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dilluns 21 de març de 2005 |
La extrema derecha existe


La extrema derecha existe

Carente de estructura y de líder, la ultraderecha española no ha representado una amenaza hasta hoy, pero los nutrientes que le han hecho crecer en Europa están cada día más presentes aquí

JOSÉ LUIS BARBERÍA

EL PAÍS - España - 21-03-2005

Aunque intriga desde hace años a los estudiosos, la cuestión sólo aparece, y ocasionalmente, en el panorama político español como uno de esos viejos fantasmas familiares de los que felizmente se siguen sin tener noticias. España es uno de los raros países que permanecen al margen del mayor fenómeno político europeo de las últimas dos décadas: el fulgurante ascenso de la extrema derecha. Casi todos los Estados de la Unión cargan hoy con la mancha de tener a la ultraderecha sentada en sus Parlamentos y son millones, entre el 10% y el 27% del electorado, los europeos que componen la marea del ultranacionalismo populista, identitario, protestatario y xenófobo, adobado explícitamente o no con neofascismo y neonazismo, que sitúa a la inmigración y la globalización en el origen de los modernos males de las patrias.

"Ni está ni se la espera"
¿Qué pasa en España?, se preguntan también los politólogos extranjeros. ¿Está verdaderamente vacunada contra ese oscuro malestar social, ese sucio temor al futuro que a veces se manifiesta como el estallido de un volcán en erupción, y generalmente, como la ola de lava que se despliega lenta y persistentemente empeñada en derribar los muros de contención del sistema, en anegar espacios reservados a la democracia, en condicionar severamente las políticas clásicas europeas? La respuesta más o menos común es que aquí no pasa nada. "¿La extrema derecha? Ni está, ni se le espera", cabría resumir a tenor de las contestaciones de los políticos españoles. Parte de las izquierdas ha encontrado la explicación perfecta que aspira a resolver el enigma desde la simplicidad y contundencia de las pretendidas grandes obviedades: "Sí que hay extrema derecha en España, pero no se la ve porque está en el Partido Popular".

Sin dejar de admitir que tras la llegada de la democracia, Fraga arrastró consigo a varias corrientes del neofranquismo, el PP ve en esa acusación una doble falacia destinada a negar el mérito de un partido que ha sabido deglutir e integrar en el sistema a parte de la vieja derecha franquista y cerrar el paso a la extrema derecha.

Se lamenta de la frivolidad con que los nacionalismos periféricos y una parte de la izquierda utilizan contra el PP el término "facha", un insulto que induce peligrosamente a la banalización, al equívoco y a la confusión entre el conservadurismo y las ideologías totalitarias.

"La izquierda debería ser consciente de que la extrema derecha europea se nutre por igual de antiguos votantes de derecha e izquierda y que ellos no están a salvo de ese peligro", destaca José Antonio Zarzalejos, miembro de FAES, el gabinete de ideas vinculado al Partido Popular. Basta mirar al antiguo "cinturón rojo" de París, hoy teñido con los colores del Frente Nacional, para constatar lo justificado de esa observación. Porque Le Pen y Haider lideran hoy los primeros partidos obreros de Francia y Austria.

Entre la clase política, hay quienes opinan, incluso, que más vale no hablar de lo que no existe, no vayamos a dar corporeidad a los fantasmas, o a cuestionar implícitamente el extraordinario comportamiento de la sociedad española ante tragedias como la masacre de Madrid y la propia inmigración.

Según eso, las explosiones de violencia xenófoba en El Ejido (Almería), en Can’Anglada de Terrassa (Barcelona), en Banyoles (en Girona), en Níjar (Almería), en Lepe (Huelva), en Almoradí (Alicante) y en Elche no tendrían verdadera significación, serían estallidos fugaces de problemas locales que se explican exclusivamente por las claves internas de esos conflictos. Y por lo mismo, el indecente espectáculo que la afición española ofreció el 17 de noviembre pasado en el partido contra Inglaterra habría que explicarlo por los hábitos futbolísticos de aprovechar cualquier circunstancia para zaherir y perturbar al adversario.

