régimen de la Transición.

Aunque se suele presentar la política de Frente Popular como una expresión de la aproximación comunista a la “democracia”, en realidad se trataba de un giro de 180ª grados plenamente coincidente con las exigencias de la política exterior soviética, un giro que pasó por el reconocimiento de todos los símbolos de la burguesía, con la mano tendida hacia el “enemigo”, incluso el fascista, de tal manera que el mismo partido que hasta días antes consideraba que el “enemigo principal” era el “socialfascismo”, apostó por un pacto de las izquierdas con el programa
de los “radicales” de Herriot (3), contribuyó poderosamente a desacreditar la República y provocó escenas de motines en las calles de París.

El gobierno presidido por Edouard Daladier había destituido al prefecto de policía Jean Chiappe, conocido por sus opiniones de derecha (4). Hay una fecha clave: el 6 de febrero de 1934, cuando el Palais-Bourbon fue amenazado por decenas de miles de miembros de organizaciones de derecha y extrema derecha: Acción Francesa, Juventudes Patriotas, Cruz de Fuego, etc. Poco antes, también los comunistas se habían manifestado contra el gobierno Daladier. Desde L ’Humanité, André Marty, escribía aquel mismo día: “No se puede luchar contra el fascismo sin luchar también contra la socialdemocracia”. Por eso llamaba a los obreros a manifestarse “contra las bandas fascistas, contra el gobierno que las fomenta y contra la socialdemocracia que, al dividir a la clase obrera, se esfuerza en debilitarla”. Aunque algunos hablan de un intento de golpe de Estado fascista, se trata del primer ensayo de movilización de un movimiento fascistizante de amplia tradición. De una “acción francesa” (tan influyente en nuestra derecha) en la que se combinaban el nacionalismo, el antisemitismo, la tradición monárquica y antiparlamentaria con la tradición bonapartista. Sin embargo, a pesar de sus intelectuales, se trata -momentáneamente- de un movimiento que no tenía jefe ni un proyecto unificador. No obstante, era un aviso para los republicanos, no en vano esta derecha había mostrado una enorme fuerza en la época del “caso Dreyfus”, y el triunfo del nazismo los animaba a recuperar una iniciativa de la que podían sentirse unos adelantados ya que, justamente, se puede considerar la movilización antisemita contra Dreyfus y Zola como un fascismo avant la lettre.

Aquel día, las fuerzas del orden lograron a duras penas defender la sede gubernamental, y hubo cuanto menos 17 muertos amén de centenares de heridos. La prensa no eximió a los comunistas. El 7 de febrero, bajo la presión de los mandos militares, el gobierno Daladier, mayoritario en la Cámara, se vio obligado a dimitir y fue sustituido por un gobierno orientado a la derecha y encabezado por el antiguo presidente de la República, Gastón Doumergue. Petain pasaba a ser ministro de la Guerra. A falta de un partido, la ultraderecha buscaba un general, y no se equivocaba en homenajear al anciano mariscal.

La gran pregunta era ¿qué iban a hacer los comunistas franceses?, ¿iban a seguir el mismo camino suicida que los comunistas alemanes? El artículo de Marty demostraba que, en lo fundamental, no habían tomado nota de la lección. No obstante, es importante anotar que desde 1932, el Partido Comunista Francés (PCF) había iniciado una cierta evolución sin salirse del “guión de hierro” del Komintern. Bajo la iniciativa de dos importantes intelectuales afines, Henri Barbusse (autor de El fuego y de una beatífica biografía de Stalin) y del humanista Romain Rolland, el 27 de agosto de 1932, organizaron en Amsterdam un congreso mundial “contra la guerra”, con la participación de la Internacional y, sobre todo, del PCF. Asistieron unos de 2500 delegados un tercio de los cuales eran comunistas y, algunos socialistas de izquierdas, pero no se atrevieron a dar un paso fuera de la línea general. Al año siguiente, la victoria de Hitler en Alemania hizo imposible seguir dando la espalda a la unidad obrera contra el fascismo. La primera iniciativa vino....de Internacional Socialista en febrero de 1933. El Komintern por su parte persistió en el esquema de “unidad por abajo” con manifestaciones en la calle, de manera que una y otra no coincidían. Solamente personalidades políticas como Trotsky clamaban por dicha unidad, al igual que lo había hecho desde el primer día en Alemania (5).

Más tarde (15-05-33), tuvo lugar en la sala Pleyel de París un congreso antifascista que era la prolongación del de Amsterdam. Los comités Amsterdam-Pleyel estaban compuestos por numerosos intelectuales de izquierdas incluyendo algunos de filiación socialistas. Pero estos prolegómenos no eran asumidos por el secretario general del Partido Comunista Francés, que presidía una dirección que incluía a Jacques Duclos, Marcel Gitton, André Marty y Jacques Doriot, para la que la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), proseguía como el “enemigo principal” todavía en enero de 1934, cuando los comunistas y socialistas alemanes ya conocían los campos de concentración. Una escisión de elementos llamados “neosocialistas”, encabezados por Pierre Renaudel y Marcel Déat, abandonaron a la SFIO. El análisis de Thorez era que el partido de Blum estaba “encargado de retener bajo la influencia de la burguesía y por medio de la demagogia más exagerada a los obreros que se orientan hacia la lucha y que se aproximan a los comunistas”. Pero la realidad tenía la cabeza dura, y entre las propias masas comenzó a mostrarse una poderosa reacción contra el peligro fascista. Rebobinando, nos encontramos que los acontecimientos del 6 de febrero acabaron auspiciando un giro. Así aunque en ese día el PCF se había manifestado por igual contra las “Ligas” fascistas y contra el gobierno, las bases se fueron inclinando hacia el antifascismo. Todavía el partido rechazó las propuestas socialistas, pero esto se hacía cada vez más insostenible.

