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Anticapitalistes
  
dissabte 6 de novembre de 2010 | Manuel
Los problemas de Obama (y de Zapatero) + EEUU: El cambio no nos llegó

Vicenç Navarro, Rebelion 6/11/2010; Lee Sustar, Socialist Worker (USA)

Las elecciones estadounidenses han sido una derrota predecible para el Presidente Obama, consecuencia de los errores que ha cometido durante su mandato y que se han traducido en una enorme abstención entre sus bases electorales, y muy en particular, entre su principal eje de apoyo, es decir, sindicatos y movimientos sociales progresistas, tales como el movimiento feminista (Now), el movimiento ecologista y el movimiento de derechos civiles. Para entender esta derrota, hay que comprender que en EEUU los candidatos del Partido Demócrata no pueden ganar elecciones con sólo el voto de este eje de su base electoral (que son las izquierdas del Partido Demócrata). De ahí la necesidad que tienen tales candidatos de aliarse también con otras sensibilidades menos a la izquierda que estos agentes sociales. Pero de la misma manera que no pueden ganar con sólo el apoyo de las izquierdas, “tampoco pueden ganar sin tal apoyo, pues éste es esencial para la movilización de sus bases electorales”. Esto ocurre también, por cierto, en España, como comentaré más adelante.

Pues bien, desde el principio, las decisiones tomadas por el Presidente Obama establecieron las bases de su derrota. Me apena mucho decir que así lo predije a los pocos meses de su nombramiento como Presidente. Y aún me sabe peor haber tenido razón. Me hubiera encantado estar equivocado, y por desgracia, no lo estaba.

Tres decisiones claves antagonizaron a las izquierdas del Partido Demócrata. Una fueron los nombramientos de su equipo. Un candidato como Obama, que había movilizado a las bases del partido con el mensaje de cambio, se rodeó de personajes conservadores y neoliberales heredados del gobierno Clinton, muchos de ellos responsables de decisiones (como Lawrence Summers) que habían contribuido a generar la enorme crisis financiera. De manera predecible, tales personajes continuaron llevando a cabo políticas públicas continuistas de las que había llevado a cabo el Presidente Bush. De ellas, la más notoria fue el rescate de Wall Street con fondos públicos (700.000 millones de dólares) en términos tan favorables a la banca, que indignaron, no sólo a las izquierdas, sino a la gran mayoría de la población. Ni por un momento Obama consideró propuestas alternativas, como el desarrollo de una banca pública (como sugirió Joseph Stiglitz), o condicionar la ayuda a la cesión de créditos, con clara penalización de los comportamientos especulativos (como propuso Paul Krugman). El equipo que nombró Obama era profundamente anti-izquierda. En realidad, su jefe de gabinete, Rahm Emanuel, era la bestia negra de las izquierdas. Había sido el congresista demócrata más próximo a Wall Street, que había purgado (durante la administración Clinton) las listas de candidatos del Partido Demócrata a fin de excluir a las izquierdas.

El segundo error del Presidente Obama fue abandonar completamente el compromiso, que había adquirido durante su campaña, de pasar una ley por el Congreso que facilitara la sindicalización de las personas que desearan hacerlo. El 62% de la población laboral en EEUU indica que preferiría sindicalizarse, pero no lo hacen porque, o bien la empresa es demasiado pequeña, o el empresario dificulta tal sindicalización. La ley que Obama se comprometió a proponer al Congreso durante la campaña electoral hubiera facilitado tal sindicalización, prohibiendo al mundo empresarial que pusiera obstáculos a tal proceso. Lo único que Obama hizo a favor de los sindicatos fue nombrar a una sindicalista como Ministra de Trabajo. Pero por lo demás, los temas de protección de los derechos laborales y sindicales tuvieron poca prioridad en su administración. Ello decepcionó en gran manera a los sindicatos.