¿Pero se puede ignorar que las organizaciones neonazis y neofascistas españolas habían convocado expresamente a ese partido a través de Internet donde, por cierto, el número de webs racistas violentas se ha disparado últimamente hasta superar ya el centenar? ¿Y de dónde salen esas masas aborregadas de aficionados que secundaron los gritos guturales contra los jugadores negros de la selección inglesa? ¿En qué campos de cultivo mediático se bañan los militantes del PP que el 22 de enero arremetieron contra el ministro de Defensa, José Bono, en una manifestación por las víctimas del terrorismo? ¿Qué le lleva a un senador de un partido democrático a acusar a Gregorio Peces-Barba de prestar amparo a los verdugos terroristas? ¿Estas actitudes no invitan a pensar que el desenfreno demagógico y populista, la ruptura de los límites, pretende solaparse también en la derecha democrática?

Lo que está cambiando
Ciertamente, sobre todo después del 11-M, la sociedad española parece ahíta de preocupaciones: la seguridad amenazada por los terrorismos y la delincuencia, las tensiones y retos territoriales, la enrarecida atmósfera de permanente bronca política... El periodista tiene que reconocer que la duda sobre el sentido último de este reportaje le ha asaltado alguna vez durante la preparación del trabajo y que sólo la constatación de los cambios que empiezan a producirse efectivamente en España, cambios de bastante calado, le ha llevado a seguir adelante. Porque, de entrada, las encuestas de ámbito internacional muestran que la sociedad española ha dejado de ocupar el puesto excepcionalmente bajo que le distinguía hace sólo 4 años en el ranking de xenofobia y racismo (Diamanti 2000 y Eurobarómetro EB 53, 2000) para situarse hoy (Encuesta Social Europea 2002-2003) mucho más cerca de la media europea.

También las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) certifican que la actitud ante la inmigración se ha modificado sustancialmente desde 2001, fecha que puso punto final al periodo en el que la aceptación de la inmigración creció paralelamente al aumento del número de inmigrantes en una etapa de crecimiento económico -el desempleo bajó del 16% al 11% y la tasa de actividad ascendió del 49% en 1991 a 55% en 2003- que aportó la creación de 4 millones de empleos y la percepción de que los trabajadores extranjeros eran necesarios y no venían a quitar el trabajo a nadie.

"Los actos de xenofobia y racismo que se han producido en España en los últimos tiempos no son manifestaciones de un fenómeno aislado, sino la prueba de que existe una penetración sociológica de las ideas de extrema derecha en ámbitos, como los estadios de fútbol, los barrios populares o los territorios de las tribus urbanas, en los que tradicionalmente ha estado ausente", afirma Xavier Casals Meseguer, doctor en Historia y uno de los mayores especialistas en la materia. "Esa penetración tiende a ser más acusada en suburbios de áreas metropolitanas y poblaciones comarcales y nos preguntamos si éste es el paso previo necesario para que en un futuro, cercano o lejano, la ideología de ultraderecha llegue a adquirir corporeidad política".

La última encuesta del CIS, correspondiente a mayo de 2004, confirma el cambio de tendencia hasta el punto de que se invierten algunas de las opiniones recogidas cuatro años atrás. El rechazo hacia los inmigrantes magrebíes -la islamofobia se ha hecho claramente perceptible tras el 11-M- es netamente superior al que suscitan los latinoamericanos.

Hay condiciones para un partido
Extranjero y delito, inmigrante y competencia laboral han pasado a estar asociados. Pese a que el resultado sigue siendo todavía más positivo que negativo, lo revelador de estas respuestas es la rápida evolución de las opiniones. Aparte de que siempre queda la sospecha de que "sobre el racismo, como sobre el sexo, pocos dicen la verdad".

La socióloga Carmen González Enríquez está convencida de que en España se dan ya las condiciones para la aparición de un partido antiinmigración, pese a que el porcentaje de trabajadores extranjeros, 3,5 millones, de los cuales millón y medio están en situación irregular, apenas supone el 8% de la población, a cierta distancia todavía de la media europea.

Profesora de Ciencia Política de la UNED, Carmen González lleva cuatro años auscultando a la población de los pueblos y barrios con densidad de inmigración superior al 15%. Su experiencia le permite asegurar que las encuestas no están captando la complejidad de los problemas que se producen en el plano local porque otorgan la misma significación a las opiniones recogidas en barrios con una presencia de inmigrantes superior al 30% y a las obtenidas en áreas donde la inmigración es irrelevante.

