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Anticapitalistes
  
dimarts 12 d’octubre de 2010 | Manuel
La naturaleza del reformismo socialdemócrata

Ernest Mandel

Ernest Mandel escribió este artículo para las ediciones de octubre de 1993 de Inprecor e International Viewpont, con la intención de que fuera una introducción a una serie de artículos dedicados a la socialdemocracia. Dado el largo del artículo —muy largo para el contenido de nuestras revistas en aquel entonces—, no pudo ser publicado. Sin embargo, nos parece que a pesar de los cerca de 12 años que han transcurrido desde que fue escrito, este artículo arroja luz sobre la crisis de la socialdemocracia.
Más aún, por motivos de espacio y porque alguna de la información incluida, especialmente en la parte final del artículo, que fue en aquel tiempo inmediatamente relevante, ahora está obsoleta, se han hecho algunos cortes que están identificados por: (…). Finalmente, hemos conservado las notas del autor y las hemos completado con algunas notas editoriales, que han sido colocadas entre corchetes — [ ].


Los fundamentos materiales del oportunismo

Desde la Revolución de Octubre, el movimiento de los trabajadores ha sido confrontado con la elección entre dos prácticas políticas. Es también una elección entre dos estrategias.

Esta elección no tiene que ver con la “conveniencia” de la lucha por los objetivos inmediatos, tanto económicos como políticos. No tiene que ver con una opción a favor o en contra de participar en las elecciones y en las asambleas electas, no sólo con fines propagandísticos, sino para lograr que se adopten leyes que favorecen a los trabajadores y otros sectores explotados y oprimidos de la sociedad [1].

Marx luchó sistemáticamente por la reducción legal de la jornada de trabajo. Combatió con determinación la superexplotación de las mujeres trabajadoras y el trabajo infantil. Engels buscó extender a todos los países la lucha por la jornada de ocho horas y el sufragio universal, simple e igualitario para todos los ciudadanos [2].

Bajo las condiciones particulares de la Rusia zarista, Lenin siguió una línea similar, incluso más enfáticamente.

Estos combates se basaban en la convicción de que una clase obrera que estaba en un estado de miseria, que era incapaz de luchar por su integridad moral y física, sería igualmente incapaz de luchar por progresar hacia una sociedad sin clases. La historia ha confirmado este diagnóstico. Los levantamientos por el pan no han resultado en una lucha sistemática anticapitalista, en una lucha por un mundo mejor, en ninguna parte del mundo. El camino trazado por Marx y los marxistas llevó, de otra parte, a que millones de explotados adquirieran consciencia de la necesidad de tal lucha.

No obstante, lo que contrapone el marxismo revolucionario al reformismo socialdemócrata es la actitud tomada hacia el poder de clases económico y político del capital. Es, por el mismo modo de razonar, una actitud fundamentalmente distinta hacia el estado burgués.

El reformismo es la ilusión de que el desmantelamiento gradual del poder del capital es posible. Primero que todo, nacionalizas el 20 por ciento, luego el 30 por ciento, luego el 50 por ciento, luego el 60 por ciento de la propiedad capitalista. De esta forma, el poder económico del capital es disuelto poco a poco. Primero le quitas a la burguesía una gran ciudad, luego dos municipalidades, luego la mayoría parlamentaria, luego el poder de dictar programas educativos, luego la mayoría de la circulación de los periódicos, luego el control de la policía municipal, luego el poder de elegir la mayoría de los más altos servidores civiles, magistrados y oficiales: el poder político del capital se desvanecerá nomás.

El reformismo es, por ende, esencialmente gradualista. Consecuentemente, el verdadero teórico del reformismo fue Eduard Bernstein, con su fórmula celebrada: “el movimiento lo es todo; la meta final, nada” [3]. Actualmente, la socialdemocracia alemana tiene una mejor: gota a gota, disolveremos la piedra. Pasamos de la historia humana a la historia de las formaciones geológicas. ¿Cuántos miles de años toma el que una piedra se disuelva?

El marxismo revolucionario es el rechazo a las ilusiones gradualistas. La experiencia confirma que la burguesía no ha perdido su poder económico y político por un sendero gradualista en ningún sitio, en ningún país. Las reformas pueden debilitar este poder. No pueden abolirlo. (…)

La sociedad, como la naturaleza, aborrece el vacío. Eso corresponde a la fuerte tendencia centralizadora que es inherente al grado de desarrollo de las fuerzas de producción. Cada pueblo, por no decir cada fábrica, no puede tener su propia moneda, sus propias aduanas, su propia política de precios, su propio centro de telecomunicaciones o incluso su propio hospital. Puede haber un período de poder dual entre el dominio del capital y el dominio de la clase obrera, pero la historia confirma que este período sólo puede durar poco tiempo.

Si la clase obrera no tiene éxito al construir su propio poder centralizado, el estado burgués sobrevivirá o será reconstruido. Esa es la lección principal de todas las revoluciones del siglo 20. Ese es el balance positivo de la Revolución de Octubre. Es el balance negativo de la Revolución Alemana y la Revolución Española, las dos principales derrotas del proletariado.

Estrategia y violencia

La estrategia socialdemócrata no difiere de aquélla del marxismo revolucionario por un rechazo más radical a la violencia. Los revolucionarios pueden hasta devolver la bola a la cancha de la socialdemocracia en este asunto. En la medida en que la clase obrera y los demás estratos sociales oprimidos y explotados constituyan la mayoría, en efecto lamayoría abrumadora de la población adulta, el uso de la violencia es para ésta marginal, ciertamente contraproducente para la creación del poder de la clase obrera. Lo que es esencial, para el triunfo de la revolución proletaria bajo estas condiciones, es la conquista de una nueva legitimidad. La Revolución de Octubre en Petrogrado es este modelo de la conquista del poder. Ha sido señalado correctamente que costó menos muertes que las que ocurren en accidentes de tráfico en un fin de semana en cualquier país grande. (…)

Estamos convencidos de que con una orientación coherente, resuelta y audaz de la mayoría del movimiento obrero en momentos de acción masiva generalizada y vigorosa, el mismo proceso pudo haberse repetido en mayo del 1968 en Francia y durante el otoño caliente del 1969 en Italia. Una gran mayoría de los soldados se hubiera rehusado a disparar contra sus hermanos, hermanas, padres, madres y compañeros de trabajo. De Gaulle, a quien no le faltaba inteligencia táctica, compartió este juicio. Esa es la razón por la cual no mandó a las tropas a disparar contra los huelguistas, sino que las acuarteló, por miedo a que se fueran del lado del pueblo.

Por otro lado, sectores importantes, por lo menos de la burguesía, se agarran desesperadamente del poder, aun frente a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Como “Madame Veto” [el apodo de Marie-Antoinette en el 1791], están listos para masacrar toda París, toda Barcelona y Madrid, toda Berlín, toda Milán y Turín, toda Viena, toda Shangai, toda Yakarta, toda Santiago de Chile… para preservar su poder de clase. Si les dejamos los medios para hacerlo, harán que fluyan ríos de sangre [4].

La derecha socialdemócrata, que se opone a la toma revolucionaria del poder, no reduce realmente la incidencia de la violencia. Al contrario, la fomenta, al menos objetivamente, si no deliberadamente.

La contrarrevolución gradual comenzada por Noske, Ebert and Scheideman en diciembre del 1918-enero del 1919, con la ayuda de los freikorps, ancestros de las futuras SA y SS, no sólo pasó por sobre los cuerpos de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Leo Jogiches y Hugo Hease, sino que pasó por encima de los cuerpos de los miles de trabajadores asesinados entre el 1919 y el 1921, de los cientos de trabajadores asesinados entre el 1930 y el 1933, sino que llevó a las hecatombes que la dictadura nazi causó. (…)

Más aún, permitámonos recordar que la derecha socialdemócrata aceptó completamente la violencia de la Primera Guerra Mundial en los países beligerantes. Esta violencia generó de 10 a 20 millones de muertos, mientras que a la burguesía la guerra le parecía “normal”, “natural”, “inevitable”. La violencia de la lucha por el poder, de otra parte, es considerada “anormal”, “evitable”, verdaderamente ilegítima.

En este sentido, el 4 de agosto de 1914, la aceptación de la guerra imperialista por parte de la derecha socialdemócrata, también marca un momento crucial en la historia del siglo 20. La violencia masiva e inhumana de la guerra fue aceptada sin mayor resistencia o rebelión. Sólo pequeñas minorías salieron de ella honorablemente. La pasividad, la resignación y el cinismo se propagaron frente a las masacres e incluso la tortura [5]. A este respecto también, la responsabilidad histórica de la derecha socialdemócrata es abrumadora.

El reformismo socialdemócrata y el futuro del capitalismo

Si es necesario actuar rápidamente para llevar a cabo la toma revolucionaria del poder, también es necesario por una razón más profunda. El poder del capital, incluso los aparatos represivos que lo protegen, se caracteriza por un alto grado de cohesión interna. A este respecto, Trotski hizo un análisis extraordinario de la naturaleza particular de las fuerzas armadas, conforme a su rol, que refleja esta cohesión [6].

Es prácticamente imposible sacudir esta cohesión en tiempos normales. Es sólo en momentos excepcionales que vemos motines masivos o a soldados rehusarse a obedecer. Esa es una de las razones por las que las crisis revolucionarias reales son relativamente raras. Generalmente, no ocurren cada año o incluso cada década en cada país. Si no aprovechamos estas ocasiones relativamente poco frecuentes, la burguesía permanecerá en el poder por un buen rato todavía, con todo lo que eso implica.

Estos momentos privilegiados para la acción revolucionaria masiva son, a fin de cuentas, el resultado de la exacerbación de las intensas contradicciones de la sociedad burguesa. Conducen a situaciones que Lenin resumió en una fórmula clásica: los de arriba ya no pueden gobernar como antes, los abajo ya no están dispuestos a ser gobernados como antes.

El debate entre los reformistas y los marxistas revolucionarios está, por ende, basado en sus distintas opiniones concernientes al futuro del capitalismo. Bernstein afirmaba que las contradicciones inherentes a la sociedad burguesa estaban menguando a paso firme. Habría menos y menos guerras, menos y menos prácticas represivas de parte del estado, menos y menos conflictos sociales. Kautsky añadió, en su libro Terrorismo y comunismo, que la burguesía se había tornado más y más benévola, amable, amante de la paz, y utilizó como modelo al presidente estadounidense Wilson.

