contacte: anticapitalistes@anticapitalistes.net

 



 

Anticapitalistes
  
dimarts 8 de febrer de 2011 | Manuel
Orígenes de la opresión de la mujer

ELEANOR BURKE LEACOCK

LAS RAÍCES de la opresión de la mujer han sido tema de debate desde hace mucho tiempo. Desde la antropología, ELEANOR BURKE LEACOCK ha contribuido muchísmo a la posición de que la subyugación de la mujer no ha sido un rasgo consustancial a cualquier sociedad humana, sino que fue un producto del desarrollo de la sociedad de clases.

Décadas de investigación antropológica entre varias culturas realizadas por Leacock desacreditan los mitos de rasgos "naturales" femeninos o masculinos, tales como la inherente superioridad del hombre o la pasividad natural de la mujer. Al documentar ejemplos históricos de civilizaciones en las que las relaciones igualitarias entre géneros eran la norma, proporciona pruebas concretas de que no sólo la igualdad de la mujer existía en sociedades anteriores, sino que es también posible en el futuro.

El siguiente texto de Leacock es un extracto del prefacio de su colección de ensayos Myths of Male Dominance: Collected Articles of Women Cross-Culturally (Los Mitos del Dominio Masculino: Colección de Artículos sobre la Mujer a través de las Culturas) reeditada por Haymarket Books.


LOS ARTÍCULOS en este libro han sido publicados en el transcurso de casi 30 años. De dos de los primeros, uno es una revisión crítica del libro de Margaret Mead Male and Female (Masculino y femenino) y el otro un informe sobre la matrilocalidad - la residencia de una pareja recién casada junta o cerca de los padres de la mujer- como ocurre entre los Montagnais-Naskapi, nativos canadienses de la Península de Labrador, quienes por casualidad figuraron de forma importante en los debates antropológicos sobre la realidad del "comunismo primitivo". Estos dos artículos sirven para ilustrar la base dual de mi comprensión de que la universalidad del dominio masculino es un mito, no un hecho: mi propia experiencia, o la base político-personal, y mi investigación de la experiencia de otros, o la base científica. A pesar de la afirmación repetida machaconamente de que, por motivos biológicos o socio-psicológicos, la mujer siempre ha estado subordinada al hombre, tanto mi experiencia directa como mis estudios culturales siguen convenciéndome de lo contrario.

Mi revisión crítica del libro de Mead es un reflejo de mi cólera como mujer joven que combinaba la maternidad con la vida profesional como antropóloga y con el activismo político como activista radical. Retrospectivamente, es difícil decir cuál era exactamente mi perspectiva por aquel entonces, pero en un punto no tenía dudas: mis principales problemas provenían de las dificultades prácticas de combinar la logística de mis tres quehaceres, agravadas por unos ingresos mínimos que puedo atribuir con seguridad a mi género. Estos problemas no surgían, como muchos escritos me decían, del fracaso "de no aceptarme a mí misma como mujer".

De joven, la misma Mead abrió nuevos caminos en la investigación de campo sobre el sexo femenino, y había escrito un trabajo clásico sobre los modelos culturales de los papeles sexuales, el cual podría ser usado para refutar las ideas neofreudianas acerca de la pasividad natural de la mujer. Pero allí estaba Mead, en plena atmósfera reaccionaria de los años 50, poniendo en discusión el supuesto universal de que la naturaleza del hombre es "activa" mientras que la de la mujer, como resultado de su papel maternal es - o debería ser (una distinción habitualmente poco clara) - "pasiva".

Mi experiencia a lo largo de la vida me había hecho muy consciente de lo estereotipado de la visión de que lo femenino es algo "pasivo" de forma innata. De niña acepté como natural el modo en que mi madre afrontaba y manejaba aquello que se requería para solventar una situación. Y al crecer, durante unos períodos en un rancho y en otros en el Greenwich Village de Nueva York, aprendí, sin saberlo, que las mujeres toman decisiones acerca de hasta qué punto desean acomodarse a los hombres y adoptar modos socialmente aceptables (es decir, "pasivos") de conseguir las cosas.

Sin embargo, la importancia social de minimizar una identidad personal "activa" no se me hizo evidente, al menos en lo que recuerdo, hasta que escuché a mis compañeras de clase, en la secundaria y en la universidad, hablar sobre las reglas para "conseguir" a un hombre. No me persuadieron, sino que me hice más consciente de mí misma como rebelde; en la universidad me eduqué en estos temas uniéndome a otros disidentes tanto en actividades radicales como en el estudio extracurricular de la literatura marxista.

