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Anticapitalistes
  
dijous 28 de juliol de 2005 | Mariano Vázquez Espí
Hacia una arquitectura sostenible


Els paràgrafs que venen a continuació són la "Introducció" a l’article complet, que es pot llegir en format pdf en aquesta mateixa pàgina.

Tras años de esfuerzos ya es abundante la literatura sobre sostenibilidad. De entre las denominaciones en
uso, la que finalmente tuvo éxito fue la de `desarrollo sostenible’ tal y como fue establecida por el conocido
como Informe Brundtland, aunque se trata de un oxímoron desde el momento en que para ese desarrollo no
se establece un fin o propósito. Pues sólo un fin declarado permite evaluar la intensidad del desarrollo y su
bondad, al establecer cuánto desarrollo queda hasta alcanzar tal fin. Sin un fin o propósito, se tratará siempre
de un desarrollo indefinido y sin límite, inacabable, algo inviable e insostenible en el planeta finito que alberga
la naturaleza de la que formamos parte.

Muchas personas han analizado el asunto con anterioridad al Informe Brundtland, incluso con enfoques
divergentes. Por ejemplo Sir Frederick Soddy (1922), premio Nobel de Química por sus investigaciones en
radiactividad, planteó la cuestión de la sostenibilidad sin necesitar mencionar las generaciones futuras.

En breve, para Soddy nuestro planeta disfruta de un continuo ingreso anual de energía solar además de un considerable capital acumulado de esa misma energía (combustibles fósiles); por ello la civilización tiene ante sí dos
alternativas fundamentales:

1. Vivir del ingreso disponible y, si es posible, acrecentarlo. Puesto que todo el ingreso solar acaba
disipándose en el espacio exterior y, en principio, el único que está directamente a nuestra disposición es el
de la fotosíntesis, la cuestión clave es si nuestro conocimiento nos hará capaces de convertir en disponible
o usable alguna cantidad adicional al ingreso fotosintético.4
La metáfora es si somos capaces de construir
una noria capaz de aprovechar una parte del caudal de un río que, en todo caso, acabará en el mar,
perdiendo toda su energía. El reino vegetal es, de hecho, una noria previa, que nos hemos encontrado ya
construida y de la que hemos surgido. No hay, en principio, ningún problema insoluble en utilizar parte del
capital acumulado, destruyéndolo, para construir o mejorar nuestra noria solar: la única condición es que,
tras esa destrucción, el ingreso solar disponible para la sociedad humana se haya acrecentado en suficiente
medida como para compensarnos por la pérdida de un capital irremplazable.


2. Vivir del capital.
Se trata de una estrategia que comienza, en su forma contemporánea, con la máquina de
vapor de la Revolución Industrial y que básicamente consiste en destruir capital solar tanto para construir
nuestras máquinas como para alimentarlas durante su funcionamiento. En este proceso, incluso, hemos
desmontado, abandonado o desdeñado la pequeña noria solar construida por las generaciones precedentes

La situación es análoga a la de la economía doméstica de una familia: en general se dispone de un ingreso
o renta y, cuando se puede, parte de él se ahorra en forma de capital. Si por circunstancias adversas el ingreso
se pierde, lo sensato es usar el capital para volver a conseguir un ingreso anual. Salvo que, y aquí se acaba la
analogía, que el interés del capital monetario permita sustentar una renta anual suficiente (un caso raro, aunque
real): pero el capital solar no da `interés’.6

Fue la segunda estrategia la que originó el desarrollo industrial del Primer Mundo, pero de una forma muy
poco consciente. De hecho, las formulaciones de la economía ortodoxa no sólo no tuvieron en cuenta como un
debe contable la destrucción del capital solar así originada, todavía más, se contruyó un sistema contable en el cual el capital monetario, formado en base a dicha destrucción, caminaba en sentido contrario, acrecentándose y retornando un cierto interés monetario a sus propietarios. De esta forma, nuestra cultura económica fue incapaz de prever el deterioro ecológico asociado a la destrucción del capital solar propiciada por el desarrollo `económico’, dejando la dirección del progreso a la buenaventura de una `mano invisible’ y del laissez-faire. Y sólo cuando las imprevistas señales de alarma del entorno han comenzado a ser estridentes, hemos empezado a tomar conciencia, ante la malaventura, de la necesidad de una transición desde la segunda de las estrategias a la primera (Naredo & Valero, 1999).

En el caso de Soddy, el acicate fundamental para que un químico urgara en el terreno vedado de la economía
ortodoxa nunca fue la preocupación por las generaciones futuras. Por el contrario, fue ``el contraste entre el enorme progreso en el dominio del hombre sobre la naturaleza y su escasa contribución a la perfección de la vida humana’’, una paradoja que a su entender sólo podía elucidarse con el concurso de la vieja economía física de Aristóteles (alimentada ahora con las leyes de la termodinámica sobre la materia y la energía) y de la sabiduría, entendida como la voluntad y la posibilidad de prever y dirigir nuestras propias vidas.

Y así llegó a conclusiones similares a las de un Ruskin: la riqueza de la comunidad no es la riqueza de los
individuos, pues el intercambio es un juego de suma cero: lo que alguien gana tiene que perderlo algún otro, y
en consecuencia el interés monetario asociado a la destrucción del capital solar acumulado se contrarresta con
la destrucción de ese capital, que deja de estar disponible para la comunidad.

Hay todavía unas pocas observaciones de Soddy que puede merecer la pena recordar en este contexto:

- Al menos al inicio de la Revolución Industrial, el insólito crecimiento demográfico estuvo ligado a la des-
trucción del capital solar, pues esta destrucción permitió canjear en los mercados los productos industriales
por todo el alimento que fuera necesario para sostener un población creciente y afanada en el trabajo de las
industrias capitalistas. Soddy comenta en detalle la absoluta disparidad entre el rápido crecimiento de-
mográfico de Inglaterra y la estabilidad de Irlanda a lo largo del siglo XIX: la diferencia física fundamental
es que Irlanda carecía de carbón.

- Cuantas más `máquinas de vapor’ se construyen más capital solar será necesario destruir para su man-
tenimiento y uso. De este modo, el capital solar destruido para la fabricación asegura nueva destrucción
durante la vida útil de la máquina (siendo esa destrucción la que en buena medida sustenta el interés
rentado por el capital monetario). Además, la sustitución de viejas máquinas por otras más eficientes (tras
nuevas destrucciones de capital durante la investigación y la fabricación) tan sólo puede disminuir la tasa
de destrucción durante el uso, que puede o no compensar el consumo durante la fabricación de las nuevas
máquinas y el necesario para deshacernos de las sustituidas.

- Finalmente, la sustitución del trabajo humano (siempre ligado en su mantenimiento esencial al ingreso
solar) por el de las máquinas, incrementa indefectiblemente el consumo de capital solar (aparte de incre-
mentar la disparidad de rentas monetarias, algo que ha venido sucediendo monótonamente hasta nuestros
días).


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