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dimecres 11 de novembre de 2009 | Manuel
Ecosocialismo: hacia una nueva civilización

Michael Löwy

Las presentes crisis económica y ecológica son parte de una coyuntura histórica más general: estamos enfrentados con una crisis del presente modelo de civilización, la civilización Occidental moderna capitalista/industrial, basada en la ilimitada expansión y acumulación de capital, en la “mercantilización de todo” (Immanuel Wallerstein), en la despiadada explotación del trabajo y la naturaleza, en el individualismo y la competencia brutales, y en la destrucción masiva del medio ambiente. La creciente amenaza de ruptura del equilibrio ecológico apunta a un escenario catastrófico –el calentamiento global– que pone en peligro la supervivencia misma de la especie humana. Enfrentamos una crisis de civilización que demanda un cambio radical.[1]

Ecosocialismo es un intento de ofrecer una alternativa civilizatoria radical, fundada en los argumentos básicos del movimiento ecológico, y en la crítica marxista de la economía política. Opone al progreso destructivo capitalista (Marx) una política económica basada en criterios no monetarios y extraeconómicos: las necesidades sociales y el equilibrio ecológico. Esta síntesis dialéctica, intentada por un amplio espectro de autores, desde James O’Connor a Joel Kovel y John Bellamy Foster, y desde André Gorz (en sus escritos juveniles) a Elmar Altvater, es al mismo tiempo una crítica de la “ecología de mercado”, que no desafía el sistema capitalista, y del “socialismo productivista”, que ignora la cuestión de los limites naturales.

Según James O’Connor, el objetivo del socialismo ecológico es una nueva sociedad basada en la racionalidad ecológica, en el control democrático, en la equidad social, y el predominio del valor de uso sobre el valor de cambio. Agregaría que este objetivo requiere: a) propiedad colectiva de los medios de producción –“colectiva” quiere decir propiedad pública, cooperativa o comunitaria–; b) planificación democrática que permita a la sociedad definir metas de inversión y producción; y c) una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas. En otros términos: una transformación social y económica revolucionaria.[2]

El problema con las tendencias dominantes de la izquierda durante el siglo XX –la socialdemocracia y el movimiento comunista de inspiración soviética– fue la aceptación del modelo de fuerzas productivas realmente existente. Mientras la primera se limita a una versión reformada –a lo sumo keynesiana– del sistema capitalista, el segundo desarrolló una forma colectivista – o capitalista de Estado– de productivismo. En ambos casos, la cuestión del medio ambiente quedó descartada, o fue marginada.

Los propios Marx y Engels no ignoraban las consecuencias ambientales destructivas del modo de producción capitalista: hay varios pasajes en El capital y otros escritos que muestran esta comprensión.[3] Creían además que el objetivo del socialismo no era producir cada vez más mercancías,sino dar a los seres humanos tiempo libre para el pleno desarrollo de sus potencialidades. De modo que ellos tienen poco en común con el “productivismo”, esto es, con la idea de que la ilimitada expansión de la producción es un objetivo en sí mismo.

Sin embargo, hay algunos pasajes en sus escritos que parecen sugerir que el socialismo permitiría el desarrollo de las fuerzas productivas más allá de los límites impuestos a estas por el sistema capitalista. Según este enfoque, la transformación socialista solo tendría que ver con las relaciones de producción capitalistas, convertidas en un obstáculo para el libre desarrollo de las fuerzas productivas existentes (se suele decir que las “encadena”); el socialismo significaría sobre todo la apropiación social de estas capacidades productivas, que las pondría al servicio de los trabajadores. Para citar un pasaje del Anti-Dühring, un trabajo canónico para varias generaciones de marxistas: el socialismo permitiría “que la sociedad, abiertamente y sin rodeos, tome posesión de esas fuerzas productivas que ya no admiten más dirección que la suya”.[4]

La experiencia de la Unión Soviética ilustra los problemas que se derivan de una apropiación colectivista del aparato de producción capitalista: desde el comienzo, predominó la tesis de la socialización de las fuerzas de producción existentes. Es cierto que, durante los primeros años tras la Revolución de Octubre, pudo desarrollarse una corriente ecológica y algunas (limitadas) medidas proteccionistas fueron tomadas por las autoridades soviéticas. Sin embargo, con el proceso de burocratización stalinista, las tendencias productivas, en la industria y la agricultura, fueron impuestas con métodos totalitarios, en tanto los ecologistas fueron marginados o eliminados. La catástrofe de Chernobil es un ejemplo extremo de las desastrosas consecuencias que tuvo la imitación de las tecnologías productivas de Occidente. Un cambio en las formas de propiedad que no sea seguido por la gestión democrática y la reorganización del sistema productivo solo puede llevar a un final terrible.

Los marxistas pueden inspirarse en lo que destacaba Marx en relación con la Comuna de Paris: los trabajadores no pueden tomar posesión del aparato del Estado capitalista y ponerlo a funcionar a su servicio. Deben “demolerlo” y reemplazarlo por una forma de poder político radicalmente diferente, democrático y no estatal.

Lo mismo es aplicable, mutatis mutandis, al aparato productivo: por su naturaleza, su estructura, no es neutral, sino que está al servicio de la acumulación de capital y de la ilimitada expansión del mercado. Está en contradicción con las necesidades de protección del ambiente y de la salud de la población. Es preciso, por lo tanto, “revolucionarlo”, en un proceso de transformación radical. Esto puede significar cancelar ciertas ramas de la producción: por ejemplo, las plantas nucleares, algunos métodos masivos/industriales de pesca (responsables por el exterminio de varias especies en los mares), la tala destructiva de selvas tropicales, etcétera (¡la lista es muy larga!). En cualquier caso, las fuerzas productivas, y no solo las relaciones de producción, deben ser transformadas profundamente, comenzando por una revolución del sistema energético, reemplazando los actuales recursos –esencialmente fósiles– responsables de la contaminación y envenenamiento del ambiente, por otros renovables, como el agua, el viento y el sol. Por supuesto, muchos logros científicos y tecnológicos modernos son valiosos, pero el sistema de producción debe ser transformado en su conjunto, y esto solo puede hacerse a través de métodos ecosocialistas, esto es, a través de una planificación democrática de la economía que tenga en cuenta la preservación del equilibrio ecológico.

El tema de la energía es decisivo para este proceso de cambio civilizatorio. Las energías fósiles (petróleo, carbón) son grandes responsables de la contaminación del planeta, como ocurre con el desastroso cambio climático; la energía nuclear es una falsa alternativa, no solo por el peligro de nuevos Chernobils, sino también porque nadie sabe qué hacer con las miles de toneladas de desperdicio radioactivo –tóxicos durante cientos, miles y en algunos casos millones de años– y las masas gigantescas de plantas obsoletas contaminadas. La energía solar, que nunca despertó mucho interés en las sociedades capitalistas, por no ser “rentable” ni “competitiva”, se convertiría en un objeto de investigación y desarrollo intensivo, y jugaría un papel central en la construcción de un sistema de energía alternativo.

Sectores enteros del sistema productivo deberían ser suprimidos o reestructurados, y otros nuevos deben desarrollarse, bajo la necesaria condición de pleno empleo para toda la fuerza laboral, en iguales condiciones de trabajo y salario. Esta condición es esencial, no solo porque es un requerimiento de la justicia social, sino para asegurar el apoyo de los trabajadores al proceso de transformación estructural de las fuerzas productivas. Proceso que es imposible sin el control público sobre los medios de producción y planificación, es decir, sin decisiones públicas sobre inversión y cambio tecnológico, que deben tomarse de los bancos y empresas capitalistaspara ponerlos al servicio del bien común de la sociedad.