Y el tercer gran error fue la manera como se hizo la Reforma Sanitaria. Durante su campaña había indicado que todas las propuestas de reforma del sistema sanitario que se habían hecho durante la campaña electoral (incluidas las realizadas por el Partido Republicano) serían consideradas seriamente por su Administración. Pero cuando convocó a representantes de las reformas sanitarias, excluyó deliberadamente la propuesta de las izquierdas, es decir, de los sindicatos y de los movimientos sociales progresistas. Tal propuesta –llamada “single payer”- reducía considerablemente el protagonismo que las compañías de seguro sanitario tienen en la gestión de los servicios sanitarios, dando mayor capacidad de dirección y gestión a los gobiernos estatales y al gobierno federal. Los proponentes de tal reforma ni siquiera fueron convocados a la reunión, y ello, a pesar de que, como indiqué antes, contaba con el apoyo de los sindicatos, del movimiento feminista (Now), de los movimientos ecologistas y del movimiento de los derechos civiles. Las propuestas republicanas, sin embargo, sí que fueron consideradas. El producto final aprobado por Obama mantenía el protagonismo de las compañías de seguro (que financiaron parte de su campaña y de los miembros del Senado y del Congreso que decidieron sobre la reforma). Es más, la financiación de la cobertura sanitaria de los que hasta entonces carecían de ella (45 millones de estadounidenses) sería a costa de aumentar los impuestos de aquellos que ya tenían cobertura y reduciendo la financiación del programa de cobertura pública a los ancianos (Medicare), sin apenas tocar los beneficios exuberantes de las compañías de seguro. Con ello antagonizó, además de a los ancianos, a los sindicalistas que, por regla general, suelen tener mayor cobertura sanitaria (que aportaban un porcentaje elevado en la financiación de la reforma sanitaria).

Las izquierdas estaban enojadas e irritadas con el Presidente Obama. Habían jugado un papel clave en la victoria de Obama y luego fueron marginadas. Ni que decir tiene que el Presidente Obama también aprobó legislación que fue bien recibida por las izquierdas. Entre ellas estaba la Ley de Estímulo Económico, en la que la oficina del Vicepresidente (próximo a los sindicatos) jugó un papel importante. Invirtió 800.000 millones de dólares en estimular la economía, lo cual evitó que ésta cayera en una Gran Depresión. Pero cedió innecesariamente a las peticiones del Partido Republicano, bajando los impuestos como medida de estímulo, en lugar de aumentar los fondos públicos para crear empleo. Un tercio del estímulo consistió en reducir impuestos, otro tercio en inversión pública para crear empleo (los sindicatos querían dos tercios), y otro tercio en ayuda a los estados. Pero por grande que parezca el estímulo, el hecho es que la cantidad debiera haber sido mucho mayor, pues el vacío económico creado por la explosión de la burbuja inmobiliaria era diez veces mayor que el estímulo.

Otra medida fue la nacionalización de GM y Chrysler (pagando 60.000 millones), lo cual fue aplaudido por los sindicatos. Pero en lugar de convertirlos en cooperativas, como la española Mondragón (que es lo que deseaban los sindicatos) las sanearon y las quieren ahora vender, con la oposición, de nuevo, de los sindicatos. Y en sanidad, la ley prohíbe que las compañías de seguro excluyan a personas con enfermedades crónicas, limitando la capacidad de selección de pacientes que caracteriza el sistema de aseguramiento privado. Pero la reforma dejó intacto el enorme poder de tales compañías, creando gran frustración entre las izquierdas. Y así un largo etcétera. De ahí su abstención, que le ha costado la Cámara baja.

¿ES LA SITUACIÓN RELEVANTE PARA EL GOBIERNO ZAPATERO?

La situación política de España es muy distinta a la de EEUU. Y el gobierno federal estadounidense es muy diferente al gobierno español. Y, sin embargo, hay algunos puntos en común. En ambos países, los partidos gobernantes, definidos como progresistas, están en profunda crisis como consecuencia de las políticas llevadas a cabo por sus gobiernos, el gobierno Obama en EEUU y el gobierno Zapatero en España. En ambos países, sus bases electorales les están abandonando, en respuesta a sus comportamientos y políticas públicas. Tanto el gobierno Zapatero como el gobierno Obama, tras prometer un cambio, hicieron nombramientos en sus equipos económicos que señalaban una orientación económica de carácter liberal, que sembraron las bases para el distanciamiento político de las bases electorales. Solbes había sido el Comisario de la UE, encargado de imponer la ortodoxia liberal a los países de la UE; David Taguas (procedente de la Banca) había llegado a proponer la privatización total de la Seguridad Social, tal como había hecho el General Pinochet en Chile; Jordi Sevilla había rechazado el aumento de gasto público y de impuestos en España (el país de la UE que tiene menor carga fiscal y menor gasto público); Miguel Angel Fernández Ordóñez, es bien conocido como un ultraliberal; Miguel de Sebastián (también procedente de la Banca), había indicado que el estado protector debiera debilitarse a costa del estado facilitador; y así un largo etcétera. La orientación del equipo económico ha sido claramente liberal (ver mi artículo “El mayor problema del gobierno socialista español y que los cambios de esta semana no resuelven”. Sistema 22.10.10). Los keynesianos de izquierda no existieron en el gobierno Zapatero, ni se les esperaba. Las políticas redistributivas brillaron por su ausencia, hecho que ha culminado con las políticas actuales de una excesiva e innecesaria dureza, desarrolladas para impresionar a los mercados, implementadas por un equipo económico, también liberal, escogido por su capacidad de dureza.

