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diumenge 26 de desembre de 2010 | Manuel
+ Daniel Bensaid. Trotsky: un timonel del siglo, + El pensamiento de Trotsky. Ernest Mandel (pdf)

León Trotsky: La vida de un revolucionario

Duncan Hallas

Agosto de 2010 marcó el septuagésimo aniversario del asesinato de León Trotsky a manos de un agente estalinista. Aquí reimprimimos un artículo del marxista británico Duncan Hallas sobre la vida y la herencia de Trotsky.


EN MAYO DE 1940, León Trotsky escribió un artículo titulado "Stalin quiere mi muerte". Se trataba de una previsión exacta. Tres meses más tarde, el 20 de agosto, el agente stalinista Ramón Mercader, alias Frank Jacson, clavó un pico en el cerebro de Trotsky, en Coyoacan, México. Este asesinato fue el último de los asesinatos al por mayor mediante los cuales la burocracia stalinista destruyó la vieja guardia Bolchevique. A Rykov, el sucesor de Lenin como el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, le pegaron un tiro. A Zinoviev, presidente de la Internacional Comunista en tiempos de Lenin, le pegaron un tiro. A Bukharin y a Piatakov -"el más capaz de los miembros más jóvenes del Comité Central", según el "Testamento" de Lenin – les pegaron un tiro. Rakovsky y Radek fallecieron. Decenas de miles de viejos miembros del partido desaparecieron para siempre en los "campamentos de trabajo" del Ártico. Los militantes que hicieron la Revolución de octubre fueron prácticamente aniquilados.

Sólo sobrevivió una de las figuras principales de los años de revolución y guerra civil. Joseph Stalin, el hombre que Lenin propuso que debería ser cesado como el secretario general, ahora gobernaba Rusia de forma más despótica de como lo hizo Ivan el Terrible.

El veredicto final de Trotsky sobre estos acontecimientos fue escrito durante su último año de vida.

El estalinismo tuvo primero que exterminar políticamente y luego físicamente a los cuadros principales de bolchevismo para llegar a ser lo que fue: un aparato de los privilegiados, un freno sobre progreso histórico, una agencia del imperialismo mundial.

Las esperanzas de la Revolución de Octubre habían sido enterradas por el terror stalinista. No fue una contrarevolución simple. Los terratenientes, los capitalistas, y los cortesanos del periodo zarista no recuperaron sus bienes. Stalin no fundó ninguna dinastía y los principales miembros de la burocracia no adquirieron ningún título legal sobre la propiedad "pública". No obstante, la gente trabajadora, la proclamada oficialmente "clase dirigente", fue privada de todos los derechos políticos, incluso los derechos mínimos que habían ganado bajo el zarismo.

Los sindicatos se transformaron en una máquina para disciplinar a la mano de obra. Y que disciplina. El 28 de diciembre de 1938, Stalin firmó un decreto que proclamó que "los trabajadores o empleados que dejen sus empleos sin permiso o que son culpable de ofensas graves contra la disciplina de trabajo serán obligado al desahucio administrativo de sus viviendas en el período de diez días, sin que se les asegure ningún otro tipo de residencia". ¡ Se impusieron las condiciones de una compañía del siglo diecinueve a los trabajadores del “estado de los trabajadores"!

El mismo decreto suprimió el derecho de un trabajador a las vacaciones pagadas tras 5 meses y medio de empleo y trató del control de la entrada y salida del trabajo de la forma siguiente: "Un trabajador o el empleado culpable de llegar tarde al trabajo, de ir al almuerzo demasiado pronto o de volver muy tarde, o de no hacer nada durante las horas de trabajo tendrá un castigo administrativo". Los directores que fallen en realizar los procesamientos "son de obligado despido o procesamiento". Todo esto, desde luego, en función de la "liberación" de los trabajadores. Para los delincuentes realmente obstinados había campamentos de trabajo.

Se introdujeron grandes desigualdades en los salarios. Por supuesto, no había ninguna posibilidad de negociación. Los sistemas de pago de incentivos llegaron a ser generales.

Los burócratas y directivos privilegiados consiguieron diferenciales cada vez mayores, más los habituales márgenes de beneficios –coches, casas en el campo, vacaciones gratis en Crimea, etcétera. Como Stalin dijo, "No debemos jugar con frases sobre la igualdad. Es jugar con fuego".

A partir de la primera revolución exitosa de los trabajadores a escala nacional se había desarrollado una sociedad que reprodujo las desigualdades y la opresión del capitalismo y que fue gobernada por una dictadura de hierro, una dictadura no de la clase obrera, sino sobre la clase obrera.

Toda la última parte de la vida política de Trotsky estuvo destinada al combate de esta reacción, a su análisis y a la explicación de sus causas, así como a la lucha por mantener viva la tradición socialista revolucionaria contra la presión aplastante, tanto en Rusia como internacionalmente, del estalinismo.

Trotsky nació en Ucrania en 1879, hijo de un agricultor judío. En aquel tiempo no existía un movimiento obrero en el imperio zarista. De hecho, apenas existía una clase obrera industrial. Unos pocos pertenecían a la gran nobleza, una nobleza de rango inferior algo más numerosa proporcionaba la oficialidad del ejército y de la maquinaria estatal, comerciantes, abogados, médicos, etcétera, formaban una clase media, y una masa enorme de campesinos. Este era el Imperio Ruso del momento, y sobre ello gobernaba el Zar de forma tan absoluta como Luis XIV había gobernado Francia.

No había parlamento, ni prensa libre, ni libertad de movimiento, ni igualdad de los ciudadanos ante la ley. Hasta 1861, la gran masa del pueblo ruso - los campesinos- habían sido siervos legalmente no libres, incapaces para poder salir del lugar donde habían nacido, comprados y vendidos por sus amos junto con la tierra.

Rusia era atrasada, medieval -tan atrasada, que en mucho aspectos era más parecida a la Francia de antes de la gran revolución de 1789 que a los países capitalistas de Europa Occidental y Central.