Los resultados de sus estudios locales cualitativos muestran, de hecho, "una actitud general, extendida y profunda, de rechazo hacia la convivencia con los inmigrantes en los términos en los que ésta se está produciendo en la actualidad, una actitud, más patente en los votantes de derecha que en los de izquierda". Sus trabajos reflejan igualmente la conciencia de un deterioro en los servicios sociales y en la vida general del barrio, así como la aparición de casos de competencia laboral entre los autóctonos de baja renta y los inmigrantes. "Como el aumento de la población no se ha traducido en un aumento similar de los servicios y prestaciones sociales, lo que se está produciendo", explica, "es la saturación en los centros de salud, en los hospitales, en Correos, en los servicios asistenciales a la población con necesidades especiales y en las guarderías públicas". Resulta así, que las familias españolas que ocupaban el último escalón en la distribución de ingresos han pasado a ocupar el penúltimo escalón y a quedar fuera del acceso a una serie de servicios.

A este respecto, los responsables de asistencia social de algunos ayuntamientos han llamado la atención sobre el surgimiento de conflictos entre familias gitanas e inmigrantes y sobre las actuaciones de grupos de adolescentes españoles que se organizan en oposición a las bandas de jóvenes inmigrantes que practican actividades de gamberrismo o delincuencia. Aunque estas reacciones son hoy por hoy muy aisladas, los expertos sociales auguran un aumento de la violencia contra los inmigrantes. Significativamente, las encuestas en las áreas de concentración de la inmigración muestran que la memoria de estos españoles ha invertido ya la realidad de lo que ocurrió en El Ejido, de forma que, paradójicamente, lo que recuerdan de aquellos hechos es que los inmigrantes atacaron a los españoles.

No es casual, desde luego, que las consignas "los españoles, primero", "un español, un puesto de trabajo", inspiradas en las del Frente Nacional (FN) francés, encabecen ahora las manifestaciones de la extrema derecha española. Con los datos recogidos en sus trabajos, la profesora de la UNED observa con preocupación que el debate sobre la inmigración se ha instalado en el terreno de lo "políticamente correcto", sin entrar a abordar los conflictos reales que se producen en las áreas de alta densidad de inmigración. "La clase política española está desinformada", asegura, "y el problema", añade, "es que el bloqueo político e institucional facilita que la violencia aparezca, especialmente entre los jóvenes, como una alternativa expresiva y resolutiva".

Sostiene que muchos ciudadanos españoles sienten que las instituciones políticas no sólo les ignoran, sino que, además, les deslegitiman acusándoles de racistas. "A menudo nos encontramos con gente que se queja de que cuando ha tratado de llamar la atención sobre el comportamiento de un inmigrante en relación al ruido excesivo, a la suciedad o la violencia, es acusado inmediatamente de racista y se ve obligado a guardar silencio". Le parece evidente que en España hay condiciones suficientes para el surgimiento de un partido de corte xenófobo o al menos antiinmigrante. "Hay un potencial mucho mayor del que se piensa, pero para que una opinión difusa llegue a cuajar es necesario, apunta, que haya organización y liderazgo. Se equivocan", añade, "quienes creen que la sociedad española ha asumido ya el impacto de la inmigración. En España, el fenómeno es demasiado joven como para que haya una opinión asentada". En su opinión, el panorama se presenta poco alentador. "Vamos a un endurecimiento del clima general", pronostica.

La "lepenización de los espíritus"
¿Estamos asistiendo en España, soterradamente, a lo que el politólo-go francés Pascal Perrineau designó como la "lepenización de los espíritus", expresión que subraya el hecho de que el lepenismo gana las conciencias antes de conquistar los votos? ¿O es que España es, efectivamente, una excepción europea? Xavier Casals niega que exista tal especificidad y prefiere hablar de la "lenta homologación con Europa de la ultraderecha española". Como en el caso de Portugal -y en menor grado, Grecia-, la existencia de una dictadura anticomunista habría arcaizado, anquilosado, en nuestro país el discurso de la extrema derecha, incapacitándole durante estas tres últimas décadas para conectar con la sociedad española.