La sociedad misma, y no un pequeño grupo de propietarios oligárquicos –ni una élite de tecno-burócratas– deben poder elegir, democráticamente, qué líneas productivas han de privilegiarse, y cuántos recursos deben invertirse en educación, salud o cultura. Los precios de los propios bienes no deben quedar librados a las “leyes de oferta y demanda” sino, hasta cierto punto, determinados de acuerdo con opciones políticas y sociales, así como con criterio ecológico, imponiendo impuestos a ciertos productos y precios subsidiados para otros. En términos ideales, a medida que avance la transición hacia el socialismo, cada vez más productos y servicios se distribuirían libres de cargo, de acuerdo con el deseo de los ciudadanos. Lejos de ser algo “despótico” en sí misma, la planificación es el ejercicio, por la sociedad toda, de sus libertades: libertad de decisión, y liberación de las alienantes y cosificadas “leyes económicas” del sistema capitalista, que determina la vida y muerte de los individuos, y los encierra en una “jaula de hierro” económica(Max Weber).La planificacióny la reducción de las horas de trabajo son los dos pasos decisivos de la humanidad hacia lo que Marx llamó “el reino de la libertad”. Un incremento significativo del tiempo libre es una condición para la participación democrática del pueblo trabajador en la discusión democrática y el manejo de la economía y la sociedad.

La concepción socialista de planificación no es más que la radical democratización de la economía: si las decisiones políticas no deben ser dejadas en manos de una pequeña élite de gobernantes, ¿por qué no aplicar el mismo principio a las decisiones económicas? Estoy dejando de lado el tema de la proporción específica entre planificación y mecanismos de mercado: durante los primeros pasos de una nueva sociedad, los mercados mantendrían ciertamente un lugar importante, pero al avanzar la transición hacia el socialismo, la planificación se volvería cada vez más predominante, a expensas de la ley del valor de cambio.

En tanto en el capitalismo el valor de uso es solo un medio, a veces un engaño, al servicio del valor de cambio y la ganancia –lo que explica, dicho sea de paso, por qué tantos productos en la sociedad son sustancialmente innecesarios–, en una economía socialista planificada el valor de uso es el único criterio para la producción de bienes y servicios, con consecuencias económicas, sociales y ecológicas de largo alcance. Como observó Joel Kovel: “El acrecentamiento de los valores de usoy la correspondiente reestructuración de las necesidades se convierten ahora en los reguladores sociales de la tecnología, en lugar de ser esta, como bajo el capital, conversión de tiempo en plusvalía y dinero”.[5]

En una producción racionalmente organizada, el plan concierne a las principales opciones económicas, no a la administración de restaurantes, verdulerías y panaderías, negocios pequeños, empresas de artesanos o servicios. Es importante enfatizar que la planificación no es contradictoria con la autogestión por los trabajadores de sus unidades de producción: mientras que la decisión de transformar una planta automotrizen una que produce colectivos y tranvías es tomada por la sociedad como un todo mediante el plan, la organización interna y el funcionamiento de la planta estarán democráticamente manejados por sus propios trabajadores. Mucho se ha discutido sobre el carácter “centralizado” o “descentralizado” de la planificación, pero puede decirse que la cuestión es realmente el control democrático del plan a todos los niveles, local, regional, nacional, continental y, esperemos, internacional: temas ecológicos como el calentamiento global son planetarios y solo pueden ser tratados a escala global. Se podría llamar esta propuesta “planeamiento democrático global”; y es bastante opuesta a lo que usualmente se describe como “planificación central”, dado que las decisiones económicas y sociales no son tomadas por algún “centro”, sino democráticamente decididas por la población en cuestión.

Una planificación ecosocialista está basada entonces en un debate pluralista y democrático, en todos los niveles donde las decisiones deben ser tomadas: las diferentes propuestas son sometidas a la gente en cuestión, bajo la forma de partidos, plataformas, o cualquier otro movimiento político, y de acuerdo con esto se eligen delegados. Sin embargo, la democracia representativa debe ser completada –y corregida– por una democracia directa, donde la gente directamente elige –nivel local, nacional y, por último, global– ntre grandes opciones sociales y ecológicas: ¿el transporte público debe ser gratis? ¿Deben impuestos especiales los dueños de autos privados pagar para subsidiar el transporte público? ¿Debe la energía solar ser subsidiada para que compita con la energía fósil? ¿Deben reducirse las horas de trabajo semanal a 30, 25 o menos horas, aunque esto signifique la reducción de la producción? La naturaleza democrática de planificación no es contradictoria con la existencia de expertos, pero el papel de estos no es decidir, sino presentar sus puntos de vista –a veces distintos, si no contradictorios– a la población y dejar que esta elija la mejor solución.

¿Qué garantía hay de que la gente vaya a tomar decisiones ecológicas correctas, al precio de dejar de lado algunos hábitos de consumo? No existe una “garantía” que no sea apostar a la racionalidad de las decisiones democráticas, una vez que el poder del fetichismo de la mercancía esté roto. Por supuesto, existirán errores en las opciones populares, pero ¿quién cree que los expertos mismos no cometen errores? Uno no puede imaginar el establecimiento de dicha nueva sociedad sin que la mayoría de la población haya logrado, por sus luchas, su propia educación, y experiencia social, un alto nivel de conciencia socialista/ecológica; y esto hace razonable suponer que los errores, incluyendo decisiones que son inconsistentes con las necesidades del medio ambiente, van a corregirse. De cualquier modo, ¿no son acaso las alternativas propuestas –el mercado ciego, o una ecológica dictadura de “expertos”. mucho más peligrosas que el proceso democrático, con todas sus contradicciones?

El pasaje del “progreso destructivo” capitalista al ecosocialismo es un proceso histórico, una transformación permanentemente revolucionaria de la sociedad, de la cultura y de las mentalidades. Esta transición debe llevar, no solo a un nuevo modo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo de vida alternativo, a una nueva civilización ecosocialista, mas allá del reino del dinero, mas allá de los hábitos de consumo artificialmente producidos por la publicidad, y mas allá de la producción sin límites de mercancías innecesarias y/o nocivas para el medio ambiente. Es importante enfatizar que semejante proceso no puede comenzar sin una transformación revolucionaria en las estructuras sociales y políticas, y el apoyo activo, por una vasta mayoría de la población, a un programa ecologista. El desarrollo de la conciencia socialista y la preocupación ecológica es un proceso, donde el factor decisivo es la propia experiencia de lucha popular, desde confrontaciones locales y parciales al cambio radical de la sociedad.

¿Hay que promover el desarrollo, o se debe elegir el “decrecimiento”? Me parece que ambas opciones comparten una concepción meramente cuantitativa del “crecimiento” –positivo o negativo– o de desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera postura, que me parece más apropiada: una transformación cualitativa del desarrollo. Esto significa poner fin al monstruoso despilfarro de recursos del capitalismo basado en la producción a gran escala de productos innecesarios y/o nocivos: las industrias de armamentos de son un buen ejemplo de esto, pero una gran parte de los “bienes” producidos en el capitalismo –con sus inherentes obsolescencias– no tienen mas utilidad que generar ganancias para las grandes corporaciones. La cuestión central no es el “consumo excesivo” en abstracto, sino el prevaleciente tipo de consumo, basado como está en la apropiación ostentosa, el desperdicio masivo, la alienación mercantilista, la obsesiva acumulación de bienes, y la compulsiva adquisición de seudonovedades impuestas por la “moda”. Una nueva sociedad orientaría la producción hacia la satisfacción de bienes auténticos, comenzando con aquellos que podrían describirse como “bíblicos” –agua, comida, ropa, hogar– pero incluyendo también servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura.