Pero un gran cambio estaba a punto de llegar. Durante los años de la niñez y la juventud de Trotsky, la industria se desarrolló rápidamente en Rusia, abastecida a partir de préstamos y de técnicos extranjeros. Se desarrollaban nuevas clases, una clase capitalista, todavía mucho más débil que en el Oeste, y una verdadera clase obrera industrial. El crecimiento de estas clases significó, a la larga, que el régimen zarista no podía durar. En 1895 el ministro de finanzas zarista aún podía escribir: "Por suerte, Rusia no posee una clase obrera en el mismo sentido que la que hay en el Oeste; por consiguiente no tenemos problemas laborales". Pero, ya estaba anticuado. Hacia 1887 había ya 103,000 metalúrgicos en Rusia, hacia 1897, 642,000. Hacia 1914, en una población de 160,000,000 había 5,000,000 de trabajadores.

Esta incipiente clase obrera desarrolló una militancia y un record de lucha de masas sin par desde el período heroico de la clase obrera británica durante las décadas de 1830 y de 1840. En los primeros años del siglo XX una oleada de huelgas de masas sacudió el zarismo hasta sus cimientos, y condujo a la explosión de 1905.

Una nueva forma de autogobierno de la clase obrera, el “soviet” o consejo de los trabajadores, fue inventado por los desconocidos obreros rusos. Por un tiempo llegó a existir un "poder dual", el poder de los trabajadores organizados en soviets que hacían frente a un gobierno del Zar preso del pánico. El régimen entero se tambaleaba. Pero al final fue capaz de reestablecer su poder. Los trabajadores revolucionarios se enfrentaron a un ejército de campesinos, y los campesinos todavía eran leales al Zar. Lo que le siguió fue una represión cruel.

Trotsky creció con el movimiento. Mientras todavía se encontraba en su adolescencia se unió a un grupo revolucionario en Nikolayev, el Sindicato de Trabajadores de Rusia del Sur. En 1898 fue detenido y encarcelado en varias prisiones hasta que, en 1900, fue deportado a Siberia.

En el verano 1902 se escapó y en el otoño se reunió con Lenin en Londres. Por entonces Trotsky se había hecho marxista y era un escritor de cierto éxito. Lenin le dio la bienvenida y le propuso que se uniera al consejo editorial de Iskra (la Chispa), el periódico del partido socialista impreso en Londres y que pasaba de contrabando a Rusia.

La oferta fue vetada por el miembro más antiguo del consejo, Plekhanov, uno de los fundadores del partido y un futuro Menchevique. Para la ruptura en el partido socialista ruso quedaban sólo unos meses y las relaciones entre Lenin y algunos de sus co-redactores ya eran tensas.

El partido en aquel tiempo estaba formado por un puñado de emigrados en Londres, Zurich y otras ciudades europeas, y un número de grupos ilegales de trabajadores y estudiantes en algunos centros industriales rusos y en el exilio siberiano.

La ruptura, que ocurrió en el Segundo Congreso, que tuvo lugar en Bruselas y luego Londres en 1903, partía aparentemente de diferencias sobre una cuestión de organización relativamente sin importancia. Sin embargo, las diferencias subyacentes fueron de importancia vital.

Lenin y su grupo (los Bolcheviques, o mayoría) postulaban un partido fuerte, organizado, revolucionario, capaz de sobrevivir a la ilegalidad y la represión. Mantenían que sólo la clase obrera, en alianza con el campesinado, podría derrocar al zarismo "y reemplazarlo por una república basada en una constitución democrática que garantizara el poder soberano del pueblo, es decir, la concentración de todo el poder soberano del estado en las manos de una asamblea legislativa compuesta por los representantes del pueblo" (Lenin, " Programa Preliminar del Partido Socialdemocrata de Rusia", 1902).

La minoría (Mencheviques) mantenía el punto de vista de que la clase capitalista rusa podría conducir esta lucha y, por consiguiente, tendió a favorecer una organización más difusa, orientada al trabajo semilegal. Ninguna de las dos posiciones mantuvo que una revolución socialista era posible en un país tan atrasado y subdesarrollado como Rusia. La revolución llegaría más tarde, después de un período de desarrollo económico capitalista en el contexto de una república democrática.

En 1903 las diferencias no eran tan claras como llegaron a serlo posteriormente. Ni cada una de las posiciones entendió totalmente las implicaciones de la opción que estaban tomando. Plejanov, que llegó a ser líder del ala extrema derecha de los Mencheviques, estuvo del lado de Lenin. Trotsky se opuso a Lenin. Fue una decisión a la que, posteriormente, calificaría como "el mayor error de mi vida" (1).

En 1905 los exiliados revolucionarios pudieron volver. Trotsky, ahora un Menchevique, jugó un papel principal en la fallida revolución de 1905. Hacia el final de 1905 llegó a ser presidente del Soviet de Diputados Obreros de Petrogrado, entonces la organización de trabajadores más importante de Rusia. Su liquidación por la resucitada maquinaria militar y policíaca zarista marcó el punto álgido de la revolución.

Trotsky fue encarcelado de nuevo. Llevado a un juicio en el que estaba en juego su vida, desafió al Zar desde el estrado: "El gobierno hace mucho que ha roto con la nación … Lo que tenemos no es un gobierno nacional, sino un autómata del genocidio". El aún todavía caliente movimiento revolucionario hizo que el gobierno actuara con cautela. El cargo principal -la insurrección- fue rechazado. Pero Trotsky y otros catorce fueron condenados a la deportación de por vida a Siberia, con la pérdida de todos los derechos civiles.

En los años de reacción, después de 1906, las organizaciones revolucionarias, acosadas por los espías de la policía y la represión constante, se marchitaron y decayeron. Las organizaciones Mencheviques en Rusia prácticamente desaparecieron. Incluso el grupo Bolchevique de Lenin, ahora dividido en dos, un ala izquierda y una derecha (con Lenin en la derecha), llegó a ser sólo una sombra de su antigua fuerza.

En los círculos de los emigrados tuvieron lugar amargas discusiones fraccionales. Trotsky escapó de nuevo de Siberia en 1907 y pronto se encontró casi aislado. Al rechazar la deriva derechista del ala Menchevique e incapaz de superar su hostilidad hacia los Bolcheviques, se hizo un lobo solitario.
Su logro positivo en estos años fue la elaboración de la teoría de la "revolución permanente". Su idea central era que la revolución por venir en Rusia no podía detenerse en la etapa de una “república democrática", sino que se tranformaría en una revolución por el poder de los trabajadores y entonces o se une con las revoluciones obreras en los países capitalistas más avanzados o sería derrrotada. No era tan diferente del concepto que Lenin tendría posteriormente, pero la desconfianza y la aversión de Trotsky hacia Lenin en aquel momento le impidieron unirse con la única organización revolucionaria real - los Bolcheviques.