Rosa Luxemburgo contrapuso al diagnóstico de Bernstein uno diametralmente opuesto. Habría más y más guerras, más y más explosiones sociales, en comparación con el período del 1871 al 1900.
La historia del siglo 20 ha confirmado el diagnóstico de Rosa Luxemburgo y no el de Bernstein. De igual forma, las políticas reformistas, gradualistas, apenas han tenido credibilidad durante las fases de crisis agudas que han marcado nuestro siglo, particularmente entre el 1914 y el 1923, durante los años 30 y los 40, y antes de mayo del 1968 hasta la Revolución Portuguesa de 1974-75.

También han tenido menos credibilidad desde el comienzo de la “larga ola depresiva” en la que nos encontramos actualmente y de la ofensiva general del capital contra el trabajo asalariado y los pueblos del Tercer Mundo que lo acompañan.

Pero el agravamiento de las contradicciones internas del capitalismo no es lineal y constante. Es interrumpido por fases de relativa estabilidad temporal: las principales fueron desde el 1924 al 1929 y del 1949 al 1968. El período de recuperación económica prolongada luego de la recesión del 1980-82 produjo algunos síntomas análogos.
Durante estas fases, el reformismo socialdemócrata puede recobrar cierta credibilidad en una serie de países, al beneficiarse además de situaciones particulares, como en los países escandinavos. Esta credibilidad se expresa a través de una aceptación más fácil por parte de las amplias masas de las prácticas políticas reformistas cotidianas.

Ahora bien, la alternación de situaciones revolucionarias, de situaciones de estabilidad relativa y de dinámicas contrarrevolucionarias, significa que la lucha victoriosa por la toma del poder requiere, además de un partido de vanguardia que esté orientado hacia ese fin, una clase obrera que se haya fortalecido por la experiencia suficiente de autoactividad y autoorganización, al interior de la cual este partido puede volverse hegemónico. Esta experiencia sólo puede ser adquirida durante períodos no revolucionarios.

La práctica del movimiento obrero por la que abogan los marxistas revolucionarios combina, por supuesto, las huelgas por conquistas inmediatas, el fortalecimiento con este propósito de las uniones y otras organizaciones de masas, la participación en las elecciones, la utilización de las asambleas electas y la lucha por la legislación social.
Prioridad a la lucha de masas
Pero la prioridad es otorgada a la acción extraparlamentaria de las masas, a la huelga de masas, a la huelga política de masas, al desarrollo de formas de autoorganización y democracia directa de la base: comités de huelga electos; mítines democráticos de masas huelguistas; comités comunitarios y de “amas de casa”; iniciativas de control popular y de los trabajadores, etc. Fue Rosa Luxemburgo la que más sistemáticamente defendió esta estrategia antes del 1914 [7].

Los reformistas rechazan radicalmente estas prioridades. Los líderes de las uniones alemanas antes del 1914 proclamaban: “Generalstreik ist Generalunsinn” —la huelga general es un disparate generalizado (estupidez generalizada). También en este tema, la experiencia histórica ha demostrado que Rosa Luxemburgo tenía razón y los reformistas estaban equivocados. Ha habido muchísimas huelgas de masas, verdaderas huelgas generales, desde el 1905 en adelante, en muchos países.
Pero la historia no ha demostrado que Rosa Luxemburgo y los marxistas revolucionarios tenían toda la razón acerca de la práctica real de las amplias masas obreras. Hay una serie de países, y no los menos importantes, donde las huelgas de masas nunca han resultado en una huelga general en escala nacional. Sólo tenemos que pensar en Estados Unidos y Alemania luego del 1923.

Los países que han experimentado huelgas generales en escala nacional posteriormente han pasado, la mayoría de las veces, por largos períodos en que las acciones extraparlamentarias de las masas han sido mucho más limitadas: por ejemplo, en Francia, desde el 1968. Sólo ha habido unos pocos países en que las huelgas de masas, verdaderas huelgas generales, han ocurrido más sistemáticamente: sobre todo en Argentina, Bélgica, Australia, hasta cierto punto Italia y España, y más recientemente Brasil.
Durante intervalos más o menos prolongados, la práctica reformista ha dominado la actividad y determinado la consciencia de las masas, como lo hizo en Gran Bretaña durante los años 1950 y 1960. Durante estos períodos, la estrategia y el proyecto revolucionarios perdieron indudablemente su credibilidad.

También debemos reconocer que, aun cuando la clase obrera y el movimiento sindical sistemáticamente toman parte de una huelga de masas o incluso una huelga general, eso no resulta automáticamente en un aumento de la consciencia política de los trabajadores. El caso de Australia es un buen ejemplo de eso. El caso de Argentina confirma que esta práctica incluso puede coincidir con la ausencia total de independencia política elemental de las amplias masas. (…)

La conclusión general que surge de la experiencia histórica es que el desarrollo y la credibilidad del proyecto socialdemócrata están muy ligados a la estabilidad relativa de la sociedad burguesa. Esta estabilidad es, a largo plazo, imposible de concebir durante nuestro siglo de la caída histórica del capitalismo. Es utópico basarse en ello. Pero ése no es el caso durante períodos específicos de duración más corta.

Una condición necesaria, aunque no suficiente, de estas fases de estabilidad relativa es el crecimiento económico que hace posible un incremento paralelo en los salarios reales y en el valor excedente [8]. Pero incluso en los períodos de crecimiento económico, la clase obrera puede desencadenar acciones impetuosas de masas que sacuden la estabilidad de la sociedad burguesa. Ese fue particularmente el caso de junio del 1936 en Francia, de la explosión revolucionaria de julio-agosto del 1936 en España, de la huelga general belga de diciembre del 1960-enero del 1961, de mayo de 1968 en Francia, de la Revolución Portuguesa, del comienzo del levantamiento de las luchas de masas en Brasil y en Sudáfrica. Los motivos pueden ser extremadamente variados: la defensa o la conquista de las libertades democráticas; la respuesta a las amenazas fascistas; el temor a un futuro empeoramiento de la situación con respecto a los empleos y los salarios; la solidaridad internacional de clases [9].
Pero la fórmula general permanece: la credibilidad y la influencia del proyecto socialdemócrata reformista son directamente proporcionales al grado de la estabilidad relativa de la sociedad burguesa. Las primeras no pueden incrementar cuando la otra se deteriora.

El reformismo socialdemócrata y el estado burgués

El gradualismo socialdemócrata y la negativa a luchar por el establecimiento de un estado proletario de ninguna manera implican que los reformistas no le dan una verdadera importancia a la cuestión del poder. Al contrario, les obsesiona.

Es cierto que, antes del 1914, sólo había un país donde la socialdemocracia había gobernado: Australia. Pero la socialdemocracia había comenzado a conquistar la administración de las municipalidades. Y, desde el 1914 en adelante, los gobiernos en que la socialdemocracia participaba fuertemente, e incluso los gobiernos socialdemócratas por completo, aparecieron en una serie de países.

Dado que los reformistas rechazaban que la clase obrera tomara el poder, prácticamente solo les quedaba otra opción: estaban condenados a administrar el estado burgués. En este campo, la regla de que no hay una tercera opción es universalmente válida. Ningún estado en parte burgués y en parte obrero es concebible. [10] Jamás habrá uno.

Este salto mortal fue ilustrado de la mejor manera por Emile Vandervelde, jefe de la socialdemocracia belga y presidente de la Segunda Internacional. Ante del 1914, había escrito un libro interesante titulado: El socialismo contra el estado. En el 1914, se convirtió en ministro. Proclamaba que era necesario defender, cueste lo que cueste, cada ápice de poder que se obtenía. La mayoría de los partidos socialdemócratas seguía este mismo razonamiento.

Kautsky codificó esto a mediados de los años 1920, al comentar sobre el nuevo programa socialdemócrata adoptado luego de la reunificación del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) y el USPD (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania): “Entre el gobierno de la burguesía y el gobierno del proletariado, se extiende un período de transición, generalmente caracterizado por la coalición del uno con el otro” [Kart Kautsky, “Die proletarische Revolution und ihr programme”, J.H.W. Dietz Nachfolger – Buchandlung Vorwärts, Stuttgart – Berlín 1922, p. 106].

La fórmula tiene que ser interpretada desde el punto de vista de su sustancia y no de una manera formal. Un gobierno de coalición con la burguesía es un gobierno de colaboración de clases institucionalizada. Es un gobierno que acepta un consenso permanente con el capital: no tocar las estructuras esenciales de su poder.

Esta colaboración de clases y este consenso son independientes de la presencia de los ministros burgueses en el gobierno. De hecho, el gobierno que indudablemente tuvo el rol más infame en la historia de la socialdemocracia, el Consejo Alemán de los Comisarios del Pueblo (Rat der Volksbeauetragte) del 1918-1919, luego de la partida de los comisarios del USPD, era un gobierno completamente socialdemócrata sin un solo ministro burgués. Suprimió la revolución proletaria, aisló la Rusia soviética, concluyó un pacto con el Reichswehr, cubrió con su autoridad el asesinato de miles de trabajadores. Institucionalizó la colaboración de clases a largo plazo entre los patronos y la burocracia sindical, todo ello para conquistar y mantener “ápices de poder” en el sistema del estado burgués.

En un momento de lucidez, el líder de la izquierda socialdemócrata inglesa, Aneurin Bevan, declaró, no obstante: “La meta no puede ser ejercer el poder (a cualquier precio, E.M.) La meta debe ser ejercer el poder para llevar a cabo nuestro programa”. Aun más precisamente, el líder socialista estadounidense Eugene V. Debs proclamó: “Es mejor votar por lo que quieres, a sabiendas de que tienes pocas posibilidades de lograrlo (rápidamente, E.M.), que votar por lo que no quieres, a sabiendas de que de seguro lo obtendrás”. La mayoría de los líderes socialdemócratas no ha respetado precisamente estos sabios consejos.

León Blum tenía el innegable don de formular medias verdades elegantemente, en otras palabras, sofismas. Inventó la famosa distinción entre el ejercicio del poder y la conquista del poder (más aún, no vaciló al identificar la última con la dictadura del proletariado). Pero exorcizó el hecho de que el ejercicio del poder tendría lugar necesariamente en la estructura del estado burgués. Para nada señaló que este mismo ejercicio del poder implicaría consecuentemente un consenso permanente con la burguesía, con todo lo que de eso mana.