Así pues, a consecuencia de una convocatoria del sindicato fraccional comunista (CGTU), tienen lugar las primeras huelgas y manifestaciones que desbordan el marco partidario. En París, el 9 de febrero una manifestación obrera es dispersada brutalmente por la policía en la estación del Este, y deja seis muertos en la calle. La SFIO cuenta con una izquierda cada vez más activa, y lanza una consigna de manifestaciones para el 12 de febrero de 1934. Por su parte, la CGT llama a los trabajadores a la huelga, y por primera vez el PCF instan a sus bases a participar. El alcance de las huelgas en París y en provincias supera con creces las esperanzas de los propios organizadores. En la capital, la manifestación del Cours de Vincennes reúne a más de 100.000 personas, y en un momento dado, desafiando las direcciones partidarias, los dos desfiles -el socialista y el comunista- confluyen en la plaza de la Nation. La unidad de acción antifascista se realizaba así en la práctica.

A este encuentro histórico le sigue otro. En el sepelio de los seis obreros comunistas muertos el 9 de febrero asisten dos altos representantes socialistas. Pero, aún y así, la cúpula se resiste. En L ’Humanité, Paul Vaillant-Couturier apunta a la SFIO: ¿Quién ha pagado las balas?, se preguntaba Jacques Duclos que insistía en la misma dirección al escribir igualmente: “Hay que desenmascarar esta política con tanto más ardor cuanto que toma la apariencia de una pretendida oposición y de una supuesta lucha contra el fascismo”. A pesar del ambiente unitario, todavía el 15 de marzo, el PCF denunciaba que los socialistas “eran el principal apoyo de la burguesía en el desarrollo del fascismo”. Pero, algo se mueve, y la muestra es que el combativo Jacques Doriot constituye un comité social-comunista en el barrio de Saint-Denis. El partido considera intolerable dicha iniciativa, y el Komintern le convoca en Moscú en compañía de Thorez, pero Doriot desobedece. Lo que sigue es ya una página que se hace cada vez más repugnante del siglo XX, el bastión de Doriot se pasa al fascismo (6).

Pero los acontecimientos se hacen incontrolables, y la unidad de acción antifascista con los surrealistas en primera línea, se desarrolla en París y en provincias en medio de un encuentra iluminador entre los obreros y los intelectuales que, desdichadamente, no durarán mucho.

Finalmente, por más de que el PCF sigue blandiendo el lenguaje burocrático ultraizquierdista, el hecho es se va dando una aproximación al PS, sobre todo desde que la URSS se dispone a ingresar en la Sociedad de Naciones (a la que Lenin tildó de “cueva de ladrones”), de donde Alemania salía en octubre de 1933, y el gobierno francés apoya su candidatura. Será el 11 de junio de 1934, cuando por primera vez, los dirigentes comunistas -Maurice Thorez, Benoit Frachon y Marcel Gitton- se entrevistan con discuten con delegados socialistas con Léon Blum al frente. A continuación, en una conferencia nacional, el PCF propondrá un pacto que será ratificado el 27 de julio de 1934, tras arduas conversaciones. Ambos partidos deciden llevar adelante conjuntamente la acción contra el fascismo y la defensa de la democracia. Acuerdan un pacto de no-agresión y se comprometen a no seguir atacándose. En marzo de 1934 se constituyó un comité de vigilancia de los intelectuales antifascistas alrededor de Paul Rivet, profesor socialista en el Musseum, de Paul Langevin, un físico que se hizo comunista, y de filósofo inconformista Alain. A partir de aquel momento, el Frente Popular estaba en marcha

Pero justo en este momento, el PCF opera un giro espectacular para abrazar ahora una “unión sagrada” contra el fascismo que le lleva a decir aquello de donde decíamos digo, decimos diego...Ahora, la lucha contra el fascismo solamente se podría hacer desde la defensa de las instituciones republicanas, dicho de otra manera: del capitalismo. El esquema era, de un lado la lucha por las exigencias obreras y democráticas asimilables, y de otro la defensa de la URSS, “la patria del socialismo”, que, no por casualidad, buscaba que al eje Londres-París, se le uniera Moscú. Por lo tanto, las consignas “rojas” de “soviets por doquier” y clase-contra-clase, fueron desechadas, es más, pasaban a ser sospechosas. En un marco de huelgas y movilizaciones obreras tuvieron lugar las elecciones municipales (mayo de 1935) que fueron una demostración de la voluntad antifascista de la mayoría de la población. Tras la firma del pacto francosoviético, Stalin recibió al presidente del Consejo francés, Pierre Laval, y publicó una declaración apoyando los esfuerzos del gobierno francés por la defensa nacional y en política exterior, incluyendo por supuesto su política colonial. El 14 de julio de 1935, a primeras horas de la mañana, una muchedumbre inmensa celebra, en el velódromo Buffalo, el aniversario de la toma de la Bastilla de 1789, y presta juramento tras la lectura del programa del Frente Popular. Por la tarde, varios centenares de miles de personas desfilan con entusiasmo desde la Bastilla a la plaza de la Nation.

Se trataba de un giro pactado a tan alto nivel que hasta el mismo Komintern se sintió desconcertado. De ahí que uno de sus dirigentes, el italiano “Ercoli” alias de Togliatti, se personara en Paris para impedir que Maurice Thorez hiciera un llamamiento en favor de un Frente Popular, concepto que todavía se entendía en las claves desarrolladas por el VII Congreso de la Internacional celebrado entre julio y agosto de 1935. La propuesta no tardó en llegar (9-10-35), Maurice Thorez, lanzó la idea del Frente Popular, con un añadido que no aparecía en las resoluciones de la Internacional: extenderlo hasta “las capas medias”. Lo más original en entre las organizaciones de este cariz se situaba en primer lugar al viejo Partido Radical de Edouard Herriot, que no era muy diferente al que aquí presidía un tal Alejandro Lerroux...

Coherente con esta lógica, el programa del Frente Popular se situaba muy a la derecha de lo que hasta ahora había defendido la SFIO, que ahora se veía sacudida por una poderosa ala izquierda liderada por Marceau Pivert, con unas juventudes en la el trotskismo goza de una creciente influencia. En el plano interior preconizaba una decidida política antifascista y democrática y proponía algunas medidas sociales, pero en el punto central de la economía todo resultaba bastante difuso. Por ejemplo, no incluía ninguna medida de nacionalización, exceptuando las industrias de guerra. Era una línea impuesta por comunistas y radicales contra los socialistas argumentando que no había asustar a la pequeña burguesía. El propio PCF se opuso a otras propuestas nacionalizadotas de la SFIO, porque las consideraba... reformistas. En política internacional, el Frente Popular abogaba por una verdadera política de seguridad, así como por cambiar la “paz armada” por la “paz desarmada”. Se trataba por lo tanto de aplacar a Hitler y al nazismo por una vía convencional, justamente la que el nazismo había abandonado. Una línea en la que el pacto de no-intervención encajaba como un guante.