El 4 de agosto de 1914, el mundo fue transformado. La guerra imperialista, predicha desde mucho antes, estalló y los líderes de los grandes partidos socialdemocrátas se olvidaron de su marxismo e internacionalismo y capitularon ante "sus propios" gobiernos. La Internacional Socialista se hizo pedazos.

En cada país beligerante, el movimiento se dividió entre los renegados y los internacionalistas. En septiembre de 1915, 38 delegados de 11 países se reunieron en Zimmerwald, Suiza, para reafirmar los principios de socialismo internacional. Trotsky escribió el manifiesto internacionalista publicado por la conferencia. Había tanto revolucionarios como pacifistas en Zimmerwald. Pronto se dividirían. El núcleo revolucionario llegó a ser el precursor de la Tercera Internacional (Comunista).

La oposición revolucionaria crecía en todos los estados en guerra pero la crisis ocurrió en Rusia. En febrero de 1917, huelgas de masas y manifestaciones derrocaron al Zar. Fueron los militantes de la clase obrera de Petrogrado -muchos de ellos Bolcheviques – los que condujeron el movimiento.

Desde el principio, los líderes de los Soviets de trabajadores, campesinos, y los representantes de los soldados estaban en una posición en la que podían barrer la fachada desintegrada del "Gobierno Provisional" y asumir el poder. Pero no lo hicieron así, porque, en su mayoría, eran Mencheviques y Socialrevolucionarios (el partido campesino) que creían que una “república democrática" era necesaria para permitir el crecimiento del capitalismo de forma que pusiera las bases, en un futuro distante, del socialismo. Esto significaba la continuación de la guerra y "disciplinar" a los trabajadores y campesinos.

Incluso algunos Bolcheviques dudaron, en especial Kamenev y Stalin, ambos miembros del comité central, que habían escapado de Siberia para encargarse del partido en Petrogrado. Pero cuando Lenin volvió en abril se distanció de ellos. Sus consignas fueron "Abajo con el gobierno Provisional", "Paz, Tierra, y Pan". Tras estar, al principio, en minoría en su propio partido, Lenin ganó para su posición revolucionaria primero al partido y luego a la mayoría de los Soviets. Era, esencialmente, lo misma posición de la "revolución permanente" de Trotsky, y en julio, Trotsky, junto con un grupo de ex-ala izquierda Menchevique, entró en el Partido Bolchevique.

En el otoño, la mayoría de los trabajadores apoyaba a los Bolcheviques. Bajo el lema de "Todo el poder a los Soviets", derrocaron al Gobierno Provisional. En Petrogrado, prácticamente nadie levantó una mano para apoyarlo.

Los años que siguieron fueron los años de mayor fama de Trotsky. Primero como Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores y luego como Comisario del Pueblo para la Guerra, fue, tras Lenin, el espíritu inspirador de la revolución.

Fueron años de un optimismo revolucionario. Todo parecía posible. Al tiempo que el gobierno soviético estaba luchando desesperadamente contra la masiva intervención extranjera - los ejércitos de 14 poderes luchaban contra la revolución - y contra los ejércitos de los Blancos, armados y financiados por el extranjero, toda Europa parecía al borde de revolución. Se establecieron regímenes revolucionarios soviéticos en Hungría, en Baviera, en Finlandia, en Letonia. El kaiser alemán, el emperador austriaco y el sultán turco fueron derrocados. Toda Alemania parecía al borde de la revolución roja. En Italia, huelgas de masas y violentas manifestaciones paralizaron el estado capitalista.

Incluso un moderado Lenin podía escribir en 1918: "La historia nos ha dado, a las clases trabajadoras y explotadas de Rusia, el honorable papel de vanguardia de la revolución socialista internacional; y hoy podemos ver claramente cuan lejos llegará. Los rusos la comenzaron; los alemanes, los franceses y los ingleses la terminarán, y el socialismo alcanzará la victoria".

Para Trotsky no había dudas. La "lucha final" se desarrollaba en estos momentos. Cuando se fundó la Tercera Internacional, en 1919, él escribió en su primer manifiesto:

Los oportunistas, que antes de que la guerra mundial convocaron a los trabajadores a la práctica de la moderación para una transición gradual al socialismo … exigen de nuevo la autorenuncia del proletariado. … Si estas prédicas encontraran la aceptación entre las masas de trabajadores, un nuevo desarrollo capitalista, de formas mucho más concentradas y monstruosas, sería restaurado sobre los restos de varias generaciones - con la perspectiva de una nueva e inevitable guerra mundial. Por suerte para la humanidad esto no es posible.

De hecho, el éxito de la Revolución alemana pendía de un hilo. Las fuerzas en conflicto eran casi iguales. Su éxito habría cambiado el curso de la historia europea y mundial. Su fracaso significó el triunfo momentaneo de la reacción no sólo en Alemania, sino también en Rusia. La guerra civil arruinó la ya atrasada economía rusa y dispersó a su clase obrera. La contrarevolución Blanca fue abatida porque la gran mayoría del pueblo ruso - los campesinos – sabía que la revolución les había dado la tierra y que una restauración se la quitaría de nuevo.

Hacia el final de la guerra civil, los trabajadores habían perdido poder porque, como clase, habían sido diezmados. Hacia 1921, el número de trabajadores en Rusia había caído a 1,240,000. Petrogrado había perdido el 57.5 por ciento de su población total. La producción del conjunto de bienes manufacturados había caído al 13 por ciento del ya miserable nivel de 1913. El país fue arruinado, desabastecido, se mantenía unido sólo por el partido y la maquinaria estatal desarrollada durante la guerra civil.

Esta era una situación que no había sido prevista. En el momento de la paz de Brest Litovsk con Alemania, en 1918, Lenin escribió:
"Esto es una lección a nosotros porque la verdad absoluta es que sin una revolución en Alemania desapareceremos". Desde luego, no podía ponerse en cuestión el hecho de que la clase obrera rusa, una pequeña minoría con una base económica débil, pudiera mantener un estado de los trabajadores sin integrar la economía rusa con la de un país socialista desarrollado.