Obviamente, los países del Sur, donde estas necesidades están lejos de ser satisfechas, van a necesitar de un nivel de “desarrollo” mucho mayor que los países avanzados industrialmente: construcción de rutas, hospitales, sistemas de cloacas, y otras infraestructuras. Pero no hay razón por la cual esto no pueda llevarse a cabo con un sistema productivo que sea amigable con el ambiente y que esté basado en energías renovables. Estos países necesitarán cultivar grandes cantidades de comida para nutrir su población hambrienta, pero esto puede ser mucho mejor alcanzado –como los movimientos campesinos organizados en el mundo en la red Via Campesina han estado reclamando por años– por una agricultura campesina biológica basada en unidades familiares, granjas cooperativas o colectivistas, mas que por los métodos destructivos y antisociales de empresas industriales/ganaderas, basadas en el uso intensivo de pesticidas, químicos y OGMs (Organismos Genéticamente Modificados). En vez del monstruoso sistema actual de endeudamiento y de explotación imperialistas de los recursos del Sur por parte de los países capitalistas/industriales, debería haber una corriente de ayuda tecnológica y económica desde el Norte hacia el Sur, sin que sea necesario –como algunos puritanos y ascéticos ecologistas parecen creer– que la población en Europa o Norteamérica “reduzca su calidad de vida”: solo deberán privarse del consumo obsesivo, inducido por el sistema capitalista, de mercancías inútiles que no corresponden a ninguna necesidad real.

¿Cómo distinguir las necesidades autenticas de las artificiales, falsas y provisionales? Las últimas son introducidas por la manipulación mental, esto es, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no solo en cuanto al alimento y la ropa, sino también a los deportes, la cultura, la religión y la política que son moldeadas de acuerdo con sus reglas. Ha invadido nuestras calles, casillas de correo electrónico, pantallas de televisión, periódicos, paisajes, de un modo permanente, agresivo e insidioso que definitivamente contribuye a hábitos de consumo indudables y compulsivos. Además, desperdicia una cantidad astronómica de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, químicos, y otras materias primas -todas pagadas por los consumidores- en una rama de producción que no es solo innecesaria desde el punto de vista humano, sino directamente contrapuesta a las necesidades reales de la sociedad. Mientras la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría lugar en una sociedad en transición al socialismo, donde sería reemplazada por información sobre bienes y servicios facilitados por asociaciones de consumo. El criterio para distinguir una necesidad autentica de una artificial, es su persistencia después de la supresión de la publicidad (¡Coca-Cola!). Por supuesto, durante algunos años, los hábitos de consumo persistir inútiles persistirán; y nadie tiene el derecho de decirle a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio en los patrones de consumo es un proceso histórico, así como un desafío educativo.

Algunas mercancías, como el auto individual, implican problemas más complejos. Los autos particulares son un problema público: matan y lesionan anualmente a miles de personas a escala mundial, contamina el aire en las grandes ciudades –con directas consecuencias para la salud de los niños y ancianos– y contribuyen de manera significativa al cambio climático. Sin embargo, responden a necesidades reales, al transportar a la gente a sus trabajos, casas o actividades de ocio. Experiencias locales en algunas ciudades europeas con administraciones con cuidados ecológicos muestran que es posible –con aprobación de la mayoría de la población– limitar progresivamente el porcentaje de automóviles individuales en circulación a favor de colectivos y tranvías. En un proceso de transición al ecosocialismo, donde el transporte público –subterráneo o no– estaría ampliamente extendido y sería gratuito para los usuarios, y donde los peatones y ciclistas tendrían sendas protegidas, el auto privado tendría un papel mucho menor que en la sociedad burguesa, donde se ha convertido en un una mercancía fetiche –promovida con una incisiva y agresiva publicidad–, un símbolo de prestigio, un signo de identidad (en los Estados Unidos, la licencia de conducir es un documento de identidad reconocido) central en la vida personal, social y erótica.

El ecosocialismo está basado en una apuesta que ya había promovido Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del “ser” por encima del “tener”; vale decir, de tiempo libre para la realización personal mediante actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, en lugar del deseo de poseer una infinidad de productos. La adquisición compulsiva es inducida por el fetichismo de la mercancíainherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la propaganda: no existe ninguna prueba de que esto sea parte de la “eterna naturaleza humana”, como el discurso reaccionario quiere hacernos creer. Como Ernest Mandel enfatizó:

La continua acumulación de cada vez más mercancías (con una “utilidad marginal” decreciente) no es de ninguna manera una característica universal o incluso predominante de la naturaleza humana. El desarrollo de talentos e inclinaciones por su propio bien; la protección de la salud y la vida; el cuidado de los niños; el desarrollo de ricas relaciones sociales [...]; todos estos factores se convierten en motivaciones fundamentales una vez que las necesidades materiales básicas han sido satisfechas.[6]

Esto no significa que no surgirán conflictos, particularmente durante el proceso de transición, entre los requerimientos de la protección del ambiente y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar infraestructuras básicas, particularmente en los países pobres, entre los hábitos de consumo populares y la escasez de recursos. ¡Una sociedad sin clases no es una sociedad sin contradicciones ni conflictos! Estos son inevitables: resolverlos será la tarea de una planificación democrática, en una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y la obtención de ganancias, mediante una discusión abierta y pluralista, que desemboque en la toma de decisiones por la misma sociedad. Esta democracia arraigada y participativa es el único camino, no de prevenir errores, sino de permitir la autocorrección, por parte de la colectividad social, de sus propios errores.

¿Es esta una utopía? En su sentido etimológico –“algo que existe en ningún lado”–, ciertamente lo es. ¿Pero no son las utopías visiones de un futuro alternativo, imágenes deseadas de una sociedad diferente, un aspecto necesario de cualquier movimiento que quiere desafiar el orden establecido? Como explicó Daniel Singer en su testamente literario y político, Whose Millenium?, en un intenso capitulo titulado “Utopía realista”:

si el establishment ahora se ve tan sólido, a pesar de las circunstancias, y si el movimiento obrero o la izquierda en general están tan incapacitados, tan paralizados, es por la inaptitud para ofrecer una alternativa radical. [...] La regla básica del juego es que no se cuestione ni lo fundamental del argumento ni los fundamentos de la sociedad. Solo una alternativa global, que rompa con esas reglas de resignación y abdicación, puede dar al movimiento emancipatorio un impulso genuina.[7]

La utopía socialista y ecológica es solo una posibilidad objetiva, no el inevitable resultado de las contradicciones del capitalismo, o de las “leyes de hierro de la historia”. No es posible predecir el futuro sino en términos condicionales: ante la ausencia de una transformación ecosocialista, de un cambio radical en el paradigma civilizatorio, la lógica del capitalismo llevará al planeta a desastres ecológicos dramáticos, amenazando la salud y la vida de billones de seres humanos, y tal vez hasta la supervivencia de nuestra especie.

* * * *

Soñar y luchar por una nueva civilización no significa que no se pelee por concretas y urgentes reformas. Sin ninguna ilusión en un “capitalismo limpio”, uno debe tratar de ganar tiempo, y de imponer, a los poderes existen, algunos cambios elementales: la prohibición de HCFCs que están destruyendo la capa de ozono, una moratoria general en organismos genéticamente modificados, una drástica reducción en la emisión de gases con efecto invernadero, el desarrollo del transporte público, los impuestos para autos contaminantes, el reemplazo progresivo de camiones por trenes, una regulación severa de la industria pesquera, así como del uso de pesticidas y químicos en la producción agroindustrial. Estos y otros temas similares están en el corazón de la agenda del Global Justice Movement y el Foro Social Mundial, que han permitido, desde Seattle en 1999, la convergencia de movimientos sociales y ambientales en una lucha común en contra del sistema.