Inmerso en un movimiento de masas impresionante, creó unas ilusiones extraordinarias en el pueblo llano. Serán las bases las que obligaran a la CGT y la CGTU a reubicarse en el famoso Congreso de Toulouse. La consulta electoral del 26 de abril y del 3 de mayo de 1936 dio la victoria electoral a los partidos del Frente Popular. En la primera vuelta, los comunistas con su imaginario revolucionario duplicaron el número de sus sufragios con 1.468.000 votos, ven la segunda vuelta el Frente Popular obtuvo la mayoría en la Cámara de los Diputados. Los comunistas ocuparon 72 escaños (en lugar de 10), los socialistas 146(en lugar de 97), en tanto que los radicales bajaron de 159 a 116. En conclusión: las izquierdas, el Frente Popular logró 370 escaños frente a los 258 de las formaciones de derecha.

Siendo los socialistas los más numerosos, la coalición designó a Léon Blum como presidente del Consejo, y para no asustar a la pequeña burguesía el PCF decidió no participar en el gobierno. En el curso del congreso del PCF en Villeurbanne (enero de 1936), Thorez proclamó: “A los que creen que la táctica del Frente Popular debería llevarnos a una vulgar política de colaboración ministerial, les contestaremos muy claramente que no somos un partido de la burguesía. Somos el Partido de la clase obrera. Jamás hemos prometido participación alguna al gobierno burgués”. Se podía pensar que entonces el PCF ejercería una presión desde la izquierda, pero no fue así.

En realidad, por mucho que se quisiera creer (y se podían creer muchas cosas sí se dejaba de lado lo fundamental: la filiación estalinista), que el Frente Popular representaba una nueva política digamos neorrevolucionaria, una vía de rodeo que se iniciaba como un paso democrático y pacífico hacia el socialismo a través de reformas graduales de estructura, y de la mano de socialistas y de católicos de izquierdas, que los había como Emmanuel Mournier, que criticaban al PCF por la izquierda. Representaban la voluntad expresada por Stalin según la cual nadie quería la revolución, y menos que nadie los comunistas. Así pues, el “enigma” de la no-participación no era tal. Se explicaba por la misma razón que Thorez proclamó en frase célebre que “Había que saber terminar una huelga”. Fue una decisión de primer orden, era la primera vez que se daba un gobierno de estas características, y la decisión no se tomó solamente en París. Se trataba de contener al propio electorado que había votado a los “camaradas” que sacaban las banderas rojas a las calles. Las mismas banderas que aparecieron con la victoria electoral.

Sin entender de maniobras de alta política, las masas interpretaron la victoria del Frente Popular como una confirmación de las razones de las poderosas exigencias que ya habían latido en 1789, que enrojecieron la “Gran Revolución”. No en vano la palabra “socialismo” se había acuñado en Francia al calor de las revoluciones de 1830 y 1848...Ya había sido asumida con todos sus matices por los comuneros, y había alimentado el sindicalismo revolucionario de Amiens y el socialismo reformista-revolucionario de Jaurés y Emile Zola. Había una memoria roja y negra que se manifestó a través de una oleada de huelgas sin precedentes que culminaron en muchos casos con ocupaciones de fábricas. No las convocó nadie fuera de la minoriaza izquierda revolucionaria. Iniciada en las factorías Bréguet de El Havre, la lucha se extendió a continuación por las fábricas de aviones y después a muchas otras empresas, a excepción de los servicios públicos. Los empleados de los grandes almacenes, en general mujeres, fueron a la huelga. Las huelgas tomaron el carácter de una verdadera fiesta. En las fábricas ocupadas, los trabajadores organizaban bailes, representaciones teatrales (realizadas por el grupo Octubre), conciertos. Acudían cantantes, escritores y artistas enviados por las Casas de la Cultura, fundadas por iniciativa de André Malraux y Louis Aragon, según el modelo de la Casa de la Cultura de la calle Navarin de París (en el distrito IX). El 28 de mayo de 1936, 600000 personas desfilaron ante el Muro de los Federados, en el cementerio del Pere Lachaise, en presencia de Léon Blum, Maurice Thorez y dirigentes radicales, que iban, empero, en otra dirección (política).

Constituido el 4 de junio de 1936, lo primero que el gobierno presidido por Léon Blum se planteó fue poner fin a las huelgas. Lo consiguió organizando negociaciones entre los representantes de la patronal y la CGT. Las discusiones se llevaron a cabo en el Hotel Matignon, sede de la Presidencia del Consejo. Terminaron con la conclusión de los llamados “acuerdos Matignon” La patronal retrocedía para luego saltar mejor. De momento no tuvo más remedio que ceder en muchos puntos importantes. A partir de entonces, los asalariados tendrían 15 días de vacaciones pagadas. Trabajarían 40 horas en 5 jornadas de 8 horas. Sus salarios aumentarían por término medio el12 %, medidas que en buena medida apuntaban lo que luego sería bastante propia de lo que luego será distintivo del llamado “Estado Benefactor”. Una vez lograda la desmovilización, el gobierno asumió su política de gestión de los intereses capitalistas, y ejerció la política internacional y colonial de siempre pero ahora con el marchamo del Frente Popular. La política que llevaron a cabo en Vietnam o en el Zagreb, una política que se adaptó a la de los conservadores británicos con el visto bueno de la URSS de Stalin que por aquellas fechas ofrecía la cabeza de la vieja guardia bolchevique como muestra de que la aventura de la revolución ya se había acabado.