Más tarde, en el Tercer Congreso de la Tercera Internacional, en 1921, Lenin volvió sobre este tema:

Era claro para nosotros que sin la ayuda de la revolución mundial internacional, una victoria de la revolución proletaria es imposible. Incluso antes de la revolución, así como tras ella, lo que pensabamos era que la revolución ocurriría inmediatamente o al menos muy pronto en otros países atrasados así como en los países con un mayor nivel de desarrollo capitalista, de otra manera nosotros desapareceríamos.

“A pesar de esta convicción, hicimos todo lo posible para conservar el sistema soviético, bajo cualquier circunstancia y cueste lo que cueste, porque sabemos que trabajamos no sólo para nosotros, sino también para la revolución internacional.

Hacia 1921, la revolución internacional había sido machacada y el régimen comunista en Rusia afrontó otra crisis desesperada. Las masas de campesinos, liberadas del miedo a los terratenientes, giraron hacia una oposición violenta. Las revueltas campesinas en Tambov, la rebelión de Kronstadt, y las huelgas en su apoyo mostraron que el régimen ya no gozaba del apoyo popular. Se transformaba en una dictadura sobre el campesinado y los restos de la clase obrera.

Dar marcha atrás era esencial. La Nueva Política Económica, de 1921 en adelante, recreó un mercado interno y dio la libertad al campesinado de producir para su beneficio así como de comprar y vender libremente. También se permitieron la producción privada de bienes de consumo para el beneficio y la gran industria de propiedad pública fue instruida para funcionar sobre principios comerciales.

El resultado fue una recuperación económica lenta pero sustancial, juntos con un desempleo masivo – nunca inferior a un quinto de una clase trabajadora industrial que se reanimaba lentamente - y el desarrollo de una clase de agricultores capitalistas (kulaks) en las filas del campesinado. A mediados de la década de 1920 los niveles de resultados económico de 1913 habían sido alcanzados y en algunos casos sobrepasados. Para entonces, el equilibrio de fuerzas sociales había cambiado de forma fundamental.

¿Qué tipo de sociedad estaba emergiendo? Ya en 1920 Lenin había argumentado lo siguiente:

El camarada Trotsky habla del estado ’de los trabajadores’. Perdónenme, pero esto es una abstracción. Era natural para nosotros escribir sobre el estado de los trabajadores en 1917, pero los que ahora preguntan ’¿por qué proteger?, si ahora no hay ninguna burguesía, si el estado es un estado de los trabajadores ¿contra quienes se ha de proteger la clase obrera?’, cometen un error obvio … En primer lugar, nuestro estado no es realmente un estado de los trabajadores, sino un estado de los trabajadores y campesinos. … Pero es más que esto. Es obvio desde nuestro programa de partido que … nuestro estado es un estado de los trabajadores con distorsiones burocráticas.

Desde entonces, las "distorsiones burocráticas" habían crecido enormemente, el partido dirigente mismo había crecido enormemente, y se había burocratizado. En ausencia de una clase obrera con la fuerza, la cohesión y el deseo de gobernar, el partido había tenido que substituirla, y el aparato del partido substituía cada vez más a sus miembros. Un nuevo grupo de "burócratas" había crecido junto a kulaks y "nepmen" (pequeños capitalistas). Trotsky, en una de sus frases más asombrosas, describió la política como "la lucha por la plusvalía del producto social". Esta lucha, entre estos tres grupos, se desarrolló por encima de las cabezas de la masa de los campesinos más pobres y contra la clase obrera.

La lucha tuvo su reflejo en las filas de un partido ya burocratizado, sobre todo entre sus líderes. Trotsky, por entonces profundamente alarmado por la tendencia derechista, se hizo el portavoz principal de una tendencia que asumió la lucha, comenzada por Lenin en los últimos meses de su vida, por la democratización del partido y el renacimiento de los Soviets como los verdaderos órganos de los trabajadores y campesinos.

Una parte esencial del programa de la Oposición Izquierda (como se llamó al grupo de Trotsky) era el desarrollo planificado y más rápido posible de la industria rusa. Para los marxistas, era inadmisible tener éxito en la democratización sin conseguir un aumento de la cantidad, de la autoconfianza y del peso específico de la clase obrera.

Opuestos a la izquierda, se encontraba una tendencia del ala derecha cuyo portavoz era Bukharin. Éste abogaba por la estabilidad, por una acumulación "a paso de tortuga" y por dar prioridad a manener contento al campesinado, incluyendo a los kulaks.

Había una tercera tendencia, el "centro", que representaba a los miembros del aparato (apparatchiks), la burocracia. En aquel momento se encontraba aliada con la derecha. Su figura principal era J. V. Stalin, un antiguo Bolchevique, un organizador capaz y un hombre de ambición ilimitada y voluntad de hierro. Stalin unificó la burocracia en una clase, consciente de sus propios intereses y con su propia ideología - el "Socialismo en un solo país".

La perspectiva de la oposición era la de una de reforma pacífica. Creía que la presión de los acontecimientos y de la oposición podrían reformar el partido y el país.

En realidad, el grado de la degeneración burocrática quedó demostrado por la facilidad con la cual la oposición fue derrotada. Aunque ésta incluyera a algunos de los miembros más distinguidos del partido y fuera reforzada, después de 1926, por el grupo de Zinoviev, el colaborador más cercano de Lenin en el exilio, y Krupskaya, la viuda de Lenin, así como por el “ultraizquierdista” grupo centralista democrático, fue rechazada abrumadoramente en las votaciones de reuniones de partido preparadas para ello por los incondicionales brazos de madera de Stalin.

En octubre de 1927, Trotsky y Zinoviev fueron expulsados del partido. Pronto ellos y miles de oposicionistas comenzaron el viaje hacia el exilio. La oposición había sido aniquilada y, de sus lugares de exilio, sus líderes predijeron un peligro real desde la derecha.

El "Thermidor" soviético, el derrocamiento del partido por los representantes de kulaks y nepmen, era inminente. Y el régimen afrontó un peligro real desde la derecha. En 1928, los kulaks, animados por la liquidación de la izquierda, tramaron una "huelga de grano", una operación que amenzó a las ciudades con el hambre. Lo que siguió mostró cuan groseramente ellos - y la oposición – habían calculado mal la fuerza de sus rivales.