Estas urgentes demandas ecosociales pueden llevar a procesos de radicalización, a condición de no aceptar que se limiten sus objetivos conforme a los requerimientos del “mercado (capitalista)” o de la “competitividad”. De acuerdo a la lógica de lo que los marxistas llaman “un programa transicional”, cada pequeña victoria, cada avance parcial puede llevar inmediatamente a una demanda mayor, a un objetivo más radical.
Dichas luchas alrededor de temas concretos son importantes, no solo porque las victorias parciales son bienvenidas en sí mismas, sino también porque contribuyen a aumentar la conciencia social y ecológica, y porque promueven la actividad y autoorganización desde abajo: ambos son precondiciones decisivas y necesarias para una transformación radical del mundo, es decir, revolucionaria.

No hay razón para el optimismo: las entrelazadas élites gobernantes del sistema son increíblemente poderosas y las fuerzas radicales de oposición aún son chicas. Pero constituyen la única esperanza de que el catastrófico curso del “crecimiento” capitalista sea detenido. Walter Benjamin no definió la revolución como la locomotora de la historia, sino como el acto por el cual la humanidad acciona los frenos de emergencia del tren antes de caer al precipicio...

Revista Herramienta 42, octubre 2009

Artículo enviado por el autor, traducido del inglés para Herramienta por María Luján Veiga.

[1] Un notable análisis de la lógica destructiva del capital puede encontrarse en Joel Kovel, The Enemy of Nature. The End of Capitalism or the End of the World ?, N.York,; Zed Books, 2002. [Edición en castellano: El enemigo de la naturaleza. ¿El fin del capitalismo o el fin del mundo?, Buenos Aires, Asociación Civil Tesis 11, 2005.]

[2] John Bellamy Foster usa el concepto de “revolución ecológica”, pero argumenta que “una revolución ecológica global merecedora del nombre solo puede ocurrir como parte de una más amplia revolución social; y, yo insistiría, socialista. Dicha revolución [...] demandaría, como insistía Marx, que los productores asociados regulen racionalmente la relación metabólica del hombre con la naturaleza. [...] Debe inspirarse en William Morris, uno de los mas originales y ecologistas seguidores de Karl Marx, de Gandhi, y de otras figuras radicales, revolucionarias y materialistas, incluyendo a Marx mismo, llegando tan lejos como a Epicuro”. (“Organizing Ecological Revolution”, Monthly Review 57.5 (octubre de 2005), pp. 9-10).

[3] Ver John Bellamy Foster, Marx’s Ecology. Materialism and Nature, Nueva York, Monthly Review Press, 2000.

[4] F.Engels, Anti-Dühring, París, Ed. Sociales, 1950, p. 318. [Hay muchas ed. en castellano; cf.: México, Ediciones Fuente Cultural, 1945, p. 284.

[5] Joel Kovel, Enemy of Nature, p. 215 [ed. en castellano: p. 222]

[6] Ernest Mandel, Power and Money. A Marxist Theory o Bureaucracy, Londres, Verso, 1992, p. 206. [Hay edición en castellano: El Poder y el Dinero. Contribución a la teoría de la posible extinción del estado, México, Siglo Veintiuno, 1994, p. 294.

[7] D. Singer, Whose Millenium? Theirs or Ours?,Nueva York, Monthly Review Press, 1999, pp. 259-260.

Michael Löwy nació en Brasil en 1938. Es director de investigación emérito en el Centre Nationale de la Recherche Scientifique (Centro Nacional de Investigación Científica); fue profesor en la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales). Sus obras han sido publicadas en 24 idiomas. Entre sus libros más recientes se encuentran Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa central (1988); Rebelión y melancolía. El romanticismo como contracorriente de la modernidad (1992); Walter Benjamin: aviso de incendio (2001); Kafka, soñador insumiso (2004); Sociologías y religión. Aproximaciones insólitas (2009). Es miembro del consejo asesor de Herramienta.

Font:
http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-42/ecosocialismo-hacia-una-nueva-civilizacion


¿Qué es el ecosocialismo?

Michael Löwy

El sistema capitalista imperante está provocando a los habitantes del planeta una larga lista de calamidades irreparables. Así: el crecimiento exponencial de la polución del aire en las grandes ciudades y en los paisajes rurales; el agua potable ensuciada; el calentamiento global, con el incipiente derretimiento de las capas de hielo polar y el incremento de las catástrofes “naturales” extremas relacionadas con el clima; el deterioro de la capa de ozono; la creciente destrucción de las selvas tropicales; la rápida disminución de la biodiversidad a través de la extinción de miles de especies; el agotamiento de los suelos; la desertificación; la inmanejable acumulación de residuos, especialmente nucleares; la multiplicación de accidentes nucleares junto con la amenaza de un nuevo -y tal vez más destructivo- Chernobyl; la contaminación de alimentos; la ingeniería genética; "las vacas locas" y la carne de vacuno con hormonas inyectadas. Todas las señales de alerta están en rojo: es evidente que la búsqueda insaciable de beneficios, la lógica mercantil y productivista de la civilización capitalista/industrial nos está conduciendo a un desastre ecológico de proporciones incalculables. Esto no es ceder al “catastrofismo", sino verificar que la dinámica de "crecimiento" infinito provocada por los capitalistas está amenazando las bases naturales de la vida humana en el planeta.

¿Cómo deberíamos reaccionar ante este peligro? El socialismo y la ecología -o al menos algunas de sus corrientes- comparten objetivos que suponen un cuestionamiento de este automatismo económico, del reinado de la cuantificación, de la producción como un objetivo en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción del universo social a los cálculos de rentabilidad y las necesidades de la acumulación del capital. Tanto el socialismo y la ecología apelan a valores cualitativos -para los socialistas, el valor de uso, la satisfacción de las necesidades, la igualdad social; para los ecologistas, la protección de la naturaleza y el equilibrio ecológico. Ambos conciben la economía como "incrustada" en el medio ambiente - un medio ambiente social o natural.

Dicho esto, diferencias básicas han separado hasta ahora a los "rojos" de los "verdes", los marxistas de los ecologistas. Los ecologistas acusan a Marx y Engels de productivismo. ¿Es esto justificado? Sí y no.

No, en la medida en que nadie ha denunciado la lógica capitalista de la producción por la producción -así como la acumulación de capital, el patrimonio y mercancías como objetivos en sí mismos- tan vehemente como lo hizo Marx. La idea misma del socialismo -contrariamente a sus miserables deformaciones burocráticas- es la producción de valores de uso, de bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades humanas. Para Marx, el objetivo supremo del progreso técnico no es la infinita acumulación de bienes ("Tener"), sino la reducción de la jornada de trabajo y la acumulación de tiempo libre ("Ser").

Sí, en la medida en que uno a menudo ve en Marx y Engels (y más aún en el marxismo posterior) una tendencia a hacer del "desarrollo de las fuerzas productivas" el principal vector de progreso, junto con una actitud poco crítica hacia la civilización industrial, en particular respecto de su relación destructiva con el medio ambiente.

En realidad, se puede encontrar material en los escritos de Marx y Engels para apoyar ambas interpretaciones. La cuestión ecológica es, en mi opinión, el gran desafío para una renovación del pensamiento marxista en el umbral del siglo 21. Ello plantea a los marxistas realizar una profunda revisión crítica de su concepción tradicional de las "fuerzas productivas", y que rompan radicalmente con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna.