Más tarde, mientras llevaba adelante a cuatro hijos pequeños, podía pasar el rato con algunos colegas tomando una agradable copa de última hora; y entonces, de prisa, corría al metro, paraba en el mercado para comprar tanto como cupiera en una bolsa, regresaba a casa, sustituía a la niñera, limpiaba un poco, calmaba el hambre de los niños, y comenzaba a preparar la cena (mi esposo, un cineasta, ayudaba, pero a menudo llegaba tarde a casa o estaba trabajando fuera de la ciudad). Al pensar en los colegas varones que charlaban despreocupadamente, en como algunos llamaban a sus esposas pidiendo disculpas, para luego irse a casa con la cena preparada, yo murmuraba: ¡y se supone que yo estoy siendo pasiva, mientras que ellos son los activos - ja!

Yo era muy consciente, por supuesto, de que los argumentos existentes sobre las disposiciones femeninas deben de ser interpretados de forma más elegante. Como fuera, no fui fácilmente seducida, y sabía que, desnudados hasta su esencia, estos argumentos reflejaban los deseos del establishment. Años más tarde, con mi amiga y colega Connie Sutton dimos juntas un seminario titulado "Poder, Opresión y Estilos del Pensamiento". Exploramos las características que los teóricos occidentales, representantes de naciones, clases y de género en posiciones de superioridad relativa, han atribuido a sus inferiores sociales, fueran éstos pueblos colonizados ("primitivos"), gente de color, gente de clase obrera o las mujeres. La semejanza temática es asombrosa, aunque los términos puedan variar. Junto con la incapacidad para prever y planificar, y la falta de lógica y racionalidad, se encuentran inevitablemente la dependencia y la pasividad. Con independencia de la fuente precisa de la que procedían las formulaciones de pensadores concretos - un problema interesante en sí mismo - el mensaje social tanto a los de arriba como a los de abajo, es claro: ignore la historia que demuestre lo contrario, y sepa que la gente que sufre opresión la padece porque no tienen ni la capacidad, ni la intención, ni el deseo de rebelarse.

SIN EMBARGO, saber que la supuesta "pasividad" femenina es sólo uno de entre muchos pretextos para justificar la opresión de la mujer sólo tiene que ver con una parte del mito del dominio masculino: que la subordinación de la mujer es una función de su biología o psicología. Además, la experiencia personal puede haber configurado mi forma de ver las cosas, pero no puede demostrar nada a los demás. La otra mitad del mito concierne a la universalidad, una cuestión empírica que requiere ser investigada. Los resultados de mi estudio son presentados en las páginas siguientes, en donde presto especial atención a la igualdad entre los sexos entre los Montagnais-Naskapi. He dicho que mi artículo sobre matrilocalidad representa un elemento básico en mi pensamiento. Esta institución indica generalmente una posición de prestigio para las mujeres, pero, en sí misma esta no es la razón de su importancia para mí. Fue mi inesperado descubrimiento de esta práctica, cuando tenía una declaración explícita de lo contrario realizada por una autoridad a la que yo respetaba, lo que significó un gran reto para mí como una joven cuya investigación iba, por diversas vías, en contra de los principios de la antropología establecida.

Como estudiante yo había aceptado la declaración de Julian Steward de que las sociedades de bandas eran predominantemente patrilocales (en el sentido de que las nuevas cónyuges pasaban a vivir cerca de los parientes del marido) y que un hombre cazaba mejor en una región que ya conocía desde la infancia. Yo tenía motivos por respetar a Steward, el cual vino a Columbia cuando yo trabajaba en mi tesis. En la atmósfera sumamente "histórico-particularista" de ese tiempo, fue uno de los pocos antropólogos que sostuvo que era posible definir tendencias "evolutivas" generales que subyacen a la singularidad de la historia cultural de cada pueblo. De hecho, yo cité a Steward sobre las bandas patrilocales en un ensayo que escribí en aquella época acerca de "El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado" de Frederick Engels - aunque por suerte, no tuve éxito en publicarlo. Sin embargo, como parte de mi investigación sobre las prácticas de usufructo de la tierra en Labrador, el tema de mi tesis, recogí información genealógica de todos los miembros de la banda con la cual yo estuve trabajando. Para mi sorpresa, el material reveló que la matrilocalidad era la forma primaria de la residencia postmatrimonial en el pasado reciente, pero que el fenómeno había cambiado a la patrilocalidad en la época de mi trabajo de campo.