La burocracia ejecutó un violento cambio de rumbo. Después de años de apaciguar a los campesinos ricos recurrieron a la colectivización forzada, a "la liquidación de los kulaks como clase". Bajo el disfraz de la norma del partido único, una pequeña pandilla de burócratas gobernó Rusia. Y estos se convirtieron pronto en las marionetas de un hombre. Hacia 1930, Stalin era el nuevo Zar, si no en la forma sí de hecho.

La colectivización forzada se acompañó de un programa frenético de industrialización forzada. Se pusieron en marcha proyectos que excedieron con mucho los planes más ambiciosos de los miembros más optimistas de la oposición, proyectos que de nuevo eran reemplazados por otros todavía de mayor alcance. La consigna fue la de "cumplir el plan quinquenal en cuatro años".

El hombre que ayer ridiculizaba como utópicos los proyectos moderados de la oposición ahora deseaba "ponerse al nivel y superar" en pocos años a los países capitalistas avanzados.

El primer plan quinquenal realmente tuvo éxito en poner las base para una sociedad industrializada. Ello fue posible sobre la base de la explotación más brutal de los trabajadores y campesinos. Los salarios reales cayeron drásticamente. Los trabajadores "libres" organizados y controlados estrictamente de forma draconiana fueron complementados por un ejército de trabajadores esclavos, la mayor parte ex-campesinos, empleados en condiciones horribles en trabajos de obras de construcción a gran escala. Desaparecieron los mínimos vestigios de derechos democráticos. Emergió un régimen totalitario completamente desarrollado.

Estos acontecimientos desintegraron a la oposición en el exilio. Muchos de sus miembros más prominentes hicieron las paces con Stalin. En el otro extremo, muchos oposicionistas de base llegaron a estar de acuerdo con los "centralistas democráticos" en que era necesaria una nueva revolución. Victor Smirnov, un líder centralista democrático, escribió "el partido es un cadáver apestoso".

En su opinión, el estado de los trabajadores había sido destruido años antes, y restaurado el capitalismo. Trotsky no aceptaría ninguna de estas posiciones. Contra los capituladores insistió en la necesidad de la democracia soviética. Contra la izquierda insistió en las posibilidades de reformas pacíficas. Esta era una evaluación ilusoria y Trotsky la abandonó 18 meses más tarde. El impulso para el cambio de valoración vino de los acontecimientos en Alemania. La Oposición de Izquierda había estado preocupada por la Internacional tanto como por Rusia.

La Tercera Internacional en sus primeros años no había llegado a ser, ni mucho menos, un instrumento de Moscú. Pero con el retroceder del clima revolucionario en Europa los partidos llegaron a estar más asociados y se hicieron cada vez más dependientes del único régimen "soviético". Los consejos que venían de Moscú se hicieron la fuente más importante de sus ideas políticas. Cada vez más los rusos, - y de aquí la palabra ‘apparatchik’ -, dominaron el ejecutivo de la Internacional y comenzaron a interferir en la vida nacional de los partidos.

El mito de la "Patria soviética" se hizo cada vez más importante para los comunistas europeos y asiáticos. Gradualmente, los espíritus más independientes y los marxistas más serios fueron eliminados de los puestos de liderazgo. Diez años fueron necesarios para reducir el movimiento mundial a la posición de una legión extranjera de Moscú. Hacia 1929 el proceso se había completado.
Mientras el bloque de centro derecha gobernó Rusia, la política de los la Internacional fue empujada a la derecha. Se promovió una política semireformista, lo que condujo a un número de derrotas que podrían haber sido evitadas.

La oposición criticó fuertemente las políticas de la Comintern y procuró desarrollar contactos con los miembros disidentes de los partidos extranjeros. Pero después de que Stalin hubo eliminado en Rusia a sus antiguos aliados de "derechas", la Comintern fue desequilibrada violentamente hacia la izquierda, de hecho a una izquierda enloquecida. Se proclamó un período de "ofensiva revolucionaria generalizada", el "tercer período".

Se inventó la teoría del "socialfascismo". Los partidos socialdemocratas y laboristas eran "socialfascistas", los grupos a su izquierda, como el ILP (Partido Laborista Independiente británico), eran "socialfascistas de izquierda".

En Alemania, donde el peligro del fascismo era inminente, esta teoría condujo al rechazo de cualquier resistencia conjunta antifascista con los socialdemocratas y los sindicatos bajo su influencia. ¡Eran fascistas! De hecho aquel que no era un estalinista leal era un fascista: "Alemania ya vive bajo un régimen fascista" decía el periódico comunista alemán. "Hitler no puede hacer cosas peores de las que ellos ya hacen".

Contra esta política enfermiza, Trotsky, desde 1929 exiliado en Turquía, escribió algunos de sus análisis más brillantes (2). Si la razón hubiera movido a los líderes estalinizados del Partido Comunista Alemán, Hitler podría haber sido golpeado, ya que sí existía la oportunidad para hacerlo. Un frente unido victorioso era posible. Pero estos líderes estaban más allá de la razón. La única voz que ellos escuchaban era la de Stalin cuando decía "la socialdemocracia y el fascismo no son opuestos, son hermanos gemelos".

El movimiento obrero alemán fue destrozado. El Partido Comunista se rindió sin lucha. Hitler subió al poder y comenzó la preparación para la Segunda Guerra Mundial. Esta terrible derrota hizo que Trotsky rompiera con la Internacional. "Una organización que no ha sido capaz de despertar ante la tormenta de fascismo … está muerta y no puede ser reanimada". Poco después, abandonó su posición reformadora sobre Rusia. Una nueva revolución era necesaria para eliminar la dictadura burocrática.

Por otra parte, Trotsky no modificó su punto de vista de que Rusia era un “estado obrero degenerado". Durante los pocos años que le quedaban de vida se mantuvo fiel a esta abstracción -a "un estado obrero" en el cual los trabajadores no estaban en el poder, sino que fueron privados de los derechos políticos más elementales. Esto fue un error que tendría una influencia duradera y perniciosa sobre la izquierda revolucionaria (3).