* * *

Walter Benjamin fue uno de los primeros marxistas en el siglo 20 en abordar esta cuestión. En 1928, en su libro Una calle de un solo sentido, denunció como una "doctrina imperialista” la idea de la dominación de la naturaleza y la propuesta de una nueva concepción de la tecnología como una "maestría de las relaciones entre la naturaleza y la humanidad". Algunos años más tarde en Sobre el concepto de la Historia, propuso enriquecer el materialismo histórico con las ideas de Fourier, el visionario utópico que soñaba con "el trabajo que, lejos de explotar la naturaleza, sería capaz de despertar las creaciones que dormían en su seno".

Hoy el marxismo está todavía lejos de haber corregido su atraso en esta cuestión. Sin embargo, ciertas líneas de pensamiento están empezando a abordar el problema. Un fértil camino ha sido abierto por el ecologista y "marxista-polanyista" James O’Connor. Él propone añadir a la primera contradicción del capitalismo señalada por Marx -entre las fuerzas y las relaciones de producción- una segunda contradicción -entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción- que tenga en cuenta a los trabajadores, el espacio urbano y la naturaleza. A través de su dinámica expansionista, señala O’Connor, el capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, comenzando por el entorno natural, una posibilidad que Marx no consideró adecuadamente.

Otro enfoque interesante se sugiere en una reciente obra del “ecomarxista “italiano” Tiziano Bagarollo: "La fórmula según la cual existe una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en efectivamente destructivas, por encima de todo en materia de medio ambiente, parece más apropiada y significativa que el bien conocido esquema de la contradicción entre las (dinámicas) fuerzas de producción y las relaciones de producción (que son los grilletes de las primeras). Además, esta fórmula ofrece una crítica, no apologética, fundación para el desarrollo económico, tecnológico y científico y, por tanto, la elaboración de un "diferenciado" (Ernst Bloch) concepto de progreso".

Sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa –sindicatos y partidos socialdemócratas y comunistas- permanece profundamente moldeado por la ideología del "progreso" y del productivismo, liderando incluso en algunos casos, sin hacer demasiadas preguntas, la defensa de la energía nuclear o la industria del automóvil. Sin embargo, la sensibilidad ecológica ha comenzado a surgir, especialmente en los sindicatos y partidos de izquierda de los países nórdicos, España y Alemania.

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La gran contribución de la ecología ha sido, y sigue siendo, hacernos conscientes de los peligros que amenazan el planeta como resultado del actual modo de producción y consumo. El crecimiento exponencial de los ataques contra el medio ambiente y la creciente amenaza de la ruptura del equilibrio ecológico constituyen un catastrófico escenario que pone en tela de juicio la supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a una crisis de la civilización, que exige un cambio radical.

El problema es que las propuestas presentadas por los principales círculos de la ecología política europea son, en el mejor de los casos, soluciones muy insuficientes, y en el peor totalmente inapropiadas a la crisis ecológica. Su principal debilidad es que no reconocen la conexión necesaria entre el productivismo y el capitalismo. En cambio, reformas como los impuestos ecológicos capaces de controlar "excesos" o ideas como la "economía verde" llevan a la ilusión de un "capitalismo limpio". O, más aún, tomando como pretexto la imitación del productivismo occidental por las economías planificadas burocráticas, conciben el capitalismo y el "socialismo" como variantes del mismo modelo -un argumento que ha perdido una gran cantidad de su atractivo tras el colapso de los llamados "socialismo realmente existentes".

Los ecologistas están equivocados si imaginan que pueden actuar sin la crítica marxista del capitalismo. Una ecología que no reconoce la relación entre el "productivismo" y la lógica del beneficio está destinada al fracaso -o, peor aún, a ser absorbida por el sistema. Abundan los ejemplos. La falta de una coherente postura anti-capitalista liderando la mayoría de los partidos verdes europeos - particularmente, en Francia, Alemania, Italia, y Bélgica- para convertirse en mero socios "eco-reformista" en la gestión social-liberal del capitalismo por los gobiernos de centro-izquierda.

Considerando a los trabajadores como irremediablemente devotos del productivismo, algunos ecologistas han evitado el movimiento obrero y han adoptado el lema "ni la izquierda ni la derecha”. Ex-marxistas convertidos a la ecología se han precipitado en decir "adiós a la clase obrera" (Andre Gorz), mientras que otros (Alain Lipietz) insisten en la necesidad de abandonar "el rojo" -es decir, el marxismo o el socialismo- para unirse al "verde", el nuevo paradigma considerado como la respuesta a todos los problemas económicos y sociales.

Por último, en los llamados "fundamentalistas", o círculos de la ecología profunda, vemos, en virtud del pretexto de oponerse al antropocentrismo, el rechazo del humanismo, que da lugar a posiciones relativistas que sitúan a todas las especies vivas en el mismo plano. ¿Debería uno realmente sostener que el bacilo de Koch o el mosquito Anopheles tienen el mismo derecho a la vida que los niños que padecen tuberculosis o el paludismo?

¿Qué es entonces el ecosocialismo? Es una corriente del pensamiento y acción ecológica que se apropia de los logros fundamentales del marxismo despegándose de su lacra productivista. Para los ecosocialistas, la lógica mercantil del beneficio y la lógica del burocratismo autoritario desarrollada en el "socialismo realmente existente", son incompatibles con la necesidad de salvaguardar el medio ambiente natural. Aunque criticando la ideología de los sectores dominantes del movimiento obrero, los ecosocialistas saben que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza indispensable para cualquier transformación radical del sistema, así como para el establecimiento de una nueva sociedad socialista y ecológica.

El ecosocialismo se ha desarrollado principalmente durante los últimos 30 años, gracias a la labor de grandes pensadores como Raymond Williams, Rudolf Bahro (en sus primeros escritos) y Andre Gorz (también en sus primeros trabajos), así como a las valiosas contribuciones de James O’Connor, Barry Commoner, John Bellamy Foster, Joel Kovel, Joan Martínez-Alier, Francisco Fernández Buey, Jorge Riechman (los tres últimos de España), Jean-Paul Deleage, Jean-Marie Harribey (Francia), Elmar Altvater, Frieder Otto Wolf (Alemania), y muchos otros, que publican en revistas especializadas como el capitalismo Naturaleza y el socialismo Ecología Política.

Esta corriente está lejos de ser políticamente homogénea. Sin embargo, la mayoría de sus representantes comparten ciertos temas comunes. Rompiendo con la ideología productivista del progreso -en su forma capitalista y/o burocrática- y oponiéndose a la expansión infinita del modo de producción y consumo que destruye la naturaleza, representa un original intento de conectar las ideas fundamentales del socialismo marxista con los avances de la crítica ecológica James O’Connor define como ecosocialistas las teorías y movimientos que buscan subordinar el valor de cambio al valor de uso, mediante la organización de la producción en función de las necesidades sociales y las exigencias de protección del medio ambiente. Su objetivo, un socialismo ecológico, sería una sociedad racionalmente ecológica basada en el control democrático, la igualdad social, y el predominio del valor de uso. Yo añadiría que esta concepción asume la propiedad colectiva de los medios de producción, la planificación democrática que permita a la sociedad definir los objetivos de inversión y producción, y una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas.

El razonamiento ecosocialista se basa en dos argumentos esenciales:

1. El actual modo de producción y el consumo de los países capitalistas avanzados, que se basa en la lógica de la acumulación sin límites (de capital, beneficios, y mercancías), el despilfarro de recursos, el consumo ostentoso, y la acelerada destrucción del medio ambiente, no puede en modo alguno extenderse a todo el planeta sin una gran crisis ecológica. Según cálculos recientes, si se extendiera a todo el mundo el promedio de consumo de energía de los Estados Unidos, las reservas conocidas de petróleo se agotarían en diecinueve días. Por lo tanto, este sistema implica necesariamente el mantenimiento y agravación de la fragrante desigualdad entre el Norte y el Sur.