En oposición a esta orientación social-comunista se erigió una izquierda revolucionaria representada en primer lugar por los socialistas de izquierda que acabaron fuera de la SFIO, y crearon el Partido Obrero y Campesino en una línea paralela a la del POUM, al que ayudaron durante la guerra española. El POiP fue el único partido que se movilizó de verdad en ayuda a los refugiados españoles. También estaban los sindicalistas revolucionarios agrupados entorno a la revista Revolution Proletarienne, los anarquistas de Le Libertaire, y la corriente trotskista, muy influyente entre las juventudes socialistas y en sectores de la cultura, sobre todo entre los surrealistas. El propio Trotsky que había permanecido exiliado en Francia hasta que lo deportaron nuevamente a Noruega, escribió numerosos textos e influyó en los numerosos cambios tácitos del grupo para insertarse...Pero no hubo tiempo para una coincidencia entre el pueblo en macha y la izquierda rupturista, y al final, todo concluyó patéticamente sin alternativa. El debate sobre sí la situación francesa era revolucionaria en junio de 1936 es un debate inconcluso sobre el que todavía hay una discusión abierta. Lo que o hay la menor duda es que hubo un enorme impulso popular, que desbordó al Frente Popular, pero no hasta el punto de crear otra alternativa. Tampoco hay la menor duda de que el Frente Popular actuó como muro de contención, como la última barricada del sistema, que es como Malraux definió la actuación del PCF en 1968. Ciertamente, los campesinos y las capas medias estaban lejos de querer una revolución, pero también es cierto que los primeros empezaron a movilizarse. Tampoco la hay en que la coalición se agotó en sí misma, ante el “desencanto” de los que tanto habían creído en su victoria en junio de 1936...Cuando llegó la ocupación, no hubo resistencia. Esta surgió desde otra perspectiva, entre los comunistas que no se habían plegado al pacto nazi-soviético, el mismo bajo el cual el PCF trató de adaptarse en nombre de que, al fin de cuentas, se trataba de un conflicto interimperialista. En manos del estalinismo, el marxismo se había convertido en algo tan flexible como la goma.

Pero esta es ya otra historia.

Notas

1) Dado los pocos trabajos traducidos en fechas recientes, se puede encontrar una buena información en una obra como La guerra civil española y el cine francés, de Inmaculada Sánchez Alarcón (Los Libros de la Frontera, Barcelona, 2006).

2). La película de Rohmer insiste en un punto crucial, el de los entresijos de la diplomacia soviética ya que el protagonista en un agente blanco especialmente lúcido, bien informado, y capaz de ver más allá de los partidismo lo que en realidad está sucediendo. Ve como Stalin abandona la revolución y pone por encima de todo las exigencias de su política exterior, la misma que trata de rehuír un conflicto que le superará en todos los sentidos.

3) Herriot representaba a un sector predominante de la burguesía francesa, y no se cuestionaba el marco social e imperial ni mucho menos.

4) Chiappe ocuparía dos páginas de la historia del cine, cuando prohibió la proyección de L´Age d´or, de Buñuel-Dali, y cuando Buñuel se vengó haciendo que en la manifestación fascista de Diario de una camarera, se oigan gritos como ¡Vive Chiappe¡.

5) Trotsky entendió que lo que en Alemania estaba en juego era el acontecimiento más importante después de la revolución e Octubre, y de hecho, su negación total...Sus escritos sobre este periodo, como los que dedicó a Francia, forman parte de uno de los mayores esfuerzos teóricos en la historia del socialismo. Evidentemente, esto no quiere decir que tuviera razón en todo momento...

6) El “caso Doriot” (Jacques, 1898-1945), fue uno de los más inquietantes de su tiempo, en una evolución que fue un ferviente estaliniano hasta que la victoria de Hitler le llevó a ser uno de los defensores del frente único, colaboró en la formación del buró de Londres, hasta que se convirtió al fascismo. Doriot murió en Alemania en circunstancias todavía oscuras.


¿ADONDE VA FRANCIA? (1936)

Leon Trotsky

- Prefacio a la edición francesa de 1936
- ¿Adónde va Francia?
- Una vez mas, ¿adonde va Francia?
- Frente Popular y comités de acción
- Francia en la encrucijada
- La etapa decisiva
- La revolución francesa ha comenzado
- Ante la segunda etapa


Frente Popular y comités de acción

Leon Trotsky, 26 de noviembre de 1935

El “Frente Popular” es una coalición del proletariado con la burguesía imperialista, representada por el Partido Radical y de otras podredumbres de la misma especie y menor envergadura. La coalición se extiende al terreno parlamentario. En ambos terrenos, el Partido Radical, que conserva toda su libertad de acción, limita brutalmente la libertad de acción del proletariado.

El propio Partido Radical se encuentra en un proceso de descomposición: cada nueva elección muestra que los electores lo abandonan por la derecha y por la izquierda. Por el contrario, los partidos Socialista y Comunista —en ausencia de un partido verdaderamente revolucionario— se hacen más fuertes. La tendencia general de las masas trabajadoras, incluidas las masas pequeño-burguesas, es por completo evidente: hacia la izquierda. La orientación de los jefes de los partidos obreros no es menos evidente: hacia la derecha.

Mientras que las masas, por su voto y por su lucha, quieren derribar a! Partido Radical, los jefes del frente (único, por el contrario, aspiran a salvarlo. Después de haber ganado la confianza de las masas obreras sobre la base de un programa “socialista”, los dirigentes de los partidos obreros ceden voluntariamente la parte del león de esta confianza a los radicales, en quienes las masas no tienen ninguna.

El “Frente Popular”, en su forma actual, pisotea no solo la democracia proletaria, sino también la democracia formal, es decir burguesa. La mayoría de los electores radicales no toman parte en la lucha de los trabajadores, y en consecuencia, en el “Frente Popular”. Sin embargo, el Partido Radical ocupa en este “Frente” una posición no solamente igual sino privilegiada; los partidos Obreros son obligados a limitar su actividad según el programa del Partido Radical. Esta ‘idea es puesta en práctica despreocupadamente por los cínicos de L ‘Humanité. Las últimas elecciones de senadores manifiestan con enorme claridad la situación privilegiada de los radicales en el Frente Popular. Los jefes del Partido Comunista se jactan abiertamente de haber renunciado a algunos puestos que pertenecían de pleno derecho a los obreros, en favor de los partidos no proletarios. Esto significa simplemente, que el Frente Único ha restablecido parcialmente el censo electoral sobre la base de favorecer a la burguesía.