Trotsky se encontraba en esos momentos casi solo. Poco después de la catástrofe alemana comenzaron las grandes purgas en Rusia. Stalin consolidó su mando personal por medio de la matanza de antiguos capituladores, de antiguos opositores de derechas y de la mayor parte de sus propios primeros partidarios. Todo fueron denunciados, junto con Trotsky, como agentes de Hitler, contrarrevolucionarios, espías y saboteadores. Se llevaron a cabo una serie de grotescos "juicios espectáculo" con el objetivo de que líderes prominentes de la revolución en tiempos de Lenin confesaran sus culpas - y las del monstruo de Trotsky.

Se creó un clima de opinión en el cual era imposible para Trotsky influir sobre los trabajadores del ala izquierda. "La burocracia stalinista en realidad ha tenido éxito en llegar a ser identificada con el marxismo … militantes cargadores franceses, mineros del carbón polacos y guerrilleros chinos, por igual, vieron en aquellos que gobiernan Moscú a los mejores jueces de los intereses soviéticos y fiables consejeros del comunismo mundial".

Ahora, a la Comintern se le hizo girar a la derecha de nuevo. La política exterior de Stalin requería una alianza con las "democracias occidentales". La nueva línea era la del "frente popular" - la de la subordinación de los partidos obreros a liberales y conservadores progresistas.

Esta línea política le permitió a Stalin estrangular otra revolución – la española. Trotsky llamó a la derrota española "la última advertencia". Todas sus energías durante sus años de exilio en Francia, Noruega, y luego en México, estuvieron enfocadas en la tentativa de crear el núcleo de una nueva Internacional, la Cuarta. La conferencia de su fundación tuvo lugar en 1938 bajo la sombra de múltiples derrotas para la clase obrera. A Trotsky le quedaban menos de dos años de vida.

Esta fue su aportación imperecedera para mantener viva la tradición del marxismo revolucionario en décadas en las que ésta estaba casi extinguida a manos de sus pretendidos partidarios.

Trotsky estuvo lejos de ser infalible. Lenin, en su testamento, había escrito de Trotsky que era "demasiado seguro de sí mismo", y su desdicha, en sus últimos años, fue que pocos de entre sus afines fueran capaces de un pensamiento independiente. Que su talla fuera mayor que la de sus afines fue, al mismo tiempo, su fuerza y su tragedia. Quizás ningún otro hombre podría haber soportado el aislamiento y el ataque como él. Su contribución al socialismo revolucionario y al movimiento de la clase obrera no tuvo igual. Trotsky pertenece al pequeño grupo de aquellas verdaderas grandes figuras que ha producido el movimiento.

Testamento León Trotsky (4)

En català ací

Mi presión arterial (que sigue aumentando) engaña a los que me rodean sobre mi estado de salud real. Me siento activo y en condiciones de trabajar, pero evidentemente se acerca el desenlace. Estas líneas se publicarán después de mi muerte.

No necesito refutar una vez más las calumnias estúpidas y viles de Stalin y sus agentes; en mi honor revolucionario no hay una sola mancha. Nunca entré, directa ni indirectamente, en acuerdos ni negociaciones ocultas con los enemigos de la clase obrera. Miles de adversarios de Stalin fueron víctimas de acusaciones igualmente falsas.

Las nuevas generaciones revolucionarias rehabilitarán su honor político y tratarán como se lo merecen a los verdugos del Kremlin. Agradezco calurosamente a los amigos que me siguieron siendo leales en las horas difíciles de mi vida. No nombro a ninguno en especial porque no puedo nombrarlos a todos.

Sin embargo, creo que se justifica hacer una excepción con mi compañera, Natalia Ivanova Sedova. El destino me otorgó, además de la felicidad de ser un luchador de las causas del socialismo, la felicidad de ser su esposo. Durante los casi 40 años que vivimos juntos ella fue siempre una fuente inextinguible de amor, bondad y ternura. Soportó grandes sufrimientos, especialmente en la última etapa de nuestras vidas. Pero en algo me reconforta el hecho de que también conoció días felices.

Fui revolucionario durante mis cuarenta y tres años de vida consciente y durante cuarenta y dos luché bajo las banderas del marxismo. Si tuviera que comenzar todo de nuevo trataría, por supuesto, de evitar tal o cual error, pero en lo fundamental mi vida sería la misma. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es hoy menos ardiente, aunque sí más firme, que en mi juventud.

Natasha se acerca a la ventana y la abre desde el patio para que entre más aire en mi habitación. Puedo ver la brillante franja de césped verde que se extiende tras el muro, arriba el cielo claro y azul, y el sol brilla en todas partes. La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.

Font: International Socialist Review, November–December 2010, 74

Notas (del traductor):

1. "(...) el dilema entre el partido de los revolucionarios o el partido con todas las
tendencias, fracciones y simpatizantes que era común en la II Internacional, confundió a
muchos de los protagonistas asistentes al citado congreso. Para sorpresa de los presentes, Georgi Plejanov se situó —por poco tiempo— al lado de Lenin, mientras que Martov encontró en Trotsky a su mejor aliado. Pese a que la propuesta de los
bolcheviques de dirigir ellos —ya que eran la mayoría— el comité de redacción de Iskra
sin el viejo equipo era totalmente legítima, Trotsky entendió que esto significaba un menosprecio indignante hacia la «vieja guardia» marxista, y que le correspondía a Lenin la responsabilidad de una ruptura. Se opuso al cisma sobre la base de esta concepción, y su lema en el congreso sería semejante al que repitió más tarde insistentemente: «¡No dirigir, sino servir! ¡No escindir, sino unir!»; algo que sobre el papel parecía incuestionable. Pero un cuarto de siglo más tarde, en Mi vida, Trotsky justificaba así su
posición: «Yo me consideraba centralista, pero no cabe duda de que, en aquel período, no veía en absoluto hasta qué punto un centralismo cerrado e imperioso era necesario al partido revolucionario para conducir a millones de hombres al combate contra la vieja sociedad […]. En la época del Congreso de Londres de 1903 la revolución era todavía a mis ojos una abstracción teórica en su mayor parte. El centralismo leninista no se
justificaba todavía para mí como una concepción revolucionaria, clara y definida, de manera independiente
». (...)