2. Cualquiera que sea la causa, la continuación del “progreso” capitalista y la expansión de una civilización basada en la economía de mercado -incluso bajo esta forma brutalmente desigual en que la mayoría del mundo consumen menos-amenaza directamente, en el medio plazo (cualquier previsión exacta sería arriesgada), la supervivencia misma de la especie humana. La protección del medio ambiente natural es, pues, un imperativo humanista.

La racionalidad limitada por el mercado capitalista, con su cálculo a corto plazo de de pérdidas y ganancias, se encuentra en contradicción intrínseca con la racionalidad ecológica, que tiene en cuenta la duración de los ciclos naturales. No es una cuestión de contrastar a los "malos" capitalistas ecocidas con los "buenos" capitalistas verdes; es el propio sistema, basado en la competencia despiadada, las exigencias de rentabilidad, y la carrera por el beneficio rápido, el que destruye el equilibrio de la naturaleza. El capitalismo verde no es nada más que un ardid publicitario, una etiqueta con el fin de vender una mercancía, o - en el mejor de los casos- una iniciativa local equivalente a una gota de agua en el árido suelo del desierto capitalista.

Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomía deificada de la economía provocada por el neoliberalismo, el reto del futuro para los ecosocialistas es la realización de una "economía moral". Esta economía moral debe existir en el sentido en el que E.P. Thompson que utiliza este término, es decir, una política económica basada en criterios no monetarios y extra-económicos. En otras palabras, debe reintegrar lo económico en lo ecológico, lo social y lo político.

Las reformas parciales son completamente insuficientes; lo que se necesita es la sustitución de la micro-racionalidad del beneficio por una macro-racionalidad social y ecológica, que exige un verdadero cambio de civilización. Que es imposible sin una profunda reorientación tecnológica orientada a la sustitución de las actuales fuentes de energía por otras no contaminantes y renovables, como la eólica o la energía solar. La primera cuestión, por lo tanto, concierne al control de los medios de producción, especialmente a las decisiones sobre la inversión y el cambio tecnológico, que debe ser arrancado de los bancos y las empresas capitalistas, a fin de servir al bien común de la sociedad.

Ciertamente, el cambio radical no sólo se refiere a la producción, sino también al consumo. Sin embargo, el problema de la civilización burguesa/industrial no es -como afirman a menudo los ecologistas- el "consumo excesivo" de la población. Tampoco es la solución general "limitar" el consumo. Es, más bien, el tipo prevaleciente de consumo, basado en la ostentación, el despilfarro, la alienación mercantil, y una obsesión acumulativa, el que debe ponerse en tela de juicio.

Una economía en transición al socialismo, "arraigada" (como diría Karl Polanyi) en el entorno social y natural, se basaría en la elección democrática de las prioridades y las inversiones por la propia población, y no por "las leyes del mercado" o un omnisciente politburó. La planificación democrática local, nacional, y, más tarde o más temprano, internacional, definiría:

- Qué productos han de ser subvencionados o incluso distribuidos sin cargo;

- Qué opciones energéticas deben ser promovidas, aun cuando no sean al principio, las más rentables;

- La forma de reorganizar el sistema de transporte de acuerdo a criterios sociales y ecológicos; y

- Qué medidas tomar para reparar, lo antes posible, los enormes daños ambientales legados por el capitalismo. Y así sucesivamente...

Esta transición no sólo llevaría a un nuevo modo de producción y una sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo alternativo de vida, una nueva civilización ecosocialista, más allá del reino del dinero, más allá de los hábitos de consumo artificialmente generados por la publicidad, y más allá de la producción ilimitada de mercancías, tales como automóviles privados, que son perjudiciales para el medio ambiente.

¿Utopía? En su sentido etimológico ("la nada"), sin duda. Sin embargo, si uno no cree, con Hegel, que "todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real", ¿cómo se refleja en la racionalidad sustancial sin apelar a las utopías? La utopía es indispensable para el cambio social, siempre que se base en las contradicciones que se encuentran en la realidad y en los movimientos sociales reales. Este es el caso de ecosocialismo, que propone una alianza estratégica entre "rojos" y "verdes"-no en el estrecho sentido utilizado por los políticos social-demócratas y los partidos verdes, sino en un sentido más amplio entre el movimiento obrero y el movimiento ecologista- y de los movimientos de solidaridad con los oprimidos y explotados del Sur.

Esta alianza implica que la ecología desecha cualquier tendencia al naturalismo anti-humanista y abandona su reclamo de sustituir a la crítica de la economía política. Desde el otro lado, el marxismo debe superar su productivismo. Una forma de ver esto sería descartar el esquema mecanicista de la oposición entre las fuerzas de la producción y las relaciones de producción que las sujetan. Esto debería sustituirse o, al menos, ser completado por la idea de que las fuerzas productivas en el sistema capitalista se han convertido en destructivas. Tomemos, por ejemplo, la industria armamentista, o las diversas ramas de producción que destruyen la salud humana y el medio ambiente natural.

* * * *

La utopía revolucionaria del socialismo verde, o del comunismo solar, no implica que no se deba actuar ahora. No tener ilusiones acerca de “ecologizar” el capitalismo no significa que uno no puede unirse a la batalla por reformas inmediatas. Por ejemplo, ciertos tipos de impuestos ecológicos podrían ser útiles, siempre que se basen en una lógica social igualitaria (hacer que el que contamine paga, no el público) y que se disponga del mito del cálculo económico del "precio de mercado" para los daños ecológicos, que son inconmensurables con cualquier punto de vista monetario. Necesitamos desesperadamente ganar tiempo, luchar inmediatamente por la prohibición de los HCFC que destruyen la capa de ozono, por una moratoria sobre los organismos genéticamente modificados, por severas limitaciones impuestas a las emisiones de gases de efecto invernadero, y por privilegiar el transporte público sobre los contaminantes y antisociales automóviles privados.

La trampa que nos espera aquí es el reconocimiento formal de nuestras demandas, que las vacíe de contenido. Un caso ejemplar es el del Protocolo de Kyoto sobre el Cambio Climático, que prevé una reducción mínima del 5 por ciento de los gases responsables del calentamiento del planeta en relación con 1990 -sin duda muy poco para lograr resultados. Como es sabido, los EE.UU., la principal potencia responsable de la emisión de estos gases, se ha negado obstinadamente a firmar el protocolo. En cuanto a Europa, Japón y Canadá, han firmado el mismo añadiendo al mismo tiempo cláusulas como el famoso "mercado de derechos de emisión", que restringen enormemente el ya limitado alcance del Tratado. En lugar de los intereses a largo plazo de la humanidad, ha predominado la perspectiva a corto plazo de las multinacionales del petróleo y de la industria del automóvil.

La lucha por reformas ecosocialistas puede ser el vehículo para el cambio dinámico, una "transición" entre las demandas mínimas y el programa máximo, siempre que se rechace la presión y los intereses predominantes a favor de la "competitividad" y la "modernización" en el nombre de las "reglas del mercado".

