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dilluns 21 de març de 2005 |
Condenados a la hipoteca perpetua


Condenados a la hipoteca perpetua

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA

El País - 20-03-2005

En 2035, la humanidad, según las previsiones de la NASA, contará con una base habitada en la Luna. Ese mismo año, en junio, según las previsiones del banco, Mario Ruiz acabará de pagar la hipoteca de su piso en Gines, a 10 kilómetros de Sevilla. Para entonces, Mario habrá cumplido 62 años, pensará más en su jubilación que en su puesto de trabajo -si es que hay jubilación y puesto de trabajo- y habrá tenido mucho tiempo de cansarse de un piso que todavía no ha podido ni estrenar. Porque ésa es otra: como paga ahora 420 euros de cuota mensual y gana 900 como profesor de inglés en una universidad privada, aún no ha podido inaugurar su vivienda, de 70 metros cuadrados y 90.000 euros de precio. "Desde que lo compré, en junio, un mes pongo el sofá y otro la cocina, estoy con mis padres, ahorrando". Mario vivió en Amherst (Massachusetts) durante varios años, de alquiler, pero al volver a su tierra, en 2003, decidió comprarse una casa: "Había como una fiebre por comprar, por invertir, qué sé yo, todo el mundo de mi edad me lo decía: ’compra, compra, pero ahora, pero ya, no se lo des al casero’; el mercado había pegado un subidón, y yo, pues compré, para no dárselo al casero. Ahora se lo doy al banco. El piso se ha revalorizado. Pero yo he vuelto con mis padres. He ido para atrás, porque ahora dependo más de ellos que antes, aunque espero irme en primavera", asegura.

Mario no es el único que pasará de treintañero a prejubilado pagando hipoteca. La escalada meteórica de los precios de la vivienda, unida a la competencia asesina de los bancos y las cajas de ahorro por ofrecer créditos inmobiliarios factibles a base de estirar el plazo, ha dado a luz una nueva generación: los hipotecados a perpetuidad. Según el Banco de España, sobre el 47% de los hogares compuestos por menores de 35 años pende una hipoteca. Y se dan con un canto en los dientes. Porque muchos no tienen ni eso: el Consejo de la Juventud alertó en diciembre de que, de media, una persona entre 18 y 35 años que quisiera independizarse en ese momento debería dedicar más del 50% de su salario a pagar la hipoteca. "Una ratio inalcanzable", proseguía el informe. La consecuencia la saca Luisa Sala, presidenta del Consejo de la Juventud: "El 30% de los españoles que tienen entre 30 y 35 años aún vive con sus padres; de los que tienen entre 25 y 29 años, el 63%, y entre los de 18 y 25, el 93%. Así que el que tiene una hipoteca, sea como sea, es un afortunado. Por ejemplo, yo, que tengo 26 años y no tengo contrato indefinido, no podría tenerla".

La ebullición del mercado, unida a las ganas de independizarse, propicia que algunos jóvenes recurran a malabarismos inmobiliarios propios de tiburón financiero para conseguirse un piso. Éste es el caso de Mónica Pozo, una enfermera malagueña de 26 años: "Trabajo desde los 21. Y desde entonces me puse a buscar piso. En 2003 vi uno que me gustó: de 100 metros cuadrados, con dos plazas de aparcamiento; me costaba 120.000 euros. Era barato. Y lo compré. Pedí una hipoteca a 30 años, a 450 euros al mes. Por entonces yo no cobraba mucho. Así que lo alquilé. Y mientras tanto he vivido con mis padres. Ahora ya cobro más, y dentro de un año podré irme a vivir a mi piso, sin apreturas".

El estiramiento de la vida de las hipotecas es un fenómeno reciente. Según datos de la Asociación Hipotecaria Española, en 1990, el plazo medio que se daban los españoles para saldar su deuda era de 12 años; en 2004, de 25 años. Y para los jóvenes menores de 35 años, lo normal son los 30, los 35 o hasta los 40 años. El límite lo pone la biología: los bancos, por lo general, consideran que la vida crediticia, por así decir, del ser humano acaba a los 70 años. De ahí en adelante, nada. Así, una persona de hasta 35 podrá solicitar una hipoteca a 35 años. No más.

