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diumenge 16 de maig de 2010 | administrador
La "utilitat" dels "mercats de la droga"

Memoria de las cañas

Alfons Cervera | levante-emv.com

Todo era huerta. Sólo un par de edificios marrones salpicaban la frontera entre los campos de hortalizas con sus viejas alquerías y el pueblo antiguo de Campanar, en las afueras de la ciudad de Valencia. De repente, un día empezó a llegar un nuevo vecindario. No al pueblo, sino a la huerta. De esto hace ya muchos años. Los recién llegados venían de ninguna parte, que es el sitio que los ricos destinan a quienes no tienen dónde caerse muertos. En fila india desfilaban por las orillas de todos los caminos y se adentraban en los bancales como zombis de película, con la mirada perdida en un fondo implacable de polvo blanco y de papel de plata y de jeringas compartidas, atados a la oscuridad de la noche cuando los faros de los autos policiales barrían un mapa de ribazos donde se hacinaban los fantasmas. Las luces y las sombras se juntaban en una operación de maquillaje policial que resultaba paradójica. Porque la realidad era muy distinta a la que predicaban los del ayuntamiento presidido por Rita Barberá.

La droga no llegó por casualidad a Las Cañas. La llevó allí la especulación inmobiliaria. La expansión de la ciudad situaba en Campanar uno de sus centros neurálgicos y la huerta era la parte más importante de aquella expansión urbana. O sea, que lo que tocaba era provocar la huida de los agricultores. Y cómo provocar esa huida, pues muy sencillo: metiéndoles el miedo en el cuerpo. El mercadeo de la droga se trasladó de las zonas principales en los poblados marítimos a la huerta de Campanar y a Velluters. El negocio les salió redondo a los especuladores y a esa clase política que no tiene entrañas a la hora de mostrar su complicidad con los intereses urbanísticos privados. La misma Rita Barberá intercambió suelo edificable en la huerta de Campanar con los propietarios del solar de Jesuitas que habían visto alterados sus planes por las protestas vecinales del Botànic.

Es lo que pasa siempre que hay por medio una operación inmobiliaria de gran envergadura. Pasó en Russafa, un barrio intercultural que de repente se vio invadido por la droga y buena parte del vecindario vendió sus pisos para escapar de los nuevos conflictos. Está pasando en el Cabanyal, donde la degradación del barrio ha sido provocada inyectando una ocupación conflictiva de las casas adquiridas por el ayuntamiento para propiciar la huida de un buen número de sus habitantes.

Durante muchos años, fue Campanar el campamento más fuerte de la droga en Valencia. Sabíamos que ese campamento se desmantelaría cuando la expansión urbanística aumentara sus dimensiones y alrededor del Parque de Cabecera y el Bioparc se urdieran proyectos urbanísticos que exigirían un lavado de cara al nuevo paisaje. Las Cañas ya era un lugar incómodo en el mapa de la especulación inmobiliaria. Había que cerrarlo. Y punto. Duró la operación de desmantelamiento apenas hora y media. Lo que durante varios años se había convertido en una tarea imposible para el gobierno de Rita Barberá y su policía se solucionó en noventa minutos escasos. La droga volvió a sus orígenes, allá donde era necesaria para ahuyentar a un vecindario que se resistía y se resiste a vender sus casas como hace años los agricultores de Campanar se negaban a abandonar sus alquerías y sus campos de hortalizas.

Ahora leo en este periódico que el capo principal de aquel mercadeo, detenido cuando la policía liquidó el negocio hace dos años en esa operación vertiginosa que les acabo de contar, ha sido condenado a diecinueve años de cárcel. La noticia me ha recordado aquel tiempo no tan lejano, la fila india de gente viviendo a la desesperada que ahora es una fila india de autos y ruido, esa complicidad cada vez menos extraña de la política con los intereses inmobiliarios. La mafia de la droga ocupa a veces un papel importante, decisivo, en aquellos intereses. Y Campanar, Russafa, Velluters, el Cabanyal y otros tantos lugares de la ciudad de Valencia son un buen ejemplo de lo que digo. ¿O no?


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