Ni que decir tiene que ha habido elementos positivos en el gobierno Zapatero, como también los ha habido en el gobierno Obama. Entre ellos, el crecimiento del gasto público social y el desarrollo de la Ley de la Dependencia. Pero esta última estuvo siempre subfinanciada, y el crecimiento del gasto público se hizo a base del elevado crecimiento económico, no como consecuencia de políticas impositivas redistributivas. Sus políticas fiscales fueron continuistas con las seguidas por el gobierno Aznar anterior, acentuando su regresividad. Estas intervenciones iban configurando el marco dentro del cual se desarrolló la respuesta del gobierno Zapatero a la crisis, respuesta que es de una ortodoxia liberal que conducirá a un desastre político, resultado, como en el caso Obama, de la enorme alienación de su electorado. Así pasó con Schröder en Alemania, y así pasó con el New Labor (muy admirado por los tecnócratas del socialismo español), y así está pasando en EEUU y en España. No es la crisis, sino la manera como los partidos progresistas socialdemócratas están respondiendo a la crisis (convirtiéndose en partidos socioliberales) lo que está llevando a tales partidos a sus derrotas.

Font: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=116160


EE.UU.: El cambio no nos llegó

Lee Sustar analiza los resultados de Barack Obama después de casi dos años en el cargo - y explica por qué no cumplió con las expectativas de sus seguidores.

04 de octubre 2010

Hace dos años, decenas de miles de personas se reunieron en un estadio de Denver para escuchar al candidato Barack Obama como prometía un cambio dramático, como decía que el país estaba cayendo en un pánico financiero:

"Nos encontramos en uno de esos momentos definitorios, un momento en que nuestra nación está en guerra, nuestra economía está en crisis, y la promesa americana ha sido amenazada una vez más. Esta noche, más americanos están sin trabajo y más están trabajando más por menos. Más de ustedes han perdido sus hogares, y más aún ven como el valor de las viviendas cae en picado. Muchos de ustedes tienen coches que no pueden darse el lujo de conducir, tarjetas de crédito, cuentas que usted no puede permitirse el lujo de pagar, y los costes de matrícula escolar están más allá de su alcance. "

Eso era verdad entonces. Es aún más cierto ahora.

En estos días, por supuesto, el impulso político se ha desplazado a la derecha, con los republicanos esperando ganar aún más, e incluso tomar el control de ambas cámaras del Congreso.

Para usar el cliché algo obsceno, pero apropiado: ¿pero, qué coño pasa? (WTF?)

Los expertos tienen una respuesta preparada, y ya están ensayando sus pronunciamientos para la Noche de la Elección: Obama se desvió demasiado hacia la izquierda, alejándose de los votantes en "una nación de centro-derecha" por instinto. Igual que los votantes rechazaron a George W. Bush en el 2006 mediante la entrega del Congreso a los Demócratas, el electorado dominará a Obama por perseguir su agenda progresista, incluso cuasi-socialista.

Hay un montón de indicios de que Obama y sus consejeros están de acuerdo con esa valoración. Por ejemplo, la palabra de que el principal consejero económico de Obama, Larry Summers, el presidente saliente del Consejo de economía Nacional, será reemplazado por alguien más amigo del mundo de los negocios como el ex director general de Xerox, Anne Mulcahy. Como si Summers, un arquitecto de la desregulación financiera, que ha hecho millones de trabajadores a tiempo parcial para un fondo de cobertura, fuera un peligroso izquierdista radical.