Y como todo fenómeno nuevo, genera un tipo de cuestiones de imposible respuesta: "¿Qué va a ser de mi vida en 30 años?, ¿y yo qué sé?", se pregunta y se responde Ana Crespo, de 34. Su hipoteca le acompañará hasta 2034. A razón de 630 euros al mes. Su piso, de 70 metros cuadrados, en el centro de Madrid, a un paso de la estación de Atocha, le costó 174.000 euros. "Tuve suerte", repite. Trabaja de profesora de Derecho Internacional Privado en la Universidad Juan Carlos I y cobra 1.800 euros al mes. No cree que su situación laboral varíe con los años. No prevé ascensos. Cobrará más o menos lo mismo año tras año, con la variación del IPC. La conclusión es obvia: "No me agobia tener que pagar durante tantos años, pero sí me da mucha rabia. No sé qué será de mi vida, pero sí sé que voy a estar siempre pagando, que no voy a tener un momento de alivio, siempre voy a estar igual de ahogada". Esta mujer cuenta asombrada que hay amigos suyos "que tienen piso, que no tienen que pagar hipoteca, que en 1997 compraron en Lavapiés por ocho millones de pesetas una casa que ahora vale más de 30 y que ya han conseguido pagar". Dibuja una sonrisa algo enigmática y concluye: "En 30 años pueden pasar muchas cosas buenas y malas. Y una de las malas es que suban los tipos de interés. Yo ya sé que el año que viene no van a subir mucho y que voy a poder pagar la hipoteca, pero, ¿y en 2010, o en 2020? ¿Quién lo sabe? La verdad, no me explico cómo la gente se puede comprar pisos, cómo me lo puedo comprar yo...".

Los tipos de interés: la base sobre la que gira y descansa todo este entramado enorme de miles de euros, decenas de años, metros cuadrados y recibo mensual. En 1977 se encaramaban al 20%. En 1990 se reencontraban al 16%. Hoy flotan en torno al 2,3%. Bastará una variación de dos puntos para que la hipoteca de Ana Crespo pase de 630 a cerca de 780 y su vida se complique. Y la de Mario Ruiz, con lo que se vería abocado a seguir con sus padres, y la de Mónica Pozo, y la de tantos otros que llegan a fin de mes andando sobre la cuerda floja. ¿Sobrevivirán?

Alfonso García Mora, economista de Analistas Financieros Internacionales, resume que "la situación es preocupante, pero no de riesgo". "Hay que tener en cuenta que los inmuebles sobre los que se hipoteca el ciudadano se revalorizan de continuo, que la gente paga religiosamente y que son los jóvenes los que se hipotecan, con lo que su sueldo será cada vez mejor", añade. Sólo dos temores ensombrecen el futuro: "Que suban mucho los tipos de interés o que suba mucho el paro. Lo primero no creo que ocurra debido al euro. Lo segundo es impredecible. En el fondo, nadie puede prever lo que ocurrirá en 20 o 30 años". Hay otro dato que, a juicio de este experto, está relacionado con la generación-hipoteca y que afecta de manera negativa a la economía de España: "La tasa global de ahorro está al límite. En 1995 se encontraba al 8%; ahora roza el 2% Y esto repercute en el resto de las inversiones...".

Pero que le digan a Cristina Pleguezuelos, de 30 años, que la tasa de ahorro española está al 2%. Cobra 1.400 euros al mes por su trabajo en una aseguradora. Y paga 550 de hipoteca por una coqueta y cuidada buhardilla en el centro de Madrid de 35 metros cuadrados y en la que sólo en 10 de ellos puede un ser humano no pigmeo mantenerse en pie. El piso costó 117.000 euros. Dispone de 25 años para pagarlo y coincide con los expertos en dos cosas: "Me considero una afortunada por poder vivir sola, y no tengo ni idea de lo que pasará en 20 años". Y luego añade: "Mi idea no es quedarme aquí, en el futuro espero encontrar pareja, tener una familia y mudarme a otra casa más grande".

