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Anticapitalistes
  
dilluns 21 de novembre de 2005 | Alizia Stürtze
Urbanisme i violència

La Haine

¿De qué "guarida" francesa han salido esas masas de jóvenes desesperados que, con "exquisito racismo democrático", ministros y medios llaman "inmigrantes de tercera generación", "bandas incendiarias", "hordas peligrosas", "chusma merecedora del más implacable de los castigos"...?

¿Dónde han mantenido invisibilizada durante tantos años la palpable marginación y el claro fracaso del "estado del bienestar" que representa esa "rebelión de los miserables" que ha prendido en las periferias de las ciudades francesas y se está extendiendo a otras urbes europeas?

¿Cómo se entiende que en LA CIUDAD, en ese espacio que nos venden como inclusivo, integrador, solidario, intercultural y multiétnico, existan (y se potencien) esos muros, reales y simbólicos, ese "separatismo social", esa clasista segregación espacial/económica/social entre pacíficos ciudadanos de barrios "bien" y "gentes" de barrios "sensibles", desarraigadas, amenazadoras y potencialmente violentas?

¿Por qué damos por buena esa mentira mediática que, ante las imágenes de jóvenes proletarios/excluidos quemando coches o enfrentándose a la policía, deja entrever que pobreza y violencia van necesariamente unidas, que esa violencia es siempre unilateral y gratuita, y que sólo la estrategia policial/militar de "tolerancia cero" puede llevar seguridad a las ciudades, como nos llevan mostrando esos racistas/fascistas telefilmes yankis de "policías salvadores contra negros peligrosísimos"?

¿No será que esos jóvenes radicalizados recurren a la violencia social como único modo de visibilizar las gravísimas consecuencias que la violencia de la urbanización actual, producto a su vez del capitalismo neoliberal, les está haciendo padecer?

Al fin y al cabo, como certeramente señala Yves Pedrazzini en su libro "La violence des villes" ("La violencia de las ciudades"), la mundialización de la economía ha determinado, entre otros aspectos, un cierto tipo de arquitectura, de urbanismo, de "ciudades globales" que imponen una serie de prácticas sociales y espaciales, que le hacen el juego a la violencia del sistema: una crítica de la mundialización neoliberal debería así ir aparejada con una crítica del urbanismo actual.

Antes, para los que nos movíamos por la izquierda, el urbanismo era uno de los reflejos de los intereses de la clase dominante. Uno de los paradigmas de esa afirmación lo constituía precisamente la remodelación de París llevada a cabo por el barón Haussmann, bajo el imperio de Napoleón III, en concordancia con los intereses de la gran burguesía francesa: la construcción de esos 165 kilómetros de amplios bulevares y avenidas que aún siguen caracterizando a la capital francesa respondieron a la necesidad de potenciar la especulación inmobiliaria y, a la par, facilitar las cargas de la caballería para reprimir las recurrentes revueltas proletarias.

No hace falta vivir en una gran metrópoli del Norte o del Sur... desde Bilbo, Donostia, Iruñea, Gasteiz o Baiona (aunque indudablemente en menor medida) también se puede comprender la relación directa entre los proyectos urbanísticos de los últimos años, -que han desestructurado totalmente nuestras ciudades y transmutado su alma-, y los grandes planes
segregacionistas de la fase actual del capital. Todos los proyectos urbanísticos recientes responden al mismo plan directriz, que claramente viene marcado por el imperialismo neoliberal, y al que responden las estrategias de las grandes constructoras e inmobiliarias y los poderes
locales con sus modelos de ciudad aséptica, vigilada, sin pintadas, sin vida, sin latido...

Tras potenciar la creación de sociedades miedosas (amenazadas) e identificar al enemigo potencial con el pobre o el inmigrante (sin olvidar al terrorista), han conseguido globalizar la ideología de la seguridad y la necesidad de "consumir" seguridad. Ello les ha permitido no sólo engordar el bolsillo (la "seguridad" es hoy en día uno de los mejores negocios), sino transformar totalmente el paisaje urbano y legitimar una filosofía política de la represión que convierte las ciudades en cárceles repletas de seguratas y cámaras, totalmente fragmentadas entre espacios hiperprotegidos y espacios "peligrosos". En este modelo excluyente de ciudad, la localización de las barriadas pobres no es, por supuesto, nada casual. Responde a estrategias defensivas que buscan dividir y mantener apartadas a las diferentes clases sociales, y negar así de paso a los excluidos protección alguna contra los devastadores efectos de la orgía privatizadora actual que, de paso, logran invisibilizar.

Mientras tanto, a los "incluidos" les venden seguridad, privatizando los espacios públicos y convirtiéndolos en shopping centers supervigilados, a los que no tienen acceso los pobres, y desde los que las multinacionales de la alimentación, el vestido o la comunicación no sólo venden sus marcas, sino también introducen unas nuevas actitudes centradas únicamente en el consumo, "ese consuelo colectivo contemporáneo con el que olvidar la inseguridad". Se erradica así todo lo público, considerado peligroso en cuanto que "abierto a cualquiera", mientras se privatizan, en beneficio de una élite, mercados, calles, avenidas, plazas, y hasta el subsuelo, y se generan ciudades ultraconservadoras y represoras desde su estructura misma.

Es lo que unos llaman "urbanismo del oprimido" y otros "urbanismo del miedo". Las divisiones sociales, las relaciones de poder, quedan marcadas en ese espacio urbano, lo que lleva a los ciudadanos de pro a creer que existe una "violencia de los pobres" (naturaleza criminal de la pobreza) de la que hay que protegerse, y a olvidar la opresiva realidad de una violencia estructural que, marcada hoy día por la barbarie neoliberal y la inseguridad existencial, aterroriza desde su nacimiento a todos esos jóvenes de barriadas con el paro, la falta de formación, el racismo, la degradación de los servicios sociales, el deterioro e insalubridad de la vivienda... pero que también debería aterrorizar a todos esos "incluidos" que se creen a salvo.

Ahora, junto a las leyes de excepción, Chirac propone una reestructuración de esos barrios periféricos en llamas. Dada la clase a la que defiende y sus racistas y clasistas opiniones sobre esa "canalla" vandálica a la que llevan años depauperando, nada bueno se puede esperar. Se engaña sin embargo si piensa que es posible conseguir una seguridad real y duradera basada en la profundización de la discriminación y la desigualdad, fundamentada en combatir las consecuencias de los problemas y no las causas.

Ya no vale con ese "vigilar y castigar" al que, según Foucault, la clase dominante quiere reducir los tan proclamados derechos humanos. La lucha contra la violencia de las ciudades empieza indefectiblemente por la puesta en práctica táctica y estratégica del socialismo.

No hay otra.


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