No, la razón real de que la burbuja de Obama haya estallado es su incapacidad para utilizar su popularidad para extraer concesiones del capital, y utilizarlos para consolidar su base política. Los demócratas están a punto de recibir una paliza, no porque fueran demasiado audaces, sino debido a la adaptación de sus políticas, en casi todos los temas, a Wall Street y a las corporaciones, a expensas de la gente trabajadora.

En un sentido, esto no es ninguna sorpresa. Los demócratas son, como el exasesor republicano Kevin Phillips, señaló en una ocasión, el segundo partido capitalista más entusiasta de la historia.

Pero podría haberse asumido que el ardor de los demócratas para los ricos debería, al menos, haber coexistido con el deseo de mantenerse en el poder que cayó en sus manos. Al asumir el cargo en medio de la mayor crisis económica desde la Gran Depresión, Obama y los Demócratas del Congreso tuvieron la oportunidad de enterrar a los republicanos sacando adelante una legislación que hubiera solidificado el apoyo de los votantes de clase trabajadora y de los pobres durante una generación.

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Podría haber ocurrido. Pero no fue así.

Obama y los Demócratas hicieron aprobar un paquete de estímulo de 787 mil millones de dólares USA. Sin embargo, si bien era el más grande de la historia de EE.UU., no tenía el poder suficiente - tanto en el importe total gastado como en su dependencia significativa en las disminuciones de impuestos en lugar de en el gasto directo.

Y mientras la administración Bush creó los 700 mil millones de dólares del Troubled Asset Relief Program (TARP) para rescatar a los bancos, la administración Obama usó el dinero no sólo para apuntalar a las instituciones financieras, sino también para nacionalizar la General Motors. En lugar de salvar puestos de trabajo en el sector del automóvil, el gobierno de Obama supervisó una quiebra que condujo a decenas de miles de despidos.

Luego vino la avalancha de dinero de la Reserva Federal en forma de tasas de interés casi cero y una serie de programas de préstamos, pero todo cayó en los bolsillos de los grandes bancos. Los propietarios de viviendas que enfrentan ejecuciones hipotecarias se preocupaban en la espera de unos programas federales que sólo han ayudado a una pequeña minoría de aquellos que lo necesitaban.

Es ese doble rasero irrita, -o enfurece-, a aquellos que depositaron en Obama sus esperanzas. Mientras tanto, las corporaciones estadounidenses no está invirtiendo, a pesar de que el negocio se fundamenta en una acumulación en efectivo de 1.8 billones $ - gracias, en gran parte, a los rescates financieros y los bajos tipos de interés.

Pero nada de eso perturba a los autodeclarados hombres y mujeres sabios de Washington. En su opinión, Obama giró demasiado a la izquierda con la reforma del sistema de salud, y que eso es lo que ha estimulado la reacción de la derecha en torno al Tea Party.

Un nuevo error. Una nueva encuesta de Associated Press encontró que el 40 por ciento de la gente opinó que la legislación sanitaria promulgada por Obama, que consolidó el papel de la industria de los seguros privados, no va lo suficientemente lejos en comparación con sólo un 20 por ciento que pensaba que iba demasiado lejos.

Increíblemente, la ley de atención sanitaria -que podría haber sido una hazaña de los Demócratas, como la Seguridad Social y Medicare- en cambio, se ha convertido en una rueda de molino alrededor de su cuello.

Al mismo tiempo, los miles de millones en fondos federales fluyeron hacia los bancos, y los estados sólo consiguieron una ayuda que era demasiado pequeña para evitar los recortes presupuestarios y los despidos que azotan el país. Esto sólo ha agravado la miseria social generada por años de desempleo masivo, que la débil recuperación actual no ha aliviado, y que no lo hará en los años por venir.

Luego están las guerras de Obama. El presidente cumplió su promesa de retirar todas las tropas de combate de EE.UU. de Irak, sólo si nos creemos que, en el futuro inmediato, los 50.000 soldados fuertemente armados que quedaron allí actuarán como guardias que vigilarán a los escolares mientras cruzan la calle.

En Afganistán, Obama envió un total de 50.000 soldados más, elevando el número total de soldados de EE.UU. allí a más de 100.000 - luchando, en una guerra perdida, para apuntalar un gobierno de ladrones, narcotraficantes y señores de la guerra, mientras que los afganos inocentes sufren el terror de la maquinaria militar de los EE.UU. Una encuesta de Rasmussen publicada a principios de septiembre encontró que "sólo el 18 por ciento de los votantes dicen que la situación en Afganistán mejorará en los próximos seis meses, el nivel más bajo de confianza desde el pasado mes de octubre."