El “Frente” es, por definición, la organización directa e indirecta de la lucha. Donde se trata de lucha, cada obrero vale por una decena de burgueses, aunque sean adherentes al “Frente Popular”. Desde el punto de vista de la combatividad revolucionaria del “Frente”, los privilegios electorales deberían ser otorgados no a los burgueses radicales sino a los obreros. Pero, en el fondo, los privilegios no son necesarios. ¿E1 “Frente Popular” defiende la democracia? Entonces, que comience por aplicarla en sus propias filas. Esto significa: la dirección del “Frente Popular” debe reflejar directa e inmediatamente la voluntad de las masas en lucha.

¿Cómo? Muy simplemente: por medio de elecciones. El proletariado no prohibe a nadie que luche junto a él contra el fascismo, el gobierno bonapartista de Laval, el complot militar de los imperialistas y todas las otras formas de opresión y de ignominia. Lo único que exigen los obreros conscientes a sus aliados verdaderos o posibles, es que luchen efectivamente. Cada grupo de población que participe realmente en la lucha en una determinada etapa, y que esté dispuesto a someterse a la disciplina común debe influenciar con igual derecho, en la dirección del “Frente Popular”.

Cada grupo de doscientos, quinientos o mil ciudadanos que se adhieren al “Frente Popular” en la ciudad, el barrio, la fábrica, el cuartel o el campo, junto a las acciones de combate, debe elegir su representante en los comités de acción locales. Todos los participantes de la lucha se comprometen a reconocer su disciplina.

El último congreso de la Internacional Comunista, en su resolución sobre el informe de Dimitrov, se ha pronunciado por la creación de comités de acción elegidos como apoyo de masas del “Frente Popular”. Esta es, por cierto, la única idea progresiva de toda la resolución. Pero es precisamente por eso que los estalinistas no hacen nada por su realización. No pueden decidirse a hacerlo sin romper la colaboración de clases con la burguesía.

Es verdad que pueden participar en las elecciones de los comités de acción, no solamente los obreros, sino también los empleados, los funcionarios, los veteranos, los artesanos, los pequeños comerciantes y los pequeños campesinos. Es de este modo que los comités de acción pueden ser el mejor instrumento para las tareas de la lucha por conquistar la influencia sobre la pequeña burguesía. Pero, por el contrario, hacen extremadamente difícil la colaboración de la burocracia obrera con la de la burguesía. Sin embargo, el “Frente Popular”, en su forma actual, no es otra cosa que la organización de la colaboración de ciases entre los explotadores políticos del proletariado (reformistas y estalinistas) y los explotadores de la pequeña burguesía (radicales). Auténticas acciones de masas de los comités de acción deben automáticamente expulsar a los negociantes burgueses (radicales) del “Frente Popular” y así hacer saltar por el aire La política criminal, dictada por Moscú.

Sin embargo, seria erróneo creer que basta con llamar a las masas para las elecciones de los comités de acción, para un día y hora fijados y sobre la base de estatutos determinados. Semejante manera de abordar la cuestión seria puramente burocrática, y en consecuencia, estéril. Los obreros no pueden elegir comités de acción más que en el caso en que participen ellos mismos en una acción y comprueben La necesidad de una dirección revolucionaria.

No se trata de una representación democrática de todas y no importa cuáles masas, sino de una representación revolucionaria de las masas en lucha. El comité de acción es el aparato de la lucha. Es inútil tratar de suponer de antemano qué capas de trabajadores estarán ligadas a la creación de los comités de acción: las fronteras de las masas que luchan se determinarán en la propia lucha.

El enorme peligro en Francia consiste en que la energía revolucionaria de las masas, desgastada poco a poco en explosiones aisladas, como en Toulon, en Brest, en Limoges, deje lugar a la apatía. Solo traidores conscientes o cerebros desesperadamente obtusos pueden creer que, en la situación actual, se puede mantener a las masas en La inmovilidad hasta que les caigan regalos desde lo alto del gobierno del “Frente Popular”.

Las huelgas, las manifestaciones, las escaramuzas callejeras, los alzamientos directos, son por completo inevitables en la situación actual. La tarea del partido proletario consiste, no en frenar y paralizar esos movimientos, sino en unificarlos y darles una fuerza mayor.

Los reformistas, y sobre todo los estalinistas, temen asustar a los radicales. El aparato del “frente único” juega frente a los movimientos espontáneos de las masas, el papel completamente consciente de desorganizador. Y las izquierdas, del tipo de Marceau Pivert, no hacen sino proteger a este aparato de la cólera de las masas. No se puede salvar la situación más que si se ayuda a las masas en lucha, en el proceso de la propia lucha, a crear un nuevo aparato que responda a las necesidades del momento. En esto precisamente, reside la función de los comités de acción.

Durante la lucha en Toulon y en Brest, los obreros hubieran creado sin vacilaciones una organización local de combate, si se los hubiera llamado a hacerlo. Al día siguiente de la sangrienta represión de Limoges, los obreros y una parte considerable de la pequeña burguesía hubieran manifestado sin ninguna duda su disposición a crear comités elegidos para investigar los acontecimientos sangrientos y evitarlos en el futuro. Durante el movimiento en los cuarteles que tuvo lugar en este verano contra el “cabiot” (prolongación del servicio militar), los soldados hubieran elegido sin vacilar comités de acción de compañía, de regimiento y de guarnición si se les hubiera indicado ese camino. A cada paso se presentan y se presentarán casos semejantes. Con mayor frecuencia a escala local, con menor a escala nacional. La tarea consiste en que no hay que dejar pasar una sola de esas ocasiones. La primera condición para esto: comprender uno mismo claramente el significado de los comités de acción, como el único medio de quebrar la resistencia contrarrevolucionaria de los aparatos de los partidos y sindicatos.

¿Significa esto que los comités de acción reemplazan a las organizaciones de los partidos y sindicatos? Seria absurdo plantear la cuestión de este modo. Las masas entran a la lucha con todas sus ideas, agrupamientos, tradiciones y organizaciones. Los partidos continúan viviendo y luchando. En las elecciones para los comités de acción, cada partido tratará naturalmente, de hacer triunfar a sus partidarios. Los comités de acción tomarán sus resoluciones por mayoría de votos con entera libertad de agruparse para los partidos y fracciones. En relación con los partidos, los comités de acción pueden ser llamados parlamentos revolucionarios: los partidos no son excluidos, por el contrario, se los supone necesarios; al mismo tiempo, son controlados en la acción y las masas aprenden a liberarse de la influencia de los partidos putrefactos.