Yo estaba suficientemente familiarizada con la deformación científica. Mis apuntes en la universidad están manchados con signos de interrogación y exclamación en lugares donde los profesores presentaron material que indicaba importantes semejanzas económicas y sociales entre culturas de diferentes partes del mundo que, desde mi punto de vista, apoyaban la misma hipótesis socio-evolucionista que los mismos profesores criticaban. Aún así, era, después de todo, una cuestión de mi interpretación contra la de ellos. Otra cuestión, completamente diferente, era descubrir datos, que yo no esperaba ni buscaba, y que directamente contradecían lo que yo pensaba que era una declaración sensata acerca de la prioridad masculina en la organización social.

No es que la residencia patrilocal significara automáticamente el dominio del hombre entre los Montagnais-Naskapi. La lectura de las crónicas del siglo XVII de los jesuitas sobre el poder y la independencia de la mujer había dejado claro que no era así. Aún así, yo sabía que los conflictos sobre la residencia postconyugal revelaban un aspecto de los conflictos entre los sexos cuando las relaciones sociales igualitarias estaban siendo minadas. Aquí, por lo tanto, tenía un ejemplo concreto de los cambios causados en la organización social y la autonomía de la mujer cuando una sociedad igualitaria fue transformada por la colonización y la influencia combinada de misioneros y comerciantes. Nunca acepté las declaraciones aparentemente razonables y respetables sobre el supuesto servilismo femenino en las sociedades igualitarias. Y, una y otra vez, el reexamen cuidadoso de los datos y de las circunstancias en las cuales estos fueron coleccionados me ha probado que estaba en lo cierto:

Los indicios del dominio masculino resultan ser producto de (1) los efectos, en una sociedad previamente igualitaria, de la colonización y/o de la participación en las relaciones mercantiles; (2) el concomitante desarrollo de la desigualdad en la sociedad, un proceso habitualmente referido en los escritos de antropología como "jerarquización", cuando el comercio, que estimula la especialización del trabajo y la producción para el intercambio, acompaña a la producción para el uso, minando de esta forma la economía colectiva en la cual se basan las relaciones igualitarias; o (3) los problemas que se derivan de interpretaciones de los datos en términos de conceptos y supuestos de la cultura occidental.

Font:

Roots of women’s oppression. SocialistWorker.org, september 5, 2008

+ Info:

¿Cómo el patriarcado y el capitalismo refuerzan en forma conjunta la opresión de las mujeres? Denise Comanne

Los Mitos del Dominio Masculino: Colección de Artículos sobre la Mujer a través de las Culturas. ELEANOR BURKE LEACOCK. Haymarket Books.

Rayna R. Reiter (ed) Towards an antthropology of women. New York: Monthly Review Press, 1975

C C Mukhopadhyay, and P J Higgins. Anthropological Studies of Women’s Status Revisited: 1977-1987. Annual Review of Anthropology, Vol. 17: 461-495 (Volume publication date October 1988)

Engels and the Origin of Women’s Oppression, by Sharon Smith. International Socialist Review Issue 2, Fall 1997


Eleanor Burke Leacock (1922–1987), a cultural anthropologist, was known not only for her ethnographic study of the peoples of the Northeastern region, but for her analysis concerning egalitarian societies and cultural evolution through her studies of the Innu.

Born during the Depression to parents who encouraged Eleanor and her sister to pursue their artistic and intellectual interests, Leacock developed a distaste for materialism and to eschew racism, sex, and socioeconomic discrimination. Her parents provided a stimulating environment of artists, writers, and political radicals revolutionary thinkers whose discussion of the ideology of Karl Marx opened the doors for Leacock to approach the field of anthropology from a Marxist and feminist perspective.

At Barnard, Leacock studied under Amanda Reichard.

It was here that she personally experienced sex discrimination. Impeding women’s progress in the workplace, this pervasive ideology - discrimination rather than ability - influenced her to focus her interest specifically on gender relations and inequality.

Eleanor received her doctorate in 1952 from Columbia, but she did not get her first full time job teaching anthropology at Brooklyn Polytechnic Institute until 1963.

In 1972, as chair at the City College of New York, Leacock rebuilt the Department of Anthropology and remained until her death in 1987.

She received many honors during this time, among them was the New York Academy Science Award for the Behavioral Sciences in 1983, becoming the first woman to receive this distinction.

Eleanor Burke Leacock devoted her research and writings to human emancipation. We celebrate her for her contributions to feminist anthropology, her research of racism in the school system, and her dedication in fighting race, sex and class discrimination.