El líder de la derecha socialdemócrata italiana, Filippo Turati, alguna vez dijo suspirando, desilusionado: “¡Qué bello sería el socialismo sin los socialistas!” La fórmula vale lo que vale; aceptémosla como tal. Apenas había terminado de hacer el pronunciamiento cuando le hizo una oferta al rey Victor Emmanuel III para participar en un gobierno o incluso liderarlo “para obstruirle el camino al fascismo”.

Pero uno no podría participar en tal gobierno sin compartir el comando del ejército burgués, sin participar en la defensa del orden público con métodos represivos (indudablemente menos violentos que los métodos de los fascistas, pero represivos a pesar de todo), sin participar en la administración de las colonias italianas, donde reinaba el terror.

La socialdemocracia, con pocas excepciones, ha manifestado su voluntad de "ejercer el poder" en la estructura de los estados burgueses imperialistas. Todos estos estados tuvieron relaciones de explotación con los países del Tercer Mundo. Además, algunos de ellos estaban a la cabeza de imperios coloniales que sometían a los pueblos del Tercer Mundo a regímenes crueles de superexplotación económica y opresión política.

Era imposible mantener el consenso con la burguesía imperialista, gobernar o cogobernar en base a eso, sin compartir simultáneamente la responsabilidad de administrar estos imperios coloniales, con todo lo que de ello manaba.
Ramsay Macdonald, líder del Partido Laborista Independiente de Inglaterra, posteriormente del Partido Laborista, les puso los puntos a las íes y los palitos a las tes antes del 1914. En un libro que causó sensación y cuya edición alemana tenía una introducción favorable de Bernstein [11], defendió las tesis repugnantes desde un punto de vista socialista. De acuerdo con él, era ciertamente necesario “democratizar” el imperio británico, pero también era necesario mantenerlo. Y la “democratización” no incluía concederles los derechos democráticos de autogobierno a las “razas inferiores”. Estas razas eran supuestamente incapaces de gobernarse a sí mismas. MacDonald defendió incluso el régimen preapartheid de Sudáfrica. Llegó incluso a justificar la segregación racial en el sur de Estados Unidos y la falta de derechos políticos para los negros.

La práctica política era conforme a la ideología. Durante las dos veces en que MacDonald fue primer ministro de Inglaterra en los años 1920, mantuvo y defendió el imperio, mientras implementaba algunas reformas menores. Cuando los pueblos colonizados comenzaron a rebelarse para conquistar la independencia nacional, los gobiernos laboristas continuaron la sangrienta represión comenzada bajo los gobiernos burgueses, algunas veces desencadenándola ellos mismos.
Después del 1945, el gobierno de Attlee se retiró prudentemente de India y Palestina, mientras causaba los estragos de la partición. Pero, al mismo tiempo, buscó aplastar por medios militares la revolución en Indochina y las rebeliones anticolonialistas en Malasia y Kenia.

El gobierno del Frente Popular de Francia mantuvo de forma similar el imperio francés y la represión que ello implicaba. Desde el 1944 en adelante, los gobiernos franceses en los que participaba o que encabezaba la socialdemocracia desencadenaron guerras coloniales en gran escala en Indochina, África del Norte y Madagascar. Los líderes socialdemócratas de los Países Bajos actuaron del mismo modo en Indonesia.

León Blum trató de resumir la estrategia y las políticas socialdemócratas, al contraponerlas a aquéllas de los partidos comunistas, tanto antes del advenimiento del estalinismo como luego de su ascenso, en el título de un libro publicado en el 1945: En una dimensión humana [León Blum, “A l’echelle humaine”, Gallimard, París, 1945]. ¿En una dimensión humana las cientos de miles de muertes causadas por las guerras coloniales y la constante pobreza extrema del Tercer Mundo?

Sin duda, todos estos horrores no tuvieron lugar sin confrontar ninguna oposición al interior de la socialdemocracia internacional. Hubo reservas, protestas y rebeliones. El PS (Partido Socialista) francés estuvo dividido ante la reacción a la represión sangrienta y las torturas en Argelia, coorganizadas por el “socialista” Lacaste y respaldadas por el líder “socialista” Guy Mollet. La izquierda laborista de Inglaterra se opuso a las guerras coloniales de Attlee. La izquierda del PS italiano se opuso enérgicamente a las guerras coloniales. La socialdemocracia sueca les dio un apoyo discreto a las rebeliones de los oprimidos. Pero éstas eran por mucho reacciones de las minorías. La responsabilidad histórica de la socialdemocracia en conjunto está también en este asunto, uno terrible (…)

Del “socialismo municipal” al “socialismo” de las nacionalizaciones

El socialista estadounidense Daniel De Leon, muy admirado por Lenin, llamó a los burócratas reformistas los “tenientes laborales del capital”. La fórmula es correcta si respetamos cada uno de sus términos.

Los burócratas reformistas no son parte de la clase burguesa. Vienen de la clase trabajadora y de las organizaciones del movimiento obrero. Defienden sus propios intereses cuando institucionalizan la colaboración de clases. Estos intereses coinciden históricamente con la defensa del orden burgués. No necesariamente coinciden en todo momento con la defensa de los intereses inmediatos de la mayoría o incluso del conjunto de la gran burguesía.

Los burócratas reformistas quieren incrementar su “pedazo del pastel”. Este incremento implica algunos sacrificios por parte de la burguesía. La clase burguesa ciertamente aprecia el hecho de que los líderes reformistas contribuyen a la estabilidad relativa del orden burgués. ¿Pero hasta qué punto se justifica ante sus ojos el precio que se tiene que pagar? La burguesía está a menudo vacilante y dividida en este asunto. Por ello es que, en el período de interguerra, la participación socialdemócrata en el gobierno era sólo intermitente, excepto en Suecia y Dinamarca.

Viena roja

Por otro lado, las municipalidades administradas por la socialdemocracia se extendieron más y más. “Viena roja” era el modelo para éstas. No se puede negar que trajeron un adelanto en la condición de la clase trabajadora.

Una nueva etapa en la administración del estado burgués por la socialdemocracia comenzó al final de la Segunda Guerra Mundial. Se vio la nacionalización de partes importantes de la industria en Inglaterra, Francia, Italia y Austria, y del sector financiero en los mismos países (excepto en Inglaterra). En Bélgica, un banco de origen público, el Caisse d’Epargne, se convirtió en el tenedor principal de depósitos bancarios del país. La socialdemocracia fue conjuntamente responsable de esta evolución, e incluso fue su principal iniciadora en Inglaterra y Austria.

También hubo períodos de participación ministerial mucho más largos, e incluso de gobiernos socialdemócratas enteros, que antes del 1940. Al mismo tiempo que la ampliación de las nacionalizaciones, hubo una generalización de las leyes de seguridad social en casi todos los países donde la socialdemocracia participaba en el gobierno. Esta legislación contribuyó a la vez a mejorar la condición de la clase trabajadora, en mayor parte que el “socialismo municipal”.
¿Por qué estaba la burguesía lista para pagar el precio en ese momento? Algunas de las transformaciones correspondían a sus propios intereses materiales. Este fue particularmente el caso de la nacionalización de los sectores de la materia prima y la energía, que eran a fin de cuentas una forma de subsidio para las industrias de la exportación y la manufactura. Otras nacionalizaciones correspondían al principio de la “nacionalización de las pérdidas”.

Reformas radicales

Pero era fundamentalmente una cuestión de reformas que tendía a absorber los riesgos de las explosiones sociales que existían en esos países al final de la Segunda Guerra Mundial. La guerra había exacerbado las contradicciones sociales y radicalizado las masas populares. La burguesía y sus estructuras de poder emergieron desacreditadas por el conjunto de su conducta durante la guerra.

Las reformas radicales eran el precio mínimo a pagar para evitar la revolución. La socialdemocracia salvó el capitalismo, como lo había hecho al final de la Primera Guerra Mundial. Esta vez los partidos estalinistas eran conjuntamente responsables, y en Francia, Italia y Grecia cargaron con la responsabilidad principal. Pero ahora la burguesía se vio obligada a pagar un precio mucho más alto por los servicios brindados que en el 1918-1919. El período de expansión económica tras el 1949 facilitó esa operación.

La influencia de la Guerra Fría debe ser añadida a todas las razones que explican el avance de las reformas desde el 1944 en adelante. La burguesía estaba obligada a crear una situación sociopolítica en la Europa capitalista que redujera cualquier atracción ejercida por el “modelo” soviético estalinista y su exportación hacia Europa del Este.

Con la excepción de algunos países en Europa del Sur, tenía los medios materiales y políticos con que hacerlo, con la ayuda de los líderes reformistas. Estos líderes tenían una excusa aparentemente válida para enganchar su vagón a la locomotora de la burguesía imperialista en la Guerra Fría. La burocracia soviética había suprimido las libertades democráticas en Europa del Este. ¿Acaso no amenazaba hacer lo mismo en Europa Occidental?
Ahora bien, la socialdemocracia obtuvo sus ápices de poder y sus privilegios en base a la democracia parlamentaria burguesa. Por ende, está realmente apegada a esta democracia y a las libertades democráticas que conlleva, aunque esté lista para estirarlas un poco, si el mantener el consenso con la burguesía y el orden burgués lo requiere. Por su parte, las masas obreras están profundamente apegadas a los derechos democráticos, y este apego se hizo aún más fuerte luego de la Segunda Guerra Mundial, tras la terrible experiencia del fascismo.

Pero había un camino abierto para que los líderes socialdemócratas se rehusaran a tomar responsabilidad en conjunto por la Guerra Fría en Europa, a la vez que evitaban el modelo estalinista: optar por un estado obrero basado en la democracia socialista pluralista más amplia, a la vez que se mantenían y se extendían los derechos políticos democráticos. Ellos rechazaron deliberadamente esta opción. Por consiguiente, ellos cargan la responsabilidad, excepto en los países neutrales, de haber apoyado la Guerra Fría imperialista.