Ulteriormente, Trotsky consideró sus críticas al bolchevismo como «el principal error de su juventud». Las expresó básicamente de una manera muy semejante a la efectuada por Rosa Luxemburgo, cuyo enfoque partía de un rechazo del «aparato» burocráticoparlamentario de la socialdemocracia alemana, a la que oponía la espontaneidad de las
masas, y un partido forjado en el mismo proceso revolucionario. (...) Por su parte, Trotsky consideraba que el esquema leninista suponía
una desviación jacobina, y por lo tanto contraria al pensamiento marxista clásico que
confiaba plenamente en la capacidad autoemancipadora del proletariado. Acuñó la
acusación de «sustituismo» contra los criterios leninistas, que, en su opinión, se
traducían en la siguiente lógica fatal: el partido sustituye a las masas, la organización del
partido (un pequeño comité) comienza por sustituir al conjunto del partido; después, el
Comité Central sustituye a la organización y, finalmente, un dictador o un líder máximo, a
dicho Comité
.

En esta época Trotsky también desconfiaba del tipo de partidos socialistas como el
alemán, en el que el aparato subyugaba la iniciativa de la base militante y de las masas
en general. Para él, Lenin no sólo dominaba del aparato «profesional», sino que incluso
doblegaba más sus propias concepciones impidiendo el libre juego de un amplio abanico
de tendencias. Creía que, en la revolución que se aproximaba, las diferencias quedarían
atrás como asuntos mezquinos y el protagonismo central que Lenin le confería al partido
pasaría a un segundo plano, ya que «la voluntad subjetiva del partido [...] no es sino una
fuerza entre mil y está muy lejos de ser la más importante». La clase obrera, que era
«capaz de ejercer su dictadura sobre la sociedad, no tolerará un poder dictatorial sobre
ella»; unos argumentos que, a la luz del tiempo, cobrarán un sentido claramente positivo
desde el momento en que en medio de la guerra civil, el leninismo, con el concurso de
Trotsky, tendió a favorecer más la acción de Estado que la participación de las masas." (Pepe Gutiérrez-Álvarez. TROTSKY Y LOS TROTSKISMOS)

2. Lev Trotski. LA LLUITA CONTRA EL FEIXISME
El proletariat i la revolució
. 1930-1940.

3. Aquí, Duncan Hallas expresa la posición de aquellos que mantenían que la caracterización del régimen de la exURSS era la de un capitalismo de estado en lugar de un estado obrero burocráticamente degenerado, y que rompieron con las organizaciones de la IV Internacional por este motivo. La posición de Trotsky en "En defensa del marxismo": ¿Ni un Estado Obrero ni un Estado Burgués?, Una y otra vez sobre la naturaleza de la URSS.

4. El testamento político de Trotsky fue el "Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial". Se puede acceder al manifiesto en la versión digital de los Escritos León Trotsky 1929-1940, libro 6, mayo 1940, publicados por CEIP “León Trotsky” y en marxist.org. En català ací.


A 70 años de su asesinato

Redacción de Correspondencia de Prensa

El 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader del Río (Barcelona 1914-La Habana 1978), alias Frank Jacson, alias Jacques Mornand, asestaba el golpe mortal a León Trotsky en su refugio mexicano de Coyoacán. Era, según Víctor Serge, la medianoche del siglo: un año después de la victoria fascista en la guerra civil española; cuando Hitler y sus tropas nazis avanzaban imparables en los campos de batalla de Europa; mientras Stalin aseguraba su dominio despótico en la URSS y en el “movimiento comunista” internacional.

70 años más tarde, el mundo se parece en casi nada al de entonces. Pero ese asesinato político, “uno de los crímenes más reveladores del siglo XX” -como lo define el notable escritor cubano Leonardo Padura-, es un acontecimiento contemporáneo. Un símbolo emblemático de lo que fue el estalinismo. Que, a su vez, explica la crisis y posterior derrumbe del mal llamado “socialismo real”. Vale decir, la historia de ahora mismo.

Habría pues que utilizar este nuevo aniversario para re-pensar el horizonte de nuestra lucha socialista. Dejando a un lado la liturgia cargada de gestualidad. Además, claro está, de rescatar la memoria que alguna vez la infamia pretendió sepultar. Por el camino quedaron cuarenta millones de personas - “gente común” - víctimas de un sistema brutal, burocrático, policial, que estimuló la delación y la traición. Y dos millones de miembros del Partido asesinados en las prisiones y en los campos del Gulag. También, una cifra incalculable de verdaderos comunistas que se atrevieron, con coraje militante y decisión política, a desafiar la máquina contrarrevolucionaria del estalinismo.
Es difícil borrar o banalizar esas huellas de la historia. Sería, por otra parte, inmoral. El recuerdo, entonces, continúa actual. Así como la reivindicación de una herencia esencial: la de León Trotsky.

El artículo que presentamos de Daniel Bensaïd fue escrito hace diez años para el semanario Rouge (Francia), por entonces semanario de la Liga Comunista Revolucionaria. Su lectura mantiene la más plena vigencia. Fue publicado en Convergencia Socialista Nº 12, México, noviembre-diciembre 2000, revista del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Trotsky: un timonel del siglo

Daniel Bensaïd.

¿Por qué este asesinato? Si dejamos de lado la personalidad perversa de Stalin, habría que volver a partir de los últimos combates de Trotsky, es decir, todo el período mexicano durante el cual llevó adelante principalmente tres grandes luchas en una fase de hundimiento de la esperanza.

Buscó, en primer lugar, evitar toda confusión posible entre revolución y contrarrevolución, entre la fase de octubre de 1917 y el Termidor estalinista. Lo hace fundamentalmente organizando desde su llegada a México, en momento del segundo proceso de Moscú, la Comisión de Investigación Internacional presidida por el filósofo norteamericano John Dewey. Quinientas páginas de documentos desarticulan el mecanismo de falsificación de las amalgamas políticas. El segundo combate es la comprensión de los encadenamientos hacia una nueva guerra, en una fase donde iban a exacerbarse los chovinismos y a oscurecerse los enfrentamientos de clase. Finalmente, el tercer combate, ligado a los precedentes, es el de la fundación de una nueva Internacional proclamada en 1938, pero proyectada al menos cinco años antes de la victoria de Hitler en Alemania, que él no concebía como la reunión de los marxistas revolucionarios únicamente, sino como una herramienta volcada para las tareas del momento. Es en este trabajo que Trotsky pudo, en ese momento, vivirse como irremplazable.