Porque el príncipe azul puede esperar; la hipoteca, no. El reloj biológico corre. Pero el reloj crediticio (recuerden: hipotecas hasta los 70 años) también. Y si uno no se sube a la burbuja inmobiliaria pronto, corre el riesgo de perderla de vista para siempre. Porque, lejos de explotar, ésta sube y sube. Para muchos jóvenes, la única forma de alcanzar la casa deseada es comprar una vivienda diminuta o lejos del barrio perseguido para luego, como en el juego de la oca, saltar de piso en piso, revendiendo y comprando hipotecas, hasta lograr el objetivo. Es el caso de José María Cavero, de 34 años, profesor de informática, que vive en un piso de Móstoles, con una hipoteca a 30 años. Allí espera agazapado la oportunidad de volver a Madrid a base de recortar cuotas al préstamo confiando en que su vivienda se revalorice.

Relaciones de pareja
El futuro hipotecado también influye en las relaciones de pareja. En Huarte, a pocos kilómetros de Pamplona, espera el piso de Adriana Mendívil, de 26 años. Tiene 77 metros cuadrados. Y una hipoteca que Adriana terminará de pagar cuando cumpla 55. Ahora tiene novio. Pero el piso es sólo suyo. "Nos mudaremos en unos meses. En principio, él, que lleva mucho con contratos temporales, pagará una parte, vendrá conmigo a vivir, pero con tantos años por delante, ¿quién sabe lo que pasará? A lo mejor lo hacen fijo, o a lo mejor lo echan, a lo peor cortamos, o a lo mejor tenemos tres hijos...". Y añade: "No me agobia pensar en el futuro. El agobio es ahora, saber que voy a pagar hasta que empiece el declive de mi vida, que sólo entonces me liberaré". La amiga de Adriana, Nora, también tiene novio, un piso en Pamplona al que se irá a vivir en breve (aún no sabe si sola o con él) y una hipoteca a su nombre que acabará de pagar a los 57 años. Trabaja de arquitecto y está a punto de independizarse. "Me había planteado alquilar el piso y seguir con mis padres. Pero me he decidido", dice.

No todo el mundo practica la táctica del conejo (saltar de piso en piso hasta lograr la casa ideal). David Nicolás Magán, madrileño de 31 años, ha visto dos pisos en su vida. El segundo le convenció. A él y a su novia. Costaba 28 millones. Se decidieron. Corría agosto de 2000. Desde entonces lleva pagando hipoteca. Y el año que viene confía en estrenar la casa. Hasta esa fecha no podrá, debido a que necesita ahorrar para dar el paso. Este gerente de consultoría informática asegura que no llegará a los 60 pagando. Piensa amortizar. Su optimista actitud ante el mercado inmobiliario se resume así: "El que no se mete, no sale".

Varios de los hipotecados a perpetuidad hacen el mismo chiste: "Pagaremos hipoteca hasta que empecemos a pagar plan de pensiones". A la presidenta del Consejo de la Juventud, Luisa Sala, la broma no le hace gracia. "Muchos de nosotros no habremos cotizado mucho, dados los contratos temporales que tenemos. Así que lo que nos quedará de la Seguridad Social no va a ser mucho. Además, nosotros vamos a ser muchos jubilados y durante mucho tiempo, porque estaremos muy sanos y viviremos más que nuestros padres. Y como pagaremos hipoteca hasta los 60 o los 70, pues no habremos podido pagar planes de pensiones. Así que no tendremos jubilación".

Ella misma aventura una salida: "Siempre podremos vender de viejos el piso que nos ha costado la vida entera comprar".


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