Manejar el sistema

Esta responsabilidad no fue una falta leve. Implicó particularmente el establecimiento de cuerpos represivos antiobreros y antihuelgas, tales como las CRS (Compañías Republicanas de Seguridad) de Francia. Implicó intentos de romper huelgas cuando los reformistas estaban en el poder. Implicó la responsabilidad de dividir uniones, sobre todo en Francia e Italia, bajo la dirección del siniestro Irving Brown, financiado por la CIA, divisiones por las cuales los partidos comunistas estalinistas y el Kremlin también cargan con su parte de la responsabilidad.

Implicó la participación en la Guerra de Corea, la cual costó miles de muertos y llevó a la humanidad hasta el borde de la guerra nuclear. Implicó la responsabilidad de la derecha laborista en la fabricación de armamentos nucleares en Inglaterra.

Pero, una vez dicho todo eso, es cierto sin embargo que el período entre 1945 y 1970 llevó, en la mayoría de los países de la Europa capitalista, al alza más grande del nivel de vida de la clase trabajadora en la historia. La convicción de que era útil y posible luchar por reformas, incluso las reformas radicales, se propagó entre grandes sectores de la clase trabajadora y a través de prácticamente todo el movimiento obrero organizado.

Los partidos comunistas se adaptaron grandemente a esta situación. Pero, a pesar del impacto del discurso de Jrushchov en el Vigésimo Congreso del CPSU (Partido Comunista de la Unión Soviética) y el aplastamiento de la Revolución Húngara por medios militares, esta evolución neosocialdemócrata no impidió que estos partidos mantuvieran en general su propia identidad y que permanecieran hegemónicos en el movimiento obrero de Italia, Francia, España, Portugal y Grecia.

Por ende, estas dos décadas y media representan el apogeo de la conquista de reformas y de la lucha por reformas incluso más radicales. Sólo tenemos que pensar en el programa de las reformas estructurales anticapitalistas de la izquierda renardista [12] y de la Izquierda Socialista de Bélgica. Pero eso no llevó a una aceptación por parte de las masas del capitalismo del Estado Benefactor como único modelo posible y deseable. Llevó aun menos a la desaparición permanente de las acciones explosivas de masas en gran escala o incluso a una creciente pasividad de la clase trabajadora.

Aquellos que razonaron de esta manera, a pesar de los disparos de advertencia de la Huelga General belga de diciembre del 1960-enero del 1961, cometieron un gran error, en el nivel de análisis y de pronóstico además. Fueron sorprendidos espectacularmente por mayo del 1968 en Francia y por el otoño caliente de 1969 en Italia.

La realidad es que la clase trabajadora no pensaba que el mejoramiento de sus condiciones de vida y de trabajo era el resultado de la buena voluntad o la sabiduría de los jefes, sino que lo consideraban como el resultado del aumento de su propio peso, particularmente en los centros de trabajo: sólo hay que pensar en el aumento del poder de la organización sindical al nivel de base, que incluía formas elementales de control obrero. A menudo lo veía como el resultado de sus propias luchas. Instintivamente entendía que el auge o “boom” posguerra, al crear una situación prácticamente de pleno empleo, había creado una relación de fuerzas entre el capital y el movimiento de los trabajadores que era más favorable que durante las dos décadas previas.

Luego de 1968

Y, sobre todo: el propio crecimiento económico, el desarrollo real de las fuerzas de producción, cualesquiera que hayan sido sus efectos negativos, particularmente desde el punto de vista ecológico, produjo nuevas necesidades para el grueso de la clase trabajadora, necesidades que el sistema fue incapaz de satisfacer. Eran necesidadesmateriales, ciertamente, pero también nuevas necesidades de una calidad de trabajo y de vida superiores a aquéllas del capitalismo del Estado Benefactor.

Las exigencias feministas y ecológicas, las exigencias de autogestión y democracia directa, de solidaridad con las luchas de los pueblos del Tercer Mundo, surgieron enormemente entre el 1968 y el 1975. Estas eran verdaderas exigencias de un modelo de la sociedad que superaría el capitalismo del Estado Benefactor. El movimiento obrero organizado, en sus dos ramas principales, la socialdemócrata y la de los partidos comunistas postestalinistas, demostró ser incapaz de darle expresión a esta aspiración histórica durante los siete años en cuestión. Eso es lo que hizo posible el crecimiento, aunque aún era modesto, de las fuerzas políticas en su izquierda.

La llegada y la dinámica del “socialismo administrativo”

El “socialismo municipal” y el “socialismo de nacionalizaciones” modificaron profundamente la composición social de las burocracias reformistas. Al principio, eran reclutadas esencialmente desde las organizaciones de masas del movimiento obrero, con el que se identificaban ampliamente, aunque era de acuerdo con la lógica: somos la organización.

Pero la conquista de las municipalidades rojas llevó al reclutamiento de administradores profesionales de compañías públicas o mixtas: la electricidad, la gasolina, el agua; compañías de transporte público; compañías de la construcción y el manejo de la vivienda, etc. En algunos países, también había administradores de hospitales y de instituciones educativas del municipio, así como de cuerpos de asistencia pública o incluso administradores de fondos del desempleo, sobre los cuales la burocracia sindical buscó establecer su control.

A esta vasta burocracia paraestatal, se le añadió posteriormente una parte de la burocracia de las empresas nacionalizadas. La totalidad de esta burocracia se convirtió en una parte creciente de la máquina socialdemócrata. Se convirtió gradualmente en mayoría, en relación con los burócratas que provenían de las organizaciones del movimiento obrero. Esta transformación llevó a unas consecuencias importantes referentes a los objetivos prioritarios seguidos por la socialdemocracia.

Los burócratas del sector público

Los burócratas del sector público tenían la mentalidad de funcionarios. Tendían a identificarse con la función y no con la organización (que como quiera les permitía ejercerla). Lo que buscaban por sobre todo era seguridad de empleo y ascenso. Sus privilegios materiales dependían de ello. La justificación que se invocaba para esta nueva motivación de los “apparatchik” (funcionarios profesionales del Partido Comunista o del gobierno; un miembro del aparato gubernamental o partidista que ostentaba cualquier puesto de responsabilidad burocrática o política) era la competencia profesional. Había que demostrar que la socialdemocracia era capaz de manejar las cosas mejor que los partidos burgueses. Era un argumento que tenía suma importancia para los líderes socialdemócratas que presidían municipalidades o ministerios que eran responsables por las empresas nacionalizadas. Se validó a sí misma progresivamente. Dio luz al “socialismo administrativo”.

Esta evolución de las prioridades llevó progresivamente a transformaciones en varios campos. El mantener puestos de poder político, que hacía posible prolongar el ejercicio administrativo de las funciones, se convirtió cada vez más en un fin en sí mismo. Se desembarazó de la meta de fortalecer la organización de la cual, sin embargo, manaba.

La “buena administración” era juzgada cada vez más de acuerdo con criterios “técnicos”, independientemente de sus efectos sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora. Pero, dado que el mantenimiento de las “municipalidades rojas” y de los puestos ministeriales depende de los resultados de las elecciones, ganarlas prácticamente a cualquier precio se convirtió, en cambio, en un fin en sí mismo. Para caracterizar este nuevo tipo de comportamiento, podríamos parafrasear la fórmula de Bernstein: las elecciones lo son todo, el movimiento ya no es nada. Estas transformaciones se impusieron sólo gradualmente. La clientela electoral de la socialdemocracia era esencialmente la clase trabajadora. Era difícil obtener votos de ésta sin prometerle u ofrecerle nada a cambio.

Es cierto que el electoralismo, y sobre todo la participación prolongada en el gobierno, también crea un fenómeno de clientelismo, de electores que son ayudados, que dependen de subsidios y estipendios del gobierno y que, por ende, están predispuestos a votar por quienes los distribuyen. Sin embargo, los objetivos de las reformas no desaparecieron rápidamente de las preocupaciones socialdemócratas.

Aunque al interior del aparato socialdemócrata los funcionarios del sector público se convirtieron en mayoría, al interior de los partidos socialistas los miembros tradicionales aún dominaron por mucho tiempo. La defensa de la organización como tal continuó predominando en los lideratos de los partidos. Los objetivos administrativos no debían entrar en conflicto con ese objetivo.

González, Kinnock, John Smith

Pero, no obstante, este conflicto tomó forma gradualmente. Éste fue particularmente el caso luego de la presencia prolongada de los socialdemócratas en el poder, que vino después del fin del desafío revolucionario del 1968-75. Desde entonces, el garantizar la permanencia en el poder, aun al precio de un debilitamiento del partido, se convirtió en una opción aceptable, por lo menos en una serie de países. Este cambio fue expresado mediante una nueva concepción del partido, hecha más explícita por Felipe González en España, pero también por Neil Kinnock y John Smith en Inglaterra.

El partido socialista estaba supuesto a representar a sus electores y no a sus miembros. Si sus preocupaciones y decisiones entraban en conflicto con lo que los líderes consideraban —a menudo equivocadamente— las preocupaciones prioritarias del electorado, éstas debían ser impuestas, de ser necesario, contra aquéllas de los miembros o incluso contra las que obviamente estaban en sus intereses.

Los miembros no se lo tragaron, especialmente cuando sus intereses inmediatos estaban en riesgo. Abandonaron masivamente los partidos concernidos. Estos partidos se convirtieron en sombras de lo que fueron antes.

Despolitización

La obsesión de ganar las elecciones a cualquier precio no llevó de entrada a sustituir políticas que eran más de derecha por políticas reformistas más tradicionales. Más bien resultó en una transformación de la vida política, que era, además, deseada y seguida por la burguesía. La lucha política fue “desideologizada”, en otras palabras, despolitizada. La confrontación de los programas, las ideas, los proyectos de sociedad, fue reemplazada por la confrontación entre los líderes. Las agencias de publicidad “lanzaron” candidatos como se lanza una marca de detergentes, y dominaron cada vez más las campañas electorales. Esto ha sido descrito como el surgimiento de una “democracia de las encuestas de opiniones”. Estas encuestas supuestamente determinan las preferencias del electorado, por lo que las personalidades más o menos carismáticas, las más aptas para representar estas preferencias, emergerían automáticamente, por así decirlo.
La realidad era un tanto distinta. El electorado seguía dividido de acuerdo con sus intereses encontrados, es decir, en términos de clase. Así fuera sólo por su carácter arbitrario y ultrasimplificado, las encuestas apenas expresaban las preocupaciones reales de las distintas clases. El alto número de abstenciones indicaba que el electorado no se identificaba realmente con esta nueva forma de ver la política. Y, sobre todo: los candidatos escogidos no eran los más carismáticos ni los más fotogénicos, sin mencionar que no eran los más competentes. Su selección fue el resultado de discusiones entre distintos clanes y de conflictos de intereses complejos y no muy transparentes entre los partidos.