¿Esto quiere decir que los comités de acción son soviets? En ciertas condiciones, los comités de acción pueden convertirse en soviets. Sin embargo, seria erróneo llamarlos con ese nombre. Hoy, en 1935, las masas populares están acostumbradas a ligar el nombre de soviet con la idea del poder ya conquistado. Pero el momento de esto todavía no está cercano en Francia. En sus primeros pasos, los soviets en Rusia no eran en absoluto lo que llegaron a ser después, e incluso llevaban con frecuencia en esa época el modesto nombre de comités obreros o de comités de huelga.

Los comités de acción, en su estadio actual, tienen por tarea la de unificar la lucha defensiva de las masas trabajadoras en Francia y también dar a esas masas la conciencia de su propia fuerza para la ofensiva futura. ¿La cosa terminará en verdaderos soviets? Eso depende de saber si la situación critica actual en Francia se desarrollará o no hasta su conclusión revolucionaria. Esto no depende solamente, por supuesto, de la voluntad de la vanguardia revolucionaria, sino también de una serie de condiciones objetivas. En cualquier caso, el movimiento de masas que actualmente choca con la barrera del “Frente Popular” no avanzará sin los comités de acción.

Tareas tales como la creación de la milicia obrera, el armamento de los obreros, la preparación de la huelga general, quedarán en el papel, Si la propia masa no se empeña en la lucha, por medio de sus órganos responsables. Solo esos comités de acción surgidos de la lucha pueden asegurar la verdadera milicia, contando no ya con miles, sino con decenas de miles de combatientes. Nadie sino los comités de acción, abarcando los centros principales del país, podrá elegir el momento de pasar a métodos más decididos de lucha, cuya dirección les pertenecerá de pleno derecho.

De las consideraciones hechas más arriba se desprende una serie de conclusiones para la actividad política de los revolucionarios proletarios en Francia. La primera de estas conclusiones concierne a la autodenominada “izquierda revolucionaria”. Este agrupamiento está caracterizado por una total incomprensión de las leyes del movimiento de masas. Los centristas parlotean hermosos discursos sobre las “masas”, pero se orientan siempre hacia el aparato reformista. Repitiendo tal o cual consigna revolucionaria, Marceau Pivert las subordina al principio abstracto de la “unidad orgánica”, que, en los hechos, prueba ser la unidad con los patriotas contra los revolucionarios.

Mientras que para las masas revolucionarias la cuestión de vida o muerte es quebrar la resistencia de los aparatos social patriotas unidos, los centristas de izquierda consideran la “unidad” de esos aparatos como un bien absoluto, por encima de los intereses de la lucha revolucionaria. No puede construir los comités de acción más que aquel que ha comprendido hasta el fin la necesidad de liberar a las masas de la dirección traidora de los social patriotas. Sin embargo, Pivert se engancha a Zyromski, quien se engancha a Blum, quien junto con Thorez se engancha a Herriot, que se engancha a Laval. Pivert, entre en el sistema del “Frente Popular” (no es por nada que la Izquierda Revolucionaria ha votado en el último Consejo Nacional por la vergonzosa resolución de Blum) y el “Frente Popular”, entra como ala en el régimen bonapartista de Laval. El derrumbe del régimen bonapartista es inevitable. Si la dirección del “Frente Popular” (Herriot-Blum-Cachin-Thorez-Zyromski-Pivert) llega a mantenerse durante el próximo periodo decisivo, entonces el régimen bonapartista, inevitablemente cederá el lugar al fascismo.

La condición de la victoria del proletariado es La liquidación de la dirección actual. La consigna de “unidad” se convierte en estas condiciones, no ya en una estupidez, sino en un crimen. Ninguna unidad con los agentes del imperialismo francés y de la Sociedad de las Naciones. A su pérfida dirección, hay que oponer los comités de acción revolucionarios. No puede construirse esos comités más que desenmascarando implacablemente La política contrarrevolucionaria de la autodenominada “Izquierda Revolucionaria” con Marceau Pivert a la cabeza. Las ilusiones y dudas a este respecto no pueden tener, por supuesto, lugar en nuestras filas.


La revolución francesa ha comenzado

Leon Trotsky, 9 de junio de 1936

Foto: On danse dans la cour, puis on organise les nuits d’occupation.

Jamás la radio se ha mostrado tan preciosa como en estos últimos días. Da la posibilidad de seguir desde una lejana aldea de Noruega, las alternativas del pulso de la revolución francesa. sería más exacto decir: el reflejo de esas alternativas en la conciencia y en la voz de los señores ministros, secretarios sindicales y otros dirigentes mortalmente asustados.

Las palabras “revolución francesa” pueden parecer exageradas. ¡Pero no! No es una exageración. Es precisamente así que nace la revolución. En general, no pueden nacer de otro modo. La revolución francesa ha comenzado.

Ciertamente, león Jouhaux siguiendo a león Blum, asegura a la burguesía que se trata de un movimiento puramente económico, dentro de los marcos estrictos de la ley. Sin duda, los obreros son los amos de las fábricas durante la huelga, estableciendo su control sobre la propiedad y su administración. Pero se puede cerrar los ojos ante este lamentable “detalle”. En su conjunto, son “huelgas económicas, pero no políticas”, afirman los señores jefes. Sin embargo, bajo el efecto de huelgas “no políticas” cambia radicalmente toda la situación política del país. El gobierno decide actuar con una prontitud con la que no se soñaba en la víspera: ¡pues, según las palabras de Blum, la verdadera fuerza es paciente! Los capitalistas dan prueba de un espíritu acomodaticio completamente inesperado. Toda la contrarrevolución a la expectativa, se esconde tras las espaldas de Blum y de Jouhaux. Y todo este milagro es producido por... simples huelgas “gremiales”. ¿Qué es lo que hubiera sucedido si las huelgas hubieran tenido un carácter político?