Selected Works by Eleanor Burke Leacock:

1954 The Montagnais "Hunting Territory" and the Fur Trade. American Anthropologist 56, no. 5 (1954): 50–59.

1958 Social Stratification and Evolutionary Theory. Ethnohistory 5(3):193-209.

1963 Introduction. Lewis Henry Morgan, Ancient Society. E.B. Leacock, ed. Pp. i-xx. New York: Meridian Books.

1969 Teaching and Learning in City Schools: A Comparative Study. New York: Basic Books, 1969.

1971a Culture of Poverty: A Critique. New York: Simon and Schuster.

1972 Introduction to Frederick Engels’ Origins of the Family, Private Property and the State, 1972 [1888], New York: International Publishers, pp. 7-67.

1977 Women in Egalitarian Society. In: Becoming Visible: Women in European History. R. Bridenthal and C. Koontz, eds. Pp. 11-35. Boston: Houghton Mifflin.

1978 Leacock, E. (1978). Women’s status in egalitarian society: Implications for social evolution. Current Anthropology, 19, 247–275.

1981 Myths of Male Dominance. Collected Essays on Women Cross-Culturally. New York: Monthly Review Press.

1983 Interpreting the Origins of Gender Inequality: Conceptual and Historical Problems. Dialectical Anthropology 1983, 7: 263-84.

Eleanor Leacock and Richard Lee, eds. Politics and History in Band Societies. New York: Cambridge University Press. 1982

_. With Mona Etienne. Women and Colonization: Anthropological Perspectives. New York: Praeger, 1980.

——. With Leela Dube and Shirley Ardener. Visibility and Power: Essays on Women in Society and Development. Delhi and New York: Oxford University Press, 1986.

——. With Helen Icken Safen, eds. Women’s Work; Development and the Division of Labor by Gender. South Hadley, Mass.: Bergin and Garvey, 1986.

+ Info:

Eleanor B Leacock y las mujeres en la sociedad sin clases. Aurelia Martin Casares. Antropología del género. Madrid: Cátedra 2006.

American Anthropologist 92 (1990):201–205. Obituary notice.

Eleanor Burke Leacock. By Kristin Alten. Posted May 1998

Sutton, Constance R., ed. From Labrador to Samoa: The Theory and Practice of Eleanor Burke Leacock. Arlington, Va.: Association for Feminist Anthropology/American Anthropological Association in Collaboration with the International Women’s Anthropology Conference, 1993.

Catherine Hodge McCold. “Eleanor Burke Leacock and Intersectionality: Materialism, Dialectics, and Transformation.” Race, Gender & Class 15, 1-2 (2008): 24-41.
Anthropologist Eleanor Burke Leacock’s Marxist dialectical materialism helped to create the core of intersectionality and still provides a methodology to help advance transformation. Her efforts contributed to two core aspects of contemporary intersectional approaches to capitalism: 1) the acceptance of the intersectionality of oppression in all its forms-race, class, gender, sexuality, religion, etc., and 2) the general rejection of biological determinism as it relates to race, gender, and class. Using taped interviews by the author and other materials, this article examines Leacock’s influence on intersectionality in five areas: 1) women’s status in egalitarian societies, 2) race, class, and gender in schools, 3) the critique of the "culture of poverty" approach, 4) women, development, and work, 5) colonialism, race, class, and gender in Samoa. It also examines some contemporary work building on Leacock’s model, which gives class a primary position, to illustrate how her approach continues to engage on-going challenges. Within the oppressive context of Cold War America, Leacock tested and found support for the Marxist hypothesis that humans once lived in a state in which men and women were equal partners. She explored and refuted biological determinist notions that 1) in all societies women have been subordinate to men (i.e., as a result of sexual biology), and she also refuted the idea that 2) basic features of capitalism (such as competition and private ownership of property) are found in all societies and individuals (i.e., are related to human "nature"). Since so many of the contemporary forms of oppression-attacks on immigrants, the rise of religious "fundamentalism," the increasing use of rape and other torture as weapons of war, the coloring of prison populations, rising attacks on sexuality, as examples-are resurrecting the ideology of biological determinism and are class assaults with new faces, it is ever more urgent to use the tools Leacock helped to develop."


A la mateixa secció:


¿Está ganando impulso la economía mundial?


Las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona. La posición de la izquierda del POUM.


La relevancia contemporánea de Marx


Keynes, la civilización y el largo plazo


Reseña de “Rentabilidad, inversión y crisis”, de José Tapia


Las memorias de un marxista errático


La falacia de reducir la persona a nada más que biología. Entrevista a Steven Rose


Reducción del tiempo de trabajo y desempleo: un escenario europeo


Elecciones, tradición socialista y una pregunta-problema


La revuelta de Berkeley (1964-65)

Creative Commons License Esta obra est� bajo una licencia de Creative Commons by: miquel garcia -- esranxer@gmail.com