Estamos lidiando, por supuesto, con una tendencia y no con un hecho generalizado. No todos los partidos socialdemócratas tomaron este camino. Contratendencias poderosas se manifestaron en muchos países. Pero se tiene que reconocer, sin embargo, que una tendencia en esta dirección afectaba la socialdemocracia en su conjunto, aunque a diferentes grados.

La socialdemocracia maneja la larga depresión bajo un clima de dinero fácil

La socialdemocracia era, en cierto sentido, la heredera de la ola revolucionaria del 1968-75. Cuando esta ola no acabó con una victoria, un sector considerable de las masas reemplazó sus esperanzas de cambios radicales con esperanzas de reformas. La socialdemocracia apareció para prometerlas. En España, fue capaz además de ofrecer la perspectiva de una liquidación pacífica de la dictadura. La mayoría de los antiguos “izquierdistas” dieron su aprobación y adoptaron esta opción. Se unieron a la corriente socialdemócrata.

Los partidos socialistas fueron entonces capaces de desplegar todas sus ambiciones para lucir como los mejores administradores de la economía (que por supuesto era capitalista) y el estado (que por supuesto era burgués), en la medida en que permanecieran en el gobierno por largos períodos.
Pero, desafortunadamente, para ellos el período luego del 1975 continuó siendo una “larga ola depresiva” de la economía capitalista internacional [13]. Aprisionados por su deseo de administrar la economía de una manera puramente “técnica”, los líderes socialistas abordaron la depresión sin ningún proyecto económico comprensivo que fuera fundamentalmente distinto al proyecto del gran capital.

En efecto, por mucho tiempo negaron obstinadamente la realidad de la depresión o minimizaron su alcance. Esto los llevó a endosar las políticas de austeridad por las que abogaba la burguesía. En los países donde ellos estaban en el poder, tomaron la iniciativa de implementar esas políticas. Las consecuencias para las masas obreras fueron serias. En España, fueron desastrosas. Bajo el gobierno de Felipe González, el país tenía la tasa de desempleo más alta de toda Europa.

La participación prolongada en el gobierno luego del 1975 tuvo lugar para los partidos socialistas en un clima económico marcado por, además de la larga depresión, la persistencia de la hiperliquidez. La economía capitalista siguió estando caracterizada por una creciente tasa de endeudamiento. La masa total de capital flotante alcanzó proporciones colosales. [14]

Cambios socioeconómicos considerables manaron de esto. Una mentalidad de hacerse rico rápido se propagó entre partes importantes de la gran y mediana burguesía. El surgimiento de una capa de “yuppies” lo expresaba en parte. El crédito disponible con tan sólo pedirlo, los proyectos patraña financiados con dinero de otros, las prácticas corruptas y el soborno generalizado fueron el resultado de este clima. En los partidos socialistas, la idea prevaleció: ya que todo el mundo lo hace, ¿por qué no lo hacemos también?
Políticos capitalistas entran a la socialdemocracia
Una segunda modificación de su composición social favorecía esta degradación moral dentro de la socialdemocracia. Atraída por la larga participación de los partidos socialistas en el gobierno, una serie de capitalistas, particularmente los medianos, empezaron a adentrarse en los PS. Su manera de operar era sustancialmente distinta a aquélla de los tecnócratas. Algunas veces se aventuraban a operaciones especulativas en gran escala, con la esperanza de que fueran cubiertas por el gobierno. Los personajes de Théret, amigo de Mitterand, en Francia o de Maxwell, amigo de Harold Wilson, en Inglaterra son, en este sentido, típicos.
Al principio, la corrupción individual de los líderes socialistas no provenía de estas prácticas. Actuaban esencialmente con la intención de financiar las campañas electorales y el aparato partidista. La caída dramática de la militancia aumentó la presión en esa dirección. Pero, en una sociedad en que más que nunca el dinero es rey, la tentación de ayudarte a ti mismo es muy grande. Algunos líderes la evadieron, muchos sucumbieron a ella. El caso más típico es el del líder del PS italiano y ex primer ministro Bettino Craxi [15].

Los nuevos cuadros socialdemócratas de tipo funcionario dieron luz a líderes tecnócratas fríos y autoritarios, de los cuales Jacques Delors y Craxi son los representantes típicos. Los nuevos cuadros de origen “yuppie” se caracterizan por un estilo de vida que busca el placer y por derrochar dinero público. Jacques Attali y su administración del banco responsable de proveerles crédito a los países de Europa del Este son el símbolo perfecto de ello.

Ambos tipos son indiferentes a los efectos que su comportamiento tiene sobre las masas y el electorado. La experiencia demuestra que cometieron un gran error con respecto a eso. Muestra un desprecio por las masas que no dista mucho del desprecio que caracterizaba a la burocracia estalinista [16]. Las masas lo sintieron instintivamente, de la misma manera en que sienten un profundo resentimiento hacia la creciente corrupción que se ha desarrollado dentro de los partidos socialistas.

El resultado es dramático: un creciente desprecio por los líderes de estos partidos en muchos países; un creciente desprecio por los “políticos” en general. A corto plazo, estos fenómenos refuerzan las tendencias hacia la despolitización. Amenazan con crear un clima favorable para la extrema derecha.
Las reacciones de las masas ante la corrupción que se ha desarrollado en muchos partidos socialistas son totalmente justificadas. Pero siempre se debe recordar que los partidos burgueses, sin mencionar las dictaduras fascistas y militares, son hasta más corruptos. Se debe tomar particularmente en cuenta que el gran capital es una fuente de corrupción y que los corruptores son más culpables que los corrompidos.

Pero las reacciones de las masas son determinadas, sobre todo, por los efectos de las políticas socialdemócratas sobre sus condiciones de existencia. Su preocupación principal es el desempleo, así como el miedo al desempleo. La prioridad central, dadas estas condiciones, es librar una lucha efectiva por la reducción de la jornada laboral sin una reducción del salario semanal: la semana de 35 horas o incluso de 32 horas. El rechazo de parte de los socialdemócratas a tomar este camino es indudablemente la causa fundamental de su bancarrota política, la causa fundamental de su caída en Europa [17].

El colapso de la contracultura obrera

Los efectos de la despolitización que fomenta la socialdemocracia han sido reforzados grandemente por el colapso de la contracultura obrera durante las últimas décadas. La desaparición abrupta, casi un siglo después de que se fundó, del diario del PS austriaco, Arbeiterzeitung, que fue por mucho tiempo uno de los mejores diarios socialistas de Europa, es una expresión simbólica de ello.

Uno de los logros principales del movimiento de masas obrero, primero la socialdemocracia tradicional y luego los partidos comunistas de masas, fue organizar una red de instituciones que inmunizaba a una parte importante de la clase trabajadora contra la influencia de la ideología burguesa, que es inevitablemente predominante en la sociedad burguesa.

La prensa y los libros y los panfletos socialistas (luego socialistas y comunistas) tenían el rol principal en este sentido. Pero al rol de la prensa se le debe añadir el de las instituciones culturales, tales como los grupos de teatro, los coros, las bandas juveniles y adultas, los grupos de deportes, etc. Desarrollaron entre las masas trabajadoras necesidades que la sociedad burguesa había reprimido. En su libro Introducción a la economía política (“Einführung in die Nationalökonomie”), Rosa Luxemburgo había insistido correctamente en este rol civilizador real del movimiento obrero organizado.

Las represas que, por ende, fueron construidas contra el océano de la ideología burguesa eran indudablemente frágiles. Las ideas que fueron propagadas por la prensa y las publicaciones socialistas a menudo consistían en vulgarizaciones elementales. La comprensión del marxismo era limitada.

La ideología socialdemócrata contenía bastantes prejuicios e influencia pequeña burguesa (sólo hay que pensar en los prejuicios con relación a las mujeres y en las ideas sobre los asuntos sexuales…). Más adelante, la prensa, las publicaciones y las instituciones estalinistas y postestalinistas hicieron lo mismo. Sin embargo, el efecto general fue limitar considerablemente la influencia ideológica directa de la burguesía entre la clase trabajadora. El desarrollo de la consciencia de clase, de la independencia política de clase, de la solidaridad obrera, fue estimulada fuertemente.
De la misma forma, la desintegración progresiva de estas redes de la contracultura obrera contribuyó grandemente a que se debilitara la politización de la clase trabajadora y a que se redujera la superficie de las reacciones de clase colectivas. Esta regresión tiene una base objetiva: la reprivatización de la búsqueda de ocio de las masas tuvo un rol preponderante. Como resultado, las redes de existencia colectiva se aflojaron. Una menor existencia colectiva llevó a menos consciencia colectiva. Menos consciencia colectiva llevó a menos resistencia a la ideología burguesa.

La regresión ideológica

No se debe generalizar esta regresión de una forma abusiva. Quedan centros de vida colectiva importantes, particularmente en los centros de trabajo y las uniones. La presión de los intereses inmediatos de las personas es, a fin de cuentas, más fuerte que las mistificaciones ideológicas. La envergadura de las reacciones de masas es testigo de ello.

Además, es posible reconstituir las redes de la contracultura. Grupos cristianos locales han sido extraordinariamente exitosos en lograrlo en una serie de países: en Europa, esto se centra especialmente en la solidaridad con el Tercer Mundo, en los propios países del Tercer Mundo, particularmente alrededor de las necesidades inmediatas de los pobres.

Los asuntos de ecología, feminismo, antirracismo y antifascismo y la lucha contra la marginación social proveen un terreno favorable para dicha reconstitución en una serie de países de Europa.
Pero continúa siendo cierto que los partidos socialdemócratas ya no son los centros organizativos de este renacimiento posible y necesario de la clase trabajadora y la contracultura popular. Está teniendo lugar esencialmente fuera de éstos.