Determinadas demandas inmediatas pueden ya, o podrían rápidamente, convertirse en el espacio de convergencia entre los movimientos sociales y ecológicos, los sindicatos y los defensores del medio ambiente, "rojos" y "verdes":

- La promoción de transporte público o gratuito -trenes, metros, autobuses, tranvías- como una alternativa a la asfixia y la contaminación de las ciudades y campos por los automóviles privados y el sistema de transporte por carretera;

- El rechazo del sistema de la deuda y los extremadamente neoliberales "ajustes estructurales" impuestos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a los países del Sur, con dramáticas consecuencias ecológicas y sociales: el desempleo masivo, la destrucción de las protecciones sociales, y la destrucción de los recursos naturales a través de la exportación;

- La defensa de la salud pública contra la contaminación del aire, el agua y los alimentos, debido a la codicia de las grandes empresas capitalistas; y

- La reducción del tiempo de trabajo para hacer frente al desempleo y la creación de una sociedad que privilegie el tiempo libre sobre la acumulación de bienes.

Todos los movimientos de emancipación social deben unirse para alcanzar una nueva civilización más humana y respetuosa de la naturaleza. Como lo ha señalado acertadamente Jorge Riechmann: "Este proyecto no puede rechazar ninguno de los colores del arco iris -ni el rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario, ni el violeta de las luchas por la liberación de las mujeres, ni el blanco de los movimientos no violentos por la paz, ni el antiautoritarismo negro de los libertarios y anarquistas, ni mucho menos el verde de la lucha por una humanidad justa y libre en un planeta habitable. "

* * * *

La ecología política radical se ha convertido en una fuerza social y política presente en el terreno de la mayoría de los países europeos, y también, en cierta medida, en los EE.UU. Sin embargo, nada sería más equivocado que considerar las cuestiones ecológicas sólo de interés para los países del Norte -un lujo de sociedades ricas. De forma creciente, los movimientos sociales con una dimensión ecológica se están desarrollando en los países del capitalismo periférico -el Sur.

Estos movimientos están reaccionando a un creciente agravamiento de los problemas ecológicos problemas de Asia, África y América Latina que son resultado de una política deliberada de "exportar la contaminación" por los países imperialistas. La "legitimación” económica -desde el punto de vista de la economía de mercado capitalista- fue expuesta sin rodeos en un memorandum interno del Banco Mundial por el economista jefe de la institución, Lawrence Summers (en la actualidad, el presidente de la Universidad de Harvard) en The Economist a principios de 1992. Summers, dijo:

Sólo entre usted y yo, ¿no debería el Banco Mundial debe alentar una mayor migración de las industrias sucias a los países menos adelantados (los países menos desarrollados)? Puedo pensar en tres razones: 1) La medición de los costes de alteración de la salud por la contaminación depende de los ingresos no percibidos por el aumento de la morbilidad y la mortalidad. Desde este punto de vista una cantidad dada de una merma de la salud por la contaminación debería hacerse en el país con el menor costo, que es el país con los salarios más bajos. Creo que la lógica económica detrás de dumping, una carga de residuos tóxicos en el país de salarios más bajos es impecable, y deberíamos hacer frente a eso. 2) Los costos de la contaminación se supone que no son lineales, ya que los incrementos de la contaminación probablemente tienen muy bajos costos. Siempre he pensado que los países de baja población en África están mucho menos contaminados; la calidad de su aire es probablemente ineficientemente baja en comparación con Los Ángeles o Ciudad México…3) La demanda de un medio ambiente limpio por motivos de salud y estéticos es probable que tenga una muy alta elasticidad-renta. La preocupación por un agente que causa un cambio de uno en un millón en un en la probabilidad de cáncer de próstata va a ser obviamente mucho mayor en un país donde las personas sobreviven al cáncer de próstata, que en un país donde la mortalidad de menores de cinco años es de 200 por mil

En esta declaración podemos ver una cínica fórmula que revela claramente la lógica del capital global -en contraste con todos los discursos tranquilizantes de "desarrollo" elaborado por las instituciones financieras internacionales.

En los países del Sur, podemos ver el nacimiento de los movimientos que Joan Martínez-Alier denomina "la ecología de los pobres" o incluso el "neo-narodnismo ecológico". Ellos incluyen movilizaciones populares en defensa de la agricultura campesina, el acceso comunal a los recursos naturales amenazados por la destrucción causad por la expansión agresiva del mercado (o el Estado), así como las luchas contra la degradación del medio ambiente local provocada por el intercambio desigual, la industrialización dependiente, las modificaciones genéticas y el desarrollo del capitalismo (agroindustria) en el campos. A menudo, estos movimientos no se definen a sí mismos como ecológicos, pero su lucha sin embargo, tiene una fundamental dimensión ecológica.

Huelga decir que estos movimientos no están en contra de las mejoras traídas por el progreso tecnológico; por el contrario, la demanda de electricidad, agua corriente, alcantarillado, y más dispensarios médicos destacan en sus reivindicaciones. Lo que rechazan es la contaminación y la destrucción de su entorno natural en el nombre de "las leyes del mercado" y los imperativos de la “expansión” capitalista.
Un reciente artículo del dirigente campesino peruano Hugo Blanco ofrece una sorprendente exposición del significado de esta "ecología de los pobres":

A primera vista, los defensores del medio ambiente o la conservación aparecen como personas agradables, un poco locas, cuyo principal objetivo en la vida es evitar la desaparición de las ballenas azules y los osos panda. La gente común tiene cosas más importantes que los ocupan, por ejemplo, cómo conseguir su pan diario. Sin embargo, existen en el Perú un gran número de personas que se encuentran los defensores del medio ambiente. Para estar seguro, si uno les dice "ustedes son ecologistas", su respuesta probablemente sería "ecologista mi ojo." Y, sin embargo, en su lucha contra la contaminación causada por la Southern Perú Copper Corporation, ¿no son los habitantes de la ciudad de Ilo y los pueblos de los alrededores los defensores del medio ambiente? ¿Y no es la población de la Amazonía completamente ecologista, dispuesta a morir para defender sus bosques contra el pillaje? Lo mismo vale para la población pobre de Lima, cuando protesta contra la contaminación del agua”.

Entre las innumerables manifestaciones de la "ecología de los pobres", un movimiento es particularmente ejemplar por su amplitud, que es a la vez social y ecológico, local y global, "rojo" y "verde": la lucha de Chico Mendes y la Alianza de los Pueblos de la Selva en defensa de la Amazonia brasileña contra la actividad destructiva de los grandes terratenientes y de las multinacionales de la agroindustria.

Recordemos brevemente los principales aspectos de esta confrontación. A principios de los 80, un militante sindicalista vinculado a la Confederación Unificada de Trabajadores (CUT) y activista del nuevo movimiento socialista representado por el Partido de los Trabajadores de Brasil, Chico Mendes, organizó ocupaciones de tierras por campesinos que se ganaban la vida con la extracción de caucho (seringueiros) contra los latifundistas, que arrasaron el bosque a fin de establecer los pastizales. Más tarde Mendes logró reunir a campesinos, trabajadores agrícolas, seringueiros, sindicalistas y las tribus indígenas -con el apoyo de la iglesia en las comunidades de base-para formar la Alianza de los Pueblos de la Selva, que bloqueó muchos intentos de la deforestación. El clamor internacional resultante de estas acciones le hizo merecedor del Premio Global 500 de Naciones Unidas en 1987. Pero poco después, en diciembre de 1988, los latifundistas le hicieron pagar un alto precio por su lucha, ordenando su asesinato a manos de sicarios.