Pero no, los jefes dicen una contra-verdad. El gremio incluye a los obreros de una determinada profesión, separándolos de las otras profesiones. El trade-unionismo y el sindicalismo reaccionario dirigen todos sus esfuerzos a mantener al movimiento obrero dentro de los marcos gremiales. Es allí que se asienta la dictadura de hecho de la burocracia sindical sobre la clase obrera (¡la peor de todas las dictaduras! ), con la dependencia servil de la pandilla Jouhaux-Racamond respecto del Estado capitalista. La esencia del movimiento actual reside precisamente en el hecho de que rompe los marcos profesionales, gremiales y locales, elevando por sobre ellos las reivindicaciones, las esperanzas y la voluntad de todo el proletariado. El movimiento toma el carácter de una epidemia. El contagio se extiende de fábrica en fábrica, de gremio en gremio, de barrio en barrio. Todas las capas de la clase obrera se contestan, por decirlo así, unas a otras. Los metalúrgicos han comenzado: son la vanguardia. Pero la fuerza del movimiento reside en el hecho de que, a corta distancia de la vanguardia, siguen las grandes reservas de la clase, incluidas las profesiones más diversas; y después su retaguardia, a la que los señores jefes parlamentarios y sindicales, generalmente olvidan por completo. No es por nada que Le Peuple reconoció abiertamente que, para él, muchas categorías particularmente mal pagadas de la población parisiense hablan aparecido como un hecho completamente “inesperado”. Sin embargo, es precisamente en las profundidades de estas capas más explotadas que se ocultan fuentes inagotables de entusiasmo, de abnegación, de coraje. El mismo hecho de su despertar es el signo infalible de un gran combate. ¡Hay que lograr acceso a estas capas a cualquier precio!

Al desprenderse de los marcos gremiales y locales, el movimiento huelguístico se ha vuelto temible, no solo para la sociedad burguesa, sino también para su propia representación parlamentaria y sindical, la que actualmente está ocupada, sobre todo, en no ver la realidad. Seguían una leyenda histórica, a la pregunta de Luis XVI: “¿Pero esto es una revuelta?“, uno de sus cortesanos respondió: “No, sire, es una revolución”. Actualmente, a la pregunta de la burguesía: “¿Es una revuelta? “, sus cortesanos responden: “No, no son más que huelgas gremiales”. Tranquilizando a los capitalistas, Blum y Jouhaux se tranquilizan a si mismos. Pero las palabras no pueden hacer nada. Es verdad que en el momento en que estas líneas aparezcan en la prensa, la primera ola puede haberse calmado. Aparentemente, la vida volverá a entrar en su antiguo cauce. Pero esto no cambia nada de la cuestión. Lo que ha pasado, no son huelgas gremiales [1]. Ni siquiera son huelgas. Es la huelga. Es la reunión en el gran día de los oprimidos contra los opresoras. Es el comienzo clásico de la revolución.

Toda la experiencia pasada de la clase obrera, su historia de explotación, de desdichas, de luchas, de derrotas, revive bajo el choque de los acontecimientos y se eleva en la conciencia de cada proletario, aún del más atrasado, empujándolo a las filas comunes. Toda la clase ha entrado en movimiento. Es imposible detener con palabras a esta masa gigantesca. La lucha debe conducir a la más grande de las victorias o al más terrible de los aplastamientos.

Le Temps ha llamado a la huelga “las grandes maniobras de la revolución “. Esto es incomparablemente más serio que lo que dicen Blum y Jouhaux. Pero aún la definición de Le Temps es a pesar de todo inexacta, pues en cierto sentido es exagerada. Las maniobras presuponen la existencia de un comando, de un estado mayor, de un plan. Nada semejante ha habido en la huelga. Los centros de las organizaciones obreras, incluido el Partido Comunista, han sido tomados de improviso. Temen, sobre todo, que la huelga perturbe todos sus planes. La radio transmite una frase notable de Marcel Cachin: “Estamos, unos y otros, ante el hecho de la huelga”. En otras palabras, la huelga es nuestra desgracia común. Con estas palabras, el senador amenazante convence a los capitalistas de que deben hacer concesiones para no exacerbar la situación. Los secretarios parlamentarios y sindicales, que se adaptan a la huelga con la intención de ahogarla lo más pronto posible, se encuentran en realidad fuera de la huelga, se agitan en el aire sin saber ellos mismos si volverán a caer a tierra sobre sus pies o de cabeza. La masa despierta, no tiene aún estado mayor revolucionario.

El verdadero estado mayor está del lado del enemigo de clase. Este estado mayor no coincide en absoluto con el gobierno Blum, aunque se sirve de él con mucha habilidad. La reacción capitalista juega actualmente un juego fuerte y arriesgado, pero lo juega sabiamente. En el momento presente, juega a el-que-pierde-gana: “Cedamos hoy a todas estas desagradables reivindicaciones que han encontrado la aprobación común de Blum. de Jouhaux y de Daladier. Del reconocimiento de principio a la realización de hecho, hay todavía un gran camino. Está el Parlamento, está el Senado, está la administración: todas estas son máquinas de obstrucción. Las masas manifestarán impaciencia e intentarán apretar más fuerte. Daladier se separará de Blum. Thorez tratará de desligarse por La izquierda. Blum y Jouhaux se separarán de las masas. Entonces. recuperaremos todas las concesiones actuales e incluso con usura”. Así razona el verdadero estado mayor de la contrarrevolución: las famosas “doscientas familias” y sus estrategas mercenarios. Actúan según un plan. Y serla una ligereza decir que su plan carece de una base sólida. No, con la ayuda de Blum, de Jouhaux y de Cachin, la contrarrevolución puede alcanzar su objetivo.

El hecho de que el movimiento de masas alcance, bajo una forma improvisada, dimensiones tan grandiosas y un efecto político tan grande, subraya mejor que nada el carácter profundo, orgánico, verdaderamente revolucionario, de la ola de huelgas. En esto radica la garantía de la duración del movimiento, de su tenacidad, de la inevitabilidad de una serie de olas crecientes. Sin esto, la victoria seria imposible. Pero todo esto no basta para triunfar. Contra el estado mayor y el plan de las “doscientas familias”, es necesario el estado mayor y el plan de la revolución proletaria. aún no existe, ni uno ni otro. Pero pueden ser creados. Existen todas las premisas y todos los elementos de una nueva cristalización de las masas.