Crisis de identidad

Prisionera de su giro tecnocrático, corroída por sus renunciaciones y revisiones doctrinales sucesivas, estupefacta por sus derrotas electorales, seriamente golpeada por la pérdida de una audiencia popular, presa de las profundas divisiones internas, la socialdemocracia está experimentando una crisis profunda de identidad. Es doloroso contemplar su desorden ideológico.

Esto se expresa, en primer lugar, por medio de una incapacidad de reconocer los aspectos principales de la realidad tal como es y los retos que plantea a la socialdemocracia, y en efecto a todas las tendencias de la izquierda. Ante cada uno de estos problemas, la socialdemocracia adopta posiciones que están profundamente influenciadas por las de la burguesía, además de sufrir por la incoherencia de las mismas y de perder una gran parte de su credibilidad como resultado de la contradicción flagrante entre las palabras y las acciones [18].
¿Cuál es la naturaleza del sistema económico o socioeconómico en que vivimos? Muchos líderes e ideólogos socialdemócratas niegan que sea capitalista, ya que el capitalismo es, de acuerdo con ellos, una cosa del pasado. [19]

¿Es esto simplemente una discusión semántica? Claro que no. Tomando en consideración que el becerro de oro todavía está de pie, afirmamos a la vez que las leyes de desarrollo del modo capitalista de producción aún determinan las tendencias principales de la evolución económica. Eso implica particularmente que las crisis periódicas de sobreproducción son inevitables. ¿Hemos estado equivocados en cuanto a esto o ha estado la socialdemocracia peleada con la realidad?
Paradójicamente, en el preciso momento en que la socialdemocracia ya no sabe cómo definir la sociedad de la cual es parte, los capitalistas, y no los menos importantes, llaman al pan pan y al capitalismo capitalismo [20].

La austeridad

La política de austeridad, por la que abogan tanto los partidos burgueses como los socialistas, no corresponde a un imperativo técnico inevitable. La prioridad que se le da a la lucha contra la inflación a costa de la regresión social no es la única manera en que se puede detener la primera. Es la única que les conviene a los intereses del capital: adquirir una nueva alza en la tasa de ganancias, fomentar la acumulación de capital.

El “abrirse al mundo” necesario, es decir, el rechazo a la autarquía, en realidad no implica respetar las normas impuestas por el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial. Hay otras maneras de cooperación internacional posibles que aquellas que favorecen a los grandes bancos y las multinacionales. Estas soluciones alternativas corresponden a los intereses de las masas trabajadoras. No hay nada científico en afirmar que no son “viables”. En el mejor de los casos, eso es un prejuicio dogmático; en el peor, rendirse a los intereses de la burguesía.

La incoherencia involucrada aquí es claramente ilustrada cuando examinamos más de cerca el funcionamiento real de la economía internacional. Lejos de administrarse de acuerdo con las “leyes del mercado”, se administra de acuerdo con las leyes de la “competencia monopolística”, en la que todo tipo de ingresos son asegurados sistemáticamente erigiendo obstáculos ante la venerada “competencia libre”.

La afirmación, repetida muchas veces por los ministros socialistas, de que “no hay dinero” para combatir efectivamente el desempleo, dado el grado del déficit presupuestario, no tiene un fundamento científico. Lo cierto es exactamente lo opuesto. Dada la proporción del gasto público, es posible redistribuir radicalmente este gasto para favorecer el reestablecimiento del empleo total, sin incrementar el déficit presupuestario, de hecho, mejor todavía, reduciéndolo.

Es cierto que eso implicaría una reducción draconiana de la deuda interna, por ejemplo, al bajar al 1 por ciento los intereses de los bonos de esta deuda, excepto para los pequeños inversores. Una reducción draconiana del presupuesto militar y del dinero gastado en el aparato represivo cumpliría con el mismo objetivo. No es el dinero lo que esta escaso. Se carece de la voluntad para reorganizar el gasto público en beneficio de las masas trabajadoras, como opuesto a los intereses del capital.

Es evidente que gastar en la salud y la educación es lo más productivo a largo plazo, incluso desde un punto de vista estrictamente económico, sin mencionar desde uno social. Pero los gobiernos en los que participan los socialistas están en el proceso de reducir este gasto. El gobierno de los Países Bajos acaba de tomar un giro radical en esta dirección [21]. La prioridad no es reducir el déficit presupuestario o la “explosión” del gasto en la salud. La prioridad es reducir el déficit presupuestario sin cuestionar el consenso con la burguesía.

Argumentos falsos

Los líderes socialdemócratas a veces replican que no hay una mayoría de electores que esté lista para tales políticas alternativas. Aceptemos por un momento esta presunción que para nada está demostrada: el desempleo y el temor al desempleo ocupan un sitio preponderante en las preocupaciones del electorado. Pero incluso si los líderes socialdemócratas tuviesen razón, la respuesta surge con bastante lógica. Dada la importancia decisiva, bajo las condiciones actuales, de reestablecer el empleo total, ¿acaso no es preferible luchar desde la oposición por la realización de este objetivo, combinando acciones extraparlamentarias con agitación preelectoral, con la perspectiva de obtener una mayoría en el futuro previsible? Que los socialistas se desprestigien participando de las políticas del gobierno que mantienen e incrementan el desempleo — ¿acaso no es eso jugar la carta al mal mayor, y no al mal menor?

La propagación del desempleo estructural es un cáncer que no sólo se está comiendo el bienestar de los trabajadores, sino que lleva a una creciente amenaza de una nueva ascensión del fascismo. El fascismo se nutre de la extensión de la “sociedad dual”, del desarrollo de estratos sociales que son marginados y desclasados. Nada más en los países imperialistas, podemos estimar el número real de desempleados hoy en 50 millones [22]. Es muy probable que esta cifra dé un nuevo paso al frente durante la próxima recesión.

Los líderes socialdemócratas se oponen sinceramente al neofascismo, que podría llevar a su desaparición política e incluso física. Ya durante los años 1930, Albert Einstein, un socialista bastante moderado, pero socialista al fin, afirmó: no puedes combatir efectivamente el fascismo sin eliminar el desempleo. No se equivocaba.

Pero atrapados entre sus proclamas antifascistas y su obsesión con no romper el consenso con la burguesía cueste lo que cueste, los líderes reformistas optan a fin de cuentas por irse a favor del segundo imperativo. ¿Es esto realista? ¿Acaso no es más bien suicida?

Recientemente, una verdadera rebelión obrera tomó lugar en Crotone, Italia del Este, contra el cierre de la última fábrica importante de la región. Mientras maniobraba para desactivar la rebelión, el gobierno, incluyendo los ministros socialistas, condenó la “violencia de los trabajadores”. Pero luego el Arzobispo de Crotone hizo declaraciones solidarias hacia los trabajadores y sus familias. Claro, lo hizo por motivos que no compartimos, pero no obstante, el Arzobispo proclamó que no era permisible que el bienestar de los trabajadores y la supervivencia de la región entera estuvieran subordinados a los imperativos de la ganancia y la rentabilidad [23]. Qué espectáculo más patético: aquí tenemos a un arzobispo que expresa principios socialistas elementales contra los ministros socialistas.

La semana laboral

La lucha por las semanas laborales de 35 y de 32 horas, la lucha contra la práctica de las multinacionales que ejercen chantaje al amenazar con reubicar empleos en el extranjero, sólo pueden ser realizadas en una escala internacional. Los líderes socialdemócratas se presentan como partidarios entusiastas de la unificación europea. Pero cuando es un asunto de oponerse a las multinacionales y sus amenazas de reubicar centros de producción, lo que prevalece es el “sagrado egoísmo nacional”. Cada gobierno en el que participan los socialistas estimula a las multinacionales a actuar de esta manera al colmarlas de concesiones. El resultado es una conclusión previa. Al igual que en el pasado, el desempleo aumenta en todos lados. ¿Es esto “realpolitik” (política de la realidad)? ¿Acaso no es más bien la política de los tontos?

“Sociedad dual”

El crecimiento del desempleo, de la “sociedad dual”, del temor de que los estratos más desfavorecidos de la clase trabajadora caigan aun más abajo en la escalera social, favorece la ascensión de las reacciones racistas y xenofóbicas. La derecha extrema explota sistemáticamente estas reacciones. La derecha “respetable” las concede casi igual de sistemáticamente. Pero ahora los socialdemócratas van por el mismo camino, por motivos electoralistas fundamentalmente. También querían limitar la inmigración, deportar inmigrantes, someter a un régimen especial a personas que no fueran “de raza nativa”. A pesar de que son más moderados en esto que la derecha, ¿qué tiene eso de común con los valores socialistas tradicionales?

En el Tercer Mundo, el barbarismo se propaga ante nuestros ojos. Hay 1.2 mil millones de pobres. El hambre ha tomado dimensiones tales que en Angola, por ejemplo, el fenómeno del canibalismo se propaga [24]. En Brasil, una nueva “raza” de pigmeos ha nacido en el noreste, a través de los efectos acumulados de varias generaciones que han sufrido malnutrición. [25]. De acuerdo con el UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), otro cuerpo de la Organización de las Naciones Unidas, 60 millones de niños en el Tercer Mundo mueren cada año como resultado del hambre y de enfermedades fácilmente curables.

Incoherencia doctrinal de la izquierda socialdemócrata

Los ministros socialdemócratas (y los primeros ministros y los ex primeros ministros, como el difunto Willy Brandt) denuncian estos horrores, más o menos pertinentemente. Pero en el ejercicio de sus funciones, siguen la regla: laissez faire (la doctrina de no intervención), déjalo pasar. Incluso el objetivo mínimo de dedicarle 1 por ciento de los recursos nacionales a la supuesta “ayuda para el Tercer Mundo” (en realidad, nueve de cada 10 veces es ayuda a las industrias de exportación nacional) no se ha conseguido en prácticamente ningún lado. No se plantea cancelar la deuda (incluyendo los intereses de la deuda) del Tercer Mundo con Occidente. No se plantea invertir la evolución de los términos de intercambio, que son una fuente del saqueo permanente al Tercer Mundo. Una vez más: ¿qué tiene eso en común con los valores socialistas elementales?