A través de su vinculación del socialismo y la ecología, las luchas indígenas y campesinas, la supervivencia de las poblaciones locales y asumir la responsabilidad de una preocupación mundial (la protección de la última gran selva tropical), este movimiento puede convertirse en un paradigma de las futuras movilizaciones populares en el Sur

* * * *

Hoy en día, en el cambio del siglo 20, la ecología política radical se ha convertido en uno de los ingredientes más importantes del gran movimiento contra la globalización neoliberal capitalista, que se está desarrollando en el Norte como el Sur. La presencia masiva de los ecologistas fue uno de los aspectos sorprendentes de la gran manifestación de Seattle en contra de la Organización Mundial del Comercio en 1999. Y en el Foro Social Mundial en Porto Alegre en 2001, uno de los más poderosos actos simbólicos del evento fue la operación llevada a cabo por activistas del Movimiento Sin Tierra y José Bové la Confederación de Agricultores de francés: la excavación de un campo de maíz modificado genéticamente por Monsanto. La batalla contra la propagación incontrolada de los alimentos modificados genéticamente está desarrollándose en Brasil, Francia y otros países. Esta lucha reúne no sólo al movimiento ecológico, sino también al movimiento campesino, parte de la izquierda, y ciudadanos en general preocupados por las consecuencias imprevisibles de las modificaciones genéticas en la salud pública y el medio ambiente natural. La lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa del medio ambiente, la resistencia a la dictadura de las multinacionales, y la batalla por la ecología están íntimamente relacionadas en la reflexión y la praxis del movimiento mundial contra la globalización capitalista/liberal.

Publicado en: Capitalism Nature Socialism, Vol. 16, nº 2, 2005. Traducción del inglés por Codo a Codo.


"Los economistas de la clase dominante leen a Marx a ver si logran entender qué pasa"

"No basta con tener una utopía, tenemos que partir de luchas actuales y locales, como el transporte colectivo"

De origen brasileño, Michael Löwy (nacido en Sao Paulo en 1938) reside desde 1969 en Paris, donde es director emérito de Investigación del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) y profesor de l´Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. Este filósofo y sociólogo es autor de 17 obras y ha sido traducido a 29 lenguas.

SUSANA REGUEIRA - PONTEVEDRA, Faro de Vigo 8/4/2010

La alternativa ecosocialista al actual modelo capitalista fue ayer el eje de la intervención de Michael Löwy en la Semana Galega de Filosofía. Era la tercera ocasión en la que el pensador descendiente de judíos vieneses compartía sus investigaciones con los congresistas del simposio y muchos salieron de su charla más animados: si empezamos a cambiar por pequeñas victorias, al menos los pontevedreses ya hemos librado una con éxito, la recuperación de las calles para los ciudadanos.

¿Pero Marx no estaba muerto?

Hay una declaración famosa que dice “Marx está definitivamente muerto para la humanidad”. ¿La fecha? 1917. Fue la primera previsión pero después hubo muchas, también se dijo en 1989 porque el capitalismo va tan bien que ha triunfado etc, y ahora resulta que se está redescubriendo a Marx, releyéndolo porque en cuanto exista el capitalismo vamos a necesitar a Marx para entender como funciona el sistema y como luchar en contra de él.

¿Sin Marx es posible explicar la crisis?

Pues hay explicaciones de la economía oficial pero se quedan muy cortas y los mismos economistas de la clase dominante leen a Marx a ver si se dan cuenta de lo que está pasando, pero toman a Marx simplemente como alguien que hace un diagnóstico de la crisis y a Marx no le interesa sólo hacer ese diagnóstico sino que le interesa cambiar las cosas, identificar grupos y clases sociales que tienen interés en enfrentarse con el capitalismo, es algo más (risas) de lo que se dice.

Tenemos potencial para destruir el planeta, agotar todas las reservas, matar a media (o a toda) población mundial ¿a estas alturas lo importante ya no es hacer sino no hacer?

Son las dos cosas: no podemos seguir haciendo lo que hemos hecho en los últimos cien años, seguir con la lógica del desarrollo, de la expansión del capitalismo, de la civilización industrial moderna, no, hay que interrumpir ese proceso porque nos está llevando a una catástrofe ecológica sin precedentes, el calentamiento global, pero tenemos que hacer otra cosa obviamente, algo, buscar caminos para otro paradigma de civilización, otro modo de vivir.

El modelo que usted defiende es el ecosocialismo ¿a qué alude este término?

Resulta de un matrimonio o una convergencia de la crítica marxista de la economía política del capitalismo con la crítica ecológica del productivismo, del consumismo y los planteamientos ecológicos sobre los límites del planeta. Son dos formas de pensamiento distintas que han caminado separadas y que intentamos acercarlas porque son compatibles y juntas forman el ecosocialismo, el planteamiento de buscar una alternativa al capitalismo que no sea fundamentada en esa misma lógica del productivismo, del consumismo, en el mismo sistema de fuerzas productivas que son el petróleo y el carbón que nos conducen a un callejón sin salida.

Porque resulta que le estamos dando vueltas a cómo salir de la crisis económica y un amplio grupo de pensadores opina que lo que no tiene salida es el sistema

El sistema creo que tiene salida, la crisis tiene salidas siempre pésimas, a costa de los de abajo, pero el capitalismo nunca va a morir de muerte natural (ya lo decía Walter Benjamin) alguna salida dará. Pero es que el problema no es la crisis económica aunque puede durar muchos años, el problema es la crisis ecológica que es una crisis de civilización. Esa sí tiene límites, a partir de cierto punto entramos en un proceso irreversible de destrucción ecológica, de cambio de clima y calentamiento global, a partir de ahí no hay camino ni vuelta atrás y esa sí es la mayor amenaza.

Y no confía en que los políticos sepan resolver el tema.

Los políticos no van a resolver la crisis, tomarán medidas en los marcos del mismo sistema y ahora se necesitan medidas más radicales, tasas sobre el capital financiero (como la tasa Tobin) y reorganizarse toda la sociedad.

El ecosocialismo es un modelo revolucionario ¿cómo iniciarlo en Europa?

Es un modelo revolucionario, pero no basta con tener una visión, una utopía, tenemos que partir de luchas actuales, de pequeñas victorias para intentar avanzar en esa dirección. En América Latina esos movimientos de indígenas, de campesinos, aunque no se definan como tal son donde más avanzado está el planteamiento ecosocialista, de hecho hay un enfrentamiento con la lógica de la expansión del capital, de las multinacionales, del agronegocio, la destrucción de la flora, de los bosques etc. Ahí se está librando una batalla importante y no sólo para ellos sino para toda la humanidad, basta observar la importancia del Amazonas como pozo de carbono para frenar el calentamiento global. Ahora, en Europa también hay luchas sociales y ecológicas a un tiempo. Le doy un ejemplo: hoy (por ayer) en Francia hay una huelga de trabajadores del ferrocarril. Una de sus principales reivindicaciones es la defensa del transporte de mercancías mediante trenes en vez del transporte mediante camiones que genera gases con consecuencias muy negativas. Todos sabemos, incluso el gobierno francés, que hay que cambiar el sistema de transporte, pero en vez de hacer eso el gobierno por razones de competitividad y cálculos financieros muy cortoplacistas está reduciendo ese transporte de ferrocarril y destruyendo vagones. La huelga es para defender el empleo, pero también representa un interés general: el de todo el pueblo francés y europeo en que se cambie el transporte de mercancías. Es una lucha inmediata, concreta pero también con dimensión ecológica, esas son las luchas que nos parecen fundamentales, como la de los pontevedreses por recuperar sus calles.

+ Info:

Declaración sobre el caos climático y la crisis ecológica global. Comité Internacional IV Internacional. Febrero 2011

Movilización por el clima y estrategia anticapitalista. Informe al 16º congreso de la IV internacional sobre el proyecto “ cambio climático y nuestras tareas”. Daniel Tanuro, 25/2/2010

Michael Löwy. Articles i biografia

Los ecosistemas al servicio del capital. Yayo Herrero López


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