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dijous 8 de desembre de 2005 | Jorge Riechmann
La "trilogia de l’autocontenció" presentada per Jorge Riechmann


Destrucción ecológica, desigualdad socioeconómica y descontrol de la tecnociencia son, a mi entender, los tres temas mayores que deben abordar hoy las ciencias sociales y la reflexión filosófica, con el suficiente coraje por parte de los investigadores e investigadoras para plantear las preguntas difíciles.

De manera correlativa, sustentabilidad, justicia y embridamiento democrático de la tecnociencia son los tres grandes objetivos sociopolíticos que deberíamos perseguir a todos los niveles (desde lo local a lo global). Esta identificación de problemas y prioridades me ha llevado, en estos años últimos, a escribir una “trilogía de la autocontención”, con perspectiva filosófico-moral, que concluye con Gente que no quiere viajar a Marte.

Trilogía de la autocontención

1. Un mundo vulnerable (primera edición: Los Libros de la Catarata, 2000. Segunda edición, Los Libros de la Catarata, 2005)

2. Todos los animales somos hermanos (primera edición: Univ. de Granada, 2003. Segunda edición, Los Libros de la Catarata, 2005)

3. Gente que no quiere viajar a Marte (primera edición: Los Libros de la Catarata, 2004).

Un problema básico en nuestra consideración del ser humano y su práctica social: no nos asustamos lo suficiente. Hans Jonas planteó su heurística del miedo, Günther Anders lo dijo también muchas veces y de muchas formas, pero nunca se insistirá lo suficiente sobre ello.

Pensar a partir de Auschwitz, Hiroshima y Chernobil es la tarea que nos ha legado el terrible siglo XX. Así como el Holocausto no fue una desviación de la civilización moderna, sino una de sus posibles culminaciones (tal es la tesis convincentemente defendida por el sociólogo Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto), análogamente Hiroshima y Chernobil no son “accidentes” colaterales de la Modernidad, sino que nos revelan algo profundo sobre su esencia.

En nuestra época, la época moral del largo alcance, la respuesta ético-política que precisan los graves problemas a los que hacemos frente debe formularse -a mi entender— en términos de responsabilidad (hacerse cargo de las consecuencias) y autocontención (tratar conscientemente de moderar nuestra hybris).

La tarea de autolimitación ecológica ha de inscribirse en el marco de una más amplia y general autocontención de la modernidad. Erradicar la posibilidad del moderno genocidio racionalmente planificado; de la guerra en la era de las armas de destrucción masiva; del ecocidio. A eso podemos llamarlo una (posible) autocontención de la modernidad.

Nuestro modelo de desarrollo (que es insostenible, a estas alturas casi huelga decirlo) se basa en la exportación de daño. No tanto en la organización racional de la producción, ni en la aplicación de la ciencia a la misma, ni en la explotación de ventajas comparativas, ni en otras -reales o supuestas-buenas cualidades que nos complace evocar: se basa, sobre todo, en la exportación de daño (en el espacio -geográfico, ecológico, social- y en el tiempo).

Por eso, sin nuevas “reglas de juego” para la economía y la relación entre seres humanos y naturaleza, sin cambios radicales en nuestras normas y nuestras conductas orientados a transformar el metabolismo humanidad/ biosfera, los objetivos de justicia y sustentabilidad no serán sino cháchara insulsa. Ésta es la realidad que hemos de afrontar en el siglo XXI.

No podemos seguir manteniendo la mentalidad del cow-boy -llegar, explotar, marchar- en un mundo lleno, donde ya se han alcanzado las fronteras, y que va camino de los 7.000 millones de habitantes. Habrá que aprender a cuidar la Tierra, tratándola a veces con amor de jardinero, a ratos con reverencia de ermitaño budista, por trechos con sentimiento de hermandad franciscana, en otras ocasiones con admiración de indio de las Grandes Praderas.

Para transformarnos y para cambiar la sociedad, precisamos la conmoción, el extrañamiento, el descentramiento que induce un verdadero encuentro con el otro: y ahí la relación con el animal no humano puede desempeñar un papel fundamental. En el encuentro con el animal no humano deberíamos ver una de las formas privilegiadas de encuentro con el otro. Si logramos abrirnos a ese encuentro puede que se tambalee nuestro injustificable egocentrismo, y seamos capaces de resituarnos en el cosmos, modificando nuestra relación ético-política con el mundo natural.

El mensaje fundamental que querría transmitir con esta “trilogía de la autocontención” es muy sencillo (y de hecho muy antiguo): para seres limitados y contingentes, que viven dentro de una biosfera limitada y vulnerable, el intento -prometeico o fáustico- de vivir a medias ignorando los límites, a medias intentando derribarlos, conducirá siempre a graves desastres e imposibilitará el tipo de felicidad accesible a los seres humanos.

Sin un movimiento de autolimitación, no hay forma de dejar existir al otro. De manera que, siendo verdad que somos la especie de la hybris, de la desmesura, de la extralimitación, del titanismo, habrá que agarrar el toro por los cuernos y hacer frente a estos rasgos problemáticos de la condición humana con un directo y decidido proyecto de autocontención. En estos tres volúmenes he desarrollado una serie de propuestas, argumentos y categorías (biomímesis, aspersión de daños, principio de mitad y mitad, humanismo fronterizo, ética de la imperfección, etc.) que creo pueden sernos de alguna utilidad en la titánica tarea de poner límites al titanismo.

En particular, propongo explorar las posibilidades y repercusiones de una actuación humana -individual y colectiva- que firme y radicalmente se propusiese como orientación los tres principios siguientes; en ética, principio de autocontención; en política, principio de democracia; en tecnología y economía, principio de biomímesis.

Con esas esperanzas he escrito los tres volúmenes, inquieto lector, curiosa lectora, que ahora tienes entre las manos. Günther Anders sugirió alguna vez que, ante profesores universitarios que escriben libros para otros profesores universitarios, nuestra sorpresa no debería ser menor que ante un panadero que sólo cociese pan para otros panaderos. Esta trilogía está escrita pensando en un público amplio, porque los asuntos que trata son radicalmente cosa del común: nos atañen a todos y todas.


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