Para redescubrir una identidad ideológica mínimamente coherente, los líderes socialistas han reaccionado. Podemos dar los ejemplos del francés Michael Rocard, el líder de las uniones flamencas (danesas) de la FGTB (Federación General del Trabajo de Bélgica) Robert Voor Hamme, el ex izquierdista español Sole Tura y especialmente Tony Benn, quien es indudablemente el más sincero de todos. [26] Pero la incoherencia persiste. Abogan por un retorno a la solidaridad, pero no a la solidaridad ilimitada. Querer un suplemento de solidaridad, mientras se mantiene un compromiso con la economía de mercado, para por consiguiente lucrarse, es como tratar de cuadrar un círculo [27]. Los imperativos de las políticas de austeridad no son cuestionadas, excepto por Tony Benn.
Para completar el cuadro, debemos añadir la muestra de aberración ideológica dada por la derecha [28]. El profesor Sachs y otros Chicos de Chicago consideran que la aplicación de la política del FMI en Perú y Chile (¡así como en Polonia!) es un éxito: se ha detenido la inflación. Pero, ¡a qué costo en términos de desempleo y pobreza masiva! [28].

El Papa ha desatado una verdadera cruzada contra el control de la natalidad y el uso de los condones. Dada la propagación del SIDA, esto es totalmente irresponsable. Alexander Solzhenitsyn ha desatado un ataque en gran escala contra las ideas de la Ilustración. De acuerdo con él, estas ideas son las responsables de separar los principios éticos de la práctica social y política [29].

Esto es una falsificación histórica equivalente a aquélla producida por el estalinismo. Así que, ¿fueron las decenas de millones de muertos causados por las Cruzadas, por la trata de esclavos, por la exterminación de los indios, por las masacres de comadronas (llamadas “brujas”), por la Inquisición, por el uso del trabajo esclavo en las plantaciones, por las guerras religiosas, (una cuarta parte de la población de Alemania aniquilada), por las guerras dinásticas —todos fenómenos que ocurrieron antes del siglo de la Ilustración— el resultado de prácticas políticas y sociales dominadas por los principios éticos?
Una serie de ganadores del Premio Nobel han vuelto al misticismo, y han hecho a la ciencia la responsable de todos los males de nuestra época [30].

¿Tenemos que recordarles que, previo al desarrollo de la ciencia moderna, una cuarta parte de la población murió de la peste en el siglo 14? En una época en que se propagan pandemias que, como el cólera y la tuberculosis, están directamente atadas al crecimiento de la pobreza alrededor del mundo, verdaderamente se trata de un caso de una nueva “traición de los intelectuales”.

Pero el hecho de que hay aberraciones ideológicas mucho peores que el desorden ideológico de la socialdemocracia apenas compensa ese desorden. No le permite a la socialdemocracia superar su crisis de credibilidad.

Un futuro incierto

Luego del 4 de agosto de 1914, Rosa Luxemburgo describió a la mayoría de derecha de la socialdemocracia como un “cadáver apestoso”. No se equivocaba en cuanto al olor. Es hasta menos agradable en nuestra época que en la suya. Pero estaba equivocada en cuanto a la supervivencia de la socialdemocracia. Todavía sigue bastante viva 80 años después de este diagnóstico desacertado, aunque ha sido seriamente debilitada en una serie de países.

Esta supervivencia puede ser explicada fundamentalmente con tres razones.

Primero que todo, está el aislamiento de la Rusia soviética —un país atrasado— debido al fracaso parcial [31] de la revolución internacional en el 1919-23, que fue, además, causado en gran medida por la propia derecha socialdemócrata. A esto debemos añadir la creciente incapacidad de la Internacional Comunista y los partidos comunistas de realmente minar la hegemonía de la socialdemocracia al interior del movimiento obrero en un gran número de países desde mediados de los años 1920, con excepciones importantes, como Francia, Italia y España.

En segundo lugar, la socialdemocracia principalmente ha seguido con sus bases en el movimiento obrero organizado, así hayan sido seriamente debilitadas. El caso de Nueva Zelanda, donde el movimiento sindical entero ha roto sus lazos con el Partido Laborista ultraderechista, es por el momento la excepción y no la norma. El intento suicida de John Smith de romper los lazos orgánicos del Partido Laborista inglés con las uniones no tiene absolutamente ninguna garantía de éxito. Aunque las uniones españolas, francesas, suecas y belgas están distanciándose en parte de la socialdemocracia, en ningún lado existe, por el momento, una ruptura.

La naturaleza misma de la socialdemocracia explica la permanencia de estas bases. Para poder obtener las ventajas que codicia, el aparato socialdemócrata, incluso en su fase actual de degeneración, debe mantener un mínimo de autonomía en relación con el gran capital. Mitterand, Felipe González, Mario Soares, Neil Kinnock y John Smith, Scharfing y Lafontaine, Guy Spitaels y Willy Claes, no son iguales a los Agnelli, los Schneider, los Empain, los Wallenberg, los Thyssen, los lores de Indosuez, los dueños de la City [32] (…)

La tercera razón para la supervivencia de la socialdemocracia es la relativa pertinencia del argumento del mal menor ante las masas. Continúan pensando que Kinnock y John Smith valen un poco más que Thatcher y Major; que Mitterand y Rocard no son exactamente lo mismo que Giscard, Chirac y Balladur; que Scharping, Rau y Lafontaine valen un poco más que Helmut Kohl; que Felipe González no es lo mismo que su adversario de centroderecha, pese a que las diferencias entre todos estos personajes y entre las medidas prácticas que implementan tienden a nublarse, con todas las consecuencias serias que manan de ello.

Si los marxistas revolucionarios rechazan la lógica del mal menor, ciertamente no es porque prefieren el mal mayor.

Las reacciones de las masas, que explican una gran parte de la supervivencia de la socialdemocracia, son parte, en la situación actual, de la crisis general de la credibilidad del socialismo. Ante las masas, ni el reformismo socialdemócrata ni el estalinismo y el postestalinismo han sido exitosos en crear una sociedad sin explotación, opresión y violencia masivas. En su izquierda no ha surgido un tercer componente del movimiento obrero lo suficientemente fuerte como para ser considerado creíble políticamente en un futuro cercano.
Bajo estas condiciones, las masas reaccionan a los problemas más apremiantes sin recurrir a soluciones sociales globales, a “otro modelo de la sociedad”. Sus reacciones son a menudo en gran escala, en una escala mucho mayor que en el pasado [33].

Pero son reacciones defensivas, fragmentarias y discontinuas. Son, por ende, canalizadas con mayor facilidad.

En el nivel electoral, no hay una tendencia general dominante. (…)

No obstante, la evolución organizacional es más importante que la evolución electoral. Todos los partidos socialdemócratas han sido bastante debilitados en términos de la cantidad de sus miembros, sin ni siquiera mencionar su implantación en los talleres de trabajo, incluyendo aquéllos en los servicios públicos. Dos de ellos han experimentado rupturas, aunque pequeñas. La ruptura en el Partido Laborista inglés, claramente hacia la derecha, llevó esencialmente a una fusión de los que rompieron con el Partido Liberal. La ruptura en el PS francés ha llevado a la creación del “Movimiento Ciudadano” de Jean-Pierre Chevenement, cuya dinámica es aún incierta.

Pero en dos países particularmente, Italia y la ex República Democrática Alemana, han surgido partidos de masas a la izquierda de la socialdemocracia —el Partido de la Refundación Comunista y el PDS (Partido del Socialismo Democrático)— con un cierto eco entre estratos significativos del electorado obrero. Todavía es muy temprano para decir cuál será el futuro de estos partidos. Pero, por el momento, representan un reto para la socialdemocracia (y para los neoreformistas postestalinistas) en un nivel masivo, tal como no se ha visto por mucho tiempo. (…)

Diálogo y respuesta

Bajo estas condiciones, los marxistas revolucionarios deben combinar, por usar unos términos de moda, una “cultura de respuesta radical” y una “cultura de diálogo” con relación a la socialdemocracia.

“Cultura de respuesta radical” significa, en un nivel práctico, rechazar hacer cualquier concesión a la lógica del “mal menor” electoral y gubernamental, que implicaría una aceptación incluso más limitada de las medidas de austeridad, las restricciones de las libertades democráticas, cualquier concesión a la xenofobia y al racismo. Eso significa asignarle prioridad, bajo todo concepto, a la defensa de los intereses y las aspiraciones inmediatas de las masas, al desarrollo sin obstáculos de sus iniciativas, sus movilizaciones, sus luchas, su autoorganización, sin subordinarlas a ningún “objetivo superior” escogido e impuesto de forma autoritaria y vertical.

“Cultura de respuesta radical” también significa, en el nivel propagandístico, presentar un objetivo sociopolítico global lo más concreto y estructurado posible. Eso implica refutar todas las “innovaciones teóricas” de la socialdemocracia y los nuevos reformistas, “innovaciones” que son, el 99 por ciento de las veces, regresiones a las posiciones premarxistas que tienen más de 150 años, si no más.

Eso implica defender enérgicamente el capital del marxismo, pero de un marxismo que es abierto, crítico y autocrítico, que está listo para reexaminar todo en vista de los hechos, pero no ligeramente, no de forma no científica, no sin mirar la realidad en conjunto. Los marxistas revolucionarios no tienen ni la arrogancia para tener una respuesta a todo ni la afirmación de nunca haberse equivocado sobre nada. Pero no están listos para botar el bebé con el agua sucia. El capital teórico y moral sigue siendo considerable. Merece ser defendido enérgicamente. “Cultura de diálogo” significa entrar en contacto con la socialdemocracia, con cada facción de ésta que esté lista para ello, incluyendo partidos enteros, en debates y confrontaciones cuyo propósito sea el facilitar acciones comunes en beneficio de la clase trabajadora y los oprimidos.

Estas operaciones son ciertamente facilitadas por una modificación de la relación de fuerzas que hace muy caro un rechazo de esta propuesta para los reformistas. Pueden facilitar una diferenciación al interior de la socialdemocracia. Pero independientemente de esta lógica, debemos luchar con determinación por el diálogo, para que un “tercer componente” del movimiento obrero organizado, a la izquierda de la socialdemocracia y de los nuevos partidos reformistas, sea reconocido de facto.

Este objetivo no es ni táctico ni coyuntural. Es estratégico y duradero. Está directamente enlazado con una concepción fundamental de la autoorganización del movimiento obrero, que enseña el camino a nuestra concepción de la toma del poder (…)

Combinar estas dos “culturas” es la tarea de los revolucionarios marxistas hoy en relación con la socialdemocracia.