Tiempo de derrotas

Trotsky se equivoca en sus pronósticos, cuando hace un paralelo entre los hechos que siguieron a la Primera Guerra Mundial y los que podrían resultar de la Segunda. El error reside en el hecho de que los movimientos obreros se encuentran entonces en situaciones muy diferentes. En la Segunda Guerra Mundial se acumulan muchos factores; pero el cualitativo es, sin duda, la contrarrevolución burocrática de la URSS durante los años 1930. Con un efecto de contaminación sobre el conjunto del movimiento obrero y su componente más revolucionario.

Hay allí una suerte de mal entendido, del cual la desorientación de muchos comunistas franceses delante del pacto germano-soviético es la ilustración más perfecta. Pero se agregan derrotas cualitativas, como la victoria del nazismo en Alemania y del fascismo en Italia, la derrota de la Guerra Civil Española, el aplastamiento de la segunda revolución en China. Una acumulación de derrotas sociales, morales e inclusive físicas, que nos cuesta imaginar. Pero no podemos jamás considerar que todo estaba predeterminado.
Uno de los errores importantes de Trotsky, es haber imaginado que la guerra significaría de manera ineluctable la caída del estalinismo, así como la guerra franco-alemana de 1870 había significado la estocada final del régimen bonapartista en Francia. Estamos en 1945, momentos del estalinismo triunfante, con sus aspectos contradictorios. Todo esto está muy bien ilustrado en el libro de Vassili Grossman, “Vida y Destino”, sobre la batalla de Stalingrado. A través de los combates, vemos allí despertar a la sociedad e inclusive escapar parcialmente de la empresa burocrática. Podemos encarar la hipótesis de un relanzamiento de la dinámica de Octubre. Los veinte años transcurridos desde los años 1920 son un intervalo corto. Pero lo que dice el libro de Grossman a continuación es impactante. ¡Stalin es salvado por la victoria! No se les pide cuentas a los vencedores. Es el gran problema para la inteligencia de esa época.

Las implicaciones teóricas son importantes. En su crítica al totalitarismo burocrático, si Trotsky ve muy bien la parte de coerción policial, subestima el consenso popular ligado a la dinámica faraónica, incluso a un precio fuerte, conducida por el régimen estalinista. Hay aquí un punto oscuro que merecería ser retomado.

Dicho esto, después de la guerra, está la responsabilidad específica de los partidos comunistas. En el cuadro del reparto del mundo - el famoso encuentro Stalin-Churchill donde ellos se reparten Europa a lápiz azul - hay empujes sociales importantes o prerrevolucionarios; en Francia, con fuerzas en parte exiguas, pero con ventajas en Italia y Grecia. Y aquí, podemos francamente hablar de traición, de subordinación de los movimientos sociales a los intereses de los aparatos. Esto no quiere decir automáticamente una revolución victoriosa, sino una dinámica de desarrollo y una cultura política del movimiento obrero seguramente diferentes. Lo que acarrea otras posibilidades. También hay que recordar el famoso “hay que saber terminar una huelga” del secretario del PCF, Maurice Thorez, o la actitud del PC italiano en el momento del atentado a Togliatti. Pero lo peor y lo más trágico han sido la derrota de la revolución española, y el desarme de la resistencia y la revolución griega. Luego, el veto estalinista al proyecto de Federación Balcánica, entonces la única solución política, y la demora, frente a la cuestión de las nacionalidades en los Balcanes.

Lo necesario y lo posible

En resumen, el destino trágico de Trotsky ilustra la tensión entre lo necesario y lo posible. Entre la transformación social que responde a los efectos de un capitalismo en descomposición y las posibilidades inmediatas. Encontramos esto ya al leer la correspondencia de Marx. En cuanto al aporte teórico y estratégico este es considerable. Especialmente en el análisis del desarrollo desigual y combinado de las sociedades, comenzando por la Rusia de 1905 o la percepción de las modalidades actuales del imperialismo. Pero allí donde es irremplazable, a pesar de las lagunas, es en el análisis del fenómeno inédito en su época, y difícilmente comprensible, de la contrarrevolución estalinista.

Desde este punto de vista, Trotsky es un timonel. Lo que no significa una referencia piadosa ni exclusiva. Tenemos, al contrario, la tarea de transmitir una memoria pluralista del movimiento obrero y de los debates estratégicos que lo han atravesado. Pero en ese paisaje y ese paisaje peligroso, Trotsky es un punto de apoyo indispensable.

+ Info:

Entrevista a Tariq Alí. Trotsky a 70 años de su asesinato: pasado, presente... ¿futuro? Kirsty Jane McCluskey. Sin permiso, Septiembre 2010

Una biografia comprehensiva a Paul Le Blanc. Trotsky, Leon (1879-1940), a The International Encyclopedia of Revolution and Protest. 1500 to the present. Wiley-Blackwell 2009, vol 7, p. 3321-3327.

Textos de Trotski en català en www.marxist.org. Textos de Trotski en castellano en www.marxists.org

The Baggage of Exodus. Trotsky, revolutions and the constitution of original ‘Trotskyism’. Daniel Bensaïd. 2000.

Trotsky, el POUM y la revolución española. Andy Durgan

Entrevista a Pierre Broué sobre la Oposición de Izquierda

León Trotsky. Una bibliografía. Pepe Gutiérrez-Álvarez, Kaos en la Red .

El “profeta mudo”: Trotsky hoy. Enzo Traverso

Ernest Mandel. El pensamiento de Leon Trotsky. Pot ser descarregat d’aquesta pàgina


A la mateixa secció:


200 años de los “Principios…” de David Ricardo


Unidad contra el fascismo: el frente único


Perry Anderson, Gramsci y la hegemonía


Socialisme i nacionalisme (1897), i altres dos articles de James Connolly


Aprender de la Gran Depresión


El marxismo y la burocracia sindical. La experiencia alemana (1898-1920)


Revolución rusa: ¿Qué estuvo pensando Lenin?


Resistir la supresión de la ciencia


Sobre la dialéctica del Estado burgués: La crítica de la democracia burguesa en Rosa Luxemburg.


Lenin y la cuestión del partido: notas sobre ¿Qué hacer?

Mandel, E. - El pensamiento de Trotsky
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