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El rescate de los banqueros, dar un cheque en blanco a los generales, darle una patada a los trabajadores, y abandonar a los pobres, cuyo número, por cierto, están en niveles récord. Todo ello se suma en una receta para la derrota electoral de los demócratas.

Nada de eso era inevitable. Franklin Roosevelt, a quien muchos han comparado con Obama cuando asumió el cargo en 2009, logró convertir una crisis económica aún peor en una oportunidad política, y bloquear el dominio demócrata en el Congreso durante las siguientes seis décadas.

Pero Roosevelt tuvo enfrente algo Obama no tuvo: una clase trabajadora insurgente, que se mobilizó en protestas de masas, con huelgas generales en las principales ciudades y con sindicatos organizados en el corazón de la industria de EE.UU. Elegido con un programa bastante conservador, Roosevelt, sin embargo, se vio obligado, tanto por la presión desde abajo como por una crisis económica intratable, a tomar acciones audaces y arriesgadas - y poner a la gente a trabajar.

La América Corporativa de la década de 1930 también le gritó "socialismo" a Roosevelt. Éste dijo, incluso, que "daba la bienvenida" al odio de los patrones.

Pero Roosevelt apuntaló el capitalismo de EE.UU. no lo amenazó. "Yo soy el mejor amigo del sistema de ganancias que ha habido", dijo. Reconoció que la creación de programas del gobierno para generar empleo, como la Works Progress Administration, podría ser costosa, pero que también proporcionaría beneficios políticos.

Los demócratas de hoy, sin embargo, cautivados por décadas de neoliberalismo y del dogma económico a favor del mercado, no parecen capaces o dispuestos a utilizar su poder político para disciplinar a los los jefes de las corporaciones, incluso cuando los intereses a largo plazo del capitalismo de EE.UU. están en peligro - la increíblemente cara e increíblemente ineficaz reforma de la legislación sanitaria es el mejor ejemplo.

Atrás quedaron los días en que un senador Demócrata que perdiera unas elecciones tenía que aceptar el trabajo tranquilo de no hacer nada como presidente de una universidad. Tomemos, por ejemplo, a Tom Daschle, ex líder de la mayoría del Senado de los EE.UU., que hoy tiene un trabajo mucho más lucrativo como un generador de negocio para una de las firmas de abogados de mayor poder en Washington. A otros miembros del Congreso les agradaría una carrera similar. Así que, tal vez, no es sorprendente que liberales que de palabra están a favor de los trabajadores se alinearan para apoyar el golpe de mano legislativo que fue anunciado como la reforma financiera.

Sin el tipo de movimientos de masas que forzó la mano de Roosevelt, Obama sintió sólo la presión desde arriba. Así que los banqueros, a pesar de ser efectivamente nacionalizados, todavía tiene fuerza para bloquear cualquier amenaza seria a su riqueza. Y los ricos, preocupados de que la bonanza de recortes de impuestos de Bush podría ser derogada pronto, fueron capaces de financiar las protestas del Tea Party, el cual aprovechó la ira popular sobre la economía y la desvió en una reacción violenta y racista contra los inmigrantes.

Organizaciones liberales y sindicatos tienen cierta responsabilidad en este estado de cosas. No habiéndose movilizado contra el regalo a los bancos o para exigir puestos de trabajo, dejaron la puerta abierta para que los multimillonarios fabricaran un "movimiento" de denuncia del status quo.

La marcha Una Nación de 2 de octubre es una respuesta de última hora. Pero, si bien será la voz de peticiones importantes, como el aumento del gasto social y el programa de creación de puestos de trabajo, es seguro que será dominado por los Demócratas que prometen defender a los trabajadores, aun cuando sus políticas vayan precisamente en la dirección opuesta.

Los fracasos de la administración Obama son, en definitiva, un recordatorio de lo que la historia de EE.UU. siempre ha mostrado: que sin grandes y luchadores movimientos de masas, los Demócratas, al igual que los republicanos, siempre defenderán el statu quo.

Lee Sustar

Socialist Worker (USA)

Font: http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article19022

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