21 de septiembre de 1993

NOTAS

[1] La legislación social hace posible extender a los estratos más débiles y menos organizados de la clase trabajadora las conquistas que los sectores más fuertes pueden obtener.

[2] Hay ciertamente una tendencia contraria al interior del movimiento obrero, pero con la excepción de unos pocos países, prácticamente ha continuado siendo una minoría.

[3] Del libro de Eduard Bernstein “Socialismo evolutivo”, publicado en el 1899.

[4] La contrarevolución en Indonesia en el 1965 indudablemente causó la muerte de millones de personas.

[5] La manera en que fue organizada la amnistía a los torturadores de las dictaduras chilena y argentina dice mucho sobre esto.

[6] El desafortunado Allende, y el general Prats, quien lo apoyaba, confiaron hasta el ultimo minuto en las “tradiciones constitucionales” de los jefes del ejército.” No querían “dividir” el ejército. Hasta invitaron cuatro de sus representantes a formar parte del gobierno de la Unidad Popular. Pagaron con sus vidas esta ilusión. Cf. Carlos Prats, “Il soldado di Allende”, Roma 1987.

[7] Particularmente en “Reforma social y revolución” y en sus escritos sobre la huelga masiva. Trotski hizo lo mismo en “Resultados y prospectos”; y Gramsci, en sus escritos en “Ordine Nuovo”.

[8] Desde un punto de vista marxista, la redistribución de las rentas públicas nacionales no debe confundirse con la “redistribución del valor excedente”. Por definición, cada parte de las rentas internas nacionales que va a los salarios directos e indirectos es parte del capital variable y no del valor excedente.

[9] Sobre este tema, recordemos la acción ejemplar de los trabajadores suecos en el 1905 para evitar que la burguesía de ese país usara la fuerza para hacer que el pueblo noriego renunciara a la independencia nacional; las huelgas de trabajadores en Berlín y Viena en enero del 1918 en solidaridad con la joven Rusia soviética, contra el tratado de paz rapaz impuesto por el imperialismo alemán y austríaco en Brest-Litovsk; la movilización general del movimiento obrero y la clase trabajadora británicos en el 1920 para evitar una intervención militar en Polonia con el propósito de aplastar el Ejército Rojo y la Rusia soviética; la amplia movilización de la clase obrera internacional, incluyendo la clase trabajadora soviética, en apoyo a los trabajadores españoles en el 1936; la movilización entusiasta de la clase trabajadora cubana con Angola y Etiopía contra los bandidos semifascistas, una lucha que, es cierto, fue desviada por el liderato castrista en el caso de Etiopía para apoyar una dictadura militar represiva e indefendible.

[10] Nunca ha habido uno. En su libro “Sobre la nueva democracia”, publicado en el 1940, Mao defendió la idea de un estado (y, por ende, de un ejército también) en parte proletario y parte no proletario. Pero su práctica era contraria a esta teoría. Él mantuvo de facto la independencia de su ejército, que al final hizo posible la victoria de la Revolución China. Fue sólo durante el transcurso de la Revolución Cultural que finalmente corrigió su línea teórica y admitió que la República Popular de China había sido, desde que se proclamó en el 1949, una dictadura del proletariado (añadiríamos: altamente burocratizada desde el principio). Pero en Indonesia, el liderato del PC adoptó la teoría de la Nueva Democracia, con el apoyo total de Mao. Consideraban el ejército del general Suharto uno de dos clases. Pagaron este error con sus vidas y con las de un sinnúmero de comunistas, trabajadores intelectuales y campesinos pobres…

[11] James Ramsay Mac Donald, “Socialismo y gobierno”, 2 vols., Partido Laborista Independiente, Londres 1909 (The Socialist Library, Bd. 8); “Socialismus u. Regierung”, ed. por Eduard Bernstein, Eugen Diedrichs, Jena, 1912.

[12] Del nombre del líder sindical walón y fundador del Movimiento Popular walón, Andre Renard (1911-62).

[13] Sobre este tema, vea nuestro trabajo “Las olas largas del desarrollo capitalista”.

[14] Se volvió bastante descontrolado e incontrolable. Vea nuestro artículo “Caos monetario”, International Viewpoint 248, septiembre de 1993.

[15] Enzo Biaggi, “La disfatta” - de Nenni e compagni aCraxi e compagnia, Rizzoli, Milán 1993, trata en detalle el caso de Craxi. Nuestro camarada Hans-Jurgen Schulz ha lidiado con este escándalo, más limitado pero análogo, de la cooperativa de vivienda de Alemania del Este controlada por “apparatchiks” del SPD: “Die Ausplunderung der Neuen Heimat”, Frankfurt 1987, isp-Verlag (isp-pocket 28).

[16] No creemos que las masas nunca se equivocan, pero el mismo comentario les aplica a los expertos, los tecnócratas, los ideólogos y los líderes políticos. Que las masas a menudo tienen la razón contra todas las de ellos fue evidenciado con el caso de Chile. Cuando en el día del golpe de Pinochet las masas exigieron las armas —también las habían exigido en vano durante las semana previas—, los líderes respondieron: “Quédense en las fábricas y no permitan que los provoquen”. Sabemos cuál fue el resultado.

[17] Podríamos añadir con relación a esto que incluso cuando la socialdemocracia finalmente decidió imponer su jornada de 35 horas —en el caso del gobierno de Lionel Jospin en Francia después del 1997— lo hizo en el marco de su apego al consenso con el gran capital. Por ende, las “Leyes Aubry” del gobierno de Jospin combinaron a sabiendas la reducción de las horas laborables y la modificación de las condiciones de trabajo, en el sentido de una intensificación de los esfuerzos de los trabajadores. Por ello, estas leyes tuvieron sólo un leve impacto en reducir el desempleo. Sintiendo que habían sido engañados, los trabajadores no votaron por Jospin, quien alegaba ser su “benefactor” en las elecciones presidencial del 2002.

[18] Como un buen indicador de la diferencia cada vez menor entre la centroizquierda y la centroderecha, el SPD escogió como su nuevo “Geschaftsfuhrer” (un tipo de secretario general) a un ex líder del FDP, un partido liberal. En Francia, en un libro que causó sensación, Edwy Plenel expuso el uso del servicio secreto y los ataques a las libertades democráticas bajo Mitterrand.

[19] El Estado Benefactor es supuestamente un sistema de “economía mixta”. Las fórmulas del “capitalismo organizado”, del “capitalismo de estado”, del “capitalismo de monopolio” son sólo un parafraseo de (eufemismos para) la “economía mixta”. Tras el escudo de lenguaje “marxista”, todos presuponen, contra la opinión de Marx, que puede haber un “capitalismo” sin que las leyes de desarrollo de este sistema continúen en vigor. Todos los líderes de la socialdemocracia proclaman perentoriamente que el dominio del mercado es “inevitable”. Es solo un asunto de limitar sus “excesos”.

[20] Este es el caso particular de Agnelli, el jefe de FIAT, y del señor Lawson, ex ministro de Margaret Thatcher (Republica, 4 de septiembre de 1993, The Times, 1ro. de septiembre de 1993).

[21] Le Monde, 13 de septiembre de 1993. Surge claramente de un informe del Educational Testing Service de la Universidad de Princeton que es un aumento y no una reducción del gasto en la educación lo que urge. Este informe revela que casi la mitad de los adultos en Estados Unidos son analfabetos o semianalfabetos (Time magazine, 20 de septiembre de 1993).

[22] Las cifras oficiales del desempleo están considerablemente debajo de la realidad porque no incluyen a aquéllos que son excluidos de los beneficios del seguro de desempleo, a menudo por iniciativa de los ministros “socialistas”.

[23] La Stampa, 8 de septiembre de 1993 e Il Manifesto, 11 de septiembre de 1993.

[24] L’Unita, 17 de septiembre de 1993.

[25] De acuerdo con UNCTAD, una institución de la ONU, la pobreza se está propaganda constantemente en Latinoamérica. Según un informe reciente del Banco Mundial, a finales de los años 1980, el 20 por ciento más pobre de la población de Latinoamérica solo recibió el 4 por ciento de las rentas internas y el 32 por ciento vivía bajo el nivel de la pobreza, comparado con el 22 por ciento 10 años antes.

[26] Vea particularmente: Le Figaro, July 1st, 1993 for Rocard, el artículo por Sole Tura en El Pais, reimpreso en De Morgen, Abril 30t, 1993 y el artículo por Robert Voor Hamme en De Morgen, Abril 3, 1993.

[27] Rocard habla de la manera más vaga y confuse de un “vasto movimiento, abierto y moderno, extrovertido, rico en su diversidad e incluso fomentándola, un movimiento que incorpora a todos aquellos que comparten los mismos valores de solidaridad, el mismo objetivo de transformación” (Le Figaro, 1ro. de julio de 1993). ¿“Valores de solidaridad” sin cuestionar las leyes del mercado y la rentabilidad? ¡Muéstranos cómo se hace!

[28] En Chile, el ingreso por cabeza de la población ha disminuido un 15 por ciento bajo el régimen neoliberal. El gasto en la salud fue reducido de $29 por cabeza en el 1973 a $11 en el 1988. Veinte por ciento de la población recibe el 81 por ciento del ingreso nacional.

[29] Die Zeit (weekly), September 17th, 1993.

[30] See the book Il Ccranio de Ccristonballo - Evoluzione della specie e spritualismo de Giacomo Scarpelli (Bollati Boruinghieri, Turin, 1993.

[31] We speak of a partial failure, because international class struggles nevertheless powerfully contributed to the survival of Soviet Russia.

[32] According to the Sunday Telegraph, seven former Conservative ministers have joined the boards of management of big trusts in the City: Lords Prior, Moore, Young, Walker, Lawson, Fowler and Lamont..

[33] Among the very large mass movements let us mention the demonstrations against the Pershing missiles in the Netherlands and Belgium, certainly the biggest in the history of these countries; the impressive mass anti-austerity demonstrations in Italy, and, in a different political context, the million women who took to the streets in the United States to defend the right to abortion against a verdict of the Supreme Court.

Versión castellano: E. Santiago

Font: http://puntodevistainternacional.org/spip.php?article75

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