El desencadenamiento de la huelga fue provocado, se dice, por las “esperanzas” en el gobierno del Frente Popular. Esto no es más que un cuarto de la verdad, y aun menos. Si no se hubiera tratado más que de piadosas esperanzas, los obreros no hubieran corrido el riesgo de la lucha. En la huelga se expresa, ante todo, la desconfianza o la falta de confianza de los obreros, si no en la buena voluntad del gobierno, a! menos en su capacidad para destruir los obstáculos y llevar a cabo sus tareas. Los proletarios quieren “ayudar” al gobierno, pero a su modo, del modo proletario. Con seguridad, aún no tienen plena conciencia de sus fuerzas. Pero sería una grosera caricatura presentar la cosa como si la masa no estuviera guiada más que por “esperanzas” en Blum. No le es fácil ordenar sus pensamientos bajo la opresión de sus viejos jefes, que se esfuerzan para hacerla volver lo más pronto posible al viejo camino de la esclavitud y de la rutina. Pese a todo, el proletariado francés no retoma la historia en su comienzo. Siempre y en todas partes, la huelga ha hecho aparecer en la superficie a los obreros más conscientes y más audaces. La iniciativa les pertenece. Todavía actúan prudentemente, tanteando el terreno. Los destacamentos avanzados se esfuerzan por no adelantarse hasta quedar aislados. El eco amistoso que les llega de atrás les da coraje. El eco que se hacen las diferentes partes de la clase se ha vuelto un ensayo de automovilización. El propio proletariado tiene la mayor necesidad de esta manifestación de su propia fuerza. Los éxitos prácticos obtenidos, por inseguros que sean en sí mismos, deben elevar extraordinariamente la confianza de las masas en sí mismas, especialmente de las capas más atrasadas y más oprimidas.

La principal conquista de la primera ola radica en el hecho de que han aparecido dirigentes en los talleres y en las fábricas. Han sido creados los elementos de los estados mayores locales y barriales. Las masas los conocen. Ellos se conocen unos a otros. Los verdaderos revolucionarios buscarán relacionarse con ellos. Así, la primera automovilización de las masas ha marcado. y en parte designado a los primeros elementos de una dirección revolucionaria. La huelga ha sacudido, reanimado. Renovado todo el gigantesco organismo de clase. La vieja escama organizativa aún está lejos de haber desaparecido, por el contrario, se mantiene con demasiada obstinación. Pero, bajo ella, ya aparece una nueva piel.

Nada diremos ahora sobre el ritmo de los acontecimientos, que sin ninguna duda, se acelerarán. En este terreno, todavía no son posibles más que suposiciones y conjeturas. La segunda ola, su desencadenamiento y su tensión permitirán, sin duda, hacer un pronóstico mucho más concreto que el que es posible actualmente. Pero una cosa está clara de antemano: la segunda ola estará lejos de tener el mismo carácter pacifico, casi bonachón, primaveral, que ha tenido la primera. Será más madura, más tenaz y más áspera, pues será provocada por la decepción de las masas ante los resultados prácticos de la política del Frente Popular y de la primera ofensiva. En el gobierno se producirán fisuras, lo mismo que en la mayoría parlamentaria. La contrarrevolución se volverá de golpe más segura y más insolente. No hay que esperar nuevos éxitos frágiles de las masas. Ante el peligro de perder lo que ha parecido ser conquistado, ante la resistencia creciente del enemigo, ante la confusión y el desbande de la dirección oficial, las masas sentirán la ardiente necesidad de tener un programa, una organización, un plan, un estado mayor. Hay que prepararse y preparar a los obreros de vanguardia para esto. En la atmósfera de la revolución, La reeducación de las masas, la selección de los cuadros y su temple se realizarán rápidamente.

Un estado mayor revolucionario no puede nacer por medio de combinaciones de dirigentes La organización de combate no coincidiría con el partido, aun si existiera en Francia un partido revolucionario de masas, pues el movimiento es incomparablemente más amplio que el partido. La organización no puede coincidir más con los sindicatos, pues los sindicatos no abarcan más que una parte insignificante de la clase y están sometidos a una burocracia archirreaccionaria. La nueva organización debe responder a la naturaleza del propio movimiento, reflejar a las masas en lucha, expresar su voluntad más firme. Se trata de un gobierno directo de la clase revolucionaria. No hay necesidad de inventar aquí nuevas formas: hay precedentes históricos. Los talleres y las fábricas eligen sus diputados, que se reúnen para elaborar en común los planes de la lucha y para dirigirla. Incluso, no hace falta inventar el nombre de una organización semejante: son los soviets de diputados obreros.

La principal masa de los obreros revolucionarios marcha actualmente tras el Partido Comunista. Más de una vez en el pasado, han gritado: “¡Soviets en todas partes!”. Su mayoría ha tomado, sin duda, en serio esta consigna. Hubo un tiempo en que pensábamos que esa consigna no era oportuna. Pero, en la actualidad, la situación ha cambiado radicalmente. El poderoso conflicto de las clases marcha hacia un temible desenlace. El que vacila, el que pierde tiempo, es un traidor. Hay que elegir entre la más grande de las victorias históricas y la más terrible de las derrotas. Hay que preparar la victoria. “¿Soviets en todas partes?”. De acuerdo. ¡Pero es el momento de pasar de las palabras a los hechos!

[1] Nota del Traductor: El autor ha usado las palabras francesas “corporation” y “corporatif” para referirse a Las organizaciones y movimientos de carácter puramente económico o profesional. A sabiendas de que no se trata de una equivalencia total, hemos preferido traducir esos términos como “gremio” y “gremial”, por ser los que mejor expresan aquél carácter, por lo menos en el sentido que se les da habitualmente a estas palabras en la Argentina

+ Info:

A 75 años de la guerra civil: Lecciones de una Revolución. Andy Durgan

El Frente Popular en Francia, Junio del 36: el lado oscuro. Barthélémy Schwartz

Daniel Guérin et le mouvement de 1936

Les révoltes ouvrières de 1936. Michael Seidman, Ouvriers contre le travail. Barcelone et Paris pendant les fronts populaires.


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