Autor de varios libros sobre la materia, Xavier Casals apunta que el igualitarismo católico de la extrema derecha española y su sentido de la Hispanidad, que le llevaba a defender la hermandad de las tierras y hombres del antiguo imperio y hasta a profesar simpatía a personajes como Fidel Castro, "el hombre que derrota a los americanos", le hizo refractaria durante mucho tiempo al discurso xenófobo, más difícil de justificar, por otra parte, en un país como España, inmigrante hasta hace bien poco.

La división que siguió al intento de golpe de Estado del 23-F, acarreó la disolución de Fuerza Nueva arrastrando a la atonía al conjunto del espectro. Los cuadros de edad intermedia, "los constructores de partido", se fueron a casa o se integraron en el PP para luchar contra la mayoría absoluta socialista. Por si fuera poco, la aparición de candidaturas populistas "protestatarias" como la de Ruiz-Mateos (608.000 votos en 1989), Jesús Gil o Mario Conde y la competencia de partidos regionalistas de derecha dura o regionalistas-nacionalistas como Unión Valenciana o la Unión para el Progreso de Cantabria han cortocircuitado en ocasiones sus aspiraciones de vuelo electoral. La falta de adaptación a la realidad, unida al exceso de vocaciones caudillistas explicaría tanto el retraso ideológico de la extrema derecha española como su fragmentación y atomización. Sobre el papel, su situación parece tan desastrosa que justificaría la mirada nostálgica hacia los tiempos en los que el diputado Blas Piñar cosechaba medio millón de votos y llenaba plazas de toros. Hoy la suma de las distintas formaciones apenas alcanza el 1% de los votos, no hay un líder carismático, algo fundamental para estas formaciones, ni el liderazgo de un partido hegemónico capaz de arrastrar y aglutinar a la multiplicidad de pequeños partidos y grupos.

¿Dónde está, pues, el problema? El problema está en que por primera vez en la historia reciente de España empieza darse en la sociedad algo parecido a la "lepenización de los espíritus" o, al menos, la afloración de sentimientos antiinmigración, el nutriente básico de todas las modernas formaciones de extrema derecha europeas, que tampoco son un mundo homogéneo puesto que bajo esa denominación aparecen populismos muy variados. Ciertamente, aunque todos los partidos de la ultraderecha son xenófobos, no todos los partidos antiinmigra-ción pueden ser considerados racistas. Es el caso del holandés Pim Fortuyn, que debe su nombre a su fundador, un homosexual asesinado, y que cuenta entre sus dirigentes a un negro.

El problema es que las organizaciones españolas han dejado de mirar al pasado para acometer la renovación y adaptación ideológica que debe permitirles el asalto al sistema parlamentario. Ahora se declaran demócratas y, como el antíguo líder del PNV, Xabier Arzalluz, también ellos se quejan de la mala calidad de la democracia española. Faltos de espacio en asuntos como el de ETA o el plan Ibarretxe, ocupados por los grandes partidos, sin capacidad para explotar el rechazo, todavía incipiente en España, al funcionamiento, siempre imperfecto, del sistema político y taponados por la fortaleza del PP, han hecho de los inmigrantes, de los inmigrantes pobres, por supuesto, su principal caballo de batalla.

Así, algunas de las corrientes nostálgicas del franquismo procedentes de las diversas Falange y de Fuerza Nueva, "la carcundia", como les denominaban los propios jóvenes ultraderechistas nacional revolucionarios, se han convertido en Alternativa Española (AES) o Frente Español (FE) y han dejado de esperar al providencial golpe de Estado. Se acabaron los bigotitos y los correajes, la obsesiva incitación al "ruido de sables"; tratan de dar una imagen joven, renovadora, inspirada en el modelo de partido del austriaco Haider. Son católicos pero no ultracatólicos, han hecho de la defensa de la familia, la lucha contra el aborto, su terreno de juego preferido y viven pendientes del anunciado "viaje al centro" del PP para ocupar el espacio resultante de este movimiento, decididos en cualquier caso a conquistar un voto católico y de derechas.


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